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Full text of "Pe. Martin De Cochem"

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EXPLICACION 

DEL 

SANTO sacrifício 
DE LA MISA 

P. Martin de Cochem 





Humillóse, obediente hasta morir, pero 
muerte de eruz. (S. Pabio aJ Phuipp» il) 

















EXPLICACIÔN 

DEL 

SA>70 sacrifício DE LA MISA 

POR EL Reverendo 

P. Martin de Cochem. 


^ LRSIÓN ESPASOLA 

DE 

JOSÉ CIURANA 

I «ÍJTOA DCL « $CM4liAMO CJLTÓLICO» DE Rf.US. 
Segttnda edkióD 



ErTAnLECIMlENTOS ®NZIGER & CO. S. A 

£i.;;rss'.lírfrafM !a Sta^SeJe Apost, 
E.N5IEOELN ^5ÜIZA). 

_ 1:/14 _ 





MPRIMATUR. 


CuricBf àie j. Octobris igil. 


Georgius, 

Ep. Cur. 


J. M, BALZER, 
Libr. Cena. 



INDICK 

rdít. 

Prólogo . • . « ..5 

Cap. I. — De la esencia dcl sanlo sacrlficlo de la 


Í l. » Significado de la palabra ‘sacríficlo* . lõ 

2. — Origen dei sacrificio ..... 16 

3. — El sacrificio de Jcsucristo . . ^ . ‘Jü 

§ 4. — Proíccías que bacen referencia al santo sa> 

crifício de la Misa. Su institucidn . . 1.’4 

§ 5. — Los apostoles ofrecieron el santo sacrificio 

de la Misa. AntlgUedad de esta palabra . 2S 

§ 6. — Ataques de los herqjes contra la santH 

Misa.30 

Gap. 11. — De la excclencia de la santa MUa 34 

g 1. — De la consagración de una Iglesia . . 36 

g 2 . — De la consagración de los sacerdotes . 47 

I 3. •• Del altar, ornamentos sacerdotales y loa va* 

sos sagrados.52 

§ 4. — De lus ceremooias de la santa Misa . . 5S 

I 0. — Dei principal sacerdote de la santa Misa . 63 

§ 6. — Del precioso dón ofrccido en la santa Misa 78 

Cap. III. — De los símbolos y mistérios de la santa 

Misa.66 

§ 1. Dc los símbolos dei sanlo sacrificio de la 

Misa. .... 69 

fl 2. — Üe los mistérios dei santo sacrificio de la 

Misa.94 

g 3. -- Setenta y slcte gradas y frutos en benefi* 
do dc los que oyen la santa Misa . loi 

Cap. IV. — En la santa Misa Jcsucristo renueva su 

Encarnacióo . . ^.iio 

Cap. V. ~ Jcsucristo renueva su Nacimlento en la 

santa Misa.I2i 

g 1. — Del inmenso júbilo que regoclja al ciclo en 
el Duevo naelmieoto de Cristo . . .130 










638 


índice 


Fãg, 


g 2. ~ Frutos de salvación que recibe cl mundo 
dei nuevo nacimiento de nuestro ScRor . 135 

Gap. VI. — Jesucrlsto renueva su vida cn la santa 

Mísa. . . 142 

Gap. VII. ~ Jesucrlsto renueva su oraclón en la 

santa Mísa.152 

Gap. VIII. — Jesucrlsto renucra su Pasión cn la 

santa Misa.164 

g 1. — De quê manara Jesüs renueva au Pa^lón . 165 
g 2. — Motivos por los cualcs Jesucrlsto renueva 

su Haslón en la santa Misa .... I74 
Gap. IX. — Jesus renueva sumuerte en la santa Misa 183 
Gap. X. — En la santa Misa Jesucrlsto renueva la 

efusiõn de su sangre.194 

g 1. — £n qu£ consiste la efusiòn de Ia preciosa 

sangre en la santa Misa.201 

g 2. — Cómo la preciosa sangre clama al ciclo por 

nosútros . ..312 

Cap. XI. — La santa Misa cs el holocausto por ex- 


.. . 

Gap. XIl. > La santa Mísa es cl mis sublime sacri- 

ticio de alabanza.230 

Gap. XIII. — La santa Misa es e) mejor sacrifício de 

acción da gradas.242 

Cap. XIV. — La santa Misa es cl sacrifício mis efi¬ 
caz para que nuestras súplicas sean atendidas 250 

Cap. XV. — La santa Misa es el sacrifício más po¬ 
deroso de recondliación.264 

g 1 . — De qué suerte la santa Misa obra la remi- 
slòn de los pecados y ia conversión de los 

pecadores empedernidos.278 

g 2 . — De qad mancra la santa .Misa obra la remi- 

sión dc los pecados Teniales .... 287 

Cap. XVL — La santa Misa es el más digno sacri¬ 
fício de satísfacción.293 

g único. — En qué medida la santa Misa perdona 
las penas á los vivos y á los muertos . 300 

Cap. XVII. — La santa Misa es la obra mis exce¬ 
lente dei Espíritu Sanio.309 

Cap. XVNII. — La santa Mísa cs cl mayor regoeijo 

de la madre de Dios y de los santos . 330 

Cap. XIX. — La santa Mísa es el mejor tesoro que 

poseeo los tlcles.335 

Cap. XX. — La santa Misa aumenta en nosotros la 

grada divina y la gloria celestial . 848 

g 1. — La santa Misa aumenta cn nosotros la gra¬ 
da divina.356 






índice 639 

Páçt 

g 2. — La santa Misa aumenta de una maners par* 

tlcular la floria celestial.360 

g 3. ~ De la comuniòn espiritual .... 366 
Gap. XXÍ. — La santa Misa es la más segura espe* 

ranza de los moribundos.371 

Cap. ?^lí. ^ La santa Misa es cl alivio mds eflcaz 

para las almas üel purgatório .... 366 

Cap. XXIII. — De la uraciòn dcl sacerdote y de los 

ángeles por los fíeies que aslsien á la Misa . 402 
g 1. — Qud pide ei sacerdote y cOmo lo pide para 

los asistenies.404 

g 2. ~ Como oran loa ángeles por nosotros en la 

Misa.417 

Cap. XXIV. — La sauta Misa no impide nuestras 
ocupaclones, antes por el contrario, Ias ayuda 

y favorece. . 422 

Cap. -> Dc la manera de ofrecer la santa 

Misa y dei valor üe Ia oblación .... 433 
g 1. -- C<ifno Uebe ofrecerse la santa Misa 436 

i 2. -* Dcl valor dc la oblación . .441 

Cap. XXVI. -* Cúino se puede participar de los fru* 

tos de varias .Misas.447 

Cap. XXVll. -* E.xhortaciòn Importante para olr to- 

dos los dias la santa Misa.4^ 

g 1. — Motivos para olr todos los dias Ia santa 

Misa.459 

g 2. Los santos oos lian dado ejcmplo asistlendo 

frccucntcmcnte á la santa Misa .... 463 

Cap. XXVllL -- Kxhortaclón para olr devotamente 

la santa Misa.474 

Cap. XXIX. Qué devoción debe practicarse du¬ 
rante la elevacíón .488 

Cap. XX\. Del respeto con que debe oirse la 

santa Misa.502 

Cap. XXXI. ~ l)e las ceremonlas dc la Misa y de 

su signlllcaclún.014 

Í l. — De la Misa de los Catecúmenos . . 516 

2. — Del üfertorlo.526 

3. ~ De la Consagración.530 

6 4. — De la Comuniòn.534 

g 5. — Ceremonias dc la Misa dc difnntos . . 539 

Conclnsión.. 542 

Tres modos de olr devotanicnte la santa ^Ilsa . . 545 

1. Para unirse, oyéndola, al sogrado corazón de 

Jesús.545 

U. Para oir Misa considerando la Pasión de nucs* 

tro Sefior.668 







640 


índice 


Páff. 


IIL Modo de oir la santa Misa en sufrágio de los 

flelcs dlfuntos.5B7 

fiecuencia k Dies irae».693 

Ejcrcicio para la comuoiòo.608 

I. Comuniòn sacramental.608 

Actos para antes de la ComuniÓD .... 608 
Actos para después de la Comuniòn . . .613 

Oraciòn para después de la Comunido . 619 

Afectos á Cristo sacramentado para después de 

la Comunióo .620 

II. Comuniòn espiritual.621 

Acto para la Comuniòn espiritual compuesto por 

San Alfonso Maria de Llgorto .... 622 

Himnos de ta Igleaia á la S. Eucaristia . . . 623 

I. ^Adoro te devote latens deltas** . . . 623 

11. pAve, verum corpus natum" .... 624 

IIL pT.auda, Sion, aaívatorcm^ . . • . 625 

IV. , Tange, lingua*.627 

V. „Sacris solcmniis*.629 

VI, ,Verbum tupernum* . . . . , . 631 

VII. «Saluüs humane dator* ..... 632 

VIII. , I.ttx alma, jesu, meotium* .... 632 

IX dukis mcmorla^.633 

X. njesu, Hex admirabilis".6:14 

XL nJesu, decus angelorum*.635 

, XII. ,0 Sol salutls**.636 

lodlce. » • • . 637 











PRÓLOGO 


Umá:- hubo relígión alguna sin sa- 
cridcio. sin un acto solemne destinado 
i protestar el soberano dominiõ de Dios 
sorre las criaturas. El sacrifício es un 
icto dei culto, de instinto natural al 
botrcre, porque el hombre es natural- 
=ente religioso. El hombre, animal re- 
.:j:oso. tanto como racional por natu- 
nl;:za. hasta el punto de ser la reli- 
^ sidad una de las senales más carac¬ 
terísticas de su racionalidad, al decir 
i-e Jiebert. ha podido, dice Cicerón, 
: rar cuál sea el Dios que debe haber, 
p«er;> cn cl mundo entero no hay gente 
r; tan bárbara, ni tan fiera, que no re- 
donorca que Dios existe, aunque no 
sepa lo que es Dios. Por eso escribía 
.^'.etarco: " podeis hallar ciudades sin 
Lteretura. sin rcy, sin moneda, sin pa- 









6 


l’rólogo 


lacios, sin teatros, sin cultura; pero 
una sola ciudad sin templos, sin Dios, 
que no respete el juramento, que no 
eleve plegarias, que no ofrezca sacri¬ 
fícios, nadie la ha hallado, nadie la ba¬ 
ilará.“ Esta unanimidad ponc bien de 
maniíiesto que, no por invención hu¬ 
mana, sino por exigências de nuestra 
naturaleza, se postra el hombre ante 
Dios y le ofrecc sacrifícios. El género 
humano, así como Jamás pudo pasar 
sin Dios, lampoco prescindió nunca de 
la idea de sacrifício; y doquiera vivan 
sus miembros, amontonarán hóstias y 
ofrcndas al pié de un altar, para glori- 
fícar con ellas al Criador. 

Unicamente así puede explicarse el 
hecho constante y universal de que to¬ 
das las religioncs hayan tenido por 
objeto principal la expiación, y que 
todas ellas senalen el saerifieio como 
el acto más sagrado de la religión, co¬ 
mo cl único medio de entrar en rela¬ 
ciones con Dios, y hacer las paccs en¬ 
tre un Dios justiciero y santo y los 
hombres reos y criminales. La misma 



Prólogo 


7 


Sagrada Escritura, aún antes de que 
apareciera en el inundo la idolatria, 
allá en la cuna de nuestra abatida hu- 
manidad, y reciente todavia la senten¬ 
cia dada en el Edén contra nuestra des- 
dichada raza, nos representa á los hijos 
de los hombres, manifestando su de- 
pendencia y su reconocimiento á Dios 
con ofrendas y sacrifícios. Diriase que 
en el corazón dei hombre grabó Dios 
la idea dei sacrifício aún antes de pres- 
cribirlo Moisés en las dos tablas de 
piedra. Y esta ley, grabada primero en 
los corazones humanos y escrita des- 
pués en el Decálogo, pasó de padres á 
hijos, y todos procuraron acomodar á 
cila sus actos de religión, siempre que 
trataban de honrar al Autor dei uni¬ 
verso y dei hombre. 

Ahora bien; Jesucristo no vino á 
destruir ó disolver la Ley antigua, sino 
á cumplirla. Era la ley de Moisés, ley 
figurativa, simbólica y profética; era la 
promesa de la futura alianza de Dios 
con la humanidad; era la scmilla que 
había de convertirse en frondoso árbol 



8 


Prólogo 


luego que la fecundizase el Verbo de 
Dios. Por eso el Autor de la religión 
verdadera, el que puso término á las 
figuras y cumplió las sagradas profe¬ 
cias, no pudo menos, al fundar su Re- 
ligión, que establecer en ella un sa¬ 
crifício, que hasta la consumación de 
los siglos, fuera el único aceptable. Y 
este no fué otro que el sacrifício euca¬ 
rístico, la santa Misa celebrada por el 
ministro de Dios, el sacerdote cristiano, 
encargado dc continuar, á través de 
los siglos, la empresa que tomó á su 
cargo el legítimo Mesías, de salvar á 
todos los descendientes de Adán, La 
santa Misa es, por consiguiente, un 
verdaderosacrifício: Verumetpropriuin 
sacrijicium, como dice el concilio Tri- 
dentino; el sacrifício de la nueva ley, 
en el que Jesucristo se ofrece á Dios 
bajo las especies de pan y de vino, por 
el ministério de los sacerdotes, para 
perpetuar el sacrifício de la cruz y apli¬ 
camos sus méritos. 

No hay sacrifício más santo ni más 
augusto que el adorable sacrifício de 



Prólogo 


9 


la Misa. No hay otro alguno por el que 
poJamos adorar más digna y santa- 
mente á nuestro Dios y SeHor; porque 
cl «acrificio de la Misa es el acto su¬ 
premo dei culto, por el cual práctica- 
mente reconocemos que aquel á quien 
íe ofrece es Seftor de todas las cosas, 
qae tiene dominio sobre la vida y la 
muerte. y que de él dependemos y á él 
L'tamos subordinados. Y si tan grande, 
:an necesario y tan importante es este 
:;cto de adoración á Dios, £no habrán 
ie ser de suma importaneia y trascenden- 
eia. y no habrán de tenerse en grande 
estima los libros que se oceupen dei 
santo sacrifício de la Misa y tiendan á 
fomentar esta práctica y devoción en 
los fíeies? 

Facilmente se comprenderá con esto 
el êxito extraordinário con que fué aco- 
iriJo en todas partes el libro dcl P. Co- 
chem. desde su publicación hasta nues- 
:ros dias, en el largo periodo de 200 
iSos: hasta el punto que, tanto en Ale- 
mania, como en Francia c Inglaterra, 
-e han hecho de cl repetidas y nume- 



10 


Prólogo 


rosas ediciones. Esto prueba la buenci 
acogida que los católicos dc todos los 
países han dispensado al libro dcl hu¬ 
milde Capuchino, libro verdaderamente 
de oro, dei que pucde decirse: que 
cuanto más se conoce, más leído y más 
estimado es por todos. Esto explica 
también las laudatorias aprobaciones y 
los elogios que ha merecido de parte 
de muchos Obispos. El Obispo de Van- 
nes decía el 2 de Febrero de 1899 al 
traductor francês, A.Rugemer: “Ha te- 
nido V. Ia feliz idea dc reunir bajo una 
forma cómoda y accesible á las más 
modestas fortunas, todo lo que la más 
sana teologia y la mística más elevada 
contienen sobre el sacrifício augusto de 
nuestros altares. Xo dudo ni un mo¬ 
mento de que el libro de V. será leído 
con edificación de todos los cristianos 

que tendrán la dicha de adquirirle. 

Su piadosa obrita, completa é intere- 
santísima y nutrida de doctrina, hará 
revivir la fé en los divinos mistérios 
en las almas de aquellos que tendrán 
la dicha de leerla; y con esto habrá 




r) t r 


Prólogo 


11 


,;h '' V. una obra ütil á la gloria de 
.o; y provechosa al pueblo cristiano.“ 
„r. iguales términos y en jio menos 
:r.:_jia5tas elogios se expresan tam- 
r .a. al apiobar este libro, el Arzobispo 
ac Albi y los Obispo de Rosea, y de 
koiez de Vabres, y el Keverendísimo 
raire Provincial de los Capuchinos. 

Aün cuando en Espafia se hizo ya, 
e- el afio 1902, una traducción de este 
arro. sin embargo, no por ello podrá 
iccharse de inútil la que hoy se ofrece 
al público. Aquella traducción, á que 
-05 referimos, adolece, en nuestro sen- 
úr. dei defecto de ser más bien que 
a=a traducción, un arreglo dei libro 
iriginal dei P. Cochem; por cuanto el 
iraJuctor suprime gran parte dei te.xto 
y anade conccptos propios y hechos 
referentes á Espafia. Para corregir es- 
:;5 defectos y estos inconvenientes,nada 
remos juzgado más útil que trasladar 
dclmente á la hermosa lengua espaiíola 
i^:e excelente libro, joya preciosa, en 
1^ que entran por igual la utilidad y la 
t^elleza, que hermana el interés dei fondo 



12 


Prólogo 


con las galanuras de la forma, y que 
al par que instruye deleitando, deleita 
instniyendo, en conformidad con la ley 
tan conocida dei célebre preceptista 
Horacio. 

Unicamente el deseo de dar á co- 
nocer las sublimes bellezas dc este libro, 
y de contribuir con nuestras débiles 
fuerzas á la obra de propaganda, cn 
favor dei santo sacrifício de nuestros 
altares, ha movido á los editores á pu¬ 
blicar la presente traducción; sin que 
les arredre en su empresa el vano te¬ 
mor de que aquel arreglo espaBol pueda 
superar en bondad á este presente tra- 
bajo, ya que el juicio que de la bondad de 
una traducción se forma, suele ser, las 
más de las veces, subjetivo y apasio- 
nado. Y por lo que á la presente ver- 
sión espariola se refiere, cs sobrada 
garantia dc favorable acogida la segu- 
ridad de que el traductor cs un distin¬ 
guido y culto escritor, harto conocido 
en Espaiía. 

La pequefía aldca de Cochem, junto 
al Mosela, en el antiguo electorado de 



Prólogo 


13 


Tréveris. fué la cuna dei humilde hijo 
Je S. Francisco, el P. Martin, donde 
rió la luz primera el afio 1625; Wag- 
haasel. cerca de Bruchsal, fué su tumba, 
i nie descansa ea la paz dei Sefior, 
iêsde el 10 de Septiembre de 1712. Va- 
rón apostólico, predicador elocuente, 
i:-:ado de talento extraordinário, y abra¬ 
sado de ceio por la gloria de Dios y 
ü salv.ición de las almas, el P. Martin 
recorriü gran parte de la Alemania, 
resraurando, con la unción de su pala- 
bra evangélica, la fé y la piedad cris- 
:iaaas tan quebrantadas en aquellas rc- 
iri^nes dei Norte poria famosa guerra 
ie los Trehiia la última y la 

Tiis terrible de las }uchas religiosas 
ocasionadas por la reforma protestante. 

Y ,ihora nos permitirémos e.xcitar 
i ios caiólicos todos que se aprovechen 
de Ias utilidades y bellezas de este li- 
rro. lomándolo no sólo como uno dc 
dantos devocionarios para oir la santa 
Misa. sino también como libro de lec- 
r.n espiritual muy propia para fo- 
—entar la asistencia diaria y la devo- 



14 


Prólogo 


ciún al sacrifício incruento de nucstros 
altares. Sírvanse también de él las per- 
sonas frívolas, que van siempre á caza 
de novedades, aún en las cosas dc pie- 
dad, y con su lectura experimentarán 
los efectos saludables de tan excelente 
libro; pues se ha de tener en cuenta, 
que el olvido y el desprecio en que se 
tiene hoy día la santa Misa son la causa 
de la ruína moral y material de lõs 
indivíduos y de las naciones. Si de al- 
guna manera pues, sc contribuye á pro¬ 
pagar y aumentar en Espafía la asis- 
tencia diaria á la santa Misa, pueden 
considerarse sufícientemente recompen¬ 
sados de este hermoso trabajo, el tra- 
duetor y los editores. 

Juan a. Faui.i 

Bemjiciado da la Catedral de Tarra^ana, 




CAPÍTULO I 

De Ia esencia dei Santo Sacrifício 
de la Misa 

■ 1. Sigrniflcado de la palabra Sacrifício 

La Santa Misa sc llama en latín sa- 
sacrifício. 

El sacrifício es un dón visible, ofre- 
c:io únicamente á Dios, por un minis- 
:ro consagrado, para rcconocer la so- 
reranía dcl Altísimo sobre todas las 
- :'sas. 

Que el sacrifício no dcbe ofrecerse 
~ãs que á Dios solo, lo demuestra San 
Agustín por el uso de todos los pueblos: 

• Xadie iamás sofíó en ofrecer sa¬ 
crifícios sino sólo á Dios verdadero ó 
il tenido por tal“. (*) 

"Xo pocüs hombres pretendicron, 


' 1 ) De civit. Dei. Lib. X. Cap. IV. 






16 


Capitulo I 


cn su altivez, este honor sólo debido 
á Dios, pero son contados los que tu- 
vicron la audacia de exigirlo á pesar 
de disponer de medios.“ (*) 

Por consiguientc el sacrifício es un 
culto debido solamcnte á Dios y no 
debe prestarse á ninguna criatura, aun- 
que ésta sea el más grande dc los 
santos ü el ángel de más alta jerarquia. 

§ 2. Origen dei saeriflclo 

Santo Tomás de Aquino dice: 

“ Ofrecer sacrifícios á Dios cs de 
ley natural; á esto se inclina el hom- 
brc por su natural tendcncia, sin que 
se le prescriba y sin inspiración par- 
ticular.“ (*) 

En efccto; Cain y Abel, \oéy Abra- 
ham, así como los demás patriarcas, 
sacrificaron espontáneamcnte. 

No tan sólo los verdaderos creyentes 
ofrecicron sacrifícios á Dios Todopo- 
deroso sino los mismos paganos los 
tributaron á sus ídolos. Dios ordcnó á 

(1) Contra advcrs. leg. Llb. 1 Cap. XVIIi. 

(2) Q. 2. Q. «5, art. L 



Qué es la santa Misa 17 

los israelitas que le ofreciesen cotidia¬ 
namente, en especial los dias festivos, 
sacrifícios que El mismo senalaba con 
las ceremonias corrcspondientes. 

fvl sacrifício es, pucs, una verda- 
dcra necesidad de la naturalcza humana 
y todos los pueblos han tenido los suyos. 
He aqui porque tambicn Jesucristo creyó 
conveniente instituir cn su Iglesia un 
sacrifício con el cual pudiesen los fie- 
les honrar dignamente á Dios y testi- 
moniarle su absoluta sumisión. No era 
posible que Jesucristo dejase á su Igle- 
sia sin este culto supremo de latría, 
sin el cual hubiera aparecido aquélla 
inferior al judaísmo, cuyos sacrifícios 
se llevaban á cabo con tanto esplen¬ 
dor que hasta de lejanos países acudían 
opulentos gentiles para admirarlos y 
los mismos reyes paganos los costea- 
ron muchas veces. (’) 

Si nos remontamos al origen dei 
sacrifício dcl Nuevo Testamento debe- 
remos considerar lo siguiente. En un 
principio, cuando la caída de un solo 

(1) Machab. IIL 



18 


Capitulo I 


hombre había perdido á la humanidad 
cntera, Dios se compadeció de ella y 
prometió reparar las funestas conse- 
cueneias dei peeado. Tal reparación 
debía llevarse á cabo no tan solo en 
provecho dei hombre caído sino tam- 
bién para la mayor gloria de Dios. Un 
sacrifício de precio infinito, ofrecido á 
Dios en nombre dc la pobre humani¬ 
dad, sobre ser agradable al Sefíor, da¬ 
ria á éste ocasiún de derramar á ma¬ 
nos llenas sus gracias sobre las des¬ 
venturadas criaturas. 

Pero como habiendo pecado en Adán 
todos los hombres, sin e.Ycepción, na- 
die podia ofrccer tal sacrificio, Dios en 
su inagotablc Caridad instituyó el ado- 
rable mistério de la Redcnción, que 
anonadó de asombro á los propios se- 
rafines. El Hijo de Dios único se hará 
hombre, y convertido en hermano nues- 
tro, tomará sobre si el peso de nues- 
tros pecados. Verdadero sacerdote, se- 
gún el orden de Mclquisedech, ofrecerá 
á su Padre celestial un sacrificio ez- 
piatorio y meritorio en nombre de la 



Qué es la santa Misa 


19 


humanidad; Dios y hombre á la vez 
fu sacrificio será de un valor infinito. 

Mas, icuál será dicho sacrificio que 
bastará por sí solo á aplacar la ira 
dei Seiíor? No puede ser otro que el 
de la vida humana dei mismo Hijo de 
Dios. 

Guando este plan fué concebido en 
a mente divina, el Hijo de Dios em- 
pezó su sacerdócio; tomó sobre sí el 
peso de nuestros pecados y se ofreció 
en holocausto, prometiendo además á 
su Padre, para la rcdcnción de los 
hombres, cl sacrificio de la obediência, 
preparatório dei sacrificio sublime que 
debía instituir al final de su vida te¬ 
rrena. El Padre celestial lo recibió con 
tal benevolencia que aplacando su có¬ 
lera contra los pecadores les dió de 
antemano su amor sin limites. 

Los benefícios de Dios cn pro de la 
humanidad caída cstaban decretados en 
vista dei cruento sacrificio de Jesu- 
cristo. A pesar de ello, Dios e.\igió de 
parte de los hombres una prenda de 
Jebida satisfaccion. Los holocaustos dei 



20 


Capitulo I 


Antiguo Testamento constituían dicha 
prenda; en sí mismos no podían ser 
agradables á Dios los sacrificios san- 
grientos, pero lo fueron en tanto que 
eran imagen dei sacrificio que su único 
Hijo iba á instituir en el ara santa de 
la Cruz. 

Agradable incienso de que habla 
Moisés, brotaba de estos holocaustos, 
porque representaban al Cordero divino 
que debía subir al altar y de quien dice 
el Apóstol: “Jesucristo se ha ofrecido 
á Dios por nosotros en sacriflcio de 
agradable olor." (*) 

§ 3. El sacrifício de Jesucristo 

Llegado el cumplimicnto de los tiem- 
pos viene Jesucristo al mundo y dice 
á su Padre celestial; “Los sacrificios 
y holocaustos no te han agradado, mas 
á mí me has apropiado un cuerpo mor¬ 
tal. Hcmc aqui que vcngo. para cum- 

plir ;oh Dios! tu voluntad." (-) 

Jesucristo ofreció durante toda su 

(1) Ilebr. IV, 2S, 

(2; Hcbr. Cap.X, 5, 6, 7. 




Qué es la santa Misa 


21 


vida e>te sacrifício de obediência y lo 
:onsumó en la Cruz. Pago la deuda de 
ia humanidad á pesar de estar abolidos 
para siempre los sacrifícios dei Anti- 
gao Testamento. 

Lo dice también San Pablo: “Con 
una sola ofrenda hizo perfcctos para 
siempre á los que ha santificado." (*) 

V. final mente, explica dicho Santo, 
como la humanidad salvada, cs decir, 
.a Santa Iglesia, no quedaria sin sacri¬ 
fício hasta el final de los ticmpos, sino 
roseería, por el contrario, el más ex¬ 
celente de todos, con objeto de aplicar 
i cada miembro de la Iglesia el precio 
Cê la Redención; y como Jesucristo 
perpetuó el sacrificio cruento de la Cruz 
mstituyendo en la víspera de su muerte, 
tl santo sacrificio de la Misa. 

Estos pormenores están minuciosa¬ 
mente anotados, en el Concilio de Trento: 

- Según testimonio de San Pablo, el 
sacerdócio levítico dei Antiguo Testa¬ 
mento ni era perfecto ni podia serio. 

"Xecesitábase, pues, según exigia el 

I lliSr. í: .\ V. 14. 



22 


Capítulo I 


Padre de Ias misericórdias, la aparición 
dc un sacerdote, según el orden de 
Mclquisedech, que completase y perfec- 
cionase á los que habían de ser san¬ 
tificados. Este sacerdote que era Cristo 
nuestro Sefior, después de haberse ofre- 
cido á su Padre en el altar de la cruz, 
no quiso, al morir, que cl sacerdócio 
dcsapareciera. A este fin, en la noche en 
que fuó entregado, dejó á la Iglesia santa, 
su esposa querida, un sacrificio visible, 
que la naturaleza humana requeria.” 

“Tal sacrificio debía perpetuar el 
sacrificio cruento que Cristo iba á ofre- 
cer en el madero de la cruz, conservar 
su memória hasta la consumación de 
los siglos, y por su virtud saludable 
sernos perdonadas nuestras faltas co¬ 
tidianas. De esta manera Cristo fué 
sacerdote según el orden de Melquise- 
dech, ofreció á su Padre su cuerpo y 
sangre debajo de las especies de pan 
y vino dei modo como las dió á los 
Apóstoles, á quienes, en aquel punto, 
instituyó sacerdotes dcl Nuevo Testa¬ 
mento. Y merced á las palabras: “Ha- 



Quê es la santa Misa 


23 


ced esto en memória mía“ mandóles, 
á ellos y á sus sucesoies en el sacer¬ 
dócio, que las ofrecieran, en lo sucesivo, 
en sacrificio.“ (‘) 

La Iglesia nos manda, pues, creer 
que Jesucristo en la última Cena no 
solamente convirtió el pan y el vino 
en su cuerpo y sangre, sino también 
los ofreció á Dios, su Padre, y que El 
mismo instituyó personalmente el sacri¬ 
fício dei Nuevo Testamento con cl fin 
de que se reconozca en él á aquel sa¬ 
cerdote dei cual canta cl salmista : “ Juró 
el Seilor y no se arrepentirá, y dijo: 
Tú ércs Sacerdote sempiterno según el 
orden de Melquisedech." (^) 

Melquisedech no inmolaba los ani- 
males como hacía Abraham y los otros 
patriarcas, sino, por inspiración dei 
Espíritu Santo, y en contradicción con 
la costumbre de su época, levantaba el 
pan y el vino al ciclo y los ofrecía 
con ceremonias y oraciones especiales. 

Así es como él vino á representar 

( 1 ) Sesión XXU, Cap. 5. 

(2 PaaL CIX, 4. — Hebr. VII, 17. 



24 


Capítulo I 


la imagen de Jesucristo y su sacrifício 
el símbolo dei de la nueva ley. 

§ 4. Profecias que hacen referencia al santo 

sacrifício de Ia Misa. Su instituclón. 

“El afecto mío no es hacia voso- 
tros, dice el Senor de los ejcrcitos, ni 
aceptaré de vuestra mano ofrenda nin- 
guna. Porque desde levante á poniente, 
es grande mi nombre entre las nacio- 
nes, y en todo lugar se sacrifica y se ofre- 
ce al Jiombre mío una ofrenda pura.“ (') 

Esta profecia no se realizo en el 
Antiguo T estamento, puesto q iie las o fren¬ 
das de los judios eran rechazadas, y 
los gentiles no habían aún abierto los 
ojos á la luz de la fé. Pero se realizó 
en el Nuevo Testamento según palabras 
de Dios á su Hijo: “ Pídeme y te daré 
las naciones en hcrencia tuya.“ (-) Efec- 
tivamentc, sabemos que los apóstoles, 
en especial San Pablo, convirtieron á 
los paganos. 

La profecia de Malaquías no puede 

fl) Malaq. I, v. lQ-11. 

(2) Psal. II, a 



Qué es la santa Misa 


25 


aplicnrse al sacriftcio cruento queNues- 
tro Sefior consumó en la Cruz, puesto 
que este sacrifício no ha sido ofrecido 
más que una vez y en un sólo lugar: 
sobre el monte Calvario. 

La citada profecia no se refiere tam- 
poco á la complacência dei Sciior por 
los sacrifícios paganos, que no son más 
que ofrendas de iniquidad, califícadas 
de asesinato, de impureza, de robo y 
por tanto dignas no dei Dios tres ve- 
ces santo, sino dei maligno espíritu. 

Engáiíanse finalmente los herejes al 
pretender aplicar el susodicho pasaje 
á nuestras buenas obras y oraciones, 
que no siempre consisten en ofrendas 
puras. 

Debemos concluir, con seguridad 
absoluta, que esta profecia se relaciona 
exclusivamente con el sacrifício dei 
Nuevo Testamento, sacrifício infinita- 
mente puro, “ que la indignidad dei que 
sacrifica no puede manchar." 

Jesucristo es el único pontífice, y 
los sacerdotes no son más que sus mi¬ 
nistros; éstos no pre.scntan otra cosa 



26 


Capitulo I 


que sus manos y boca para ofrecer de 
una manera visible al Dios invisible 
que se inmola sobre el altar todos los 
dias, hasta la plenitud de los tiempos. 

Pero, ,ien qué momento instituyó 
Jesucristo el santo sacrifício dela Misa? 

Lo precisa la Iglesia con el evan¬ 
gelista San Lucas; “Después dc acabada 
la cena, tomó el pan, dió de viievo 
gracias, lo partió, y dióselo, diciendo; 
Este es mi cuerpo: el cual se da por 
vosotros: Haced esto en memória mia. 
Del mismo modo tomó el cáliz, des¬ 
pués que hubo cenado, diciendo: éste 
cáliz es la nueva alianza, sellada con 
mi sangre que se derramará por vos¬ 
otros." ('). 

Fijémonos bien en lo que hace y 
dice el Senor; convierte el pan en su 
propio cuerpo y el vino en su pro- 
pia sangre, y en virtud de esta sepa- 
ración mística de su cuerpo y de su 
sangre se constituye en holocausto. Las 
palabras que acorapanan la transubstan- 
ciación detcrminan aún más la exis- 

( 1 ) Luc. XXII, y. I9-2U. 



Qué es la santa Misa 27 

tencia dei sacriflcio; “ Este es mi cuerpo 
el cual se da por vosotros." “Esta cs 
mi sangre que será derramada por vos- 
otros “ 

Aun cuando se quieran aplicar es¬ 
tas dos palabras, dar y derramar al 
sacrifício de la Cruz, explícitamente dice 
Jesucristo que estas dos acciones tienen 
lugar en la misma cena, y de esta suerte 
afirma que hay sacrifício. 

Cuando el divino Maestro continua 
diciendo: este cuerpo se da por vos- 
otros, da á entender también que se 
ofrecerá á su Padre celestial, como lo 
hizo en la Cruz. 

Ya que en la Cena el cuerpo de Je¬ 
sucristo fué ofrecido á Dios Todopo- 
deroso para su mayor gloria, luego hubo 
sacrifício. 

He aqui la ensefíanza constante de 
nuestra Madre la Iglesia santa; su tes- 
timonio tiene más autoridad que todas 
las intcrpretaciones de los hombres, 
puesto que ella es el mismo fundamento 
de la verdad. 



28 


Capítulo I 


§ 5. Los apóstoles ofpeclepon el santo 
sacrinclo de Ia Mlsa. Antlgdedad de 
esta palabpa 

Como prueba de que los propios 
apóstoles ofrccicron el santo sacrificio 
de la Misa, oígamos á San Pablo, cuan- 
do dice: “ Tenemos un altar o una vic- 
iiina, de que no pueden comer los que 
sirven al Tabernáculo" (*) es decir, los 
judios. 

Ahora bien; no podia haber altar 
sin ofrenda, y la misma palabra comer 
indica claramentc que no se trata dei 
sacrificio de la Cruz, sino de un sa¬ 
crificio manducable, tal como lo insti- 
tuyó en la Cena Jesucristo. 

Afíadamos que San Mateo fué muer- 
to en el altar mientras estaba cele¬ 
brando los santos mistérios. San An¬ 
drés, según cuenta la tradición, decía 
al juez Egea: “Cada dia sacrifico á 
Dios Todopoderoso, no carne de toros 
ni sangre de machos cabríos, sino al 
cordero inmaculado." Atribúyeseal pro- 
pio tiempo á Santiago y á San Marcos 


( 1 ) Hebr. c. XIII, 10. 



Qué es la santa Misa 29 

una liturgia de la Santa Misa y final¬ 
mente el Canon, ó sea la parte de la 
Misa desde el Sanctus á la Comitmón 
se atribuyc á San Pedro. Estas son 
otras tantas pruebas de que el santo 
sacrificio dei \uevo Testamento ha es¬ 
tado en uso desde los primitivos tiem- 
pos de la Iglesia. 

En cuanto á la voz Alisa, con la 
que designamos el santo sacrificio, obje- 
tan los herejes que no se encuentra en 
la Sagrada Escritura. En efecto, pero 
tampoco SC encuentra la palabra Tri- 
niiiad y no obstante no estamos dis¬ 
pensados por eso de creer en este au¬ 
gusto mistério. A pesar de que la pa¬ 
labra Misa no se encuentra en la Biblia, 
cl sacrificio por ella designado está 
pcrfectamente e.xplicado según acaba¬ 
mos dc anotar. Por otra parte en cl 
ano 142 habíasc ya servido dc ella el 
Papa Pio I. Después de éste escribe 
San Ambrosio: “Ocupéme en mis mi¬ 
nistérios, comencé á decir la santa Misa 
y durante el santo sacrificio pedí á Dios 
que viniera en mi auxilio.“ 



3ü Capitulo 1 

Y San Agustín dice; “ Por las lec- 
ciones que rezamos en la Santa Misa 
fácilmente vendremos en conocimien- 
to.“ etc. 

Notemos que tal como emplean es¬ 
tos dos Padres la palabra Misa prueba 
que su uso era entonces general desde 
el sigio tercero. 

Los Padres de la Iglesia griega 11a- 
mábanla también Eucaristia, que sig¬ 
nifica acción de gracias, Liturgia ó 
Agenda, es decir acción, Sinaxis ó 
colecta, asamblea; j la denominaban 
asímismo mesa, altar dei Seíior, cena, 
ofrenda, etc. 

g 6. Ataques de los herejes contra 
Ia santa Misa 

El encarnizamiento con que el de¬ 
mônio ha tratado én todos tiempos de 
atacar al santo sacrifício de la Alisa cs 
una prueba de cuán sagrado c impor¬ 
tante debe de ser, y, al mismo tiempo, 
cuán terrible para él. 

En el decurso de los diez primeros 
siglos, cuando la Iglesia se veia com- 




Qué es la santa Misa 31 

batida por innumerables herejes, nadie 
hubo tan osado que Uegara á atacar 
el augusto sacriflcio. Necesitábase para 
cUo un gran avance en la perversidad, 
una audacia verdaderamente infernal. 

Ello no se verificó hasta el siglo 
onceno; pero debemos hacer notar que 
apenas hubo Berenguer de Tours profe¬ 
rido sus blasfémias, el mundo tembló 
de espanto y le gritó con indignaciún; 
“Eres piedra de escândalo de los fie- 
les, abandonas á nuestra madre Iglesia, 
perturbas la unidad“ ya que más de 
cinco concilios le habían anatematizado, 
hasta que, por un milagro de la mise¬ 
ricórdia divina, Berenguer abjuró de 
sus errores y habiendo hecho peniten¬ 
cia por ellos falleció confesando la ver- 
dadera doctrina. (1088) 

Pero la simiente por ól sembrada 
no desapareció con él, sino fructiticó 
por desgracia algunos anos más tarde 
en lòs Albigenses. Esta secta diabólica 
declaró ilícito el matrimonio, permitió 
la impureza, arguyó violentamente con¬ 
tra la Misa privada, que así Uamábase 



32 


Capítulo I 


vulgarmente la Misa rezada, y llegó á 
tan alto grado su encono que conde- 
naron á terribles penas á los fieles que 
á ella asistían; penas que no Uegaban 
ni en mucho á Ias horrorosas que im- 
ponía á los sacerdotes que tenian la 
andada de celebrar los sagrados mis¬ 
térios. 

A más de los Albigcnses, los enc- 
migos más encamizados que ha tenido 
la Misa han sido indudablemente los 
reformadores dei siglo décimo sexto, 
ya que el propio Lutero conflesa el he- 
cho de haber sido inspirado por Satán 
para abolir la santa Misa, como acto 
de idolatria y que había obrado de tal 
suerte no ignorando que cl diablo abo¬ 
rrecia todo lo bueno; más aun, que sus 
ensenanzas eran todas falsas. 

Si la inteligência de Lutero no hu- 
biese sido ofuscada por completo por 
los espíritus infcrnales, habría á lo me¬ 
nos raciocinado de esta suerte: Satanás 
pretende que la santa Misa es un acto 
de idolatria; si esto fue.se así, ipor 
qué quiere aboliria cuando en alabarla 



Qué es la santa Misa 33 

y fomentaria daria con el medio de 
insultar más despiadadamente al Altí- 
simo ? 

Ahora bien; Satán ha privado dei 
santo sacriflcio de la Misa á todas las 
sectas luteranas, causándoles con ello 
el perjuicio más funesto y les ha im¬ 
buído de tal manera su propio odio 
contra este santo mistério que han He 
gado á proferir la horrible blasfémia 
de que “ la Misa es una abominable 
idolatria “ como se lee en el catecismo 
de los calvinistas de Heidelberg. 

;Pobres insensatos! ^Cómo puedcn 
admitir, entonces, que se haya salvado 
una sola alma desde Jesucristo? Todos 
los apóstoles y los sacerdotes todos 
han celebrado el santo sacrifício de la 
Misa: los mártires y los confesores han 
asistido á ella con ejemplar devoción; 
-;acusarán acaso de idolatria á todo ese 
ejército de Cristo haciéndole, por con- 
sigiiiente. digno dei infíernor La razón 
natural se resiste á suponerlo. 

i Ah! Cuánto más consolador cs cs- 
cuchar á San Fulgcncio cuando dice: 



34 


Capitulo II 


“Creo sin la menor sombra de duda 
que el Hijo unigénito de Dios hecho 
hombre por nosotros, se ha ofrecido 
en sacrifício á Dios, al cual la Iglesia 
Católica ofrece sin cesar, en fe y en ca- 
ridad, el sacrifício dei pan y dei vino.“ (*) 
Guardémonos bien de que no acon- 
tezca lo que á los herejes, á quienes 
Satanás ha privado de la Santa Misá. 
N’o pudiendo arrebatárnosla cnteramente 
se esfuerza en hacernos desconocer el 
valor sin fin dei santo sacrifício para 
que no lo estimemos como es debido, 
haciéndonos negligentes á fín de que 
no podamos obtener los frutos abun¬ 
dantes de gracia que de la Misa debe- 
mos lucrar. 


CAPÍTULO U 

De la excelencla de la Santa Misa 
Es tan inmensa la excelencia de Ia 
Misa que los mismos serafines no puedcn 
llegar á comprenderla en su totalidad. 

(1) De flde ad Petrum, c. XIX. 



Excelencia de la Misa 35 

Probemos, no obstante, dc formamos 
un concepto de ella ateniéndonos á las 
cnsenanzas de la Iglesia apropiadas á 
este objeto. 

Dice S. Francisco de Sales: “De 
todos los actos de religión, el santo 
sacrifício de nuestros altares resplan¬ 
dece como el sol entre las estrellas, 
porque es el alma dc la picdad, centro 
dc la religión cristiana al cual conver- 
gen todos los mistérios y todos los 
preceptos; es el mistério inefable de 
la caridad divina, merced al cual, en- 
tregándose Jesucristo personalmente á 
nosotros, nos colma de sus gracias, por 
modo tan amoroso como magnánimo.“ (*) 

El sabio Osorio la prefiere á todos 
los mistérios dela religión: “El santo 
sacrifício de la Misa es lo que hay en 
la Iglesia más augusto y precioso por¬ 
que en él se consagra el pan y el vino 
y se ofrccc á Dios el sacramento dei 
altar “ (®); y Forner de Bamberg con¬ 
tinua: “Aunque todos los sacramentos 

(1) Introducc á la ‘“Vida devola“. 1’arlc II, cap.XIV, 

(2) Cone. dc Missa. 



36 


Capítulo II 


son excelentes, excede á todos la Misa: 
aquéllos son vasos que encierran la 
divina misericórdia en beneficio de los 
vivos; éste es océano inagotable de la li- 
beralidad divina en favor de vivos y 
muertos.“ (‘) 

Pasemos ahora á apuntar las razo- 
nes y seflales de esta cxcelencia que 
se revela, en primer lugar en el cere- 
monial de la bendición y consagración 
de las iglesias y altares, ceremonial el 
más solemne é imponente. 

Y como quiera que la mayor parte 
de fieles no han gozado dei privilegio 
dc asistir á esta ficsta, la más conmo- 
vedora é instructiva entre todas, dare¬ 
mos de ella una sucinta relación. 

§ 1. De la consagración de una Iglesla 

La consagración de una iglesia ó 
de un altar es atribución propia dei 
prelado, quien se prepara con el ayuno 
para demostrar la importância dei acto 
que va á llevar á cabo. (-) 

(1} Cone. de Pas. 65 y 69. 

(2) Sagrada Congregación de ritos. 



Excelencia dc la Misa 


37 


En la maãana dei día de la cerc- 
monia, revestido con los hábitos pon- 
tificales, en el lugar donde por la no- 
che se depositaron las reliquias, recita 
los siete salmos penitencialcs y la Le- 
tanía de los Santos, dirigiéndose lucgo 
con el clero ante la puerta principal 
dft la iglesia, que permanece cerrada. 
El prelado bendice el agua, se rocia á 
3Í mismo, al clero y al pueblo y con- 
duce la procesión por tres vezes al 
rededor de la iglesia, bendiciendo y ro¬ 
ciando las paredes en nombre de la 
santísima Trinidad, mientras el coro can¬ 
ta diferentes responsorios y antífonas. 

De regreso á la puerta implora la 
bendición dei ciclo sobre aquel templo 
y con su báculo llama tres vezes á di- 
cha puerta, diciendo: “Attollitc portas 
vestras, et elevamini portae a:ternales.“ 
•• Levantad, oh principes, vuestras puer- 
tas, y elcvaos vosotras, oh puertas de 
la eternidad.“ (•) 

A la última prosigue el prelado por 
tres veces: “ Abrid,abrid,abrid.“ Abrese 


(0 Salmo XXIII, 7. 



38 


Capítulo II 


entonces la puerta y el prelado traza 
con su báculo el signo de la cruz so¬ 
bre el umbral, exclamando: “//e aqui 
el signo de la crtiy con la que todos 
los espiritus inf entales hufen.^ Así que 
entra en la iglesia dice; “Pa- en tsta 
casa y el coro responde : “ Y á rues- 
tra entrada,'^' 

Al llegar en medio de la nave el 
prelado se arrodilla y entona el himno 
Vcni Creator üpiriíus y á este himno 
siguen las Letanías de los Santos y el 
cântico Benedictus. Mientras tanto el 
prelado traza sobre dos regueros de 
ceniza, extendidos en forma de cruz de 
un extremo á otro de la iglesia, las 
letras dcl alfabeto griego y latino, de 
suerte que la primera y última letra 
dcl alfabeto estén en uno de los extre¬ 
mos dei templo. Esta ceremonia signi¬ 
fica la unión por medio de la Cruz en 
el seno de la Iglesia dei griego y dei 
bárbaro. El báculo de que se sirve es 
el símbolo de la doctrina de los após¬ 
tolos. 

Seguidamente bcndice la sal, cl agua 



Excclcncia de la Misa 


39 


y el vino; los mezcla y empieza la con- 
sagración dei altar mayor. Recita el 
prelado la antífona hitroito ad altare 
Dei y el coro continua con el salmo 
J}idicame.{^) Durante estas oraciones 
sumerge el pulgar en el agua que acaba 
de bendecir y traza una cruz cn el cen¬ 
tro y en las aristas de la piedra, di- 
ciendo: “Bendito sea este altar, á la 
mayor gloria de Dios, de la bicnaven- 
turada Virgen Maria, de todos los san¬ 
tos, en nombre y memória de San N. 

en nombre dei Padre y dei Hijo y 
dei Espíritu Santo.“ Estas palabras las 
repite cinco vezes. Acto seguido el pre¬ 
lado, semejante á los israelitas cuando 
la toma dc Jericó, se vuelve siete ve- 
ces al redcdor dei altar rociándolo con 
agua bendita y recitando el salmo Mi- 
serere. 

Luego, durante el canto de los sal¬ 
mos, da el prelado la vuelta por tres 
vezes al recinto dei templo, rociando 
los muros con agua bendita cn la par¬ 
te alta, media y baja. Vuelve á hacer 


(1) l's XLII. 



40 


Capítulo II 


varias veces la senal de la cru^ en las 
cuatro esquinas dei pavimento de la 
iglcsia y se encamina de nuevo al al¬ 
tar para preparar alK con agua ben¬ 
dita cl cemento con que ha de colocar 
la piedra de dicho altar. Entonces van 
en procesión á traer las reliquias, que 
deberán ser puestas en el sepulcro, y 
que están encerradas en un pequeiío 
cofre de metal. 

.\1 entrar en la iglesia el prelado 
hace por tres vezes la sefíal de la cruz 
en la puerta con el santo crisma di- 
ciendo: “ En nombre dei Padre, dei 
Hijo y dei Espíritu Santo. Seas, oh 
puerta, bendita, santificada, consagrada 
y dedicada al Sefior Dios. Seas, oh 
puerta, el umbral de la salvación y de 
la paz; seas, oh puerta, puerta pacífica 
para aquel que ha sido llamado Puerta, 

Cristo Jesus, Sefíor nuestro.“ etc. La 

procesión avanza luego hasta el altar 
mayor donde traza el prelado hasta 
cinco vezes la sefíal dei cristiano so¬ 
bre el sepulcro, antes de colocar en él 
las reliquias. 




Excelência de la Misa 


41 


En los primeros tiempos dcl cris¬ 
tianismo se acostumbraba celebrar la 
santa Misa sobre la tumba de los már¬ 
tires, dc donde procede la obligación 
cstricta de poner reliquias en todos los 
altares. 

El prelado inciensa las reliquias y 
une con cemento el sepulcro; unge la 
piedra c inciensa el altar en el centro 
y en los lados, entregando el incensᬠ
rio á un sacerdote, quien continüa dando 
vueltas al rededor hasta que concluye 
la consagración. Toma nuevamente el 
prelado el incensário y á su vez da 
vueltas en torno dei altar. Derrama 
finalmente el santo óleo y el santo cris¬ 
ma sobre el ara, y lo e.xtiende, ó, me- 
Jor dicho, frota el altar con su mano. 
Con esto queda el altar consagrado. 

El prelado vuelve á la nave de la 
iglesia para ungir con él santo crisma 
las doce cruces pintadas en los muros, 
incensando tres vezes cada una y re- 
gresa al altar para bendecir el incienso 
que en él va á ser quemado, cuyos gra- 
nos han sido colocados en forma de 



42 


Capítulo II 


cruz sobre las cinco cruces de la pie- 
dra. Sobre el ara se colocan vários 
cirios pequenos que arden á la vez y 
mientras tanto arrodíllase el prelado 
y canta; “Aleluya! ven, Espíritu San¬ 
to. llena los corazones de los fieles de 
tu luz y enciende en ellos el fuego de 
tu amor.“ 

Siguen otras preces que se cantan 
en tono de Prefacio y el prelado ruega 
á Dios diciendo; “Confirmad lo que 
habéis hecho en nosotros, en vuestro 
santo templo que se halla en Jerusalén. 
Aleluya! “ El coro entona el salmo 67, 
el canto de la victoria y dei rccono- 
cimiento: “ Levántese Dios y sean ven¬ 
cidos sus enemigos y huyan de su pre¬ 
sencia los que le aborrecen....“ etc. En¬ 
tretanto se adorna el altar y el pre¬ 
lado da comienzo á la Misa. 

La concurrencia se asombra de este 
gran numero de ceremonias, unciones 
y oraciones. — <jA qué — dicen — tan¬ 
tas moléstias, tanto tiempoy tanto gasto? 
Para que el templo sea más digno dei 
sublime sacrifício que allí debe ofre- 



Excelência de la Misa 


43 


cerse y el altar suficientemente puro á 
fin de recibir dignamente el Cordero 
de Dios inmolado. 

He aqui una prueba de la santidad 
y dignidad de nuestras iglesias. El tem¬ 
plo de Salomón no era más que una 
imagen de los nuestros y no obstante, 
jcon qué respeto lo veneraban los ju¬ 
dios y los gentiles!: “ Salomón ofreció 
en sacrificio pacifico al Senor 22000 
bueyes y 120000 carneros. Bajó fuego 
dei cielo que devoró los holocaustos y 
víctimas y Uenó toda la casa la Majes- 
tad dei Senor. Todos los hijos de Is¬ 
rael vieron con sus ojos descender el 
fuego y la gloria dei Senor en el tem¬ 
plo. Pegaron sus frentes al polvo y 
adoraron al Senor. Salomón e.xclamó; 
•‘;Es creible que verdaderamente Dios 
ha de habitar sobre la tierra? Porque 
si los cielos, oh Senor, si ni los alti- 
simos cielos no pueden abarcarte, cuánto 
menos esta casa queyohefabricado?“(*) 

Ciertamente aquel templo era digno 

(1) Keycs, Líb. III, Cap. VIII, 27; Paralip. Lib. II, ca. 
pitrlo Vil, V. 1-8, 



44 


Capítulo II 


dc la veneración y admiraciíín de los 
pueblos, á pesar de ser tan sólo, como 
se ha dicho ya, una imagen, una som¬ 
bra de nuestras iglesias; no encerraba 
sino cl Arca dc la alianza, las Tablas 
de la ley, el maná y la vara de Aarón 
que había florecido; las víctimas inmo- 
ladas no eran mas que animales sacri¬ 
ficados y quemados, ofrecidos con pan, 
vino, tortas, aceite, harina y otras co¬ 
sas semejantes. 

; Qué contraste con los templos ca¬ 
tólicos, consagrados con el aceite y el 
santo crisma, rociados con agua ben¬ 
dita, perfumados de incienso, santifica¬ 
dos con tantos signos de Cruz, desti¬ 
nados á la oblación dei santo sacrificio 
de la Misa! En vez dei Arca de la alianza 
tenemos el Tabernáculo, que guarda el 
verdadero maná, el augusto Sacramento 
dei Altar, el verdadero cuerpo y san¬ 
gre de Jesucristo. j Qué veneración de- 
bemos á tal santuario! 

Apellidamos á- la iglesia Casa de 
Dios y en realidad lo es, puesto que 
en ella habita continuamente Nuestro 



Excclcncia de la Misa 


45 


Scilor Jesucristo. Sus ángeles le sirven 
allí, le adoran, le alaban, le ofrecen 
nuestras oraciones, realizándose de esta 
suerte la visión de Jacob. Yendo el pa¬ 
triarca de Bersabée á Harán, queriendo 
descansar al atardcccr “ tomó una de 
las piedras que allí había y poniéndo- 
sela por cabeccra, durmió en aquel 
sitio. Y vió en sueüos una escala fija 
en la tierra, cuyo remate tocaba en el 
cielo, y ángeles de Dios que subían y 
bajaban por ella y al Seflor apoyado 
sobre la escala." Al despertar Jacob 
despavorido e.xclamó: “ Cuán terrible 
es este lugar, verdadcramente este es 
la casa dc Dios y la pucrta dei cielo.“ 
Levantándose, pues, Jacob, al amanecer, 
cogió la piedra que se había puesto 
por cabccera, y erigióla como un mo¬ 
numento de la visión derramando óleo 
encima. Y puso por nombre Betei á la 
ciudad“ esto es, “casa de Dios.“ (‘) 

Esta piedra no era más que un sím¬ 
bolo de la de nucstros altares, consa¬ 
grada con el óleo y el santo crisma y 

(1) Gcnc*). c. XXVIII. 



46 


Cnpitulo II 


á la que se aplican justamente estas 
palabras: “Lugar terrible: verdadera- 
mente esta es la casa de Dios y puerta 
dei cielo.“ 

Nuestras iglesias son asimismo el 
lugar dei cual dice Dios por boca dei 
profeta Isaías: “Yo les conduciré á mi 
santo Monte iie la Iglesía, y en mi casa 
de adoración los llenaré de alegria: me 
serán agradables los holocaustos y víc- 
timas que ofrecerán sobre mi altar, 
porque mi casa será llamada casa de 
oración para todos los pueblos.“ (^) 

Si nos animase una fé viva, entra¬ 
ríamos cn el templo con temor, y con 
el más profundo anonadamiento ado¬ 
raríamos á Nuestro Senor en la Euca¬ 
ristia y veneraríamos á los ángeles. Los 
que hablan, ríen ó pecan de cualquicr 
otra forma durante el oficio divino, 
provocan la cólera de Dios y se hacen 
reos de una grave ofensa contra la di¬ 
vina Majestad. Tomemos, pues, la firme 
resolución, al ir á la iglesia, de por¬ 
tamos devotamente, de evitar toda pa- 


(1) Isaías, c. LVI, 7. 



Excelencia de Ia Misa 


47 


labra inútil, toda mirada curiosa; y de 
adorar á Dios en espíritu y de un mo¬ 
do sincero, de rogar con todo el cora- 
zón, dc llorar por nuestros pecados y 
de implorar la divina misericórdia. 

§ 2 . De la consagrración de los Sacerdotes 

La e.vcelencia dc la santa Misa re- 
salta en segundo lugar en la consagra- 
ción que reciben los sacerdotes y mi¬ 
nistros dei altar. 

Para poder celebrar el cruento sa- 
crilicio hay que pasar por siete grados 
ó categorias. Los que han recibido las 
cuatros primeras órdenes están desti¬ 
nados á servir á los sacerdotes en el 
altar, pero sin tener autorización para 
tocar el cáliz, la patena, el corporal, 
y el purificador, á menos de haber re¬ 
cibido un permiso particular ó ante una 
necesidad absoluta. Para poder tocar 
dichos objetos por derecito propio es 
preciso haber recibido la quinta orden 
que corresponde al subdiaconado. De la 
misma suerte los subdiáconos, diáconos 
y sacerdotes tienen tan sólo el dere- 



48 


Capitulo II 


cho de tocar y limpiar los objetos que 
sirven inmcdiatamente para la celebra- 
eión de la santa Misa; tales son las 
prescripciones formales de la Iglesia. 
LI que faltase á ellas por inadvertência 
ó negligencia asumará grave respon- 
sabilidad. 

Por otra parte, jqué cargo de con- 
ciencia para los sacerdotes y los fieles 
que consientan se celebren los santos 
mistérios con una alba sucia, una ca- 
sulla desgarrada, con lienzos de telas 
ordinárias ó manchadas, los vasos oxi¬ 
dados ó un altar desprovisto de orna¬ 
mentos ! i Qué vergüenza para los cris- 
tianos que retroceden ante un pequeSo 
sacrifício pecuniário cuando se trata de 
la decencia de los lugares sagrados, 
mientras emplean gustosos enormes su¬ 
mas en trajes, lujos, adornos y baga¬ 
telas ! i Qué pecado para el cura y para 
la parroquia cuyos armarios aparecen 
repletos de buena ropa mientras el al¬ 
tar está afeado con harapos, y cuya 
mesa centellea de objetos valiosos á la 
vez que el cáliz, la custodia, el copón 



Excelência de la Misa 


49 


son de metal ordinário! ; Qué doloroso 
espectáculo! jTriste prueba de un es¬ 
tado de alma aun más lamcntable! 

En cambio, jcuán dignas de elogio 
son las piadosas mujeres y vírgenes 
que emplean sus ocios en confeccionar 
la ropa dei altar, ornamentos decentes 
y cuanto contribuye á hermosear los 
templos! Esas tales pueden exclamar 
en verdad: “Sefíor. amo la hermosura 
de tu casa y el lugar donde mora tu 
Majestad.“ 

Como se ha dicho ya, la excelen- 
cia de la santa Misa se manifiesta espe- 
cialmente en la consagración sacerdotal. 

He aqui las ceremonias que acom- 
pailan á dicha consagración. Guando el 
diácono se ordena de sacerdote se re¬ 
viste dei amito, dei alba, de Ia estola, 
atravesada sobre la espalda izquierda 
y atada al lado derecho y arrodíllase 
delante dei prelado que está sentado en 
su trono. El prelado le hace presente 
la gran responsabilidad que va á con- 
traer y pregunta al auditorio si le juzga 
digno. Si nadie protesta se arrodílla el 



50 


Cnpítuio n 


prelado y recita en voz alta las Leta- 
nías de los Santos, mientras el diácono, 
prosternado y apoyando su frente en 
el suelo, las recita con aquél. 

Acto seguido el prelado Ic pone una 
mano sobre la cabeza, recita una ora- 
ción y un largo prefacio, le pone la 
estola en torno dcl cucllo y Ic coloca 
la casulla sobre las espaldas. 

Arrodíllase de nuevo y dice una 
oración y el himno \'eni Creaíor. El 
prelado vuelve á ocupar su sitio y el 
diácono, arrodillado le presenta las ma¬ 
nos las que unge aquél con los santos 
óleos, diciendo: “SeHor, dignaos por 
estas unciones y por vuestra bendición 
consagrar y santificar estas manos.* 
Luego afiade, haciendo la sefial de la 
Cruz: “En nombre de nuestro Seiíor 
Jesucristo, cuanto bendigan estas ma¬ 
nos, quede bendecido, y cuanto consa- 
gren, consagrado. Amén.“ 

El prelado ata las manos dei diᬠ
cono, le presenta el cáliz con agua y 
vino, la patena y la Hóstia y le dice: 

“ Recibe el poder de ofrecer el santo 



Excelencía de la Misa 


51 


sacrifício de la Misa, tanto para los vi¬ 
vos como para los difuntos: en nombre 
dei SeHor. Amén.“ 

Se le desatan las manos, el nuevo 
sacerdote se las lava y el prelado con¬ 
tinua la santa Misa. 

En el ofcrtorio se presenta el re- 
cién ordenado con un cirio encendido 
que entrega al prelado y le besa la 
mano. Luego se arrodilla detrás dei 
celebrante y dice la Misa, palabra por 
palabra, siguiéndola en un misal. 

En la Comunión recibe dei prelado 
el Cuerpo de Cristo y despucs dc la 
recitación dei Credo le pone aquél am¬ 
bas manos sobre la cabeza y le dice; 
“Recibe el Espíritu Santo: qucdarán 
perdonados los pecados á qu ienes los 
perdonares y quedarán retenidos los 
que retuviercs.“ 

Por último, el nuevo sacerdote pro¬ 
mete obedicncia al prelado el cual le 
bendice con estas palabras; “La ben- 
dición de Dios Todopoderoso, Padre, 
Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre 
ti para que seas bendecido en el sa- 



52 


Capítulo II 


ccrdocio y puedas ofrecer la Hóstia de 
salud al Senor, por los pecados dei 
pueblo.“ 

Así es como la Iglesia católica con¬ 
sagra á sus sacerdotes. 

Si reflexionamos un poco sobre la 
grandeza dei sacerdócio no nos admi¬ 
raremos de la gran pompa desplegada 
por la iglesia en sus ordcnaciones. 

Senos objetará tal vez: ^Para qué 
esas diversas órdenes ? i Para qué esos 
pormenores, oraciones, unciones y ce- 
remonias ? Tienen por objeto aumentar 
en el futuro celebrante la pureza de 
eorazón y la santidad de costumbres 
y lograr que sea más digno de ofrecer 
á la temible majestad de Dios el santo 
sacrifício de la Misa. 

§ 3. Del altar, los ornamentos sacerdotales 
y los vasos sagrados 

Otro testimonio de la excelencia de 
la santa Misa cs el número y cualidad 
de los objetos necesarios para su cele- 
bración. Dichos objetos son, además 
dei sacerdote ordenado, reemplazando á 



Excelencia de Ia Mi.sa 


53 


la misma persona de Jesucristo, en pri- 
mer término un altar consagrado que 
debe levantarse dei suelõ como repre- 
sentación de la colina dei Calvario so¬ 
bre el que fuc inmolado y cnarbolado 
en una Cru2, el inocentísimo cordero, 
Jesucristo. El altar propiamente dicho 
consiste en una piedra rectangular que 
hace las veces de mesa y que repre¬ 
senta la imagen de Jesucristo; piedra 
que rechazaron los judios pero que 
constituye la piedra angular de la Igle- 
sia. Las restantes partes arquitectó- 
nicas dei altar no son esencialmente 
necesarias. El sepulcro de que hemos 
hablado ya, recuerda la mesa de la Cena. 

Debe el altar estar cubierto y ador¬ 
nado con tres mantelos de tela que 
representan los sudários dei Senor. Ha 
de haber además un crucifiio, para re¬ 
cordamos que cl sacrifício dei altar cs 
el mismo que cl dei Calvario; á lo me¬ 
nos dos candeleros con velas encendi- 
das, una imagen de Jesucristo, que es 
la luz dei mundo, y un facistol, las sa¬ 
cras, flores y cortinajes, para realzar 



54 Capitulo II 

el esplendor dei altar en ciertos dias 
festivos. 

Hay que tener en cuenta, en segun¬ 
do lugar, los ornamentos sacerdotales. 
El respeto debido á Dios y al augusto 
sacrideio de la Misa, requiere que los 
ministros vayan vestidos con hábitos 
especiales para la celebración de los 
divinos mistérios. En el Antiguo Tes¬ 
tamento los hábitos sacerdotales esta- 
ban minuciosamente prescritos por el 
mismo Dios, mas en el Nuevo Testa¬ 
mento los ha descrito y ordenado la 
Iglesia en todos sus pormenores desde 
los tiempos de los apóstoles. 

El milito ó humeral que el sacer¬ 
dote coloca sobre su cabeza y cuello 
significa el velo con el cual los judios 
cubrieron el Rostro dei Salvador en 
casa de Caifás, diciéndole: “ Christo, 
adivina quién te ha herido.“ 

El olba, túnica blanca que llega 
hasta los piés, representa la bata blan¬ 
ca con que, por irrisión, vistió Herodes 
á Nuestro Sefíor Jesucristo. 

El ciiigulo, o cordón, significa la 



Excelência dc la Mi^^a 


55 


cuerda con que el divino Maestro fué 
atado en el huerto de las olivas. 

El manipulo representa las ligaduras 
que agarrotaron sus brazos. 

La estola, larga y estrecha banda 
que el sacerdote se pone entorno dei 
cuello y cruza delante dei pecho, es 
figura de las cadenas de hierro con que 
fué cargado después de su condenación. 

La casulla representa el manto pur¬ 
púreo que en casa de Pilatos echaron 
los soldados sobre los hombros dei 
Senor. La cruz trazada sobre ella sig¬ 
nifica aquella sobre la cual fué cla- 
vado, y la columna de delante, la de 
la flagelación. 

El bonele con que el sacerdote cu- 
bre la cabeza al ir y al volver dcl al¬ 
tar representa la dignidad y autoridad 
dei sacerdote. 

El color de la casulla es variable; 
puede ser blanco. rojo, verde, violado 
ó negro, y cada uno de estos colores 
tiene su significación propia. 

El blanco, imagen de la luz, expresa 
gozo, inocência, triunfo, gloria, inmor- 



56 


Capítulo II 


tãlidad. Empléase en las íiestas dcl 5e- 
fior, manantial de toda luz y gozo; cn 
las íiestas de la Virgen Maria, madre 
de la luz dei mundo y como á figura 
de la inmaculada pureza de la Reina 
de las vírgenes; en las festividades de 
los santos ángeles, que moran cn la luz 
eternal, y en las solemnidades de los 
santos que no sufrieron el martírio. 

El color encarnado significa fuego 
y sangre, amor á Dios y al prójimo. 
Se usa la casulla encarnada en las íiestas 
dei Espíritu Santo, que enciende la llama 
dei divino amor en nuestras almas; en 
las íiestas de los mártires, que derra- 
maron su sangre por el amor á Dios, 
y en las solemnidades de la Pasión, ó 
de los instrumentos de la pasión dei 
Sefior. 

El color verde simboliza esperanza, 
deseo de vida eterna y es el color 
propio dei ano eclesiástico. El elevado 
número de estas íiestas hace que se use 
solamente en ciertos domingos después 
de Pentecostés. 

El color morado, sefial de peniten- 



Excelência de Ia Mísa 


57 


cia, se emplea en el Adviento, la Cua- 
resma, las vigílias y en las cuatro Têm¬ 
poras. 

El negro es color de luto; negra es 
la casulla en la Misa de difuntos y el 
Viernes Santo, para testimoniar nuestro 
dolor de haber crucificado á Nuestro 
Senor con nuestros crímenes. 

Tales son los cinco colores litúr- 
gicos; su vista puede excitar cn nues- 
tras almas, durante la santa Misa, los 
sentimientos que les ofrece la Iglesia. 

En tercer lugar debemos tener en 
cuenta los objetos que sirven para el 
santo sacrifício. 

El cd/í7, consagrado por el prelado, 
recuerda á la vez el cáliz de amargura 
que Jesus bebió hasta las heces y el 
sepulcro en el cual fué depositado su 
cuerpo. 

La palia, trozo de lienzo cuadrado 
que sir ve para cubrir el cáliz, significa 
la piedra cuadrangular dei sepulcro. 

La patena, la urna que contenía los 
perfumes para embalsamarle. 



58 


Capítulo 11 


El corporal, sobre el que se co¬ 
loca el cáliz y la Hóstia, el sudário en 
que fué envuelto el cuerpo dei Salva¬ 
dor. 

El purificador, con que sc enjuga 
el cáliz, los lienzos que se utilizaron 
para enjugar el cuerpo de Jesiís. 

El velo. cuadrado de seda con que 
se cubre el cáliz, el velo dei templo que 
por sí sólo se desgarro de arriba á bajo 
después de la muerte de Cristo. 

Se necesitan adernas muclios otros 
objetos para la celebración de la santa 
Misa: pan sin Icvadura, vino, agua, dos 
vinajeras, un lavabo y una campanilla. 

La mayor parte de estos objetos son 
de tal manera indispensables que el ce¬ 
lebrante cometería grave pecado al omi- 
tirlos. 

§ 4. De las ceremonias de la 
santa Misa. 

Se reconoce en lin la excelencia de 
la Misa en las ceremonias prescritas para 
celebraria. La ensenanza católica sobre 



Excelência de la Misa 


59 


esta matéria está contenida en las si- 
guientes palabras: 

< Los hombres son de tal condición 
que les es difícil levantarse á la conside- 
ración de las verdades divinas sin el 
auxilio de las cosas sensibles. A esta 
causa, nuestra madre la Iglesia ha man¬ 
dado que las diferentes partes de la 
misa se dijeran ahora en voz alta 
ahora en voz baja. Ha impuesto tam- 
bién varias ceremonias, como son ben- 
diciones, cirios, incienso, ornamentos 
y otras muchas cosas pare conformarse 
con las ensefíanzas de los apóstoles y 
usos de la tradición. Tienden los ritos 
ceremonialcs á dar á conocer la Majes- 
tad de Dios y á mover á los fieles á 
la contemplación de los mistérios divi¬ 
nos que se ocultan en el sacrificio de 
Ia Misa. 1 

A pesar de las explicaciones de- 
talladas que sobre dichas ceremonias se 
encontrarán al final dei presente libro, 
vamos á exponerlas brevemente con 
objeto de dar desde ahora una idea dei 
número y calidad de las mismas. 



60 


Capitulo II. 


El sacerdote hace diez y seis veces 
la senal de la Cruz; se vuelve seis ve¬ 
ces al pueblo; ocho veces besa el altar; 
levanta once veces los ojos al cielo; 
se da diez golpes de pecho; hace diez 
genuflexiones; une las manos cincuenta 
y cuatro veces; hace veintiuna incli- 
naciones de cabeza y siete con los hom- 
bros; se prosterna ocho veces; treintay 
una veces bendice la ofrenda con la seiíal 
de la Cruz ; veintinueve veces pone las 
manos sobre el altar; catorce veces ora 
con los brazos axtendidos y treintiseis 
juntando las manos; pone éstas, juntán- 
dolas, siete veces sobre el altar; coloca 
nueve veces la mano izquierda, sola, ex- 
tendida sobre el altar y once veces la lle- 
va al pecho; eleva ocho veces ambas 
manos al cielo once, ora en voz baja y 
trece en alta voz; descubre diez veces el 
cáliz y cambia de lugar veinte veces. 

Además de estas tres cientas cin¬ 
cuenta ccremonias, tiene que llevar á 
cabo ciento cincuenta más, componiendo 
un total de quinientas. Anadamos á és¬ 
tas las cuatrocicntas rúbricas prescritas 



Excelência de la Misa 


61 


y nos convenceremos de que el sacer¬ 
dote que celebra Ia santa Misa según 
el rito católico, está obligado, bajo pe¬ 
na de pecado á novecientas diferentes 
obligaciones, cada una de las cuales 
tiene su significado espiritual y tiende 
á llevar á cabo digna y piadosamente 
el santo sacrificio, por cuyo motivo 
ordenó formalmente al Papa Pio V que 
así los cardenales, arzobispos y prela¬ 
dos, como los simples sacerdotes, ce- 
lebraran la Misa de esta suerte, sin 
hacer cambio alguno y sin anadir ni 
quitar nada. 

i Cuánto agradecimiento no debemos 
àl cura que por nosotros celebra la 
Misa y con estas augustas ceremonias 
dirige nuestras preces al Padre celes¬ 
tial, al propio tiempo que el divino 
sacrificio ! 

Al llegar á este punto puede ocu- 
rrírsenos la duda de si seria ó no más 
útil para la edifícación é instrucción de 
los fieles el uso de la Icngua vulgar en 
la celebración de la santa Misa, cn vez 



62 Capítulo II 

de la latina, que la mayor parte de fieles 
no comprende. 

Ante tal duda respondemos que Ia 
Misa no es un sermón, sino un sacri- 
ficio, ya que el cura no la celebra pa¬ 
ra instruir al pueblo sino para ofrecer 
en su nombre el sacrifício dei Nuevo 
Testamento. Aun que no deja de ser 
cierto que hay que pronunciar palabras 
para celebrar, no obstante, tales pala¬ 
bras SC dirigen más bien á Dios que á 
los fíelcs, y eso explica el porquê la 
mayor parte de oraciones se dicen en 
voz baja. 

Por otra parte, para participar de 
los benefícios dei divino sacrifício, no 
es necesario comprender las palabras 
dcl celebrante; basta tan sólo unirse á 
sus intenciones y encomendar á Dios 
nuestras necesidades ; y esto pucde ha- 
cerlo cada uno en su idioma propio, 
pues poco importan ã Dios las pala¬ 
bras. Esto sin contar que la mayor parte 
de devocionarios contienen la traduc- 
ción de las oraciones latinas de la 
Misa. 



Excelência de Ia Misa 63 

La Iglesia emplea la lengiia latina 
por ser ésta la que se hablaba cn Ro¬ 
ma, cuna dei cristianismo. Así como 
no hay mas que un solo Dios, un solo 
Cristo, una fe sola, un solo bautismo, 
una sola Iglesia Católica romana y un 
solo sacrifício en dicha Iglesia, así tam- 
bicn no puede haber más que una sola 
lengua para ofrecer este sacrifício, y la 
referida unidad delenguaje es un símbo¬ 
lo de la unidad de la Iglesia. Por eso el 
católico encuentra su casa en nuestros 
templos, porque dondcquiera que nucs- 
tra Madre la Iglesia reúna sus hijos 
alrededor dei altar dei sacrifício les 
habla un solo lenguaje. 

§ 5. Del principal sacerdote de la 
santa Misa. 

Con todo lo acabado de manifestar 
podemos formamos una idea de la dig- 
nidad de la santa Misa. Sin embargo, 
nada hay que demuestre la e.xcelencia 
de ella como el considerar quien es el 
que ofrece este sacrifício. 



64 


Capítulo n 


Ahora bien: íQuién es el sacrifica¬ 
dor? ^ Es acaso el sacerdote, el obispo, 
el mismo Papa? No, por cierto. hEs 
un ángel, un santo ó acaso la Madre 
de Dios? Tampoco. No es otro que el 
Sacerdote de los sacerdotes, el Obispo 
de los obispos, cl único Hijo de Dios, 
Jcsucristo, el sacerdote eterno según el 
orden de Mclquisedech. El es quien 
da á la Misa excelencia incomparable; 
El cs quien eleva el sacrifício cristiíino 
al rango de obra divina. 

Que es Jesucristo el sacerdote lo 
probaremos con estas palabras de San 
Juan Crisóstomo: «Jesucristo que ha 
preparado el convite ahí está para pre- 
sidirle, porque no es el hombre quien 
transustancia el pan y el vino en el 
cuerpo y sangre de Jesucristo, sino el 
mismo Jesucristo que fué crucificado 
por nosotros». ij) 

San Juan Crisóstomo enseiía con las 
precedentes palabras que Cristo desem- 
pena pcrsonalmente las funciones eâen- 


0 ) S** homil. in Matli. 



Excelencta dc la Misa 


65 


ciales de la Misa, que baja dei cielo, 
que cambia el pan y vino cn su cuerpo 
y sangre, que se ofrece en holocausto 
á su Padre para la sal\ ación dei mundo 
y, como fiel mediador, ruega por los 
pecados dei pueblo y presta su voz y 
sus manos á los sacerdotes, sus servi¬ 
dores, para el cumplimiento dei sacri¬ 
fício divino. 

Si alguien se resistiera á creer cl 
testimonio dei citado santo, le recomen¬ 
damos lo que dice sobre el particular 
el Concilio de Trento; -í El sacrifício 
de la Ciaiz y el sacrifício de la Misa 
es uno solo é idêntico sacrifício, por¬ 
que el que se inmoló por modo cruento 
en la cruz, se inmola en la santa Misa 
por modo incruento, por ministério de 
los sacerdotes » (^). 

La doctrina de la Iglesia es, pues, que 
los sacerdotes son simplemente los ser¬ 
vidores de Cristo y que Xuestro Scfíor 
Jesucristo se ofrece en el altar tan real 
y verdaderamente como se ofreeió en 
cl patíbulo de la Cruz. 

(1) Tridcfit. ses. 32, ç. 2. 


8096 


3 



66 


Capítulo II 


; Qué exelso honor, qué inmensa gra- 
cia, qué inestimable beneficio tenemos 
en este acto por cl cual se digna Jesús 
constituirse en nuestro Sacerdote y nues- 
tro Mediador y abogado ! 

Oigamos á San Pablo en su carta á 
los hebreos; « A la verdad, tal como 
éste nos convenía que fucse nuestro 
pontífice, santo, inocente, inmaculado, 
segregado de los pecadores o' de todo 
pecado, y sublimado sobre los cielos. 
El cual no tienc nccesidad, como los 
demás sacerdotes, de ofrecer cada día 
sacrifícios, primeramente por sus pe¬ 
cados, y después por los dei pueblo : 
porque esto lo hizo una vez sola, ofre- 
ciéndose á sí mismo. Pues la ley cons- 
tituyó sacerdotes á hombres flacos: 
pero la palabra de Dios, confirmada 
con cl juramento qtte ha heclio poste¬ 
riormente á la Ley, estableció por pon¬ 
tífice á su Mijo Jcxucristo, que cs santo 
y perfecto eternamente.» (') 

^No son en verdad hermosas tales 

(1) Ilebr. VII. 26—27—2S. 



Excelência de la Misa 


67 


palabras con las que nos maniíiesta el 
Apóstol cuánto es el amor que Dios 
nos profesa, puesto que nos ha dado 
por sacerdote y mediador no á un hom- 
bre frágil y pecador sino á su mismo 
Hijo que es la propia santidad? 

Pasemos á considerar ahora porquê 
Jesucristo no ha querido confiar su sa¬ 
crifício á los hombres. La primordial 
razón es que dicho sacrifício debía ser 
de una pureza absoluta, como lo anun¬ 
cio cl profeta Malaquías: «l'n todo lu¬ 
gar se sacrifica y sc ofrece al Nombre 
mío una ofrenda pura.» (') La Iglesia 
lo proclama así también ; „ Kste sacri¬ 
fício es el sacrifício de la Misa al que 
no puede mancillarniindignidadni culpa 
alguna dei celebrante. ('^) Si cl sacerdote 
fuese el vcrdadcro sacrificador, la Misa 
podría ser profanada y en muchos ca¬ 
sos se podría dudar de si Dios la acep- 
taba con agrado. Por esto ha dado Dios 
el nombre y oficio de sacerdote á su 


(1) Malaq. c. I. v. 11 — (2) Trid. scs. c. 1. 



68 


Capitulo II 


Hijo unigénito, al „ sacerdote eterno se- 
gún el orden de Melquisedeeh. “ í^) 

Por consiguiente el celebrante no 
es, propiamente hablando, el sacrifica¬ 
dor, sino tan sólo el servidor dei su¬ 
mo sacerdote Jesucristo. Así como si 
un servidor ó criado recibe de su amo 
un presente para ofrecerlo á un san¬ 
tuário, el valor dei dón no desmerece¬ 
ría aunque dicho criado estuviese en 
pecado mortal, de la misma suerte la 
indignidad dei sacerdote no hacc des¬ 
merecer el sacrifício. 

£ Por qué Jesucristo no ha confiado 
la Misa ni á los ángeles, ni á los santos, 
ni á su Santísima Madre, quienes, pu¬ 
ros y de grada llenos habrían ofrecido 
el sacrifício de la manera más santa y 
piad/osa r ; Qué edificación, Dios mío, al 
ver celebrar la Misa á San Pedro, á San 
Pablo á los scrafines! ; Qué alegria y 
qué devoción no sentiría la concurren- 
cia ante al respeto, fervor y atención 
dôl celebrante ! Sus corazones arderían 


n) Ps. cix. 5 . 



Excelência de la Misa 


69 


cntonccs con una llama abrasadora do 
piedad y caridad divina. 

Pero todo ello subiría de punto si 
Ia misma Madre de Dios ofreciera á su 
divino Hijo en el ara dei altar. 

Una Misa de tal naluraleza seria 
muy perfecta, y no obstante no alcan- 
zaría aun, ni con mucho, á lo que exige 
la santidad de Dios y seria indigna de 
su sublime majestad. Por eso Jesucristo 
se ha reservado la Misa para El solo, 
porque sólo Kl. que es el Verbo eterno, 
es quien puede ofrecerla de una manera 
absolutamente agradablc á la excelsa 
Trinidad. 

Síguese de aqui que cada Misa que 
se dice es de un valor infinito, cele¬ 
brada por el mismo Jesucristo con tal 
devoción, respeto y amor que supera á 
todo entendimiento humano o angelical. 
Esta verdad ha sido revelada por Jesiis 
á Santa Matilde: „ Sólo yo sé bien cú- 
mo me inmolo cada dia en el altar por 
la salvación de los hombres, y ni los 
mismos querubines y serafines ó cual- 



70 


Capitulo II 


quicrotra potestad dcl cielo son capaces 
de comprenderlo. “ {') 

jOh Jesus! iQué insondable mistério 
y qué honor para nosotros, pobres peca¬ 
dores, al ser admitidos á la S. Misa donde 
lleváis á cabo esta saludable oblación! 

Considera bien, Icctor querido, estas 
palabras, y cuán útil te es la santa Misa. 
Xuestro Senor se ofrece por ti, prestán- 
dose 'á ser mediador entre tus culpas y 
la justicia divina, librándote dei castigo 
á que diariamente te haces acreedor por 
tus pecados. ; Ah, si te convencieses de 
estas verdades, cómo gustarías de la 
santa Misa, con qué ansia desearías asistir 
á ella, cuán devotamente la oirías y có¬ 
mo sufrirías si te privasen de ella por 
sólo una vez! Soportarías voluntaria¬ 
mente cualquier pérjuicio temporal antes 
que causar tal pérjuicio á tu alma. Los 
primitivos cristianos nos dieron el ejem- 
pio de ello, pues preferían perder la vida 
antes que dejar de asistir al divino sa- 
criíicio. 


(1) I.ib. II, 31. 



lixcclencia de la Misa 71 

Baronio refiere á este propósito he- 
chos que tuvieron lugar en cl afio 303. (*) 

A pesar dei edicto contra los cristia- 
nos promulgado por Diocleciano, aquel 
fanático empcrador, por el cual todas 
las iglesias fueron destruídas, los cris- 
tianos dc Aluta, cn África, hombres, 
mujeres y nifios, se reunieron cn una 
casa particular, donde ofan Misa. 

Los paganos no tardaron en dcscu- 
brirlos y los prendieron y arrastraron 
á la plaza pública dclante dei juez y cn 
su furor echaron al fuego, con notable 
desprecio, el misal y otros libros de que 
se habían apoderado también. Pero Dios, 
no consintiendo en la pérdida de tales 
libros, extinguió el fuego por medio de 
un aguacero repentino. Este prodigio 
confundió al juez, que envió á Cartago, 
donde se hallaba el emperador, á los 
cristianos, que eran en número de trein- 
ticuatro hombres y diecisiete mujeres, 
cn medio de una numerosa escolta; la 
piadosa comitiva se puso en marcha ala- 


( 1 ) XXXVI, y 5. C q. q. 



72 


Capítulo II 


bando á Dios y cantando himnos al Se- 
flíor. Llegados ante el emperador el ofi¬ 
cial ae expresò en estos ó parecidos tér¬ 
minos : 

— Hemos descubicrto á estos mise- 
rables cristianos en una casa de Aluta, 
donde, á pesar de vuestra prohibición, 
ásistían á sus ritos. 

El emperador mandó desnudar á uno 
de los prisioneros y ordenó que se le 
aplicase el tormento de la rueda. 

Al ver esto otro cristiano 11 amado 
Telicase dirigió al emperador y exelamó: 

— -'Por que atormentas á este so- 
lamente, oh tirano } Todos somos cris¬ 
tianos y con él hemos asistido á la san¬ 
ta Misa. 

Telica pagó su acto valeroso con los 
mismos suplicios que acababa de en vidiar. 

Seguidamente el tirano preguntó; 

— íQuién es el jefe de todos vo- 
sotros ? 

— El sacerdote Saturnino y todos 
los presentes; pero tú, desgraciado, obras 
contra toda justicia y equidad al ator- 



Excelência de Ia Misa 


73 


mentamos; nosotros no somos ladro- 
nes ni malhechores, ni hemos cometido 
crimen alguno. 

— Debíais obedecer mis órdenes, — 
repuso el emperador — y renunciar á 
vuestra falsa religión. 

— No acato más que la ley de Dios 
— contestó Telica con entereza — y por 
ella estoy dispuesto á dar hasta la úl¬ 
tima gota de mi sangre. 

Entonces el vaieroso campeón de 
Cristo fué desatado y conducido á la 
prisión. 

En aquel momento se adelantó un 
pagano, hermano de santa Victorina, y 
acusó al senador Dativo de haber acom- 
paSado á Misa á Victorina. 

— Nadie me ha obligado á entrar en 
aquella casa para oir la santa Misa — 
contestó la santa con presteza — Si he 
ido es porque soy cristiana y debo obe¬ 
decer á Jesucristo. 

— Estás loca — le objetó su her¬ 
mano — y hablas como á tal. 

— No, no estoy loca, sino que soy 
cristiana. 


8096 


3 * 



74 


Capítulo II 


Dirigiéndose entonces á la joven le 
dijo el empcrador afablemente: 

— Vamos, i quieres volver á tu casa 
con tu hermano? 

— i Jamás! — contesto cila — por¬ 
que soy cristiana y no conozeo más her- 
manos ni hermanas que aquellos que su- 
fren por Jesucristo. 

— Tcn ptcdad de ti misma — agrego 
el emperador — y sigue el consejo de 
tu hermano. 

— No mesepararé de los mios; con- 
fieso haber oído con cllos la santa Misa 
y haber recibido la sagrada Comunion. 

El tirano ordenó entonces recurrir á 
todos los médios para obligar á la jo¬ 
ven cristiana á renunciar á su fe. Vic- 
torina poseía una belleza encantadora 
y procedia de noble estirpe. Sus padres 
quisicron casaria contra su voluntad y 
se escapo arrojándose por una ventana, 
haciándose luego cortar los cabellos por 
cl sacerdote Saturnino para entrar á for¬ 
mar parte dei número de las vírgenes 
consagradas á Dios. 

Al enterarse el emperador de estos 



Excelência da la Misa 75 

detalles se revolvió furioso contra Sa¬ 
turnino exclamando: 

— ,;Eres tú el que ha inducido á todos 
los presentes á desobedecer mis edictos? 

— Yo Ics he reunido — repuso el 
sacerdote — por orden dei SeRor y con 
objeto de celebrar la Misa. 

— i Por qué lo hiciste ? 

— Porque nos está prohibido dcjar 
de asistir al santo sacrifício. 

— líTú eres, pues, el jefe de estos 
prisioneros — profirió el emperador — 
y Ics has inducido á reunirse? 

— Sí, y yo mismo he celebrado la 
santa Misa. 

Entonces el juez ordenó que le des- 
nudaran y desgarraran tan cruelmentc 
con garflos de hierro que sus entrarias 
salieron de su cucrpo; fínalmente lo en- 
vió moribundo á la prisión á reunirse 
con los dcmás cristianos. 

Tocóle luego el turno á San Emerico, 
á quien interrogó cl tirano: 

— iQuién eres? 

— Soy el promotor de la reunión ; 



"6 


Capitulo II 


en mi propia casa se ha celebrado la 
Misa, — contesto el santo. 

— I Por que albergaste á esos cris- 
tianos despreciando la ley? 

— Porque son mis hermanos y yo no 
podia ni debía rechazarles; á más, noso- 
tros no podemos vivir sin la santa Misa. 

Después de estas palabras es desga¬ 
rrado su cuerpo y llevado también á la 
prisión. 

Luego cl emperador se dirige á los 
restantes y exclama; 

— Espero que no seguiréis el ejem- 
plo de esos desgraciados y que no ju- 
garéis tan ligeramente con vuestra vida. 

Pero los santos mártires contestaron 
á una: 

— i Somos cristianos y cumpliremos 
con la ley de Jesucristo hasta verter la 
última gota de nuestra sangre! 

— No te pregunto si eres cristiano 
— proflere el emperador, dirigiéndose 
á uno de ellos, llamado Félix — sino 
si has concurrido á la reunión y has oído 
la Misa. 



Excelência de la Misa 


77 


— ; Peregrina pregunta! — responde 
San Félix — jcomo si los cristianos pu- 
dieran vivir sin la santa Misa, ó la santa 
Misa pudiera celebrarse para los que 
no son cristianos! Yo te aseguro, emi- 
sario de Satán, que nos hemos congre- 
grado con raucha piedad y hemos oído 
la santa Misa rezando de todo corazón. 

Semejante respuesta encolerizo dc 
tal suerte al tirano que ordenó arrojar 
al suelo alvalerosoFélix haciéndole apa- 
lear hasta dejarle por muerto. 

El resto dei día transcurrió atormen¬ 
tando á los santos mártires y cuando 
llegó la noche se Ics encerró á todos 
juntos, prohibiendo á los guardías, bajo 
pena de muerte, que les diesen de comer 
y beber. Los parientes y amigos dc los 
prisioneros que iban á visitarles ocul- 
taban algunos comestibles bajo sus ves¬ 
tidos, mas los guardias les registraban 
cuidadosamente y les maltrataban. Este 
bárbaro comportamiento no fué sufi¬ 
ciente para haccrlcs desistir de su em- 
peflo; noche y día permanecían ante cl 
ealabozo llorando y lamcntándosc, con 



78 


Capítulo II 


la esperanza de que elemperador se apia- 
daria al fin de los pobres prisioneros. 
Pero éste estaba tan obstinado en su 
crueldad que dejó consumir y perecer de 
hambre á los santos confesores. 

Esta historia queBaronio ha copiado, 
detalle por detalle, de las actas de ca- 
nonización, demuestra^que desde los pri- 
meros tiempos dei cristianismo se ha 
celebrado la Misa y que los fieles asis- 
tían á ella. Nos prucba, además, el ceio 
que tenían los cristianos por el santo 
sacrificio, puesto que preferían sufrir el 
más atroz martirio antes que faltar á él. 

£De donde les vcnía este fervor? De 
que conocían las e.vcelencias de la Misa 
y deseaban aprovccharse de sus méritos. 

Que su ejemplo aumente en nosotros 
la devoción al santo sacrificio dei altar. 

§ 6. Del precioso dón ofrecido en 
la santa Misa. 

Aunquc hemos insistido mucho sobre 
las excelencias de la santa Misa, nos queda 
aun un punto muy importante que tra- 



Excclcncia de la Xlisa 


79 


tar; tal es la ofrenda presentada á la 
Trinidad beatísima. 

Ks evidente que esta ofrenda, para 
ser digna de Dios, debe ser de un pre- 
cio infinito, pues, cuanto más grande es 
aquel á quien se ofrece, tanto más pre¬ 
cioso debe ser el dón. Uno que se atre- 
viese á ofrecer una friolera á un prín¬ 
cipe de la ticrra haría un papel ridículo. 
Ahora bien ; £qué son el cielo y la tierra 
sino una friolera ante la inmensa majes- 
tad de Uios? 

„ El mundo todo es delante de ti como 
un granito en la balanza, y como una 
gota dei rocio que por la maiíana des- 
ciende sobre la tierra “ (^) exclama el 
Sabio. Siendo esto así, i cómo se puede 
encontrar en el universo cosa alguna que 
sea digna dei Todopoderoso r En el pro- 
pio ciclo, i qué hallará Jcsucristo que 
sea digno de Dios? 

En las excelsas mansiones celestia- 
les y en la humilde tierra tan sólo una 
cosa encontró: es á saber, su santa, in- 


íl) Sabid. c. XI, T. 23. 



80 


Capitulo II 


maculada y bendita Humanidad, que es 
lo que la omnipotência de Dios ha pro- 
ducido más grande, segün revelación de 
la Virgen Santa; „Jamás ha habido ni 
habrá cosa tan preciosa como la huma¬ 
nidad de Cristo. “ (*) 

La liberalidad de Dios ha colmado 
á esta Humanidad de gracias y perfec- 
ciones tantas que no' podia cn manera 
alguna concederias en mayor número, 
no porque Dios no puede conceder más 
sino porque la capacidad de la huma¬ 
nidad es incapaz de contener en mayor 
número. Pero, á pesar de ello, esta Hu¬ 
manidad tan bella, pura, santa, perfecta, 
no puede ofrecer un sacrifício digno de 
la adorable Trinidad mas que por razón 
de su unión con la persona dei Verbo 
eterno, unión que comunica á todos sus 
actos un valor y un precio infinitos. 

En su permanência en la tierra la 
Santa Humanidad dei Salvador atrajo 
sobre si la más profunda veneración de 
las criaturas tanto terrenales como ce- 


(]), Revelaciones de Santa Brigida Líb III. 13. 



Excclcncia de la Misa 


81 


lestiales. iQué hemos de decir de Ja uni¬ 
versal adoración prestada á esta santa 
Humanidad, sentada gloriosamente por 
una eternidad á la diestra dei Padre 
celestial ? 

Esta santísima Humanidad de Jesu- 
cristo constituye la única ofrenda digna 
de ser prcsentada al santo sacrifício; 
y efectivamente es el mismo Jesus quien 
lo ofrece y con él presenta todo lo que 
en ella se ha cumplido y todo lo que ha 
padecido durante los treinta y tres aiios 
de su vida mortal: ayunos, vigilias, ora- 
ciones, caminatas, mortificaciones, pre- 
dicaciones, persecuciones, insultos, bur¬ 
las, lágrimas y sudores, su agonia en 
el huerto de las olivas, su fíagelación, 
coronación deespinas, crucifixión, muer- 
te y sepultura. Y por afiadidura ofrece 
su Humanidad inscparablemente unida 
á su Divinidad, porque si bien la Divi- 
nidad no es objeto de sacrifício, no obs¬ 
tante se ofrece la Humanidad al estado 
de perfecciòn á que la eleva la unión 
hipostática. 



82 


Capitulo II 


Probcmos, según lo expuesto, de for¬ 
mamos concepto de tal ofrenda. 

Cristo no ofrece su humanidad bajo 
la forma que tiene actualmente en el 
cie) o ; sino bajo otra forma que toma 
en el altar. En el cielo es tan gloriosa 
que los ángeles tiemblan ante su Majes- 
tad; mientras que en el altar, desciende 
á tal grado de humildad que los mismos 
espíritus puros se anonadan. Las especies 
de pan y vino le tienen cercado como 
en una prisión y tan estrechamente que 
ningún poder puede libertarle y perma¬ 
nece con cilas todo el tiempo que sub- 
sisten. iCómo se presenta á la Santí- 
sima Trinidad en este prodígio de hu¬ 
mildad ? i Oh ! iQué gloria para el Padre 
celestial! jQué virtud, qué excelencia no 
recibe la santa Misa, en que tienen cum- 
plimiento estos mistérios! i Qué bendi- 
ciones, qué gracias para las intcnciones 
dc aqucllos en beneficio de los cuales 
se ofrcce el santo sacrificio! ; Qué con- 
suelo, qué bálsamo reciben las álmas 
dei purgatório cuando se celebra la santa 
Misa, o se la oye á ellas aplicada! 



Excelência de la Misa 


S3 


La Misa cotidiana es el arma por la 
cual la gracia y la misericórdia suple 
á la justicia. Demos, pues, gracias al 
Redentor por haber legado á la mise- 
rable humanidad este sacrificio tan va¬ 
lioso y démosle gracias también por ha- 
bemos dado un medio tan seguro de atraer 
la misericórdia divina sobre nosotros. 

En honor de la santa Misa pasare- 
mos á relatar cómo tuvo lugar la con- 
sagración de la capilla de Einsiedeln y 
como el mismo Jesucristo celcbró con 
gran solemnidad el excelso sacrificio. 

Ochenta aHos después de la muerte 
de San Meinrad, ermitafío, otro piadoso 
ermitaiío de noble estirpe llamado Ebcr- 
hard, fué á suplicar á San Conrado, 
obispo de Constância, que fuese á con- 
-sagrar la capilla dei Santo. El virtuoso 
prelado accedió á la petición y al ir San 
Conrado á la iglesia á orar oyú un coro 
de ángeles que cantaban las antífonas 
y Tcsponsos de la consagración. 

Entró y vió la capilla llena de espí- 
ritus celestiales y al mismo Jesucristo 
revestido con los ornamentos episcopa- 



84 


Capitulo II 


les que procedia á la consagración dei 
santuario. En vista de ello San Conrado 
quedó sumido en un santo arrobamiento, 
pero siguió observando con atención. 

Oyó como Nuestro ScSor Jesucristo 
pronunciaba las palabras de la Iglesia, 
y vió como llevabaá cabo las ceremo- 
nias prescritas para estas circunstancias, 
asistido de los apóstoles, los ángeles y 
una multitud de santos. La Madre de 
Dios, á quien estaba dedicada la eapilla, 
aparecia por encima dei altar más re¬ 
fulgente que el sol y más brillante que 
el rayo. 

Guando termino la consagración, em- 
pezó el Senor la Misa solemne, después 
de la cual desapareeió tras la corte ce¬ 
lestial, dejando á San Conrado en trans¬ 
portes de júbilo, que reconocio luego 
en las cenizas que cubrían el suelo la 
huella de los pies dei Salvador y en las 
paredes las sefíales de las unciones. 

A la maiiana siguiente el clero fué 
á buscar á San Conrado para dar co- 
mienzo á las ccremonias. Pero él e.\- 
clamó: 



Excelencia de la Misa 


85 


— No puedo consagrar este templo 
porque lo está ya de una manera mis¬ 
teriosa. 

Insisticron los otros, pero de pronto 
se oyó una voz celestial que repitió por 
tres veces; 

— i Detente hermano!; el oratorio 
éstá consagrado ya. 

Desistieron entonces y el Santo en- 
vió á Roma la relación de este hecho 
míiravilloso. (‘) 

Caro lector, i verdad que sientes un 
deseo vivísimo, un ansía irresistible cn 
tu alma? ; Ah, dirás en estos momentos, 
quién pudiese asistir á una fiesta seme- 
jante, ver lo que vió San Conrado, y 
escuchar lo que él escudió ! ; Qué dulce 
arrobamiento, que emoción tan sublime ! 

Pero, lector querido, ^qué echas de 
menos ? í No es Jesucristo el sumo sa¬ 
cerdote en todas las misas? ijNo des- 
ciende todos los dias sobre el altar ro¬ 
deado de ángeles y querubes? 


(1) Turo lupar esta consagración el H de septkmbre 
del^flo 94S. Reflérela el mismoobispo San Conrado en su 
libro De iteertiU, 



86 


Capitulo III 


; Cuánta dicha no sentirías si con- 
siderases que tú estás entre tan excel¬ 
sa concurrencia, y que unes tus oracio- 
nes á las suyas para elevarias hasta el 
trono de Dios! 

CAPÍTULO III 

De los símbolos y mistérios dei santo 
sacrifício de la Misa. 

„ Vcnid y observad las obras dcl Se- 
nor y los prodigios qua ha hecho en la 
tierra. “ (') 

He aqui una sugestiva invitación pa¬ 
ra admirar las maravillas dei santo sa¬ 
crifício. 

Según San Buenaventura: „Son estas 
en mayor número que gotas hay en cl 
mar, átomos en el aire, estrcllas en el 
cielo y ángeles en la gloria. “ (-) 

Y Sánchez anade: ,Se nos dan en la 
Misa tesoros tan admirables, dones tan 
preciosos, bienes tan positivos en este 
mundo y para el otro esperanza tan fírme. 


(1) Ps. XI.V, V. 9. 

(2; Dc Sacram virtute, lib. VI, cap. 19. 



Símbolos y mistérios dc la Misa 87 

que para creerlo necesitamos de la virtud 
de la fe. A la manera que puedes sacar 
cuanta agua quieras dei mar sin ago- 
tarla, dei mismo modo puedes sacar de la 
Misa todas las gracias que quieres sin 
que llegues á agotar sus tesoros. “(*) 

La relación siguiente servirá paraha- 
cer comprender mejor esta doctrina. 

San Juan de San Facundo, (-) monje 
agustino, tenía una profundísima devo- 
ción al santo sacrifício de la Misa; ade- 
más de celebraria cotidianamente, su ceio 
era tan ardiente que lo verifícaba tem- 
prano y con tal lentitud que nadie se 
prestaba á ayudársela. Suplicó en cierta 
ocasión al Prior que ordenase expre- 
samente á los hermanos que se la ayu- 
dasen. 

— iPor qué tardas tanto y cansas 
de esta manera á todo el mundo? — con- 
testóle el Prior. 

Y acto seguido agregó; 

— En adelante dirás la Misa como 
los demás sacerdotes. 


^1) Thes. Missae, cap. I. 

(2; Hcnschen, in adis sanct) ad XII dlèm Junll. 



88 


Capftulo III 


Semejante orden le pareció dema¬ 
siado severa al piadoso monje; pero â 
pesar de ello la obedeció durante algún 
tiempo. Mas un día se echó á los pies 
dei Prior y le suplicó encarecidamente 
que le dejase seguir su antigua eos- 
tumbre. 

— No puede ser — rcspondió éste 

— cansas demasiado á los legos. 

— Y yo — dijo Juan — no puedo ir 
más deprisa; hay motivos que me lo im- 
piden. 

El prior quiso conocerlos pero Juan 
no consintío en revelárselos sino bajo 
secreto de confesión. 

Luego de haberle escuchado mandó 
el Prior á los legos que ayudaran la 
Misa al Padre Juan, sea cual fuese la 
duración dei sacrifício. Pero como ardia 
en deseos de comunicar á la comunidad 
el secreto dei religioso solicitó y obtuvo 
el pcrmiso para hacerlo, 

— Está seguro — dijo á otro monje, 

— de que si nuestro hermano Juan ce¬ 
lebra tan lentamente es porque Dios le 
revela los mistérios augustos dei santo 



Símbolos y mistérios dc la Misa 89 

sacrifício, mistérios tan grandes que la 
inteligência humana no puede compren- 
der. Me ha contado cosas tan sublimes, 
que poco me ha faltado para perder el 
cenocimiento. Jesucristo se le aparece 
á este Padre, le habla afectuosamcnte, 
lemucstra sus adorablcs llagas de donde 
brotan rayos que hiriéndole cn todas 
partes le confortan de tal suertc que 
bien podría vivir sin comer ni beber, 
líl P. Juan contempla el cuerpo de Je¬ 
sucristo cual brillante sol, de que toma 
la gloria y la belleza infinita, y en una 
palabra, ve tales cosas que ningún hom- 
bre llegará á profundizar ni expresar. 
Esto me ha convencido de la grandeza 
y de los benefícios que rccibimos al ce¬ 
lebrar y asistir á la santa Misa y ja- 
más me abstendré de predicar y exhor- 
tar á los fieles dicha asistencia. 

§ 1. De los símbolos dei santo sacrifício 
de la Misa. 

La primera imagen dei santo sacri¬ 
fício de la Misa la encontramos cn el 
sacrifício dei justo Abel quien olreció 



90 


. Capítulo III 


púdosamente las primicias de su reba- 
ilo al Altfsimo: _ El Senor miró con 
agrado á Abel y á sus ofrendas “ (*) di- 
cc la Sagrada Ecritura. Es decir; la 
ofrenda de Abel fué agradable á Dios, 
porque brotó de un corazón sumiso y 
fiel y fuc presentada á Dios mismo. 
«For la fe, Abel ofreció á Dios un sa¬ 
crifício más excelente que el de Cain; 
y fuc declarado justo, dándole el mis¬ 
mo Dios testimonio de que aceptaba sus 
dones. “ (-1 Este testimonio le fué re¬ 
velado porque bajó fuego dei cielo y 
consumió el holocausto. 

De la misma suerte, en la santa Misa, 
despues que cl sacerdote ha ofrecido el 
pan y el vino y ha pronunciado las pa- 
labras de la consagración, el Espíritu 
Santo, como divino fuego, consume la 
oblación dei pan y el vino, cambián- 
dolos en el cuerpo y sangre dei Re¬ 
dentor. 

Este holocausto es infinitamente más 


(1) Genes. c. IV, c. 4. 
Hcbr. c. XI, V. 4. 



Símbolos y mistérios de la Misa 91 

agradable á Dios que el de Abel, y el 
Padre celestial lo acepta con estas pa- 
labras: — Este es mi querido hijo en 
quien tengo puesta toda mi complacen- 
oia. (') 

Otras figuras dcl santo sacrifieio de 
la Misa, son los sacrifícios de Abraham, 
de Isaac, de Jacob, referidos en diver¬ 
sos pasa jès de la Sagrada Escritura. La 
Iglcsia se complace en especial viendo 
una imagcn dcl buen Jesus ofreciéndose 
de una manera incruenta en la Misa, 
en el doloroso sacrifieio que Abraham 
estuvo íí punto de llevar á cabo cuando 
ató á su único hijo, le puso sobre el 
haz de lefía,-levantó la cuchilla para 
herirlc y Dios sc dió por satisfecho de 
su obediência. 

Pero el símbolo más patente de la 
Misa, es el sacrifício que ofreció Melqui- 
sedech como reconocimiento dcl triünfo 
de .A.braham, sacrifieio nuevo, que con¬ 
sistia en pan y vino, é iba acompafíado 
de oraciones y ceremonias especialcs. 


(1) Math c. III, 17. 



92 


Capitulo III 


El propio Melquisedech representa á 
Jesucristo y su nombre significa rey de 
la justicia; era rey dc Salem, es dccir, 
de la paz, como Jesucristo era rey y 
sacerdote á la vez. Desconocíase su ge¬ 
nealogia, ignorábase cl día de su naci- 
miento y el de su muertc, como imagen 
dei incomprensible nacimiento eterno 
dei Hijo de Dios, en el seno dcl Padre, 
de su ascensión y de su venida al final dei 
mundo. Parece que Melquisedech no ha- 
ya tenido otra misión que cumplir que 
la dei sacrificio. Jesucristo vino para 
ser sacrificado en el suplicio de la Cruz. 
Melquisedech ofrcció pan y vino y estas 
substancias constituyen la o frenda dc 
Jcsús, primero en la Cena memorable 
y luego todos los dias, hasta la consu- 
mación de los siglos. El sacrificio de 
Melquisedech fué ofrecido como en ac- 
ción de gracias y el de la Misa es la 
eterna acción de gracias que de la 
cristianidad por su rescate de la es- 
clavitud dcl demonio, Abraham, padre 
de los creycntes, prcsentó ofrendas á 
Melquisedech y dc Jesucristo se escri- 



Símbolos y mistérios de Ia Misa 93 

bió ; „ Los reyes de Tarsis y los de las 
islas le ofrecerán regalos; haránle pre¬ 
sentes los reyes de Arabia y de Saba; 
le adorarán todos los reyes de la tierra, 
todas las naciones le rendirán homena- 
je ('). Inmediatamente después de la con- 
sagración, menciónansc en el canon dc 
la Misa los antiguos sacriâcios: , Ofre- 
cemos á vuestra sublime Majestad el 
don de una víctima pura, víctima f 
santa, víctima f sin mancha, sagrado 
pan t de vida eterna y cáliz de eterna f 
salvación. Vos habéis aceptado en otro 
tiempo cl sacrifício de' tiernos corderos 
ofrccidos por Abel; el sacrifício que 
Abraham os hizo dc su hijo inmolado 
sin perder la vida; en fin, cl misterioso 
sacrifício de pan y vino que os ofreció 
Melquisedech. “ (*) 

Con todo lo dicho creemos haber 
probado palpablemente que este sacri¬ 
fício fué un símbolo dei de la santa Misa. 

Muchos catíMicos interpretan mal esta 
oración que por otra parte indigna á 
los herejes. 


(0 Ps. I.XXX, V 10 }• II 



94 


Cíipitulò III 


Según la falsa apreciación de los 
primeros el sacerdote pide á Dios que 
acepte el sacrifício de la Misa con el 
mismo agrado que los de Abel, de Abra- 
ham y de Mclquisedech, como si pudicra 
establecer se comparación entre el cuer- 
po y sangre de Jesucristo y la oblación 
de los animales, dei pan y dei vino. En 
realidad el sacerdote no solicita la in¬ 
dulgência de Dios para la víctima, no 
ignorando que su único Hijo cs infini¬ 
tamente más querido dei Padre que to¬ 
das las criaturas juntas; pero sí pide 
al Senor que se digne acoger favora- 
blemente su sacrifício que le pertence, 
es decir, su obra personal, como se dig¬ 
no aceptar la picdad con la cual Abel, 
Abraham y Mclquisedech le ofrccieron 
sus holocaustos. 

§ 2. De los mistérios dei santo 
sacrifício de la Misa. 

En la santa Misa no sólo se reali- 
zan todos los sacrifícios simbólicos sino 
que también se reprcsentan los princi- 
pales mistérios de la vida y Pasión dei 



Símbolos y mistérios de la Misa 95 

Senor, lo que indica David cuando di- 
ce: Memória eterna dejó de sus ma- 
ravillas: misericordioso compasivo es 
el Senor. “ (') Y para que nos compe¬ 
netremos mcjor de su pensamiento afía- 
de cn otra parte: ,, Rodearé, Senor, tu 
altar para oir las voccs de alabanza y 
referir todas tus mafavillas." (^) El mis- 
mo sentido tienen las frases dirigidas 
por el Salvador á los Apostoles dcspués 
de la institución de Ia Eucaristia: „Ha- 
ced esto en memória mia. “ (’) 
i Mas, cómo iiene lugar esto ? 

En primer lugar, renuévase en la 
Misa el mistério de la Encarnacion. En 
el día de la Anunciacion, habicndo Ma¬ 
ria ofrecido al Senor su cuerpo y su 
alma, el Espíritu Santo formó en sus 
entrafías el cuerpo de Jesucristo; asi 
cuando el sacerdote presenta el pan y 
el vino y los ofrece á Dios, el Espiritu 
Santo los cambia, en virtud de las pa- 
labras de la consagracion, en el verda- 
dero cuerpo y sangre dc Jesiís, de suerte 

(W Ps. CX, 4 (2) Ps XXV, V. 6 — 7. 

(3) Lu;. XXIt, 19. 



96 


Capítulo III 


que el sacerdote recibe en sus manos 
al Hijo de Dios, con tanta realidad de 
verdad como lo recibio la santa Virgen 
en su casto seno. 

En segundo término, o)>serv'amos que 
se renueva en la Misa cl mistério de 
la Natividad. Jesucristo nacio dei cuerpo 
inmaculado de la Santísima Virgen y en 
la Misa nace á la voz dei sacerdote. 
Apenas dicha la última palabra de la 
consagracidn el Nifio Jesus está real¬ 
mente en el altar. Por eso se arrodilla 
el sacerdote, adora á Dins, lo eleva por 
encima de su cabeza y lo muestra al 
pueblo. 

rtQuién no se representa en esos mo¬ 
mentos, á Maria ofreciendo su carísimo 
Hijo á la adoración de los pastores? 
Los fieles que adoran á Jesus bajo las 
especies de pan y vino practican un acto 
de fe más grande que la de los pasto¬ 
res, quienes vieron realmente la Huma- 
nidad de Cristo y creyeron en su Di- 
vinidad, á la vez que á nosotros no nos 
es dado contemplar más que las aparien- 
cias de pan y vino, y creemos firme- 



Símbolos y mistérios de la Misa 97 

mente en la presencia real de Nuestro 
Senor Jesucristo. 

Tenemos ante nosotros en la Misa 
al mismo á cuyos pies se postraron los 
Reyes Magos, al mismo que Simeón tuvo 
en sus brazos y que la Santísima Vir- 
gen presentó á Dios en el templo, j Qué 
medio más fácil de cimentar nuestra pie- 
dad y de merecer la recompensa eter¬ 
na! l\‘ro aun hay más; Jesiís nos pre¬ 
dica su evangelio por boca dei sacerdote; 
realiza su mayor milagro ante nosotros, 
transformando el vino en su sangre, pro¬ 
dígio más portentoso que el de las bo¬ 
das de Caná; transubstancia, como en 
la Cena, el pan en su cuerpo adorable 
y en la clcvaciún lo vemos de la ma- 
nera como estaba levantado en la cruz, 
pareciéhdonos oir resonar aun sus pos- 
treras palabras: Padre, perdónales por¬ 
que no saben lo que hacen. “ (*) 

Apnque nada de esto veamos con los 
ojos de nuestro cuerpo, no por ello es 
menor nuestra creencia, y adquirimos 


(1) Luc. XXIU, 3S. 
8096 


4 



98 


Capítulo III 


por esta virtud más méritos que los que 
vivieron cn ticmpos dei Salvador, quie- 
nes lo comprobaron con sus propios sen¬ 
tidos: “Bienaventurados los que no vie- 
ron y creyeron.“ (*) „He aqui que per- 
manezco con vosotros hasta la consu- 
mación de los siglos. “ (*) Esta conso¬ 
ladora promesa tiene cumplimiento en 
la santa Misa. En efecto; Jcsucristo, Dios 
y hombre, está presente en la Misa y 
en el Santísimo Sacramento dei altar; 
mas si habita en el tabernáculo entre 
nosotros día y noche, presto á escuchar 
nuestros ruegos y á consolamos en nues- 
tros infortúnios, en la Misa se convierte 
en nuestra víctima, en nuestro mediador 
y ejerce por derecho el ministério sa¬ 
cerdotal de “ ofrecer dones y sacrificios 
por los pecados de su pucblo.“ (®) y este 
dón, este sacrifício, no es otro que el 
de sí mismo. De aqui nacc una gran di¬ 
ferencia entre la Hóstia de la custodia 
y la de la Misa. En la custodia y copón 
se ofrece Jesucristo á nuestra adora- 

(i; Math. XXVIII, 20. (2) Juan .VK. 29. 

(3i Hebr. VIU, 3 . 



Símbolos y mistérios de la Misa 99 

ción y como alimento de nuestra alma; 
mientras que en la Misa es nuestro me¬ 
diador, es nuestra víctima. 

Mas, (-por qué quiere Jesus quedarse 
entre nosotros hasta la eonsumación de 
los siglos? Porque El es la cabeza de 
la Iglesia y los fleles son el ciicrpo; y 
ho pudiendo estar éste en el ciei o con 
la cabeza tiene que quedarse esta en la 
tierra con el cuerpo. Por otra parte, 
Jcsucristo es cl esposo de le Iglesia y 
la ama lo indecible; ícómo, podia, piies, 
estar separado de ella? Sobre este amor 
se expresa San Pablo de la siguiente ma- 
nera; “ Vosotros maridos amad á vues- 
tras mujeres asf como Cristo amó á 
su Iglesia y se sacrificó por ella, para 
santificaria, limpiándola en el bautismo 
de agita con la palabra de vida, á fln 
de hacerla comparecer dei ante de El 
llena de gloria, sin mancha ni arruga, 
ni cosa semejante, sino siendo santa é 
inmaculada.“ (‘) Todo cristiano es miem- 
bro de la Iglesia por cl bautismo y ad- 


(11 Lfes. V. L'j — 26 — 27. 



100 


Capítulo III 


quicre Ia hermosura dc los ángcles, de 
suerte que cuanto más inocente sea un 
alma tanto más será amada por Jesüs 
con más cariiío que un prometido pue- 
de amar á la más hermosa de las no- 
vias, y jamás se apartará de la Iglesia 
formada por la unión de todas las al¬ 
mas santas. 

La unión de Jesucristo con su Igle- 
sia no es corporal, sino espiritual según 
nos lo dice el profeta Oseas: “ Y te des¬ 
posará conmigo para siempre: y te des- 
posaré conmigo mediante la justicia 
ó SíVitidad y el juicio, y mediante la 
misericórdia y laclemencia. Y te despo¬ 
sará conmigo mediante la fe, y cono- 
cerásqueyosoyelSefíor. “(*) Esta unión 
en la fe requiere que Jesucristo perma- 
nezea oculto, para que su esposa, el 
alma fiel, ponga en práctica la virtud 
de la fe y sea ésta más meritória. Y 
finalmente este tierno esposo de nues- 
tras almas se desvive en proporcionar- 
nos alimentos y se digna ocuparse de 


( 2 ) Oseas, U. 19 — 20. 



Simbulus y mistérios de la Misa 101 

nucstros intereses; y todo ello lo lleva 
á cabo cn la Santa Misa cuando se nos 
entrega en la sagrada Comunión. 

Cristianos, si vuestra alma está en 
pecado mortal es la esclava dc Satanás; 
pero si se halla hcrmoseada por la gra- 
cia Jesucristo la toma por esposa y na¬ 
da le regateará. 

Atended y admiraos de las princi- 
pales gracias que este tierno esposo os 
otorga con una sola Misa devotamente 
oída. 

§ 3. Setenta y siete gracias y ft^utos en 
beneficio de los que oyen la 
Santa Misa. 

1. Dios Padre envia á su Hijo á la 
tierra para nuestra salvación. 

2. Por obediência á su Padre y por 
amor á nosotros, se humilla Jesucristo 
hasta ocultarsc bajo las especies dcl pan 
y dei vino. 

3. El Espíritu Santo convicrte cl pan 
y cl vino en el Cuerpo y la Sangre de 
Jesucristo. 

4. Jesucristo se anonada al extremo 



102 


Capitulo III 


dc estar presente en la más pequeüa 
partíeula de cada Hóstia consagrada. 

5. Jcsucristo renueva alU el misté¬ 
rio de la Encamacion. 

6. Nace de nuevo por nosotros. 

7. En el altar da todas las pruebas 
de su amor que concedió á los hombres 
durante su vida terrena. 

8. Renueva su dolorosa Pasión y nos 
hacc partícipes de sus frutos. 

9. Jesucristo muere espiritualmente 
y ofrece su vida. 

10. Ofrece su preciosa Sangre al Pa¬ 
dre Eterno en favor nuestro. 

11. Rieganuestra alma con su Sangre 
adorablc y la purifíca de sus manchas. 

12. Se ofrece en holocausto por no¬ 
sotros. 

13. Si tributáis á Dios este honor en 
unión de Jesucristo, compcnsáis todo 
el honor que os habéis descuidado de 
rendirle. 

14. Jesucristo se hace vuestro sacri¬ 
fício de alabanza y compensa las ala- 
banzas que no hábeis querido rendir á 
Dios. 



Símbolos y mistérios de la Misa 103 

15. Al ofrecer estas alabanzas dei 
Hijo de Dios á su Padre celestial, le 
procuráis más gloria de lo que los mis- 
mos ángeles puedcn darle. 

16. Jesucristo sc inmola por voso- 
tros como sacrifício de reconocimiento, 
y suple á vucstra ingratitud. 

17. Todos los benefícios de la ofrenda 
de este sacrifício de reconocimiento cor- 
responden á Dios. 

18. Jesucristo se ofrece como víctima 
e.xpiatoria y apacigua la cólera de Dios. 

19. Os perdona los pecados veniales, 
con tal que tengáis el propósito de no 
volverlos á cometer. 

20. Compensa cl bien que babéis omi¬ 
tido. 

21. Repara vuestras negligencias en 
el cumplimiento dcl bien. 

22. Perdona los pecados por inad¬ 
vertência: los que ignoráis ó los que 
babéis olvidado de decir al confesor. 

23. Es vucstro sacrifício de satisfac- 
ción y extingue una parte de las deudas 
que babéis contraído con la justicia divina. 

24. Âsistiendo á la santa Misa, po- 



104 


Capítulo III 


déis expiar más pecados que con Ias 
mayores penitencias; porque; 

25. Jesucristo os comunica una parte 
de sus méritos, que. á vuestra vez, po¬ 
deis ofrecer á su Padre celestial por 
vuestros pecados. 

26. Jesucristo ruega con tanta insis¬ 
tência por vosotros en la santa Misa, 
como lo hizo cn la cruz por sus ene- 
migos. 

27. Su preciosa Sangre pide miseri¬ 
córdia tantas veces, como gotas ha de¬ 
rramado. 

28. Sus sagradas Uagas imploran 
vuestro perdón. 

29. Poria oración de Jesiís, vuestras 
oraciones en la santa Misa son escu- 
chadas con más agrado. 

30. Vuestra oración durante la santa 
Misa cs más eficaz; porque: 

31. Jesús la ofrece á su Padre en 
unión de la suya. 

32. Aboga por vuestra causa y se 
ocupa de vuestra salvación. 

33. Todos los ángcles presentes oran 



Símbolos y mistérios de la Misa 105 

y piden por vosotros y ofrecen vuestras 
oraciones á su Soberano SeHor. 

34. Por la virtud de la santa Misa 
el demonio se mantiene alejado. 

35. El sacerdote ora muy particular- 
mente por los concurrentes, y hace que 
el santo sacrifício Ics sca más saludablc. 

36. Asistiendo á la santa .Misa os 
convertís en sacerdotes espirituales y 
Jesucristo os otorga el poder de ofrecer 
el santo sacrifício por vosotros y por 
los demás. 

37. La santa Misa es el presente más 
agradable que podeis ofrecer á la San- 
tísima Trinidad. 

38. Este presente es más precioso 
que el cielo y la tierra. 

39. Vale tanto como Dios mismo. 

40. Es la gloria más grande de Dios. 

41. Es la alegria de la Santísima Tri¬ 
nidad. 

42. Este noble dón os pertenece, 
puesto que Jesucristo os lo ha cedido. 

43. La audición de la santa Misa cs 
el culto más grande de latría. 

44. Por medio de esta audición, ren- 



106 • 


Capítulo III 


dís los homenajes más grandes á la Hu- 
manidad de Jesucristo. 

45. Honráis dignamente la Pasión dei 
Salvador, y os enriquecéis con sus frutos. 

46. Honráis á la Madre de Dios. 

47. Honráis y regocijáis á los án- 
geles y á los santos, más que con mu- 
chas otras oraciones. 

48. Es el mejor medio de enrique¬ 
cer vuestra alma. 

49. Es la buena obra por excclencia. 

50. Es un acto supremo de fS que 
os ascgura una gran recompensa. 

51. Al prosternaros con devoción y 
humildad ante las Sagradas Especies, 
lleváis á cabo un acto de sublime ado- 
ración. 

52. Cada vez que miráis llenos de fe 
la Hóstia Santa, ganáis una recompensa 
especial en el cielo. 

53. Cada vez que os dais golpes de 
pecho con contricción de vuestros pe¬ 
cados, obtenéis la remisión de varias 
faltas. 

54. Si tuvieseis la desgracia de es¬ 
tar en pecado mortal y oís devotamente 



Símbolos y mistérios de la Misa 107 

la santa Misa, Dios os ofrecerá cada 
vez la gracia de la conversión. 

55. La santa Misa aumenta en vo- 
sotros la gracia santificante y conse¬ 
guis muchas gracias actuales. 

56. Asistiendo á la santa Misa, os 
alimcntáis espiritualmente con el Cuerpo 
y la Sangre dc Jesucristo. 

57. Tenéis la gracia insigne de po¬ 
dar contemplar á Jesucristo bajo las 
Santas Especies. 

58. Recibís la bendición dei sacer¬ 
dote que Dios ratifica en el cielo. 

59. La asistencia á la santa Misa os 
atrae también bendiciones temporales. 

60. Os preserva de muchas desgra- 
cias. 

61. Os da fuerza contra las tenta- 
ciones. 

62. Os hace merecer la gracia de una 
buena muerte. 

63. Una Misa oída en honor de los 
ángeles ó de los santos os procura su 
protccción y su socorro, que es muy 
poderoso. 

64. A la hora de la muerte las Misas 



108 


Capitulo [II 


que hayáis oído, serán un motivo de 
consuelo y de coníianza en la divina 
misericórdia. 

65. Os acompanarán ante el justo 
Juez y pedirãn gracia para vosotros. 

66. Un gran número de Misas debi- 
damente oídas, os aliviarán en las 11a- 
mas dei purgatório; porque: 

67. Cada una de ellas disminuye la 
pena temporal, más que la penitencia 
más dura. 

68. Una sola Misa bien oída durante 
vuestra vida, será más provechosa á 
vuestra alma que un gran número ofre- 
cidas después de vuestra muerte. 

69. La devoción á la santa Misa os 
valdrá una gloria grande en el cielo: 

70. Puesto que cada Misa que ofs 
eleva vuestro futuro rango en el cielo, 
y aumenta vuestra beatitud eterna. 

71. No encontraréis un modo más 
eficaz de orar por vuestros amigos, que 
asistiendo á la santa Misa. 

72. Es un medio seguro para corres¬ 
ponder á los benefícios recibidos. 



Símbolos y mistérios de la Misa t09 

73. Los desgraciados, los que sufren, 
los enfermos, los moribundos, son po¬ 
derosamente socorridos. 

74. Obtenemos la conversión de los 
pecadores. 

75. Todos los fieles alcanzan abun¬ 
dantes bcndicione.s. 

76. .Sc alivian las almas dei purga¬ 
tório. . 

77. Los necesitados que no cuentan 
con médios para hacer celebrar Misas 
por sus queridos difuntos, pueden, asis- 
tiendo devotamente á ellas, libertar á 
dichas almas dcl fuego dcl purgatório. 

En el transcurso de este libro tra¬ 
taremos de todos estos puntos, pero de 
antemano podemos exclamar con el pa¬ 
dre Sánchez, que “ si nosotros supiése- 
mos aprovecharnos de estas gracias, una 
sola Misa debidamente oída nos haría 
más ricos que todo el universo. “ 

Si llegaseis á perder cn un solo día 
setenta y sicte billetcs de Banco ^no es 
cierto que os golpearíais setenta y siete 
veces la cabeza en recuerdo de una per¬ 
dida tan importante? Pues, icuánta más 



110 


Capítulo IV 


razón tencis de afligiros al faltar una 
sola vez á la santa Misa, por percza, 
por indiferencia ó por negligencia! 

jOh! qué locura, qué ceguedad la 
nuestra al haccr tan poco caso de un 
tesoro tan impondcrable. 

jOjalá que la lectura de lo que va¬ 
mos á decir, os ilumine y os inspire 
una veneración sin limites hacia el santo 
Sacrifício! 


CAPÍTULO IV. 

En la santa Misa Jesucristo 
renueva su Encarnación. 

En el capítulo precedente hemos tra¬ 
tado de una manera sucintà los misté¬ 
rios dei santo Sacrifício y ahora vamos 
á meditados sucesivamente, empezando 
por el de la Encarnación. 

Digamos antes de todo que este mis¬ 
tério SC renueva en cada Misa. “ La 
Misa, dice Marchant, ^que es sino una 
represcntación viva y perfecta, ó más 
bien, una renovación dela Imcarnación, 
dei nacimiento y vida, Pasión, y muerte 



Jesucristo renueva su Encarnaciún 111 

de Cristo y de la Rcdención que ve- 
rificó? “ (^) Semejantc afirmación pare¬ 
cerá extrana á muchos, pero la com- 
prenderán enseguida después dc las si- 
guientes explicaciones. 

De un precio infinito fué el beneficio 
obrado por la misericórdia divina cuando 
por obra dei Espíritu Santo descendió 
el Verbo dei cielo y se hizo carne en 
el seno inmaculado dc Maria. El sacer¬ 
dote adora este mistério incomprensi- 
blc dc rodillasen las palabras dei Credo: 
Et incarnatiis est. 

Pero á Jesucristo no le bastaba ha- 
cerse honibre una sola vez y en su sa- 
biduría infinita encontrei el medio de re- 
producir sin interrupción la satisfacción 
ofrecida ya una vez al Padre y al Espí¬ 
ritu Santo por medio de su primera 
Encarnaciún; he aqui porque instituyó 
la Santa Misa. 

La Encarnaciún en la Misa por mís¬ 
tica que sca no deja de ser verdadera- 
mente real. En testimonio de ello he 
aqui lo que se lee en el IX domingo des- 

(1) >rarchant. Hort- last. Trucl IV, siíc. IP. 



112 


Capítulo IV 


pués de Pentecostés. “ Porque siem- 
pre que se ofrece este sacrifício con- 
memorativo se renueva la obra de nues- 
tra Redención.“ 

Esta obra no es otra que la En- 
carnación, cl Nacimiento, la Pasión y 
la muertc de Nuestro Sefíor Jesucristo. 
El venerable Alain se expresa de esta 
mancra: “ Así como Jesucristo se hizo 
hombrc cuando la virtud dei Espíritu 
Santo cubrió con su sombra á la San- 
tísima Virgen, así renueva la Encar- 
nación en cada misa sacramentalmente 
por obra dei mismo Santo Espíritu." (i) 

San Agustín, considerando estas 
maravillas exclama; “ Oh sublime dig- 
nidad dei sacerdote en cuyas manos 
Cristo Jesús se encarna de nucvo! Oh 
celestial mistério obrado maravillosa- 
mente por el Padre, el Hijo y Espíritu 
Santo, con el ministério dei sacer¬ 
dote. “ (®) 

;Oh dignidad de los fíelcs, anndamos, 
nosütros, por cuya salvación Jcsucris- 

(1) Alain de la Roche. Rart. 11» cap. 29. 

( 2 ) .scrmo de sacerd. dtgoUate. 



Jesucristo renueva su Encamaclún 113 


to se hace diariamente carne dc una 
manera mística! 

i Qué conr.uelo para nosotros, hom- 
bres miserables, ser tan tiernamente 
amados por nucstro Dios! 

En el Kempis sc Ice; "Guando ce¬ 
lebras Santa Misa ó la oyes, debe 
ser para ti este mistério tan grande, 
tan digno de tu amor, tan nuevo, como 
si Jesucristo, descendiendo en aquel 
punto por primera vez á la tierra, se 
hiciera hombre en el seno de la Vir- 
gcn “ (')_ 

i Cuál no seria nucstro gozo si se 
nos anunciase que Jesús vuelve á la 
tierra ? {Quién no se apresuraría á 
adorarle y á implorar sus gracias y 
misericórdias? i A que, pues, esta in- 
diferencia en asistir á la santa Misa? 
Triste es confesarlo; nuestra fe está 
adormecida .y dejamos de lucrar de este 
inmenso beneficio. 

Esaminemos ahora de qué manera 
y por medio de cuántos milagros re¬ 
nueva Jesús su Encarnación en el altar. 

(1) Imitación, lib. IV, cap. 11, n. 6. 



114 


Capítulo IV 


Es artículo de fe crecr que cuando 
cl sacerdote toma la Hóstia antes de 
la consagración no tiene en las manos 
más que un poco de pan, pero que en 
el preciso instante de pronunciarse la 
última palabra de la consagración re¬ 
ferida, este pan, por un efecto de la 
divina omnipotência, se convierte en 
el verdadero cuerpo de Jesucristo; y 
á este cuerpo va unida, por concomi¬ 
tância, la preciosa sangre, porque un 
cuerpo vivo no puedc estar privado de 
ella. 

^ No es el mayor de los milagros 
esta transubstanciacijín dei pan y dei 
vino? No es la maravilla de las ma- 
ravillas que no haya allí ni pan ni 
vino, á pesar de subsistir sus especies, 
porque la santa Hóstia conserva la 
forma, el color y cl gusto que tenía an¬ 
tes dc la transubstanciación ? ; No es 
cl prodigio de los prodigios que Jesus 
se humille hasta llegar á caber no sólo 
en una Hóstia sino en la menor de sus 
partículas ? 

Santa Gertrudis que estaba anona- 



Jisucristo renueva su Encarnación 113 

dada por estas maravillas, al oir un 
día las palabras de la consagración le 
dijo á Jesiís: “ Seflor, el mistério que 
ahora acabáis de obrar es tan grande 
yespantable, que por mi vileza no me 
atrevería á verlo con mis ojos: bás- 
tame humillarme y esconderme en el 
más profundo valle de humildad que se 
me ofrezca, en espera de que me ha- 
gáis participar dei sacrificio vivo de 
los elegidos.“ 

Le contestó el Salvador: “ Si incli¬ 
nas tu voluntad á sufrir con gusto toda 
clase de trabajos y penas para que este 
sacrificio saludablc á todos tenga lugar 
con toda la plenitud de su e.vcelencia, 
habrás contribuido hasta donde alcan- 
cen tus fuerzas al perfeccionamiento 
de mi obra. ‘‘ 

Con el ejemplo de Santa Gertrudis 
considera, cristiano, durante la celebra- 
cion el importantísimo milagro que está 
operando Dios en el altar y embriá- 
gate en el ardicnte dcseo de que este 


(1) Libr. 111, c^p. VL 



116 


Capitulo IV 


sacrifício contribuya á la mayor gloria 
de Dios y á la salvación de tus her- 
manos. 

A este fin repite con santa Gertni- 
dis; “ Oh dulcísimo Jcsüs. La obra 
que vas á llevar á cabo en este mo¬ 
mento es de excelencia tal que, en mi 
miséria y pequenez, no me atrevo á 
miraria: por esto, húndome en el abis¬ 
mo de mi nada y espero con ahinco 
la partecita que me toque de él, ya 
que la inmolación aprovecha á los ele¬ 
gidos. Oh [esús amabilísimo, ojalá que 
yo pudicra contribuir á él. Pondría 
á contribucion todas mis fuerzas y 
energias, no me espantarían las ma- 
yores penas á trueque de que el sacri¬ 
fício pudiese plenamente aprovechar á 
todos los vivos y difuntos. Esto te pido, 
tiernísimo Jesds, á este fín concede á 
todos los que asisten todas las gra- 
cias que ncccsiten. “ 

Consideremos cuán inmenso es el 
poder que ha concedido Jesucristo á 
sus sacerdotes. El citado bienaventu- 

(1; Tabt. IV, cap. 21. 



Jesucristo renueva su Encaraación 117 


rado Alain dice hablando de ello: “El 
poder dei Padre es tan grande que 
crió de la nada cielo y tierra, pero el 
dei sacerdote llega á producir al Hijo 
de Dios en la sagrada Eucaristia y en 
el santo» sacrifício. “ (') Esto prueba 
cuánto “amó Dios al mundo, que no 
paró hasta dar á su Hijo unigénito; á 
íin de que todos los que creen en él, 
no pcrezcan, sino que vivan vida eter¬ 
na. “ 

Dios patentizó por primera vez su 
inacabable amor á los hombres cuando 
envió á su Hijo á la tierra y todos los 
dias lo manifiesta de nuevo haciendo 
descender dei cielo al mismo Verbo 
para renovar su Encarnación en la santa 
Misa. Por su Encarnación en el seno 
de Maria Jesús adquirió un inmenso 
tesoro de gracias, en la de la Misa hace 
participe de ellas á todos los que la 
oyen ó celebran devoiamente. 

He aqui una prueba de ello. 

El bicnaventurado Juan de Alverne 
cclebraba el santo sacrifício con gran 

(1) l*art, IV, cap. 27. — (2) Juan, III, 16. 



its Capítulo IV 

fervor y esperimentaba á menudo tales 
dulzuras espirituales que se sentia ano- 
nadado. El día de la fiesta de Ia Asun- 
ción de la Santísima Virgcn debía ofi¬ 
ciar solemnemente; mas apenas llegado 
al altar sintio arrobamicntos interiores 
tan vivos que tcmió no poder acabar 
el santo sacrifício. Y no se enganó 
pues al eonsiderar en la elevación el 
inmenso amor que ha impulsado á Je¬ 
sus á descender dei cielo y revestirse 
de la naturaleza humana, así como á 
renovar sin ccsar esta Encarnación en 
la santa Misa, sintió Juan como se le 
deshacía el corazón y le abandonaban 
las fuerzas. y no pudiendo pronunciar 
las palabras sacramentales, dijo tan 
sólo las primeras y no pudo conti¬ 
nuar. 

Habiéndolo notado el Padre Guar- 
dián acudió en su auxilio, mientras los 
concurrentes creyeron que le daba un 
accidente. Con un esfuerzo supremo 
logró cl Padre Juan pronunciar las úl¬ 
timas palabras, corpus menrn, y en el 
mismo instante la Hóstia convirtióse 



Jesucristo remieva su Encamación 119 

en un hermosísimo nifío, en el que re- 
conoció al Nino de Belén. El tierno 
Jesús, descubrió entonces á su sien'o 
la profqnda humildad que le impulsó 
á hacersc hombrc y á renovar su En- 
carnación en la Misa; esta revclación 
acabo con sus fuerzas y el religioso 
cayó al suelo desvanecido. El Guardián 
ayudado de otros religiosos le asistió, 
varias senoras procuraron reanimarle 
con sales y esencias y lo consiguieron 
al fin. Aunque estuviese desfallecido al 
extremo de no poder mover sus miem- 
bros ni levantar las manos para hacer 
la senal de la eruz, termino el biena- 
venturado al santo sacrifício asistido 
por el Padre Guardián; inmediata- 
mente después perdió de nuevo el co- 
noeimiento y fué preciso llcvarle á la 
sacristia. Parecia un cadáver; su cuerpo 
estaba yerto y sus manos fuertamente 
crispadas. 

Durante algunas horas quedó en tal 
estado de postración que se temia ya 
por su vida. Guando volvió en si se le 
rogó que por amor de Dios revelara 



120 


Capitulo IV 


cuanto le había sucedido en el altar y 
lo que había visto en su éxtasis, y ce- 
dicndo dl á las súplicas de los fíeles 
di jo: “ Durante la consagración medi* 
taba el amor de Nuestro .Sefíor Jcsu- 
cristo, amor que le obligó en el tiempo 
á hacerse hombre por nosotros y en la 
actualidad á renovar diariamente esta 
encarnación en la Misa. “ 

“ Entonces mi corazón se derritió 
como la cera y parecíame que mi cuerpo 
estaba dcsprovisto de huesos. Yo no 
podia sostcnermc ni pronunciar las pa- 
labras de la consagración. “ 

“ Guando, por fin, pude decirlas 
percibí en lugar de la Hóstia al Niíío 
Jesus; sus miradas me traspasaban el 
alma y privaron á mi cuerpo de toda 
su energia, y caí desvanecido á la vez 
que sc inflamaba mi pecho con el dulce 
amor al divino Nino. “ (’) 

El santo religioso afiadió muchos 
detalles referentes á la impresión que 
había recibido durante su éxtasis y ma- 


(1) Crônica de la Orden de los Frailes Menores. 



Renuévase el Nacimiento de Cristo 121 


nifestó á sus piadosos interlocutores el 
infinito amor que nos profesa Jesiís al 
renovar su Encamación en la Misa. 

Muchos santos gozaron éxtasis pa¬ 
recidos y td mismo, caro lector, los 
experimentarias si asistieses al santo 
sacrifício con mayor devoción. 

CAPÍTULO V. 

Jesucristo renueva su Nacimiento 
en la santa Misa. 

“ En este día la suavidad brotará 
de las montafías y los collados desti- 
larán leche y miei. “ De esta manera 
canta la Iglesia católica el dulcc misté¬ 
rio dei Nacimiento de Cristo. En efecto 
el día de Navidad Aquél que es más 
dulce que la micl, Aquél que es el pro- 
pio manantial de toda dulzura, trajo 
la verdadera alegria, anunció la paz á 
los hombres de buena voluntad y con- 
soló el mundo con la aurora de un por- 
venir cuajado de dones. 

i Qué inmensa alegria la dei Padre 



122 


Capítulo V 


celestial en la bendita nochc que vió 
nacer de la Virgen Maria á su amadí- 
simo Hijo! i Qué consuelo para el Hijo 
tener tal madre en la tierra y seme- 
jante Padre en el cielo! ; Qué satisfac- 
ción para el Espíritu Santo cuando 
Aquel que desde la eternidad unió á 
Dios Padre con el lazo de un amor in- 
disoluble nació por su coopcración y 
reunió en una misma persona la natu- 
raleza divina y la naturaleza humana! 
i Y qué ternura para Maria poder con¬ 
templar â su recién nacido, hijo suyo 
y de Dios! ; Qué júbilo para los coros 
de ángeles que vieron comenzar la obra 
de la Redcnción por la cual, salvada 
la humanidad, podia ocupar los sitios 
vacios desde la rebeldia de los ángeles 
maios ! ; Çuán privilegiados fueron 
aquellos hombres que pudieron con¬ 
templar con sus propios ojos el más 
hermoso de los hijos de los hombres, 
estrecharlo entre sus brazos y cubrirlo 
de besos! 

Ciertamentc, su felicidad fué grande, 
pero mayor es la nuestra; puesto que 



Renuévase el Nacimiento de Cristo 123 

contemplamos cada día, con los ojos 
de la fe, al NifTo Jesiís y participamos 
sin césar de las alegrias de su naci¬ 
miento. El santo papa Léon dice á este 
propósito que “ las palabras dei Evan- 
gelio y las profecias nos inflaman de 
tal manera que más bien nos parece 
honrar el nacimiento de Cristo, no 
como un acontecimiento pasado, sino, 
como un hccho presente. Pues también 
nosotros oimos eontinuamente el anun¬ 
cio de los ángeles á los pastores: “ He 
aqui que os anuncio una grande alegria; 
hoy os ha nacido un Salvador. “ (*) 

A nosotros nos es dado asistir á 
este dichoso nacimiento si asistimos á 
la santa Misa donde se renueva y con¬ 
tinua. Escuchemos á .Santa Hidelgarda 
cuando nos dice; “ Un dia, después de 
la consagración, contemplando las sa¬ 
gradas especies, al punto vi el naci¬ 
miento como en un espejo.“ (®) 

Este testimonio confirma nuestro 
aserto y prueba que el ciclo toma parte 

(t) Leo Ma^tius, Dc NaUviUte. 

{/) Lib. II, \\a. Vi. 



124 


Capítulo V 


tan activa en la consagración como 
hace veinte siglos en la Katividad. Y 
si nos empenamos en saber de qué y 
como nace Cristo leamos este pasaje 
de San jerónimo: “ Los sacerdotes 
forman á Cristo por medio de sus lᬠ
bios consagrados." (^) 

Lo que significa que el Salvador 
nace de los lábios dcl sacerdote al pro¬ 
nunciar éste las palabras de la consa¬ 
gración. A su vez lo afirma el papa 
Gregorio XIII cuando recomienda á los 
sacerdotes que antes de subir al altar 
digan: “ Quicro celebrar la santa Misa 
y formar el cuerpoy la sangre denues- 
tro Senor Jesuciisto." 

La Iglesia no cesa de recordamos 
este nacimiento espiritual dc Jesús 
cuando nos manda cantar el himno de 
los ángeles durante la santa Misa: 
“ Gloria á Dios en las alturas y paz 
á los hombres de buena voluntad." 

i Qué gozo para nuestra alma si es 
viva nuestra fe! Entonces nuestra con- 


(1) Lpist. ad HtiUoO. 



RcnuiSvase el Nacimiento de Cristo 125 

ducta para con el Nif5o Dios podrá 
compararse con Ia conducta, todo amor, 
de Maria, los ángcles, San José y los 
pastores. 

Cuéntase en la Vida de los Padres 
que un sacerdote llamado Flcga de- 
seaba coraprender vivaraente la manera 
cómo está presente Jesucristo bajo las 
especies de pan y vino, no dudando ó 
por curiosidad, sino á causa de su acen- 
drado amor á Nuestro Sefior. Un día, 
mientras estaba celebrando cl santo 
sacrifício fué tan ardiente este deseo 
que cayó de rodillas y exclamó: 

— Os suplico, Dios mío, que, á pe¬ 
sar de mi indignidad me mostréis este 
mistério y me concedáis poder tocar 
con mis propias manos el cuerpo de 
Cristo, como logró Simeón tenerte en¬ 
tre las suyas. 

Entonces se le apareció un ángel 
que exblamó: 

— Levántate; si quieres ver á Je¬ 
sucristo, está en realidad presente aqui, 
tal como su Madre Santísima lo llevó 
en sus brazos. 



126 


Capítulo V 


Tembló el sacerdote y levantando 
los ojos vió sobre el corporal al Hijo 
de Dios bajo la forma de un hermoso 
niflo que afectuosamente le tendió los 
brazos. Como Plega no se atreviese á 
tocarlo le dijo el ángel: 

— He aqui bajo la forma humana 
á Jesús á quien has visto bajo las es- 
pccies de pan y vino á la vez. No ten- 
gas miedo, tómalo con tus manos y 
regocíjate á la vista de tu Dios y Sal¬ 
vador. 

Alentado con estas palabras toma 
el sacerdote al Nino Jesús en sus bra¬ 
zos, Ic estrecha contra su corazón y 
le acaricia con ternura. Su ardiente de- 
seo habíase visto satisfecho; inundado 
de gozo puso al Nifio Dios sobre el 
corporal y le rogó tomara la primera 
forma para poderio recibir sacramen- 
talmentc cn su pecho y terminar el santo 
saerificio. Volvió á aparecer la santa 
Hóstia y el feliz sacerdote comulgó 
con ella. 

Pero no solamente á las almas pia- 
dosas ha descubierto Jesús su presen- 



Rrnuévase el Nacimiento de Cristo 127 

cia real sino que la ha mostrado asl 
mismo á judios y paganos. 

Cuenta el historiador Alberto Kranz 
que Carlomagno había combatido mu- 
chos aHos contra los sajones á quienes 
queria convertir á nuestra fe. Después 
de haberlos vencido repetidas veces y 
obligado á renunciar á sus idolos fue- 
ron arrastrados á la sublevacion y á la 
apostasia por su duque Wittikind. Acer- 
cándose la Pascua, Carlomagno se tras¬ 
lado por duodécima vez á Sajonia con 
numeroso ejército. E.xhortó á sus sol¬ 
dados que se preparasen para la re- 
cepción de los sacramentos y se cele- 
bró la fiesta con mucha piedad en el 
campo de batalla. AVittikind tcnía vivos 
deseos de ver el campo imperial y las 
ceremoiiias de nuestra religión y para 
ello se despojó de sus lujosos vesti¬ 
dos, se vistió de harapos y marchó 
solo al campo á pedir limosna á los 
soldados. 

Con suma atención lo observó todo 
y vió que el dia de Viernes Santo el 
emperador y los guerreros aparecian 



12S 


Capitulo V 


contritos, ayunaban rigorosamente y 
rezaban con fervor acercándose al sa¬ 
grado banquete luego de haberse con- 
fesado. 

Durante la solemne Misa dei día 
de Pascua, en la consagración vió el 
jcfc sajón entre las manos dei cele¬ 
brante á un nino de incomparable her- 
mosura. Esta visión llenó su alma de 
desconocida ternura y no pudo apartar 
su vista dei sacerdote. C.uando los sol¬ 
dados se acercaban á la sagrada mesa 
vió con creciente admiracion cómo el 
sacerdote entregaba á cada uno de 
ellos al mismo Nino, que era recibido 
por todos y consumido por cada uno 
en particular, sin entregarse por otra 
parte de la misma manera, pues el gra¬ 
cioso nifío iba hacia unos con mani- 
fiesta alegria, mientras que no queria 
acercarse á otros y se resistia agitando 
manos y pies. 

Tal espectáculo conmovió de tal 
suerte á Wittikind que pidió ser ins¬ 
truído en la fe cristiana, sehizo bau- 
tizar y llamó á misioneros que con- 



Renuévase cl Nacimicnto de Cristo 129 


virtieron el ducado de Sajonia á la fe 
cristiaha. 

A pesar de que Jesucristo nos oculta 
la hermosura de su humanidad mani- 
fléstase no obstante patente á los ojos 
de Dfos y de la corte celestial. En cada 
Misa se muestra con tal esplendor que 
la propia Santísima Trinidad recibe de 
ella una gloria infinita, tanto que la 
bienaventurada Virgen Maria, los án- 
geles y los santos experimentan un 
gozo inefable, según lo asegura el bie- 
navénturado Alain de la Roche. 

Guando los ángeles contemplan el 
Nacimiento dei Nino Dios en el altar 
Ic adoran humildemente arrodillados, 
porque: 

“ Al introducir á su primogénito en 
el mundo, dice: Adórenle todos los 
ángeles de Dios. “ (*) 

He aqui lo que canta la Iglesia en el 
Prefacio: “ Cuya majestad alaban los 
ángeles, adoran las dominaciones, tem- 
blando reverencian las potestades, los 
cielos, las virtudes de los cielos y los 

( 1 ) Hctr. c. I, T. 6. 

6096 


5 



130 


Capítulo V 


bienaventurados serafines celebran vues- 
tra gloria con júbilo." 

Unidos á los espíritus celestialcs, 
agradezcamos á Nuestro Senor que al 
renovar su misterioso nacimicnto nos 
hace participes de los frutos de éste. 

§ 1. Del Inmenso Júbilo que regocija al delo 
el nuevo Naelmlento de Cristo. 

El humano espíritu es impotente 
para concebir y explicar el inmenso 
júbilo que regoeija al eielo el nuevo 
nacimiento dei Salvador. La misma 
ciência de los ángeles no basta para 
ello, por más que dichas venturosas 
inteligências participen de las gracias 
que concede el cielo al santo sacrifício 
de la Misa. 

En cuanto al gozo experimentado 
por la Santísima Trinidad, nos ensefía 
la fe que encuentra en sí misma toda 
su bienaventuranza. Dice la Sagrada 
Escritura acerca de la Sablduría in- 
creada, es decir, dei Hijo de Dios. dice 
que es el “Resplandor de la luz eterna, 



Rcnuêvase el Nacimiento de Cristo 131 

espejo sin mancha de la majestad di¬ 
vina, imagen de su bondad.“(^) 

Este espejo está desde toda la eter- 
nidad delante dei Padre, donde se con¬ 
templa con toda su complacência. Se 
ve en él el SeSor Todopoderoso,glorioso, 
sapientísimo, riquísimo, de infinita bon- 
dad y hermosura. En el constante co- 
nocimiento y contemplación de su pro- 
pia persona consiste su gozo esencial 
y perfecto, que constituye por sí solo 
su infinita beatitud. 

Este purísimo espejo fué colocado 
de una manera especial ante sus ojos 
en el nacimiento dei Salvador; en él 
Jesus se revistió de la más noble de 
las humanas naturalezas, se enriqueció 
con las virtudes más preciosas y se 
adorno con toda suerte de perfeccio- 
nes.. 

El Padre Eterno experimentó nue- 
vas delicias de las que hizo partícipes 
á toda la corte celestial. Rebosante de 
gozo entonaron entonces los dichosos 


(1) SabiJ. VII, 6. 



132 


Capitulo V 


cspíritus con sus voces excelsas aquel 
melodioso himno, el cual no podia com- 
pararse con nada de lo que en la tierra 
SC había escuchado hasta aquel día 
memorable, y que inundó á los pastores 
de célico arrobaraiento y jamás sen¬ 
tida alegria. 

Al canto de Gloria in excelsis, vo- 
laron los ángeles hacia Belén, se pos- 
traron ante el recién nacido y adora- 
ron su divinidad. 

Las escenas de la noche de Navi- 
dad SC renuevan diariamente en el santo 
sacriflcio en el que nace el Hijo de 
Dios de los lábios dei sacerdote, no 
porque se cree un nuevo Cristo ni mul¬ 
tiplique su persona, sino que se repro- 
duce su presencia real y se encuentra 
alli donde antes no estaba su humani- 
dad y permanece bajo las santas espe- 
cics tanto ticmpo como dichas espe- 
cies aparecen intactas, y cesa la pre¬ 
sencia real al corrompersc las mismns. 

Si cl Hijo de Dios nace de nuevo 
de los lábios dei sacerdote, si éste le¬ 
vanta cl cspejo inmaculado, adornado 



Renuévase el Nacimiento de Cristo 133 

de tantas perfecciones para ofrecerlo 
á Dios, la alegria dei Padre Eterno no 
puede ser menor que la de la noche 
de Navidad, porque así en Belén como 
en el altar contemplan los ojos á aquel 
de quicn se ha dicho: “ Este es mi 
querido Hijo en quien tengo pucsta 
toda mi complacência. “ (*) 

La única diferencia está en que en 
el pcsebre el Verbo estaba oculto bajo 
la carne mortal míentras que en la 
Misa su cuerpo precioso, enriquecido 
con las santas llagas, como cinco pie- 
dras preciosas, se halla oculto bajo las 
especies sacramentales; en Belén nació 
corporalmente; en el altar de una ma- 
nera mística, aunque verdaderamente 
real. 

Pero el Padre Eterno no se enor- 
gullece y regocija tan sólo ante este 
divino espejo: Aquel á quien El ve co¬ 
rresponde á sus finezas con un amor 
infinito que aumenta la gloria dei Pa¬ 
dre. 


(1) Matco, III, 17. 



134 


Capitulo V 


Las delicias que goza la Santísima 
Trinidad exceden á todas las que re- 
cibe de las alabanzas de los ángeles, 
de las adoracioncs de* los santos, de la 
fidelidad de los hombres, porque la hu- 
manidad de Nuestro Seiíor Jesucristo, 
unida hipostáticamente á Ia divinidad 
es la única capaz de honrar, de alabar 
y de amar á Ia divinidad, cual corres¬ 
ponde á su infinita grandeza. 

Todo esto lo hace el Salvador con 
tanta ternura que ni los querubines, 
ni serafines, llegan á comprenderlo 
acertadamente, y el cielo lo contempla 
con profunda admiraciún y no puede 
sondear la inmensidad de la gloria 
divina. 

Y como esto se reproduce todos los 
dias en los millares de sacrifícios que 
se celebran, ,:quién podrá apreciar la 
suma felicidad que de ellos recibe la 
Trinidad Santísima? 

I üh Dios de gloria! Regoeijado con 
vuestra infinita dicha quisiera aumen¬ 
taria por medio de mi piedad al santo 
sacrifício. Ruégoos, Sefíor, os dignéis 



Renucvase el Nacimiento de Cristo 135 

en cada Misa enaltecer y amar á la 
bienaventurada Trinidad; hacedlo por 
mí, y suplid superabundantemente el 
amor que yo no sé ó no puedo mani¬ 
festar y el gozo que debería experi¬ 
mentar yo. 

S 2.> Frutos de salvación que recibe 
el mundo dei nuevo nacimiento 
de Nuestro Seflor. 

“ Ahora ha nacido un parvulito para 
nosotros, y se nos hu dado un hijo.“ (^) 
Esta profecia de Isaías que anun- 
ciaba el nacimiento de Jesús debe apli- 
carse también á la santa Misa, pues en 
ellâ nace un nino, se nos da un hijo. 

i Oh rico y precioso dón ! Este nino 
es el mismo Hijo de Dios; llega de 
apartados países, viene dei paraíso ce¬ 
lestial ; nos trae incomparables riquezas: 
la gracia, la misericórdia divina, el 
perdón de nuestros pecados, la remi- 
sión de las penas, la enmienda de nues- 
tra vida, la gracia de una buena muerte. 


(1) Isaíat», l.K, 6. 



136 


Capítulo V 


el acrecentamiento de la gloria futura, 
bendiciones temporales y un preserva¬ 
tivo eficaz contra el pecado. 

El texto de Isaías encierra otro mo¬ 
tivo de cunsuelo al decir explícita¬ 
mente “ un parvulito ha nacido para 
nosotros... se nos ha dado un hijo. “ 
Lo que significa que naciendo nue- 
vamente por Ia consagración Jesús se 
convierte en propiedad nuestra, con 
todo lo que contiene. Así, pues, el ho¬ 
nor, las aceiones de gracias, las satis- 
facciones que ofrece á la Santísima 
Trinidad nos pertenecen. ; Qué inmenso 
consuelo proporciona esta consideración 
à todo cl que ove la santa Misa! j El 
propio Jesús nos pertenece 1 

El que hubiera estado presente en 
la noche de Navidad en la cueva de 
Belén y hubiera tenido al tierno Niilo 
Jesús en sus brazos, lo hubiera ofre- 
cido al Padre Eterno, presentándolo á 
El y suplicándole piedad para sí por 
el amor dei divino Nifío, Dios no hu¬ 
biera permanecido sordo á sus súplicas 
ni se negara á satisfacerlas. 



Rcnuiivase el Xacimicnto de Cristo 137 


HagamoSj pucs. lo mismo en laMisa, 
sobre todo en tiempo de Adviento y 
Navidad; acerquémonos en cspíritu al 
altar, tomemos al Niflo Jesiís y ofrez- 
cámoslo al Padre. 

He aqui otra consideraciún de sunla 
importância. 

Ncf solo nace Cristo en el altar de 
una maneia mística, sino que toma tan 
humilde forma que llcna de admiración 
cl ciclo y la tierra. Si en su primer 
nacimiento se humilló infinitamente y 
tomó la forma de un esclavo, pero hu¬ 
mana al fin, en su nacimiento místico 
adoptó una humillacion mayor aún, 
puesto que se aniquila bajo la forma 
de pan. 

; Humillacion inaudita! j tl.vistc algo 
inferior á una especie sacramental, ac- 
cidente sin sustancia r Consideremos 
atentamente la suprema desnudez de 
Jesus. 

iDónde aparece su gloria? ,;Dónde 
está su omnipotência? ;Dónde aquella 
majestad y soberania que hace temblar 
el cielo? i Dónde lo ha dejado todo? 



138 


Capítulo V 


Aquel para quicn los ciclos son peque¬ 
nos está encerrado en una humilde hós¬ 
tia; Aquel que gobierna desde la de- 
recha dei Padre se posa sobre el altar, 
atado como el cordero dei sacrifício, 
i Oh abismo de hiimildad! ; Oh amor 
incomprensible dei más fiel amante dc 
los hombres! 

Pero hay más aún; Jesucristo obe- 
ccde á los sacerdotes, se abandona en 
sus manos, les deja disponer de Sí, 
según sus deseos, y acepta también su 
bendición, por más que, según dice San 
Pablo; “No cabe duda alguna en que 
quien es menor recibe la bendición dei 
mayor.“ (‘) 

£ Como, pues, Jesucristo, que es in¬ 
finitamente superior al sacerdote, con- 
siente en ser bendecido por él? Por¬ 
que el sacerdote bendice el pan no 
sólo antes sino después de la consa- 
gración y hasta quince veccs. 

Guando Jcsús se presentó á Juan 
óstc se resistió á bautizarle, diciendo: 


(1) Habr. VII, 



Renuévase el Nacimiento de Cristo 139 

“Yo debo ser bautizado de ti, 
tú vienes á mí?“(*) 

A su ejemplo el sacerdote debería 
exclamar temblando: “ Seiíor, á vos toca 
bendecirme á mí,;cómo pues, queréis 
recibir la bendición de un pobre pe¬ 
cador 

£A*qué este exceso de humildad? 
Una de las principales razones es para 
desarmar la cólera dei Padre celestial 
y conjurar el justo castigo que el pe¬ 
cador merece. 

No hay medio mejor para apaciguar 
al enemigo que humillarse a su pre¬ 
sencia y pedirle perdón. La conducta 
de Achab nos da una prueba de ello. 
Guando el profeta Elias hubo anun¬ 
ciado á este rey impío que cl Seiíor le 
castigaria con muerte violenta, y no 
sólo á él sino á su esposa é hijos, y 
que sus cuerpos insepultos serian de¬ 
vorados por los perros y los cuervos, 
Achab se humilló delante dei Scüor: 
“ Rasgó sus vestidos, cubrió su carne 


(ij Juan, III, 14. 



140 


Capítulo V 


con un cilicio, ayunó y durmió en- 
vuelto en el saco de penitencia y an- 
daba cabizbajo ó huinillado.‘‘ En esto el 
Serior habló á Elias, y le dijo; “ No 
has visto como Achab se hu humillado 
dclante de mí ? Pues ya que por mi res- 
peto se ha humillado, no enviaré aque- 
llos castigos durante su vida.“ (') 

Ahora bien, si Achab “ que nunca 
tuvo par en impiedad, “ según la Sa¬ 
grada Escritura, obligó por su humildad 
al Dios Todopodcroso a suspender la 
sentencia pronunciada contra él; ^qué 
no va á conseguir cerca de Dios la 
humildad de Jesucristo en el altar? 
£No es más de atender en este estado 
de aniquilamiento á que le ha reducido 
el amor á los hombres todos? 

Miradle; se despoja de sus vestidu¬ 
ras dc gloria y se oculta bajo las apa- 
riencias de la santa Hóstia; no sólo 
inclina la cabeza sino que yacc atado, 
como en holocausto, implorando dei 


(1) III Keycs, XM, J7-Z9. 



Renuév'ase el Kacimicnto de Cristo 141 


fondo dcl corazón perdón y miseri¬ 
córdia. 

Ante este espectáculo Dios dice á 
los ángeles, como antes á Elías: “ {Véis 
cómo se humilla mi Hijo en mi pre¬ 
sencia f “ 

Los ángeles responden: “ Sí, lo esta¬ 
mos viendo, grande es nuestro asombro.“ 

Y el Padre Eterno continua: “ Pucs 
que mi Hijo se abate hasta este punto, 
no me vengaré de los pecadores y no 
Ics castigarc según la medida de sus 
grandes iniquidades." 

Meditemos estas palabras y persua- 
dánionos de que si Dios no abrevia la 
vida dei culpable, castigándole según 
se merece por sus culpas, débelo el 
pecador á la santa Misa, donde el Sal¬ 
vador, benigno, ha defendido su causa 
y ha detenido el brazo vengador de la 
divina justicia. 



CAPÍTULO \T. 


Jesucristo renueva su vida 
en la santa Misa. 

Entre lo que más nos cautiva y ape- 
tecen nucstros sentidos debemos colo¬ 
car en primer término los espectáculos. 
Los hombres cncuentran en ellos tal 
placer, tal atractivo, que con gustoles 
sacrifican muchos dias y dinero. Si 
consideráramos los grandes mistérios 
de la Misa, y nos pcrsuadiéramos de 
que Jesucristo sc acerca al altar reves¬ 
tido con los hábitos de fiesta, para 
reproducir en él ante nucstros ojos las 
escenas de su vida maravillosa nos 
apresuraríamos á ir á la iglesia al pri¬ 
mor toque de las campanas. 

i Mas, oh locura mundana! Prefiere 
dcrrochar una fortuna en el teatro y 
malbaratar el tiempo antes que asistir 
á la santa Misa, donde lucra la más 
rica recompensa todo piadoso espec¬ 
tador. 



Rcnuévase la vida dc Crislo 143 

Tal vez se nos objetará; ^ Qué tiene 
de particular que las personas frívolas 
pretieran el teatro al templo? Quic- 
ren divertirse, y la santa Misa no ha- 
laga su vista ni sus oídos. i Oh terca 
y lamcntable ceguedad! 

Si los que tal dicen miraran con los 
ojos dií la fe disfrutarían profunda¬ 
mente, porque la Misa cs el compendio 
de la vida dei Salvador y la reproduc- 
ción de todos sus mistérios. No es una 
simple reproducción poética dc los he- 
chos pasados, como se ve en una pro- 
ducción dramática, sino que cs una re- 
presentación verídica de cuanto hizo y 
padeeió Jesiís en la tierra. 

En efecto, en la santa Misa tenemos 
delante de nosotros al Nino que en- 
contraron los pastores, que adoraron 
los Magos, que deposito Maria en los 
brazos de Simeón. Reposa sobre el al¬ 
tar para recibir los homenajes dc nues- 
tro amor. 

En el Evangelio es Jesús quien nos 
repite sus doctrinas por boca dei sa¬ 
cerdote y la gracia que obtiene el alma 



144 


Capítulo VI 


creyente no es menor que la que reci- 
biera si Nuestro Sefior Jesucristo mis- 
mo la predicase. 

Vémosle obrar un milagro mayor 
que el de Caná puesto que es más pro¬ 
digioso cambiar el vino cn sangre que 
el agua en vino; tal es la renovación 
de la última Cena y de su muerte en 
la cruz. No le atenazan las manos dei 
verdugo, pero le ofrecen las manos dei 
sacerdote, como víctima expiatória, al 
Padre Eterno: “ Quién se aproveche de 
la misa, le serán perdonados los peca¬ 
dos y caerán sobre él abundantes do- 
nes celestiales como si personalmente 
asistiese á todos estos mistérios en vida 
mortal dei Salvador “ según asegura 
Sánchez. (*) 

Y Dionisio el Cartujo se expresa 
de esta manera; “Toda la vida de Cris¬ 
to ha sido una misa solemne conti¬ 
nuada en la que El ha sido el templo, 
el altar, el sacerdote y la víctima.‘‘ C^) 

Efectivamente, Jesucristo se revistió 

(1) Thesaur. míssz, c. II. 

Dc vita carat- art. 16. 



Renuévase la vida de Cristo 


145 


de los ornamentos sacerdotales en el 
santuario dei seno materno en que to- 
mó nuestra carne, y con ella el vestido 
de nuestra vida mortal; salió de dicho 
santuario en la noche memorable de 
\avidad y empezó el Introito al apa¬ 
recer en el mundo; entonó cl Kyrie 
eleison al lanzar sus primcros vagidos 
cn el pcsebre; el Gloria in excclsis 
fué cantado por los ángeles hasta que 
se aparecieron á los pastores invitán- 
doles á unir sus alabanzas á las suyas 
conduciéndoles luego cerca dei recién 
nacido. 

Jesus dijo la Colecta en sus vigi- 
lias, cuando imploraba por nosotros la 
misericórdia divina; leyó la Epistola 
cuando refiriéndose á las noticias y 
predicciones de Moisés y los profetas 
demostro que se habían cumplido ya 
unas y otras; anunció el Evangitlio 
cuando recorrió la Judea con el finde 
predicar la buena nueva; hizo el Ofer- 
lario cuando en el mistério de la Pre- 
sentación se ofreció á su Padre para 
la salvación dei mundo; cantó el Pre- 



146 


Capítulo VI 


fado al alabar á Dios continuamente 
en lugar nuestro, agradeciéndole sus 
benefícios. 

El Saiictus fué celebrado por los 
hebreos el domingo de Ramos, al ex¬ 
clamar, en la entrada de Jesus en Je- 
rusalén: “ Bendito cl que viene en nom- 
bre dei Senor! Hosanna al Hijo de 
David.‘‘ 

La Consai^radán la efectuó el Sal¬ 
vador en la última Cena por la tran- 
substanciación dei pan y dei vino en 
su cuerpo y sangre respcctivameçte. 

La Elcvadón tuvo lugar cuando fu.é 
clavado en la cruz, elevado al aire y 
expuesto á los âmbitos más apartados 
de la tierra. 

Dijo Jesús el Paier noster al pro¬ 
nunciar las siete palabras desde el ár- 
bol santo de la cruz; la parlidón dc 
la Hóstia se cumplió cuando se se- 
paró su sacratísima alma de su ado- 
rable cuerpo; el Agnus Dei lo dijo el 
centurión en el momento en que ex- 
clamó; “ Rcalmente, este hombre es el 
Hijo de Dios.“ 



Rcnuévase la vida de Crif^to 


147 


La santa Comttnión representa el 
embalsamamiento y sepultura de su 
cuerpo, y dió Jesus la Bendicióu final 
á sus discípulos en el monte de los 
Olivos, al extender sus manos sobre 
ellos en el momento de su ascensión. 

He. aqui la Misa solemne celebrada 
por Cristo en la tierra, Misa que or- 
denó celebraria diariamente á sus apos¬ 
toles y, después de éstos, á los sa¬ 
cerdotes, si bien más brevemente. 

Nosotros somos aún más dichosos 
que los que vivieron en tiempos de 
Jesucristo. Estos oyeron tan sólo una 
Mis.a, cuyos mistérios se celebraron 
tras largos intervalos, mientras que no¬ 
sotros podemos asistir á varias todos 
los dias y recoger en breve tiempo 
los frutos de toda la vida dei Sal¬ 
vador. 

Para esclarecer aun más esta ver- 
dad vamos á relatar un importante su¬ 
cedido explicado por el Obispo Tomás 
dc Cantimpré y por todos los historia¬ 
dores eclesiásticos dc su época. 

Corria el tiempo pascual dei ano 1524 



14S 


Capítulo VI 


cuando en la iglesia de San Amando 
en Douai sucedió que un sacerdote, al 
administrar la sagrada Comunión, se le 
cayó una Hóstia en el suelo. 

Asustado de este contratiempo ines¬ 
perado, se arrodilló para recoger la 
Sagrada Forma; pero se le escapó de 
las manos y la vió elevarse dei sucio 
y cernirse en los aircs. No tcnicndo 
más que un corporal sobre el ijue es- 
taba el copón, cogió el purificador y 
le extendió debajo de la Hóstia, yendo 
entonces por sí sola á colocarse allí. 

Mientras sus ojos estaban piadosa- 
mente fljos en la santa Eucaristia con- 
templó cómo se trasformaba en un gra¬ 
cioso Nino y, profundamente enterne¬ 
cido, no pudo contener los sollozos. 

Los canónigos que estaban en el 
coro, acudieron á socorrerle y pudic- 
ron contemplar también al mismo Niiío 
cuya vista les colmó de celestiales ale¬ 
grias. 

Los fieles, al aproximarse al altar 
para contemplar de cerca tal maravilla 
se convencieron de la presencia real 



Renuévase la vida de Cristo 


149 


de Nuestro Seiior, pero, ;extrano pro¬ 
dígio! donde los canónigos veían un 
Nifio el pueblo contemplaba á Jesucri- 
sto, bajo la figura de un hombre lleno 
de majestad divina. 

La impresión de este milagro no 
llegó jqmás á borrarsc de la memória 
de cuantos tuvieron la dicha de pre- 
senciarlo. Unas veces bajaban la vista 
confundidos, otras la levantaban para 
contemplar )a aparición, que duró una 
hora entera. 

i Quién pudiera expresar las delicias 
y dulzuras que experimentaron aquellos 
corqzones durante este tiempo! 

Al cabo de una hora Jesus volvió 
á tomar la forma de Hóstia, que el 
sacerdote guardó en el sagrario, y to¬ 
dos dejaron el templo para ir á divul¬ 
gar el milagro. 

Este llegó á oídos dei obispo de 
Cambray, Tomás de Cantimpré, que se 
traslado á aquel sítio para oir de lᬠ
bios dei deán de Saint-Amand la ver- 
dad de la aparición. Este le contestó 
que no solamente era cierto que Jesu- 



150 


Capítulo VI 


cristo se había mostrado patente á gran 
nümero de personas bajo la forma hu¬ 
mana, sino que en ella podia eontem- 
plarse aún. Entonces sintió el obispo 
vivísimos deseos de ver la santa Hóstia 
y el sacerdote le llevó á la* iglesia, 
seguido de una muchedumbre ávida de 
ver por segunda vez al Maestro. 

El deán abrió el sagrario, no sin 
temor, sacó el Santísimo Sacramento, 
y dió con él la bendición. El pueblo 
prorrumpió en sollozos y exclamó: 

— i Oh Jesus! I Oh Jesus! 

El obispo preguntó qué signiflcaban 
aquellos gritos y lágrimas, y cien voces 
respondicron que estaban viendo al 
Salvador. 

— Pues yo — repuso el obispo 
-- no veo más que Ia santa Hóstia, lo 
que me aflige, ya que temo que por 
mis pecados soy indigno de ver al Se- 
nor. 

Hizo un minucioso examen de con- 
ciencia y no recordando nada de par¬ 
ticular suplico á Jesus, con las lágri- 



Renuávase la vida de Cristo 


151 


mas en los ojos, se dignara mostrarlc 
su santísimo rostro. 

Después de ardicntes súplicas fue- 
ron éstas escuchadas y vió con sus 
propios ojos, no como muchos, la forma 
de un hermoso Xino, sino la de un 
hombrc en la plenitud de la edad. El 
SeBor estaba ante cl ; sus ojos eran 
claros y hermosos, sus cejas bicn ar¬ 
queadas, su cabellera caía sobre sus 
espaldas, su barba bastante larga, an¬ 
cha su frente, sus mejillas flacas y pᬠ
lidas, su cuello largo y su cabcza in¬ 
clinada. El obispo contempló al Senor 
bastante tiempo y su corazón se derri- 
tió en dulzura y amor. 

Repentinamente cambió el aspecto 
de Jesús y tomó la expresión que te- 
nía durante la Pasión. Coronado de espi- 
nas, cubierto de sangre, su aspecto 
arrancaba amargas lágrimas y causaba 
lástima y compasión; al obispo le pa¬ 
recia que sentia sobre su frente las 
puntas de las espinas que desgarraban 
sus sienes. El pueblo suspiraba y cada 
uno veia el espectáculo de diversa ín- 



152 


Capítulo VII 


dole. Unos un alegre infantito,,otros un 
adolescente, quienes un adulto, quienes, 
en fin, á Jesús sufriendo. 

Rcpresentémonos la emoción de 
aquellos felices espectadores, pues nos 
reconocemos impotentes para descri- 
birla. 

Cristianos, reflexionad con fre- 
cuencia la utilidad dei santo sacrifício 
de la Misa, donde Jesucristo os hace 
partícipes de los infínitos méritos de 
su santísima vida y pasión. 

Si tan fácilmcnte adquiriéramos bie- 
nes tempoiales no perdonaríamos tiem- 
po ni sacrifícios. {Cómo es, pues, que 
somos tan poco interesados cuando se 
trata de riquezas eternas, de tcsoros que 
no nos pude arrebatar ni el tiempo ni 
los ladrones? 

CAPÍTULO VII. 

Jesucristo renueva su oración 
en la santa Hisa. 

“ Tenemos por abogado para con el 
Padre á Jesucristo justo y santo. Y él 



Cristo renueva su oración 153 

mismo es la víctima de propiciación 
por nuestros pecados." i/) 

i No es una promesa consoladora 
para nüestra salvación tener por in- 
tercesor al mismo Hijo de, Dios, juez 
de vivos y de muertos? 

Mas, i cuándo y dónde desempena 
Jesucristo esta misión? La Iglesia nos 
ensena que no es solamente en el cielo, 
sino también en la tierra. 

Véase la doctrina de Suárez: “ Siem- 
pre que se ofrece el santo sacrifício, 
Jesucristo ora por quien lo ofrece y por 
aquellos á cuya intención se ofrece. “ 
Acerca dei modo como oraba Jesus 
dice San Lorenzo Justiniano: “ Todo el 
tiempo que dura la inmolación de 
Cristo en el altar, clama Cristo á su 
Padre y muéstrale sus sagradas llagas 
para librar al pecador de la condena- 
ción eterna." (^) 

Manifestónos también San Lucas el 
ceio dei Sagrado Corazón por salvar- 


( 1 ) I. Joan. II, 1>2. 

(2) ScrmoD de corp- Cbristi- 



1Õ4 Capitulo VII 

nos, al decir; “Se retiró á orar en un 
monte, y pasó toda la noche haciendo 
oración á Dios.“ (') 

En otro lugar: “ Estaba Jesús entre 
día enseSando en el templo y saliendo 
de la ciudad á la noche, la pasaba en 
el monte llamado de los 01ivos.“ (-) Y 
también : “ Y se fué, según costumbre, 
hacia al monte de los Olivos para 
orar. “ (®) 

Lo cual equivale á decir claramente 
que Jesús tenía la costumbre de pasar 
la noche en oración y que su vida fué 
una oración contínua. Orando vino al 
mundo: con oraciones acompafíaba cada 
una de sus acciones durante su pere- 
grinación; la suprema oración dei gran 
sacerdote por e.vcclcncia fué el adiós 
á sus apóstoles en la tarde de esta 
santa vida; interccdic rezando por sus 
enemigos pendiente de la cruz y cuando 
comprendió que se acercaba el instante 
de volver al Padre, levantando su mano 
sobre sus discípulos para darles su 

(l) Luc. VI, 12. 

(2; I.uc. XXI, .17. 

(3) Luc. XXII, 39. 



CriSto renucva su oración 155 

postrera bendición, y sefialando los cie- 
los donde continúa su corazón interce- 
diendo por el humano linaje 

En là santa Misa Jesús repite á su’ 
Padre todas estas oraciones reunidas, 
porque le ensefla las llagas con las ge¬ 
midos que las acompafiaban, enumera 
las noches pasadas en ayunos y ora¬ 
ciones y ofrece todos estos méritos 
para la salvación dei mundo y parti¬ 
cularmente para cada uno de los que 
asisten á la Misa. 

i Oh, Dios mío! j Qué oración tan 
eficaz! Cual el aroma dei incienso se 
eleva hacia el Padre celestial, hasta el 
trono de la Santísima Trinidad. Jesu- 
cristo no se concreta en orar, sino que 
se sacrifica también por la salvación 
dei hombre. 

Así es como Santa Gertrudis ex¬ 
plica este mistério: “ Ví durante la 
elevación á Jesús alzar con sus pro- 
pios manos á su dulcísimo corazón en 
forma de cáliz y presentarlo á su Pa¬ 
dre. Inmolósc entonces por la Iglesia 
por modo incomprensible á las criatu- 



156 


Capítulo VII 


ras.“ Confirmó esto Jesucristo con las 
palabras siguientes dirigidas á santa 
Matilde: “ Sólo yo sé y ccrmprendo 
perfectamente cl modo cómo me ofrezco 
cada día á mi Padre por la salvación 
de los fieles. Ni los mismos querubi- 
nes y seraflnes, ni potestad alguna dei 
cielo son capaces de concebirlo tal 
como es.“ (‘) 

Fijémonos en que Nuestro Seõor 
no se ofrece en el altar con la majes- 
tad de que aparece en el cielo reves¬ 
tido, sino con una humildad incompa- 
rable. Del abismo de esta humildad se 
eleva su voz tan poderosa al cielo que 
hiende el espacio, atraviesa la región 
de las nubes y llega al trono de la 
misericórdia. 

Guando el rey de Nínive se enteró 
de los castigos que amenazaban á la 
ciudad en el plazo de cuarenta dias, 
bajó de su trono, trocó sus vestiduras 
reales en trajes de luto, se cubrió de 
ceniza la cabeza y ordenó que todo el 


(1) Lib. II, cap XXXL 



Cristo renueva su oracjón 157 

pueblo implorase la divina misericór¬ 
dia. Con esta humildad y penitencia 
obtuvo el rey pagano el perdón para 
sí y parb su ciudad culpable. 

i Qué no obtendrá Jesucristo, quien 
se humilla mucho más en la santa 
Misa, donde abandonando el trono de 
su gloria se reviste de las pobres apa- 
riencias de pan y vino y ruega al Dios 
de las misericórdias. “ Perdón y gracia 
por mi pueblo! Oh Padre, mira mi aba- 
timiento, héme delante de tí, no como 
un hombrc, sino semejante á un gu¬ 
sano de la tierra." (') 

Llenos de orgullo se han rebelado 
contrà tí los pecadores, yo en cambio, 
humíllome delante de tí; te han irri¬ 
tado con sus injurias, yo aspiro áapa- 
ciguarte con mi humillación; atrajeron 
sobre sus cabczas tu venganza, yo quiero 
dctenerla á fuerza de súplicas. Compa- 
décete de ellos, oh Padre, por mi amor 
y no les castigues según son sus crí- 
menes. No les entregues á Satanás; 


(1) Ps XXI, 7. 



158 


Capítulo VII 


son mios; los he comprado con mi 
sangre. Oh Padre santo! especialmente 
imploro tu misericórdia por los peca¬ 
dores que se hallan presentes y por los 
cuales renuevo, durante la .\lisa, mi 
vida y mi muerte. Ojalá que en vir- 
tud de mi sangre y de mi muerte les 
preserves de la muerte eterna. 

i Oh, Jesús adorable ! ; Hasta dónde 
os lleva el amor bacia nucstras almas! 
I Cómo corresponderemos dignamente á 
él sino asistiendo con fervor al santo 
sacrifício? Guando el Salvador pendia 
de la cruz cncomcndó á su Padre á 
cuantos estaban al pié de ella, aplicán- 
doles de un modo especial los frutos 
de su pasión. 

En la santa Misa ora de igual mo¬ 
do por los oyentes recomendando con 
más efícacia á aquellos que mcditan 
profundamente los santos mistérios. 
Ruega por ellos con tal fervor como 
lo hizo en los ültimos momentos de su 
vida interccdiendo por sus enemigos. 

i Qué oración más eficaz! ; Cuánto 
nos alicnta y nos hacc presumir la bie- 



Cristo renueva su oración 


159 


naventuranza eterna ver al mismo Hijo 
de Dios tomar en sus manos los inte- 
rcses de nuestra salvación! 

Si la Santísima Virgen- se te apa- 
reciere y te dijese: 

— Hijo mío, no temas; yo te pro¬ 
meto encargarme de tus intereses, no 
cesaré de rogar por ti á mi Hijo hasta 
que me haya asegurado tu felicidad 
eterna. 

ifNo es verdad que enajenada tu alma 
de alegria exclamarias; 

[Que consuelo, qué halagüeSa pro- 
mcsa! No dudo ya de que está ascgu- 
rada mi salvación? 

Áhora bicn; si tan gran confianza 
tcnemos en la intercesión de Maria, 
ípor qué esta confianza no es abso¬ 
luta cuando se trata de la intercesión 
de su divino Hijo quien no sólo nos 
promete su auxilio sino que ora por 
nosotros en todas las Misas que oimos, 
que apacigua la cólera y suaviza la 
justicia de Dios, apartando de nosotros 
cl castigo merecido? Y hay que tener 
en cuenta además que El no ora solo. 



160 Capítulo VII 

sino que con El interceden, como se 
ha dicho ya, sus lágrimas, sus llagas, 
su sangre, todos los latidos de su co- 
razón, las expansiones todas de su alma, 
íEs posible apreciar el efecto de estas 
súplicas en el corazón dei Padre celes¬ 
tial? 

Nos quejamos á menudo de nuestra 
falta de fervor en nuestra oraciones. 
Acudamos á la santa Misa que Jesu- 
cristo rezará por nosotros, supliendo la 
imperfección de nuestras súplicas. Oiga- 
mos cuán afectuosamcnte nos convida: 
“ Venid á mí todos los que andáis ago- 
biados con trabajos y cargas, que yo os 
aliviaré.“ (‘) 

Es decir, venid á mí todos los que 
no podéis orar devotamente y Yo oraré 
por vosotros. i Por qué, alma distraída 
y cansada, no aceptas tal invitación? 
iPor qué no açudes á la santa Misa? 

En nuestras penas y tribulaciones 
acudimos á nuestros amigos en busca 
de consuelo y oraciones. i Qué vale la 


(i; Mateo, XI, 28 . 



Cristo renue\'a su oración 161 

oración de los hombres comparada con 
la de Jesucristo? 

Si nuestra desconfianza es extre¬ 
mada, cl peligro de perdemos es inmi- 
nente y dices á Jesüs: “iSenor, quién 
podrá salvarse?" él te responde: ‘‘Lo 
que cs imposible á los hombres es fᬠ
cil á Dios.“ (*) 

Acudamos, pues, á este Dios salva¬ 
dor que ambiciona asegurarnos un re¬ 
fugio en casa de su Padre. 

íPero, cómo, dicen algunos, un mi- 
serable pecador se atreverá á implorar 
las oraciones dei Hijo de Dios? Soy 
indigiu) de ellas, no ambicionò tal mer- 
ced, no me atrevo. 

No obstante tengamos presente que 
uno sólo de nuestros suspiros nos da 
dcrecho á disponer de su corazón. .^sí 
lo afirma San Pablo: “ Pues no es tal 
nuestro Pontífice que sca incapaz de 
compadecerse de nuestras misérias.... 
porque todo Pontífice entresacado de 
los hombres, es puesto para benejicio 


(1) Lucas, V. 25*26; Marcos, X, 26. 

8096 


6 



162 


Capítulo V'II 


de los hombres, en lo que mira al culto 
da Dios, á fin de que ofrezca dones y 
sacrifícios por los pecados.“l‘) 

Jesucristo es pontífice y ejerce su 
sacerdócio en la santa Misa; su misión 
estriba, pues, en orar por el pueblo y 
ofrecer por él el sacrifício. Y no tan sólo 
lo ofrcce por todos en general sino 
para cada uno en particular, de la 
misma suerte que sufrió por todos y 
cada uno, y se intcresa por cada alma 
como si esta fuese la única que ha de 
salvar. 

De esta manera comprenderemos el 
poder de la oracion de Jesús en el al¬ 
tar; agreguemos á él nuestras pobres 
súplicas y adquirirán un valor inmen- 
so. “Las oraciones que se hacen du¬ 
rante el sacrifício de la Misa, dice Tor- 
ner, tienen mayor fuerza que las que 
se hacen fuera de ella por más que 
duren y por éxtasis que se tengan. La 
razón se toma de la Pasion > muerte 
dei Senor que demuestran su eficacia 


(1) Hebreos, IV, l5i V, l. 



Cristo renucva su oración 163 

cn la Misa en los innumerables frutos 
y gracias que producen. Porque à la 
manera que la cabeza es más digna 
que todos los demás miembros dei 
cuerpo, así la oración de Jesucristo 
que es nuestra cabeza, excede en digni- 
dad y poder á la de todos los cristianos 
que sólo son miembros místicos de su 
cuerpo.“ (') 

Tal como una moneda de cobre 
aumenta de precio al mezclarse con el 
oro fundido, así la pobre oración dei 
hombre al unirse á la dei Salvador ad- 
quiere una superior nobleza y puede 
ofrecerse como un dón agradable á la 
divina majestad. Una oración imperfecta 
hccha en la santa Misa vale más que 
una súplica fervorosa hecha cn casa. 

Así, pues, los que pudiendo asistir 
á la santa Misa pretíeren á ello otros 
ejercicios de piedad, se perjudican mu- 
cho, porque al alejarse dei sacriíicio 
y de la oración dei Salvador se privan 
de infinidad de gracias y méritos. 


(1) “ Ia miser. “ Cone. 63, n. lO. 



CAPÍTULO VIII. 

Jesucristo renueva su Pasión 
en la santa Hisa. 

Entre los mistérios dei SefSor no 
hay otro más útil y que sea más dig¬ 
no de reconocimicnto y veneración 
que su Pasión dolorosa por la cual 
fuimos redimidos. Los santos Padres 
no se cansan de decir de cila cosas 
sublimes y prometen de parte de Dios 
una gran recompensa á las almas que 
con fervor la meditan. 

Hay muchas maneras dehonrarde- 
bidamente la Pasión; sin embargo nin- 
guna hay más perfecta que la piadosa 
y reverente asistencia á la santa Misa 
ya que en el altar se renueva la Pasión 
y muerte dei Salvador. 

En efecto ; en la Misa todo reeuerda, 
todo simboliza la Pasión; la Cruz re¬ 
mata cl altar; esta senal dei cristiano 
está marcada cinco veces en la piedra 
sagrada, impresa en la Hóstia, dibu- 
jada en el misal, en la página que pre¬ 
cede al Canon, bordada en el amito, cl 



Crislo renueva su Pasión 165 

manipulo, la estola, la casulla y gra- 
baJa en la patena y en el cáliz. La 
hace el sacerdote diez y seis veces so¬ 
bre sí mismo y veintinueve veces so¬ 
bre la ofrenda. 

Todo ello son otros tantos indicios de 
la renovación dei sacrifício de la Cruz. 

§ 1. De Qué manera renueva Jesús 
su Pasión. 

Aunque Nuestro Sefíor Jesucristo 
dijo en la última Cena: “ Haced esto 
en memória mía“(')el sacrifício dela 
Misa no es una simple memória, sino 
una renovación de la Pasión, según lo 
ensefia la Iglesia: “ Si alguien di jere 
que el sacrifício de la Vlisa es única¬ 
mente el recuerdo de un sacrifício con¬ 
sumado en la cruz, sea anatema.‘‘ (-) 
V en otra parte: “ En el divino sacri¬ 
fício, hállase presente y es inmolado 
por modo no cruento el mismo Cristo 
que se ofrcció una sola vez por modo 
cruento en el altar de la cruz.“ (®) 


( 1 ) Luc. XXII, 19. (2; TríJ. ses. XXII, cap. 3. 
(3) Trid. scs. XXII, cap. 2 . 



166 


Capítulo \ III 


Pucstoquc estamos obligados ácreer 
todo lo que la santa madre Iglesia nos 
ensena, debicra bastar este testimonio; 
pero la misma Iglesia nos diceademás: 
“La víctima que se ofrece por minis¬ 
tério dei sacerdote, es la misma que 
se ofreció un día en la cruz: única¬ 
mente difiere en el modo de ser ofre- 
cida.“ 

Sobre la cruz Jesucristo fué in- 
molado de una manera cruenta por las 
manos sacrílegas dei verdugo; en el 
altar se inmola de una manera mística 
por ministério dei sacerdote. 

La Iglesia emplea amenudo en la 
Misa la palabra immolare, inmolar, y 
San Agustín se sirve igualmente de 
ella: “Jesucristo fué inmolado una vez 
por modo sangriento en la cruz y ahora 
es inmolado cada día sacramentalmente 
por la salvación dei pueblo.“ (*) 

Esta expresión es importante, por¬ 
que se la encuentra más de cien veces 
en la Sagrada Biblia para designar la 


(IJ Epist. 98 ad BoniL 



Cristo renueva su Pasión 


167 


oblación de los animales. Si la Iglesia 
la usa en la santa Misa es porque quiere 
indicar que el santo sacrifício no con¬ 
siste solamente en la pronunciación de 
las palabias de la consagración ni en 
la elevación de las especies sacramen- 
tales, sino en la inmolación verdadera, 
por más que mística dei divino Cor- 
dero. 

“ La Pasión de Cristo es el mismo 
sacrifício que ofrecemos “ dice San 
Cipriano. (') 

Ycon otras palabras: “Al celebrarse 
la santa. Misa se renuevan todas las 
escenas de la Pasión de Cristo. “ San 
Gregorio aún es más explícito: “ El 
que ha resucitado de entre los muertos, 
no puede morir ya; padece, no obs¬ 
tante por nosotros, de una manera mis¬ 
teriosa en el santo sacrifício de la 
Misa.“ (■■') 

Ni es menos claro Teodoreto: " El 
sacrifício que ofrecemos es el de la 
cruz,“ (’) 

(1) Epist. 63 ad Cone. (2) Homíl. 137, 

(3) In Haebr. c. VIU. 



168 


Capítulo VIII 


Muchísimos otros testimonios po- 
dríamos aducir, pero concretémonos 
para abreviar, con el de la Iglesia in- 
falible que ora de esta suerte en la Se¬ 
creta dei IX domingo después de Pen- 
tecostés: “ Goncédenos, Sefíor, te su¬ 
plicamos celebrar dignamente este mis¬ 
tério, para que con la frecuencia que 
SC celebra, se cumpla la obra de nues- 
tra redención.“ 

Un ejemplo nos aclarará este im- 
portantísimo punto. 

Amerumno, príncipe de los sarra¬ 
cenos, envió en cierta oeasiún su her- 
mano á AmpelOn, en Siria, donde había 
una iglesia dedicada á San Jorje. Guan¬ 
do cl sarraceno divisó aquel templo 
dijo á sus criados: 

— Entrad ahi nuestros camellos y 
poned el forraje en el altar. 

Los criados se apresuraron á obe¬ 
decer, pero los sacerdotes apostrofaron 
al príncipe; 

— Guardaos, seSor, de obrar de 
esta manera; esta casa es un templo 
de Dios y no se debe profanar. 



Cristo renueva su Pasiôn 


169 


El príncipe se empeiló en hacer en¬ 
trar cuando menos los animales, los 
que cayeron muertos al instante. Asus- 
tado entonces hizo apartar los cadᬠ
veres. 

El templo estaba lleno de gente por 
ser día de fiesta y la hora en que de- 
bía celebrarse la santa Misa. El sacer¬ 
dote salió al altar no sin cierto sobre- 
salto; temia alguna irreverencia al San- 
tísimo Sacramento por parte dei sarra¬ 
ceno. 

Estç, para mejor presenciar las ce- 
remonias cristianas, habíase colocado 
lo máâ cerca dei altar y en el mo¬ 
mento en que el sacerdote, siguiendo el 
rito griego, dividió el pan consagrado 
en cuatro partes, con un cuchillo, vió 
á un infantito cuya sangre caía en el 
cáliz. 

Este espectáculo le irritó de tal 
suerte que habría asesinado al sacerdote 
si el deseo de ver lo que sucedería 
luego, no le hubiese contenido. En la 
Comunión vió cómo todos los que se 

8096 


6* 



170 


Capitulo Vin 


acercaban á la santa Misa comían la 
carne dcl nino. 

— Los cristianos son unos bárba¬ 
ros — se dijo el sarraceno — porque 
sacrifican un niiio á su Dios y comen 
su carne, como los animales salvajes; 
pero yo castigaré con mi propia mano 
la muerte de esta inocente criatura pa- 
sando á cuchillo ã todos estos feroces 
antropófagos. 

Después de Ia Misa, el sacerdote 
bendijo el pan, lo distribuyó entre el 
pueblo y dió un pedazo de él al sarra¬ 
ceno. 

— ; Qué es esto? — preguntó este 
en árabe. 

— Es pan bendito — se le respon- 
dió. 

Entonoes el príncipe repuso enco¬ 
lerizado: 

— [Panl Ya sé lo que es este pan. 
i\o te he visto, asesino feroz, perro 
cristiano, sacrificar á un hermoso nião? 
í No te he visto inmolarlo en el altar 
y caer su sangre en cl cáliz ? ; Hombre 
impío, cruel, impuro! j Con mis pro- 



Cristo renueva su Pasiún 


171 


pios ojos te he visto comer Ia carne 
de esta criatura, beber su sangre y re¬ 
partiria entre los otros! 

Estupefacto el sacerdote contestó: 

— Sciior, yo soy indigno de con¬ 
templar tan sublimes mistérios, pero 
ya que tú los has visto te creo grande 
ante Dios. 

— iKo es esto loque ví? — preguntó 
el sarraceno. 

— Ciertamente — repuso el sacer¬ 
dote — pero yo no veo este mistério 
excelso porque soy un pobre pecador, 
y por eso yo no diviso más que el 
pan y el vino que consagramos y des- 
pués de la consagracion es el cuerpo 
y sangre de Nuestro Senor Jesucristo. 

Estas palabras impresionaron de 
tal manera al príncipe que apartándose 
de su gente y de los fieles con el sa¬ 
cerdote le cogió de una mano y ex- 
clamó: 

— Comprendo que la religíón cris- 
tiana es grande y os suplico, Padre, 
que me recibáis en el número dc los 
creyentes y me bauticcis. 



172 Capítulo VI [I 

Mas el sacerdote lo rehusó con estas 
palabras; 

— Dispensadme, senor, pero no 
puedo, porque si vuestro hermano lle- 
gara á saberlo me mataria y destruiría 
esta iglesia. No obstante si tanto anhe- 
láis ser cristiano id á la montaria dei 
Sinai donde encontraréis al obispo ; 
contadle lo que babéis visto y él os 
instruirá en nuestra santa religión. 

El sarraceno se juntó con los su- 
yos sin revelar su secreto; pero lle- 
gada la noche, cuando todos dormían, 
se fué en busca dei sacerdote, troco 
sus pomposos vestidos con el sayal 
dei peregrino, y aleccionado por aquél 
emprendió el camino dei monte Sinai. 

Llegado cerca dcl Obispo contólc 
la causa dei viaje y de su conversión 
y el prelado le hizo instruir y bautizar 
con el nombre de Pacomio. 

Ingresó después en la AÚda reli¬ 
giosa y luego de haberse entregado du¬ 
rante tres aiios á toda clase de peni¬ 
tencias, obtuvo permiso para volver al 
lado de sus padres con la esperanza 



Cristo renueva su Pasión 


173 


de convertirlos, lo que no pudo con¬ 
seguir, obteniendo en cambio lagracia 
de ser apedreado y alcanzar la palma 
dei martirio. 

Este milagro puede darnos una idea 
de la presencia y de la inmolación real 
de Jesucristo en la Misa. La visión dei 
príncipe tuvo por objeto llevar esta 
alma á la investigación de la verdad y 
después á su eficaz conversión. 

Dios permitió así mismo este mila¬ 
gro para nuestra propia instrucción y 
con el fin de fortalecer nuestra fé. 

Es cierto que Jesucristo no se in- 
mola fisicamente en la santa Misa, pero 
preséntáse á toda la corte celestial bajo 
la forma lastimosa que tenía en la fia- 
gelación, la coronación de espinas, la 
crucifixión, y ello con tal viveza como 
si efcctivamente sufriera todos estos 
tormentos. 

Sobre este punto dice Marchant: 
“ La Misa no es sólo la represcntación 
de la Pasión sino una repctición mís¬ 
tica, aunque no cruenta. Si el Cordero 
de Dios cargo un día con los pecados 



174 


Capítulo Vm 


dcl mundo para borrarlos con su san¬ 
gre, también todos los dias toma como 
suyos nuestros pecados, para satisfa- 
cer por ellos en el altar. “ 

§ 2. Motivos por los cuales Jesucristo 
renueva su Paslón en la santa Mlsa. 

Explicado ya cómo Jesucristo re¬ 
nueva su Pasión en el santo sacrifício, 
veamos ahora los motivos que le obli- 
gan á ello. 

El piadoso Padre Segneri dice: 
“Durante su vida mortal, Cristo, en 
virtud de su presciência divina veia á 
millares de hombres que se condena- 
rían á pesar de su dolorosa Pasión. 
Mas de tal manera, como verdadero 
hermano amó la salvación de las al¬ 
mas y tanto se compadeció de su pér- 
dida eterna que propuso á su Padre 
permanecer pendiente de la cruz, no 
ya trcs horas, sino hasta al fin dcl 
mundo, para que con tan prolongado 
tormento, con sus incesantes lágrimas, 
con el derramamiento de su sangre, 



Cristo renueva su Pasión 175 

con sus fervorosas súplicas y gemidos, 
apaciguara á la divina justicia, la mo- 
viera á compasión y hallara así un 
medio eficaz para impedir la pérdida 
de tan gran muchcdumbrc de almas.“ (*) 

San Buenaventura, el Beato Avila y 
otros citan también esta súplica dcl 
misericordiosísimo Jesús. 

El Padre Eterno no satisfizo los 
deseos de su Hijo, pues respondió que 
tres horas de parecidos sufrimientos 
bastábanle ya, y que el que no quisere 
aprovecharse de la Pasión no podría 
culpar á nadie más que á sí mismo de 
su condenación eterna. 

Semejante negativa no amortiguó el 
amor dei Salvador quien al contrario 
se inflamó aun más y le arrastró á un 
anhelo vivísimo de acudir en socorro 
de los míseros pecadores. Entonces fué 
cuando ideó un medio de quedarse en 
la tierra después de su mucrte, de con¬ 
tinuar su Pasión y de interceder ante 
Dios por la salvación nuestra, tal como 
lo hizo pendiente de la cruz. 


(1) Hom. Christ. Disc 12 . 



176 Capítulo VIII 

Este medio es el santo sacrifício de 
la Misa. 

Cuéntase en la vida de Santa Co¬ 
leta que ésta oía diariamente la Misa 
con devoción angelical. 

Una vez, en la de su confesor y 
en el acto de la consagración, exclamó 
en voz alta; 

— i Dios mío, Jesús, Jesus, ángeles 
santos y pecadores, mirad y escuchad 
la maravilla de las maravillas! 

Estas exclamaciones, repetidas va¬ 
rias vcces, conmovieron á los fíeles. 
Después de la Misa preguntóle su con¬ 
fesor la causa de sus exclamaciones y 
la santa contestó; 

— He visto y escuchado cosas tan 
maravillosas que si vos hubieseis es¬ 
tado en mi lugar habríais gritado con 
más fuerza aün. 

— iQué habéis visto? 

— Por más que estos prodigios 
sean tan elevados y sublimes que no 
pueda la criatura hablar de ellos in¬ 
tentará no obstante deciros algo. Guan¬ 
do babéis levantado el Santísimo Sa- 



Cristo renueva su Pasión 177 

cramento he visto á Cristo pendiente 
de la cruz; de sus llagas abiertas ma- 
naba su preciosa sangre y le he oído 
rogar á su Padre de esta manera: 

— Ved, Padre, como fui suspendido 
de la cruz y en qué forma sufrl por 
el mundo: ved mis llagas y mi sangre 
derramada; considerad mi Pasión y mi 
muerte. Lo aguanto todo, lo sufro todo 
para salvar á los pobres pecadores y 
he aqui que Vos queréis abandonados 
á Satanás. ^Quién me indemnizará de 
mis tormentos y de mi aciaga muerte? 
Los pecadores que se condenan no ten- 
drán para mi reconocimiento alguno, 
antes al contrario, me maldecirán eter¬ 
namente, cn tanto que si se salvan me 
bendecirán. Os pido, oh Padre, por mi 
amor, que les perdonéis y les preser- 
véis dei fuego eterno. 

San Lorenzo Justiniano habló asi 
de la constante oración de Jesús. 

“ Guando se ofrece á Jesucristo en 
el altar clama á su Padre, ensefiándole 
sus llagas á fin de que se digne pre- 



178 Capítulo VIII 

servar á los hombres de las penas eter¬ 
nas." (\) 

c Quién será capaz de apreciar jus- 
tamente la efícacia de esta oración 
que sube dircctamente dei altar al co- 
razón dei Padre celestial ? jCuántasve- 
ces habrían perecido los pueblos si 
Nuestro Seilor no hubiese orado por 
ellos ! ; Cuántos millares de bienaven- 
turados estarían retorciéndose en las 
llamas dei fucgo infernal á no haberlos 
protegido Jesucristo con su omnipo¬ 
tente intercesión! 

Pues bien, pecadores, acuJid á la 
santa Misa á fin de haceros partícipes 
de los efectos de esta oración, preser¬ 
vares de todo mal y obtener por Jesu¬ 
cristo todo aquello que vosotros solos 
no podríais alcanzar Jamás. 

Por consiguiente, el principal mo¬ 
tivo por el cual renueva Nuestro Se- 
fíor su Pasión en la santa Misa es para 
orar por nosotros 6 inclinar á su Pa¬ 
dre á la misericórdia de un modo tan 


(1) bcrm. de corpore ChrlstL 



Cristo renueva su Pasión 179 

eficaz como lo hizo en la cruz. Pero 
Jesús por medio de la santa Misa quie- 
re al propio tiempo aplicamos los mé¬ 
ritos dei sacrifleio dc la cruz. 

Recordemos que el Salvador, du¬ 
rante su vida y principalmente en sus 
últimas horas de agonia adquirió un 
tesoro infinito dc méritos, que en aquel 
cntonces no repartió más que entre un 
limitado número de ficles, pero que 
ahora los reparte profusamente por di¬ 
ferentes conductos y sobre todo en la 
santa Misa : “ Lo que fué en la cruz un 
sacrificiode Redención, escribe un maes¬ 
tro de la- vida espiritual, es en la Misa 
un sacrifício de propiciación merced 
al cual todos participan de los méri¬ 
tos y de la virtud dei sacrifício dc la 
cruz.“ (*) 

?>n otros términos; si asistimos pia- 
dosamente al santo sacrifício, la virtud, 
los méritos de la Pasión serán aprn- 
piados á cada uno de nosotros scgún 
nuestras propias disposiciones. 


(1) S. Juan Dantabceoo. Paedag. Cbrístí, II, 8. 



180 


Capítulo VIII 


íY por qué motivos pone Jcsucri- 
sto en poder nuestro tan precioso te- 
soro? Oigamos lo que dijo á santa Ma¬ 
tilde : “ Mira, te ofrezeo todas las amar¬ 
guras de mi Pasión, para que te las 
hagas tuyas y me las ofrezeas en re¬ 
torno." Por consiguiente si tú dices: 
“ Oh Jesús, os ofrezeo vuestra dolo¬ 
rosa Pasión Jesús te responderá; 
“ Hijo mío, yo doblo su valor. “ Y si 
prosigues: “ Oh Jesús, os ofrezeo vues¬ 
tra sangre El te responderá : “ En 
cambio yo, hijo mío, te lavo con ella 
dos veces.“ 

En suma, siempre que ofrezeas al 
Seiíor algún padecimiento suyo, reci- 
birás el valor duplicado. iQué medio tan 
fácil para enriquecemos con las más 
preciosas gracias! 

Otro motivo de renovacion de la 
Pasión es el siguiente. No todos los 
fieles pudieron asistir al sacrifício de 
la cruz; el Salvador no quiso dejarles 
sin tan gran beneficio y he aqui por¬ 
que se recogen de la Misa los mismos 
frutos de la cruz. 



Cristo renueva su Pasión 


181 


Es lo que dice Biel en estas pala- 
bras: “Ved cuán grande es nuestro sa¬ 
crifício que no sólo es un memorial 
dei sacrifício excelente, perfecto y único 
de la cruz, sino es este mismo sacri¬ 
fício T produce los mismos frutos. 
Enscãa el P. Molina que “Jesus ha 
mandado que la Iglesia ofrezca siem- 
pre el mismo sacrifício que fué ofrecido 
en la cruz, idêntico en la esencia aun- 
que diferente en el modo, porque aun 
cuando no hay en aquél derramamiento 
de sangre, en cuanto á la abundancia 
de gracias es el mismo; porque siendo 
idêntico al sacrifício de la cruz, tiene 
la misma virtud que éste y es tan agra- 
dable al Padre Eterno como el sacri¬ 
fício sangriento dei Calvario.“ 

Y esto confirma la misma Iglesia 
diciendo: “ El sacrifício de la Misa y 
el de la cruz, son el mismo sacrifí¬ 
cio. “ 

Después de cuanto llevamos expues- 
to no cabc dudar de que con nuestra 
asistencia á la santa Misa nos hacemos 
agradables á Nuestro Sefior y sacamos 



182 


Capítulo IX 


tanto provecho como si hubiéremos pre¬ 
senciado su crucifixión. 

; Qué inmcnso beneficio, qué gra- 
cias cosecharíamos si todos los dias 
pudieremos asistir á la Pasión y reco- 
ger sus frutos! ; Qué honra para noso- 
tros si nos fuerc dado cstrechar entre 
nuestros brazos la cruz dei Salvador 
moribundo, confiarlc nuestras penas, oir 
de sus lábios palabras de consuelo, tal 
como lo hizo la Madre Dolorosa, el 
discípulo amadísimo y la Magdalena! 

i Ah, cristianos ! Aprovechémonos 
diariamente dei santo sacrifício dei al¬ 
tar y tributemos gracias por cllo á Je- 
süs, que es el divino celador de nues¬ 
tras almas. 


CAPÍTULO IX 

Jesús renueva su muerte 
en la santa Misa 

“ Nadic ticne amor más grande que 
el que da su vida por sus amigos.“ (') 


( 1 ) Juan, XV, 13. 



Cristo renucva su muerte 183 

Estas son las palabras que pronun- 
ció Nuestro Senor algunas horas antes 
dei cumplimicnto de las mismas. Siendo 
en efecto la vida y el alma los bie- 
nes más preciosos dei hombre el dar- 
los por alguien cs el mayor acto de 
generosidad posible. 

El amor de Jcsucristo ha ido aún 
incomparablcmcntc más lejos ya que 
dió su vida, la más noble y santa que 
haya existido, no tan sólo por sus ami¬ 
gos sino por sus peores y más irre- 
conciliablcs adversários. 

Y aBadió: “ Yo doy la vida por mis 
ovejas." (•^) 

Nótese que no dice daré mi vida ó 
he dado mi vida, sino la doy, lo que 
significa que está dándola continua¬ 
mente. 

Este sacrifício, este holocausto, tiene 
lugar diariamente en la santa Misa; 
veamos de qué manera. 

Entre los antiguos e.\istía la cos- 
tumbre de representar la Pasión por 


( 1 ) Juan, X, 15. 



184 


Capitulo IX 


medio de un drama. (*) En algunos lu¬ 
gares principalmente en Oberammergau 
se consenta esta costumbre, que atrae 
miUares de espectadores de todas las 
partes dei mundo. Atan á un joven á 
una cruz y permanece éste en ella has¬ 
ta que figura que muere después de 
espantosos sufrimientos; y lo repre¬ 
senta con tal naturalidad que no pocas 
veces los espectadores se deshacen en 
lágrimas. 

Por más que hemos comparado Ia 
santa Misa con un drama, allí nadie 
desempena el papel de Jesucristo mo¬ 
ribundo pues es el mismo Sefíor el in- 
molado, el cual no quiso confiar el 
cumplimiento de este sacrificio ni á 
ángel ni á santo alguno, por conside¬ 
rarias indignos de sustituirle, ya que 
no habían interesado ni conmovido el 


(i) En Espafla, y en Catalufla ei»pecialincD(c, se re* 
presenta auo en el teatro la Pasión dei SeSor, durante 
los dias de Cuaresma, en particular en la Semana Santa; 
pero Ul espectáculo va cayendo hoy en desii-soí contrl- 
buycndo á ello el haber condenodo los Prelados dlchas 
representaclones por las Irreverências & que daban lu* 
gar. l*otn dtl inijHvtor, 



Cristo renueva su muerte 185 

corazón dei Padre celestial. Por este 
motivo renueva en cada Misa su dolo- 
rosísima muerte tal como tuvo lugar en 
el Calvario. 

Permítasenos demostrarlo por me¬ 
dio de un ejemplo referido por César 
de Heisterbach. 

Vivia en Frisia un cura llamado 
Adolfo de Dieveren el eual tenía vivos 
dcscos de ver la sagrada humanidad 
de Cristo en la santa Misa, porque su 
espíritu estaba combatido por constan¬ 
tes dudas. 

Celebrando un dia los divinos mis¬ 
térios al llegar al A^nus Dei y pre¬ 
tender partir la Hóstia contemplo en¬ 
tre sus manos á un hermoso nino con 
la sonrisa en los lábios. 

Profundamente asustado en un prin¬ 
cipio, contemplo después al tierno in¬ 
fante con alegria. 

Mas teniendo después la curiosidad 
de ver lo que había en la parte opues- 
ta de la Hóstia se encontró con Cris¬ 
to clavado en cruz, con la cabeza in- 



1R6 Capitulo IX 

clinada sobre cl pecho, próximo á ex¬ 
pirar. 

P21 sacerdote movido á compasión 
sintióse desconcertado y lloró copiosa¬ 
mente. Largo rato permaneció visible 
el espectáculo de la muerte dei Salva¬ 
dor y aquél dudó si debía interrumpir ó 
continuar la santa Misa. 

Los íieles, impresionados, llamaron 
la atcnción dei cura. Al fln desapareció 
la visión y al tomar la Hóstia su forma 
ordinaria el sacerdote concluyó la 
Misa. 

Pero sucedió que queriendo los fie- 
les indagar el motivo de la larga in- 
terrupción y la causa de tantas lágri- 
grimas subió el pastor al púlpito para 
complacerles. Estaba tan conmovido, 
era su voz tan entrecortada por los 
suspiros y sollozos, que nadie enten¬ 
dia una palabra. 

Rctiróse después, pasó algunos dias 
llorando sus pecados y meditando la 
Pasión de Jesucristo y seguidamente 
explicó sus visiones á muchas personas 
piadosas. 



Cristo renueva su muerte 


187 


Estas apariciones sirv’en para hacer- 
nos comprender la manera cómo el 
Salvador representa su muerte ante el 
Padre, ante el Epíritu Santo y la corte 
celestial, recordándoles por ella el 
grande amor que le ha Uevado al ex¬ 
tremo de entregar su vida para la sal- 
vacíón de la humanídad. 

i Ah, si recibiésemos el mismo fa¬ 
vor de Adolfo de Dieveren! ; Si nos 
fuere dado contemplar en la santa Hós¬ 
tia á Jesüs moribundo, con qué em- 
peflo asistiríamos á Misa! ; con cuánta 
piedad iríamos siguiendo cada una de 
sus partes! 

Pero si no lo vemos con los ojos 
corporales, en cambio los ojos de la 
fe nos lo descubren con toda certeza. 
Además, con ob jeto de fortalecer nues- 
tra fe, Jesucristo dió á la santa Misa 
ciertos datos y seilales manifiestas de 
su muerte, como vamos á exponerlo 
seguidamente. 

Al instituir en la última Cena el 
Santísimo Sacramento no quiso hacerlo 
ni por una sola vez ni bajo una sola 



188 


Capítulo IX 


especie, sino que consagró dos veces 
y bajo dos especies diversas. Lo hizo 
de esta forma para recordamos y re¬ 
presentamos más vivamente sumuerte 
por más que en la especie de pan tam- 
bién la sangre está presente y el cucr- 
po se halla en la especie dc vino. Pero 
á pesar de ello, en virtud de la consa- 
gración bajo dos especies y la eficacia 
de las palabras sacramentales, el cuer- 
po solo es apellidado bajo la especie 
de pan y la sangre bajo la dei vino, 
de manera que representan acertada- 
mente la separación dc ambos, en lo 
cual consiste la muerte, por más que 
lo repetimos, por concomitância, el 
cuerpo está también en la especie dei 
vino y la sangre en la especie dei 
pan. 

Sobre este punto escribe Lanscicio: 
“ Así como la muerte se verificó de re¬ 
sultas de separarse dei cuerpo la san¬ 
gre y así murió Cristo en la cruz, de 
la misma manera en la Misa se nos 
representa su muerte por medio de la 
separación dei cuerpo y de la sangre.“ 



Cristo renueva su muerte 


189 


Al morir Jesucristo á la vista dei 
Padre le da tcstimonio de la misma 
pcrfecta obediência que al morir en la 
cruz. Si había sido sumiso en todo, 
nada Ic costú tanto á su naturaleza 
humana como hacerse “ obediente y 
obediente hasta la muerte y muerte de 
cruz.“ (^) 

Tal obediência fué tan agradable á 
Dios que para recompensaria “ Dios le 
ensalzü sobre todas las cosas y le dió 
nombre superior á todo nombre.“(-) 

Según hemos manifestado esta ab¬ 
soluta obediência Ia ofrece el Salvador 
á su Padre durante la Misa y con ella 
las sublimes virtudes en que se ejer- 
citó durante las horas de su agonia: 
su tiema inocência, su profunda hu- 
mildad, su inalterable paciência, su ar- 
diente caridad hacia su Padre celestial, 
como también hacia sus propios ver¬ 
dugos, sus enemigos y los pecadores 
todos. 

Muestra también Jesús á su Padre 

(1; iclip. II, 8. 

(2) rjip. II, 9. 



190 


Capitulo IX 


los acerbos dolores que sufrió cn la 
cruz, su agonia horrorosa, sus miem- 
bros dislocados, la lanzada que le atra- 
vesó el corazón; todo lo cual lo re¬ 
presenta tan vivamente como si estu- 
viesc aún en el Calvario. Y de la misma 
manera que entonces había apaciguado 
la ira de su Padre y le había reconci¬ 
liado con cl mundo, así también mueve 
aún este corazón paternal en favor 
nuestro en cada Misa y prosigue así 
la obra de nuestra salvación. 

Veamos, según los doctores, el va¬ 
lioso provecho que nos reporta esta 
muerte mística. 

San Gregorio dice: “ Este sacrifício 
libra de la perdición etema al alma 
renovando la muerte dei Hijo de Dios.“ 

Consoladoras palabras para los que 
á la vista de sus pecados, temen el 
infierno, porque el santo papa afirma 
expresamente que la inmolación dei 
Salvador tiene lugar místicamente en la 
Misa, y proclama su cxcelencia para 
preservamos de la muerte eterna, i Que¬ 
remos libramos dei infierno? Oígamos 



Cristó renueva su muerte 


191 


debidamente la santa Misa, honremos 
la muerte de Jesucristo y ofrezcámosla 
al Dios Padre. 

Según el sabio Mansi: “ La misa no 
es simple memorial dei sacrifício cruen¬ 
to de la cruz, sino que, al ofrecerse 
en ella la misma víctima que se ofre- 
ció en el Calvario, el sacrifício mís¬ 
tico tienc el mismo valor que cl crucn- 
to.“ (^) 

El cardenal Hosio no es menos 
consolador: “Aun cuando en la Misa 
no inmolemos por segunda vez mate¬ 
rialmente á Jesucristo, no por esto de- 
jan de aplicárscnos los méritos dc su 
muerte como si tuviese lugar cn aquel 
mismo momento.“ Y para que se cn- 
tienda mejor prosigue el docto carde¬ 
nal: “ \o cabe duda de que cn este 
mistério, la muerte de Cristo y los fru¬ 
tos de su muerte se hacen nuestros 
como si Cristo realmcnte muriera.“ (^) 

Rupcrto, abad dc Deutz, dice: “ Es 
tanta verdad que Cristo puesto cn cruz 

( 1 ) In very Eccl., lib 1 cap. VI 

(2) Dc Kuch. c. 4L 



192 


Capítulo IX 


alcanzó el pcrdón de los pecados de 
todos los que habían esperado en su 
advenimiento, desde los eomienzos dei 
mundo, que, debajo de las especies de 
pan y vino, nos alcanza la misma gra- 
cia.“ (‘) 

El padre Segneri se expresa en esta 
forma al tratar de la presente maté¬ 
ria: “El sacrifício de la cruz ha sido 
la causa general dei perdón de los pe¬ 
cados ; el sacrifício dei altar es la 
causa particular que adjudica á éste ó 
á aquél los efectos de la preciosísima 
sangre. La Pasión y la Muertc de Cris¬ 
to han atesorado las gracias que se 
reparten en la Misa. La Muerte de Cris¬ 
to es la caja de caudales y la Misa 
la llave para abrirla.“ (-) 

i Ojalá los citados textos sean sufi¬ 
cientes á animar á los que distrutan de 
escasos méritos y á llegar al corazón 
de Jcsús por la asistcncia á la santa 
Misa. 

La santa Virgcn dijo un día á su 

(1) In Joann. c. 2. 

i2) Homili. Crist. Discur. XII, c. 9, 



Cristo renucva su muerte 


193 


fiel servidor Alain; “ En tan alto grado 
quiere mi hijo á los que asisten á Misa 
que si fuese menester, moriría nueva- 
mente por eUos cada vez que la 
oyen.“(‘) 

Palabras apenas crcíbles, y no obs¬ 
tante en ellas se manifiesta el amor in¬ 
finito que obliga á Nuestro Senor á 
morir diariamente, no una sola vez sino 
millares de veces, por los pobres pe¬ 
cadores. 

Asistamos, pues, cada día á Misa 
con toda la devoción posible, figurán- 
donos que acompaiíamos á Jesús á mo¬ 
rir en el Gólgota: “ Porque, dice la 
Imitación, cuando celebras el santo sa¬ 
crifício ó asistes á él, débete parecer 
tan grande, tan nuevo, tan digno de 
amor, como si en aquel mismo día, 
Jesucristo pendiente de la cruz, pnde- 
ciere y muriere por la salvación de los 
hombres.“ (-) 


(1) Part. II. c. V’U, o. 2^ 

(2) Imit Líb. IV, c. 2. 


6096 



CAPITULO X. 


En la santa Misa 
Jesucrlsto renueva la efusión 
de su sangre. 

“ Moisés, despucs que hubo leído 
todos los mandamientos de la Ley al 
pueblo, tomando de la sangre de los 
novillos y de los machos de cabrío, 
mezclada con agua, lana teíiida de car- 
mesí y de ^rana, y el hisopo, rocio al 
mismo libro de la Ley, y lambién á 
todo el pueblo, diciendo: Esta es la 
sangre que scrrird de sello dcl testa¬ 
mento que Dios os ha ordenado d he- 
cho en favor vuestro. Y asimismo ro- 
ció con sangre el tabernáculo y todos 
los vasos dei ministério. Y según la 
Ley casi todas las cosas se purifican 
con sangre, y „sin derramamiento de 
sangre no se hace la remisión." (‘) 
Esta efusión de la sangre de las 
victimas era una imagen de la sangre 
de Nuestro Sefíor, en la cual debíamos 



La sangre de Cristo 


195 


ser purificados como en un bafio, se- 
gún San Pablo lo manifiesta: “Si la 
sangre de los machos de cabrío y de 
los toros y la ceniza de la temera sa¬ 
crificada esparcida sobre los inmundos 
los santifica en orden á la purificación 
le^al de la carne, cuánto más la san¬ 
gre de Cristo, el cual por impulso de 
el Espíritu Santo se ofrece á sl mismo 
inmaculado á Dios, limpiará nuestras 
conciencias de las obras muertas de los 
pecados para que tributemos un verda- 
dero culto al Dios vivo.“ (*) 

Alguien exclamará desconsolado: 
Jesucristo derramó la sangre en su 
Pasión, rociando con ella á los fieles 
que entonces vivían; pero nosotros, 
que aun no habíamos nacido, nos ve¬ 
mos privados de esta inmensa gracia. 

Consolaos, cristianos. La sangre dei 
Salvador ha sido derramada por noso¬ 
tros, lo mismo que por los fieles de 
aquel ticmpo. 

San Pablo lo dicc explícitamente: 


(1) Hcbr. LX, 13-1-t. 



196 


Capítulo X 


Cristo nos ha rescatado á todos, ha 
muerto por todos, por los justos de su 
época, por vosotros, por mí, por los 
que vendrán después de nosotros. Ade- 
más, Jesucristo ha dado con el medio 
de derramar su sangre diariamente y 
de rociar y purificar con ella nuestras 
almas. 

Este medio es la santa Misa. 

Veámoslo por medio de las siguien- 
tes palabras debidas á San Agustín; 
“Derrámase en Ia Misa la sangre de 
Cristo por los pecadores.^ (*) 

Son tan claras estas e.xprcsiones, 
tan terminantes, que no necesitan nin- 
gún comentário. 

San Juan Crisóstomo afirma por su 
parte que “El cordero de Dios es in- 
molado en beneficio nuestro; su san¬ 
gre fluye místicamente dei altar para 
purificamos: brota la sangre dei cos- 
tato herido dei Salvador y recógese 
en el cáliz.“(*) 

El Padre Kisseli interpreta este 

(1) Serm. 21. 

(2) De Eochar. 



La sangre de Cristo 197 

pasaje de la manera siguiente: “ En la 
Misa, tiene invisiblemente abiertas las 
heridas de Ias manos, atravesados los 
pies, abierto el costado y brota á rau- 
dales su sangre. Nos aplicamos sus 
méritos infinitos mediante la contrición 
y ardientes deseos, la comunión, y la 
devota asistencia á la Misa. Porque, en 
ésta, á las palabras de la consagración, 
el sacerdote saca dei costado de Cristo 
la sangre de Cristo para que fluya en re- 
misión de los pecados y para nuestra 
purificación y santiôcación." (*) 

Y por último he aqui otro testi- 
monio que podremos citar entre los 
innumerables; “ La sangre que ha bro¬ 
tado dei costado dei SeHor se halla en 
el cáliz destinada á perdonar los pe¬ 
cados, según indican las palabras de 
la consagración: “ Este es el cáliz de 
mi sangre derramada por vosotros y 
por muchos en remisión de los peca¬ 
dos." 

Quiso Jesús que al sacerdote repi- 


(1) Alv. 2, çonc. 36. 



198 


Capítulo X 


tiera estas palabras que El pronunció 
primeio en el momento en que consa- 
gró, no para simplemente recordar las 
palabras que Cristo dijo en la consa- 
gración dei cáliz — en cuyo caso no 
consagraria — sino para obrar la con- 
versión dei vino en la preciosa san¬ 
gre. 

No dice sólo el sacerdote: “ Este 
es el cáliz de mi sangre" sino afíade 
“derramada por vosotros y por mu- 
chos en rcmisión de los pecados." Re¬ 
sulta que verificándose infaliblemente 
las primcras palabras, se veriflcan tam- 
bién las segundas; luego hay derrama- 
miento de sangre, por vosotros y por 
muchos, como si dijera, por vosotros 
que estáis presentes, por los ausentes, 
por los que hacen celebrar, por los 
que asistirían, si pudiesen, por los im¬ 
pedidos, los presos, los ocupados en 
ncgocios importantes que no pueden 
dejar, por todos estos y semejantes á 
condición de que se unan en espíritu 
al sacrifício y moralmcnle participen 
de él. 



La sangre de Cristo 


199 


; Qué sublime mistério! El dulce 
Jesiís, después de haber derramado 
hasta la última gota de su sangre, quiere 
proseguir dcrrámandola diariamente j 
en todas las horas, con el fin de que 
nosotros esternos limpios y lavados de 
todo pecado y tengamos asegurada la 
salvación eterna. 

iQué incomparable beneficio es la 
santa Misa para los que la oyen devo¬ 
tamente ! 

He aqui lo que dice San Ambrosio 
sobre el particular: “Se ha derramado 
la sangre de Cristo para la remisión 
de los pecados.“ 

Muchos hechos milagrosos apoyan 
este artículo de fe. Veamos lo que le 
pasó á San Pedro de Savaynellas de la 
orden de San Jerúnimo. 

Este religioso estaba desde hacía 
largo tiempo atormentado por esta duda: 
£ en la santa Hóstia está también la pre¬ 
ciosa sangre de Cristo? Al llegar un 
día á estas palabras que preceden á la 
elevación: “ Supplices te rogaraus “ co¬ 
mo 61 se inclinara profundamente se 



200 


Capitulo X 


vió de repente rodeado de una nube 
que le ocultaba la santa Hóstia y cl 
cáliz, lo cual Ic confundió, no sabiendo 
lo que aquello significaba. 

Un momento después una mano di¬ 
vina elevaba las especies, y entonces 
su turbación fué extremada ya que le 
pareció haber sido juzgado indigno de 
celebrar la santa Misa. Se anonadó en¬ 
tonces en profundos actos de arrepen- 
timiento y suplicó al Sefior viniera cn 
su auxilio. 

Sus quejas y súplicas fueron escu- 
chadas al fin y vió de nuevo el cáliz 
y la Hóstia. Sus lágrimas de dolor se 
convirtieron en llanto de alegria y mi¬ 
rando piadosamente la santa Hóstia vió 
que destilaba gotas de sangre, con lo 
que comprendió al momento el signi¬ 
ficado de aquel mistério; dcsvanecic- 
ronsc SU3 dudas y abrigó desde enton¬ 
ces una fe inquebrantable en la pre¬ 
sencia de la preciosa sangre en el San- 
tísimo Sacramento. 

Así, pues, la santa humanidad dei 
Sefior se encuentra toda entera en cada 



La sangre de Cristo 


201 


especie, por más que cn virtud de las 
palabras de la consagración el cuerpo 
esté principalmente en la Hóstia y la 
sangre en el vino especialmente. 

Reflexionemos ahora sobre la in- 
mensidad de la gracia que se nos con¬ 
cede cuando tenemos ante nosotros y 
en el altar la preciosa sangre de Nuestro 
Seiíor Jesucristo. 

Nada hay más augusto que esta san¬ 
gre divina. Una sola gota excede cn 
valor á todos los tesoros dei cielo y 
de la tierra. Pero hay más; esta san¬ 
gre adorable no solamente la tenemos 
ante nosotros sino que nos pertenece 
como dón que hemos recibido. 

§ 1. En qué consiste la efuslón de 
Ia preciosa sangre en Ia Misa. 

La sangre de Jesucristo se derrama 
en realidad en la santa Misa, en bene¬ 
ficio de los fleles que asisten á ella y 
dc las almas dei purgatório. 

Vayamos á dcmostrarlo. 

En el antiguo Testamento tenemos 
una imagen de este mistério contado 



202 


Capllulo X 


por San Pablo: “ Moisés... tomando de 
la sangre de los novillos y de los ma¬ 
chos de cabrío... rocio á todo el pue- 
blo, diciendo; Esta es la sangre dei 
Testamento que Dios os ha ordenado 
d hecho en favor nuestro.^^ if) 

Jesucristo en la Cena pronunció 
casi idênticas palabras sobre el cáliz: 
“ Esta es mi sangre, la sangre de la 
nueva alianza." 

Porque, dice San Pablo: “Fué ne- 
cesario que las figuras de las cosas ce- 
lestiales (esto es el tabernáculo y sus 
utensilios), se purificasen con tales ri¬ 
tos; pero las mismas cosas celestiales 
lo deben ser con víclimas mejores que 
estas, y así ha sucedido." {“') 

Con lo que quiere significar el após- 
tol: la Sinagoga, que era imagen de 
la Iglesia, fué purificada con la sangre 
de los animales, más la Iglesia se pu¬ 
rifica con la sangre dei Cordero de 
Dins. Nada puede ser purificado con 
sangre y agua sin ser rociado con di- 

(1) Hebreos, IX. 19-20- 

Hebreos, l.X. 23. 



La sangre de Cristo 203 

cho licor, por consiguiente ya que nu es¬ 
tias almas son purificadas en la Misa 
con la sangre de Cristo, esta misma 
sangre ha de ser derramada sobre 
ellas. 

San Juan Crisóstomo dice: “ Guando 
ves al Sefior inmolado yacer en cl al¬ 
tar, al sacerdote inclinado hacia la 
víctima en ademán de orar, tenidos los 
oferentes de la preciosa sangre, te pa¬ 
rece que estás en la tierra ó entre 
hombres ? {No te parece más bien estar 
en el cielo, libre de las concupiscências 
dc la carne, contemplando las celestia- 
les maravillas?“ 

Interpretemos lo dicho por el doc- 
tor en el sentido de que la sangre de 
Cristo no solamente se vierte sino que 
se derrama por nosotros. 

Marchant afirma: “ La preciosa san¬ 
gre derrámase en sacrificio en la Misa 
y los que asisten son rociados de ella 
cspiritualmente“, y más claramente se 
expresa aun San Juan cuando exclama: 
“Jesucristo nos amó y lavó nuestros 



204 


Capítulo X 


pecados con su sangrc.“ (*) Esto mis- 
mo enseiía San Pablo; “ Os habéis acer¬ 
cado... á Jesús mediador de la nueva 
alianza y á su aspersión de aquella su 
sangre que habla mejor que la de 
Abel.“ (2) 

iiEn qué ocasíón nos acercamos á 
Jesús nuestro mediador? En la santa 
Comunión nos acercamos tanto á El 
que le recibimos en nuestros corazones, 
pero entonces vamos en su busca más 
bien como á alimento espiritual que es, 
que no como á mediador, mientras que 
en la santa Misa nos acercamos á EI 
como á intercesor ó mediador nuestro, 
porque Jesucristo desempena las fun¬ 
ciones de gran sacerdote y ora oficial- 
mente por el pueblo. 

Al ir en busca de nuestro media¬ 
dor nos acercamos también á la san- 
pire de aspersión, de que habla San 
Pablo, que inunda espiritualmente nues- 
tras almas. 

En su Pasión el Salvador derramó 

(1) .Apoc. I, 3. 

(2) Hebreos, XII, 22-24. 



La sangre de Cristo 


205 


su sangre, mas este precioso manan- 
tial no ti2ó más que las manos de los 
verdugos, las piedras y el suelo. En la 
Misa corre también esta sangre, pero 
cae sobre las almas de los fieles. 

Moisés rociaba á su pueblo con san¬ 
gre de animales; el sacerdote lo rocia 
con sangre bendita y el Salvador con 
su sangre de un precio infinito. 

Este rocio espiritual es incompara- 
blemente más eficaz que la aspersión 
material. Los verdugos y dcicidas que 
rodeaban á Jesucristo tiSeron sus pro- 
pios cuerpos con la sangre preciosa y 
no se convirtieron; antes al contrario, 
se pervirtieron más. Si Cristo hubiese 
rociado sus almas se habrian indudable- 
mente convertido y purificado. 

De idêntico modo de nada nos ser¬ 
viria ser rociados materialmente en la 
santa Misa con la sangre divina, pucs- 
to que la aspersión espiritual de esta 
sangre adorable purifica, santifica y em- 
bellece nuestras almas. 

Santa Maria Magdalena de Pazzi 
dice; “ El alma que recibe la sangre 



20G 


Capitulo X 


divina quédase hermosa como si se 
vistiese de traje precioso y recamado 
de oro. Es esta sangre tan deslumbra- 
dora, tan resplandcciente, que si lo- 
grases veria, no podrias menos de caer 
de hinojos y adorarla.“ (*) 

i Bienaventurada la criatura que está 
adornada con tal magnificência! jBie- 
naventurado el ojo digno de contem¬ 
plaria! 

jAh, lector carísimo! Asiste á la 
santa Misa para que la sangre de nues- 
tro Redentor adorne á tu alma con esta 
vestidura de gracia y te haga digno de 
ser introducido en la sala dei festín, 
para regocijarte eternamente con los 
ángeles y santos. 

En la vida dei papa Urbano IV se 
Ice el siguiente sucedido referido por 
Platina. 

En 1263 un sacerdote de Bolsena 
después de haber pronunciado las pa- 
labras de la consagración sobre la 
Hóstia, ccdiendo á una tentación dei 


(1) In iiionítis vítae suae annexis, cap. IV, a. 14. 



La sangre de Cristo 


207 


espíritu infernal dudó de la eficacia de 
las mismas. 

— Nada veo ni oigo — murmuró 
— y por lo tanto no acepto tal cam¬ 
bio; no es cierto que Jesus esté aqui 
presente; esta Hóstia no es más que 
un trozo de pan. 

De la duda cayó en una abomina- 
ble herejía, pero no por ello dejó de 
proseguir el santo sacrificio proce- 
diendo á la elevación dei cuerpo dei 
Sefíor. En este preciso instante vió 
como de la Hóstia se desprendían go¬ 
tas de sangre tal como cae de las nu- 
bes una ligcra lluvia. 

El estupor dei sacerdote ante ta- 
maiío espectáculo no es para decir. 
Sosteniendo el cuerpo de Cristo con 
las manos contempló largo tiempo esta 
misteriosa lluvia, mientras el pueblo, 
que contemplaba el mismo milagro, de- 
cía entusiasmado; 

— jOh preciosa sangre, oh sangre 
divina! .iCuál es la causa de tu efu- 
sión? 

V otros clamaban; 



208 


Capítulo X 


— ; Oh sangre de Cristo, cae sobre 
nuestras almas y purifícanos de nues- 
tras culpas! jOh sangre bendita, atrae 
sobre nosotros la divina misericórdia! 

Y los fieles todos se deshacían cn 
lágrimas. 

La confusa gritería y los dolorosos 
lamentos hicieron volver cn sí al sa¬ 
cerdote quicn bajó la Hóstia, hallán- 
dose entonces con el corporal hume¬ 
decido de sangre, sin encontrar más 
que un pcquefío sitio donde depositaria. 
Cayó la venda de sus ojos, reconoció 
su falta, se arrepintió de todas veras 
y continuú la santa Misa con tal efu- 
sión de lágrimas que le era preciso 
interrumpirse á cada paso. 

Después de comulgar plegó el cor¬ 
poral lo mejor que pudo y determinó 
guardar el secreto sobre el milagro; 
pero una vez concluida la Misa fué 
acosado á preguntas por los fieles que 
querían asegurarse de la certeza de lo 
que habían visto y el sacerdote se vió 
obligado á enseiíar el corporal impreg¬ 
nado aun con la sangre de Jesús, á 



La sangre de Cristo 


209 


cuya vista el pueblo se arrodilló dán- 
dose golpes de pecho é implorando las 
gracias y misericórdias dei cielo. 

Este hecho atrajo á Bolscna gran 
número de peregrinos y llegó á oídos 
de Urbano IV quicn mandó que se pre- 
sentase el sacerdote con el corporal á 
Orvieto, donde entonces se encontraba 
el Papa. 

Acudió el sacerdote y tcmblornso 
se echó á los pies dei Sumo Pontífice, 
contándole sus dudas pasadas y el mi- 
lagro. El Papa y los cardenales se arro- 
dillaron, adoraron la sangre preciosa 
y besaron con senalada emoción el sa¬ 
grado lienzo. 

Urbano IV hizo construir después 
una magnífica iglesia en Bolsena en 
honor de la preciosa sangre y ordenó 
como recuerdo dei milagro, una pro- 
cesión que debía celebrarse en cada 
aniversario de día tan memorable. 

El corporal milagroso puede verse 
aun hoy en la catedral de Orvieto. 
Esta fué una de las principal es causas 
por las que aquel gran Papa confirmo 



210 


Capitulo X 


la institución de la fiesta dei Santísimo 
Sacramento. (‘) 

Lo que siglos atrás tuvo lugar en 
Bolsena se cumple cada día en todas 
las iglesias donde se celebra el santo 
sacrifício. Guando el sacerdote eleva la 
Hóstia y el cáliz, corre de una ú otra 
forma la sangre preciosa tal como cae 
la lluvia de las nubes y no se derrama 
ni sobre la tierra ni sobre las cabezas 
de los hombres sino en los corazones 
y en las almas. 

Purifícanse con cila los sinceros 
fieles, los vuelve fecundos cn buenas 
obras, los auxilia en sus fragilidades y 
causa benefícios proporcionados á las 
disposiciones de eada uno. Se esfuerza 
en hacer buenos á los maios, mueve á 
los indiferentes y convierte á los obs¬ 
tinados; ofrece el perdón y llena de 


(1) Esta fiesta fué instituída en 1245 en la diócesis 
de l.ieja á consecuencla de una tísIód de la venerable 
Juliana de Mont Cornillon. Más tarde Urbano IV la bizo 
extensiva á toda la Ij;lesla y la fljó en el primer Jueves 
después de la Qctava de Pentecostes; confiando á Santo 
Tomás de Aquino la redaccíón de un ofício propio, el 
mismo que lioy conocemos. 



La sangre de Cristo 211 

gracia á los enemigos de Cristo y si 
el pecador permaneciese de tal manera 
endurecido que persistiera en el mal, 
pide misericórdia por él y detiene el 
brazo de la Justicia divina. 

Reconozcamos, pucs, por medio de 
los cfectos de la adorable Sangre cuán 
útil nos es á todos, á los justos y á 
los pecadores, asistir con asiduidad á 
la santa Misa; porque con una sola vez 
“ la sangre de Cristo nos purifica de 
todo pecado“ (') y en ella los maios se 
preparan para su justificación. 

Si nos hubiera sido posible asistir 
á la crucifixión y vcrnos tenidos con 
la sangre que corria por la cruz, ijno 
nos hubiéramos creído favorecidos de 
un modo infinito? Pues si oímos la 
santa Misa con las mismas disposicio- 
nes con que hubiéramos subido al Cal¬ 
vário, el derramamiento místico de la 
sangre de Nuestro Senor nos será de 
la misma suerte beneficioso como si 
hubiéramos presenciado la crucifixión 
y muerte de Cristo. 

( 1 ) Jujn, I, 7. 



212 


Capitulo X 


§ 2. Cómo la preciosa sangre clama al delo 
por nosotros. 

Una de las principales gracias que 
reciben los que asisten á la santa Misa 
es el ruego de la sangre divina para 
reportamos la misericórdia dei cielo. 

i Cuán provechosa es para los pe¬ 
cadores esta voz! iQué poder tiene 
para apaciguar la cólera divina! 

La Sagrada Escritura dice que los 
crímenes de los hombres claman vcn- 
ganza al cielo. “La voz de la sangre 
de tu hermano está clamando á mí 
desde la tierra'‘ (') dijo Dios â Caín. 

Y en otra ocasión: “ El clamor de 
Sodoma y de Goraorrha se aumenta 
más y más, y la gravedad de su pe¬ 
cado ha subido hasta lo sumo. Quiero 
ir y ver si sus obras igualan al clamor 
que ha llegado â mis oidos.“ (-) 

El Espiritu Santo dice á los opre- 
sores de viudas y de huérfanos; “No 
haréis dano á la víuda ni al huérfano. 


(1) Gen. IV, 10 , 

(:•) Ccn. .WIll, 20-21. 



La sangre de Cristo 


213 


Si se lo hiciereis, clamarán á mí, y 
yo escucharé sus clamores y encen- 
derse ha mi enojo.“ (') 

Y Santiago, reâriéndose á otro pe¬ 
cado de este genéro exclama; “ He aqui 
que clama al delo contra nosotros el 
jornal que no pagasteis á los trabaja- 
dores que segaron vuestras mieses; y 
el clamor de los segadores ha pene¬ 
trado los oídos dei Sefior de los ejér- 
citos.“ ('■*) 

Finalmente, el Seflor, por boca de 
Isaías, llama al pecado en general, un 
clamor: “La vifía dei Sefíor de los 
ejércitos es la casa de Israel, los hom- 
bres de Judá son su plantei delicioso; 
y me prometí de ellos precio ó accio- 
nes justas, y no veo más que iniqui¬ 
dades; y esperé la justicia y no oigo 
sino clamores de los oprimidos.“ (^) 

i Quién desarmará la cólera dei Al- 
tísimo? í Quién apaciguará su terrible 
y justa venganza? Quién, sino la pre- 


(1) Exoüo. XXII, 21r;3. 
.'2) Jacob. V, 4. 

(0) Isai, \', 7. 



214 Capítulo X 

ciosa Sangre de Nuestro Senor Jesu- 
cristo? 

El clamor de nuestros crímenes se 
eleva hasta las alturas dcl cielo, pero 
más alto llega aün la voz suplicante 
de la sangre de Jesus, la que, infinita 
y omnipotente, no sólo hiende los aires, 
sino que llega al cielo y penetra hasta 
el corazón dei Padre celestial. Ante la 
suavidad y dulzura de esta voz se de¬ 
sarma el brazo dei Altísimo levantado 
amenazador por la multitud de nues¬ 
tros pecados. 

{Como, preguntará alguien, la pre¬ 
ciosa sangre clama al cielo cuando 
nada se oye desde la tierra? Y noso- 
tros preguntamos á la vez: £ Cómo cla- 
maba la sangre de Abel va que éste 
había muerto ? Y no obstante Dios ase- 
gura á Caín haber oído el grito de 
aquella sangre, no un grito material, 
sino espiritual que tan potente fué que 
llegó al corazón dei Padre y armó su 
brazo justiciero contra cl asesino. 

De la misma suerte la voz de la 
sangre preciosísima es espiritual; pero 



La sangre de Cristo 


215 


es tal su poder que obliga á Dios á 
apiadarse de nosotros. 

Véase el significado de este pasaje 
de San Pablo: “Os habéis acercado á 
Jesus mediador de la nueva alianza 
y á la aspersión de aquella su sangre 
que habla mejor que la de Abel.“ (*) 

Así, pues, cuando nos acercamos á 
nuestro mediador Jesus para ser ro¬ 
ciados con su sangre: ésta clama á Dios, 
puesto que el apóstol dice que el de- 
rramamiento de la sangre es la que ha¬ 
bla ó clama. 

Mientras la sangre de Jesus perma¬ 
necia en su cuerpo no se dejaba oir; 
pero una vez derramada en su dolo¬ 
rosa Pasión elévase su voz omnipo¬ 
tente para implorar el perdón dei hu¬ 
mano linaje. 

He aqui como esa misma voz se 
dirige en la Misa con acentos irresis- 
tibles al Padre celestial: 

— Ved, Dios mio, en qué humilla- 
ción y dolor y con cuánta abundancia 


(I) Hebrcos, XII, 22-24. 



216 


Capítulo X 


he derramado mi sangre, Yo que soy 
vuestro único Hijo. Considerad cuán 
ignominiosa y cruelmente he sido in¬ 
sultado, despreciado y escarnecido, y 
cómo he sido maldecido y pisoteado. 
Todo esto lo he soportado con la ma- 
yor paciência y con el fin de purificar 
á los pecadores y abrirles las puertas 
dei cielo. Pero vos, oh juez severo, 
vais á condenarlos y precipitarlos en 
lo profundo dei infierno, iquién me in¬ 
demnizará suplícios y oprobios tantos? 
No serán, no, los condenados, quienes 
me maldecirán con rabia diabólica en 
vez de alabarmc y ensalzarme. |Oh 
Dios de las misericórdias, escuchad mi 
oración y por mi amor conceded á los 
pecadores la gracia de la conversión y 
á los justos la de la perseverancia y 
amor hacia vosi 

i Cómo podría Dios permanecer 
sordo á tales súplicas, Él, que á la voz 
de la sangre de Abel maldijo al punto 
á Caín? La sangre de Abel clamaba 
Justicia, la de Jcsucristo clama miseri¬ 
córdia, á lo que Dios está más dis- 



La sungrc de Cristo 


217 


puesto, segün dice la Iglesia: “ Oh, Dios, 
de quien es propio el perdonar y com- 
padecerse de todos...“ 

Y San Pedro aSade: “El Sefíor.... 
espera con mucha paciência por amor 
de vosotros, no queriendo que nadie 
perezca, sino que todos se conviertan 
á penitencia." (‘) 

La preciosa sangre abogó por no- 
sotros tanto en la circuncisión como 
en el huerto de los Olivos, en la fla- 
gelación, la coronación de espinas y la 
crucifixión de Xuestro Seflor y obtuvo 
la reconciliación dei mundo con Dios. (®) 

En la santa Misa esta divina san¬ 
gre no ruega con una sola voz sino 
con otras tantas voces como gotas se 
derraman. Ruega de un modo eficaz, 
con toda su virtud divina y humana y 
ruegan con ella las innumerables heri- 
das de Cristo, su corazón, con todos 
sus latidoS; su boca sagrada, con to¬ 
dos los suspiros que por ella han sa- 
lido. 

(O II 1-ctr. III. 9. 

C-J II Coriatb. V. 12. 



218 


Capitulo X 


íEs posible que una oración ema¬ 
nada de la sangre, dei eorazón, de la 
boca, de las llagas y dei alma de Je- 
sús, no traspasara el eorazón dei Pa¬ 
dre? 

Por más que se olvidara Dios de su 
misericórdia y no pensara más que en 
su justicia, este clamor desgarrador de 
la sangre de Jesucristo le volviera be¬ 
nigno y clemente. 

El milagro de Walldürn está rela¬ 
cionado con el asunto que tratamos. 

En esta pequena ciudad, situada en 
el Odenvvald, perteneciente al antiguo 
arzobispado de Maguncia, sucedió en 
el ano 1330 que celebrando Misa el 
cura Otto tuvo la mala suerte de que 
le cayese el cáliz derramándosc la pre¬ 
ciosa sangre sobre el corporal. Acto 
seguido apareció en la parte central 
dei lienzo la imagen de Jesucristo cia 
vado en la cruz y en torno dei cruci- 
fijo la cabeza dei Salvador reproducida 
once veces, coronada de espinas y en- 
sangrentada, tal como había quedado 
impresa en el lienzo de la Verónica, 



La sangre dc Cristo 


219 


Estas imágenes eran tan naturalcs y de 
un arte tan acabado que ningún pintor 
hubiera sido capaz de reproducirlas. 

A la vista de este prodígio tembló 
el sacerdote, pues temia la cólera de 
Dios y la dei obispo y después de ha- 
ber dado fin al santo sacrifício ocultó 
el corporal ensangrentado debajo de 
una piedi‘a dei altar. 

Transcurrieron rauchos anos sin que 
el culpable sacerdote revelara á nadie 
esta manifestación de la presencia real 
de la sangre de Cristo, pero no reco- 
bró tampoco la tranquilidad de su co- 
razón. 

No pudiendo apartar de su con- 
ciencia semejante recuerdo cayó enfer¬ 
mo y combatido por cruelísimos tor¬ 
mentos así físicos como morales, llamó 
á la muerte en su ayuda. Acercósele 
ésta, pero sin Ilcvárselo, de manera que 
no podia ni vivir ni morir ; entonces 
comprendió que semejante estado ex¬ 
cepcional era un castigo dei cielo por 
haber ocultado cl valioso corporal. 

Atormentado atrozmente Otto hizo 



220 


Capitulo \ 


llamar á un cura vecino y le confió el 
secreto, con autorización de hacerlo 
público y murió. 

Acto seguido se procedió á una in- 
vestigación,' se levantó la piedra y, se 
halló el corporal tal como lo había 
descrito Otto. 

Realizáronse muchos milagros en 
dicho lugar y Urbano V concedió una 
indulgência á los que acudiesen en pe- 
regrinación á Walldtlm en honor á la 
preciosa sangre. 

£ Porquê la sangre derramada tomó 
en aquella circunstancia la forma dei 
crucifijo rodeado de once cabezas? 
Creemos, entre otros motivos, que fué 
para representar que esta sangre es 
mediadora acerca de la divina miseri¬ 
córdia; segün nuestro parecer se ne- 
cesita de la boca para hablar y llamar, 
las onces cabezas ó bocas signiíicaban 
indudablemente, las once gotas de san¬ 
gre que dcbieron de ser derramadas en 
el corporal. 

Si la preciosa sangre sube al cielo 
como una plegaria omnipotente, es tam- 



La sangre de Cristo 


221 


bién un incicnso de agradable olor. En 
el Antiguo Testamento Dios recibía con 
agrado el olor y el perfume de los ho¬ 
locaustos ; í qué no llegará á conseguir 
el perfume penetrante de la sangre di¬ 
vina de Jesucristo derramada en el al¬ 
tar y ofrecida en la santa Misa? 

En la ofrenda dei cáliz dice el sa¬ 
cerdote: “ Ofrecémoste, Senor, el cáliz 
de salvación, suplicando á vuestra cle¬ 
mência que le hagáis subir á la pre¬ 
sencia de vuestra divina Majestad como 
oloroso perfume para nuestra salvación 
y la de todo el mundo. “ (^) 

Y San Pablo exclama: “ Cristo nos 
amó y se ofreció á sí mismo á Dios 
en oblación y hóstia de olor suaví- 
simo.“ (^) 

Cuando esta preciosa víctima fué 
inmolada en la cruz y su sangre corria 
por el suelo desprendióse un perfume 
cuya suavidad purificó la atmósfera de 
las infecciones emanadas de los sacri- 
licios abominablcs de los idólatras é 

(1) Misal. 

(2) Efés. V, 2 . 



222 


Cnpítulo XI 


infamias dei mundo, y pudo más en 
üios la muerte de su Hijo que lo que 
le habían irritado todas las iniquidades 
dei humano linaje. 

De igual manera hoy, cuando se 
inmola por nosotros el inmaculado Cor- 
dero y se derrama la sangre divina en 
el cáliz, sube hasta Dios un perfume 
de incomparable dulzura tal como se 
eleva el aroma de una flor desde su 
cáliz. 

i Oh perfume embriagador de la san¬ 
gre de Cristo, que embalsamas al ciei o, 
conmueves al Padre Eterno y fortale¬ 
ces á los ángeles y santos! 

CAPÍTULO XI 

La santa Misa es el holocausto 
por excelencia 

En la antigua ley había cuatro es- 
pecies de sacriflcio: el holocausto ó 
sacrifício lairdutico por el cual se re- 
conocía la suprema autoridad de Dios; 
el sacrifício de alabau-a y reconoci- 



Ln Misã es holocausto 


223 


miento, el sacriflcio pacífico, ya euca¬ 
rístico, ya impctraorio para implorar 
su socorro, y el sacriflcio expiatório 
en el que se honraba á Dios como Juez 
y se ofrecía por la remisión dei pe¬ 
cado y por la expiación de la culpa. 

Cada uno de ellos tenía su rito par¬ 
ticular. 

Desde la creación dei mundo hasta 
la venida dei Mesías se ofrecían al Se- 
nor innumerables holocaustos y la Sa¬ 
grada Escritura asegura que los reci- 
bía con agrado. 

La ley de Moisés ordenaba á los 
judios el sacriflcio perpetuo, 6 sacri¬ 
fício de la uiaúana y de la tarde, que 
consistia en la inmolación de un cor- 
dero. El dia dcl sábado el número cra 
doble. En cada novilunio inmolaban 
siete corderos, dos temeras y un ma¬ 
cho cabrio. Este mismo número debía 
ser ofrecido durante los siete dias que 
siguen á la Pascua y toda la octava 
de Pentecostés. 

En la fíesta de los Tabernáculos 
aumentaba el número de victimas, siendo 



224 


Capitulo XI 


éstas catorce corderos, trece temeras, 
dos carneros y un macho cabrío que 
SC inmolaban diariamente durante toda 
la octava. 

Además de estas ofrendas obligato- 
rias cada uno presentaba, según su 
piedad ó sus médios, bueyes, temeras, 
ovejas, carneros, corderos, palomas, 
vino, incienso, pan, sal, aceite, etc. 

Anotamos todo eso para que se vea 
cuán costosos les eran los sacrifícios 
impucstos á los patriarcas y sacerdo¬ 
tes judios, á pesar de lo cual rendían 
á Dios menos honores y mciecían me¬ 
nos recompensas, según hace notar San 
Pablo en su carta á los Hebreos. Sin 
embargo el Sefíor los aceptaba con 
agrado porque eran el símbolo dei sa¬ 
crifício cruento de Jesucristo. Si los 
comparamos con nuestro holocausto, 
tan poco costoso y fácil de otrecer 
veremos no obstante que éste es el sa¬ 
crifício más agradable á Dios, el más 
apreciado por el ciclo, el más útil al 
mundo y cl más consolador para las 
almas dei purgatório. 



La Misa es holocausto 225 

Supongamos que un solo hombre 
hubiese inmolado todas las víctimas 
sacrificadas desde el principio dei mundo 
hasta Jesucristo y no podremos menos 
de comprender y afirmar que induda- 
blemente hubicra rendido un homenaje 
grandioso á Dios; pero, iqué seria este 
culto en comparación con el que ren- 
dimos á la divina Majestad en una sola 
Misa? 

He aqui como expone Santo Tomás 
de Aquino la esencia y objeto de nues- 
tro holocausto; “Atestiguamos con el 
sacrifício que Dios es el autor de to¬ 
das las criaturas, que es fín último y 
bienaventuranza, Seftor absoluto de todo 
á quien ofrecemos en testimonio de 
nuestra sumision y adoración un sacri¬ 
fício visible que representa la ofrenda 
invisible por la cual cl alma sc entrega 
plenamente á Dios, principio y fín de 
olla.“(’), 

Sólo á Dios pueden ofrecerse holo¬ 
caustos, en lo cual es sumamente cc- 


( 1 ) l.’.a Z.e, quesL 85» ar. 1. 


6096 


8 



226 


Capítulo XI 


loso: “Yo soy el Sefior, Jehová, éste 
es mi nombre: la gloria mia no la ce- 
deré á otro, ni el honor mio á los va- 
nos simulacros de los ídolos.^ (^) 

Esta prohibición dei Sefior de ofre- 
cer holocaustos á otros que no sea 
El, nos dice con toda claridad que el 
santo sacrifício de la Misa no puede 
ofrccerse á otra criatura, ni á la Vir- 
gen, ni á los santos, ni á los ángeles. 
Se nos permite alabar á los santos, 
honrarlos, invocarlos, quemar incienso 
en su honor, encenderles cirios, en una 
palabra, rendirles culto tanto interno 
como externo, pero jamás ofrecerles 
la santa Misa. 

Tal es la doctrina dei Concilio de 
Trento que dice; “Aun cuando la Igle- 
sia acostumbra celebrar misa, en ho¬ 
nor y memória de los santos, no pre¬ 
tende con esto ensefiar que á ellos se 
les puede ofrecer sacrifícios sino sólo 
á Dios que les ha dado la corona. Por 
esto nunca dice el sacerdote: “ Oh 


(1) Isaías. XLII, S, 



La Misa es holocausto 227 

San Pedro, oh San Pablo, os ofrezoo 
este sacrifício; sino dando gracias á 
Dios de que les haya concedido Ia vic- 
toria, implora el auxilio de ellos para 
que se dignen interceder por nosotros 
en el cielo, cuando nosotros celebra¬ 
mos su memória en la tierra.” (‘) 
Estudicmos ahora la naturaleza mis- 
ma dei holocausto para comprender 
mejor su excelencia, 

En el holocausto judio la víctima 
era enteramente consumida por el fuego. 

otros sacrifícios no se quemaba más 
que una parte 3- el resto quedaba para 
los sacerdotes ó para aquellos que los 
habían ofrecido. 

En el holocausto todo era consu¬ 
mido por las llamas para reconocer 
que todo pertenece al Seiíor y todo 
debe serie consagrado. Dios podría aún 
y con toda justicia, exigir que el hom- 
bre sacrificara su vida, como había 
mandado á Abraham que sacrificase á 
Isaac, por más que se dió por satis- 


( 1 ) Cone. Trid., scs. XXII» c. 3. 



223 


Capítulo XI 


fecho con la pronta obediência de este 
patriarca, y como ordeno á Moisés: 
“ Conságrame todo primogénito... tanto 
de hombres como de animales: porque 
mios son todos“, (*) por más que per¬ 
mitia á las madres el rescatarlos el dia 
de la prescntación en el templo. Jesus, 
el Hijo de Maria, se sujetó también á 
esta ley. Su bendita madre lo llevó al 
templo y lo rescató con dos palomas, 
que era el precio de los pobres; pero 
á pesar de ello tenia que sacrificarle de 
nuevo y verle inmolado en holocausto 
en bien dei género humano; porque; 
“Si uno murió por todos, luego es con- 
siguiente que todos murieron... y Cristo 
murió por todos.“ (-) 

Así, pues, siendo la vida de Jesiís 
más noble que la de todos los hombres 
juntos, su muerte fué también más me¬ 
ritória y preciosa á los ojos de Dios 
que lo podria haber sido la de todos 
los hombres. 

Y puesto que Jcsucristo renueva 

01 Exod. XIII, 1. 

V'-’) IL Corinih. V, 14-15. 



La Misa es holocausto 


229 


su mucrte en cada Misa, síguese que el 
Dios Padre recibe más honor y gloria 
dei santo sacrifício que si fuese in- 
molado en holocausto todo el humano 
linaje. 

Marchant dice: “^Qué es esta Misa 
sino una embajada que se envia á la 
Santísima Trinidad para poner en sus 
manos una ofrenda de incstimable valor, 
por la cual reconocemos su soberania 
y le ccrtifícamos nuestra sumisión in¬ 
condicional y absoluta r“ (*) 

Este presente cotidiano es Jesu- 
cristo, el mismo Hijo de Dios, quien 
conoce la infinita majcstad de Dios y 
el honor que le es debido; y El solo 
puede en efecto tributar este honor, y 
lo rinde dignamente, aniquilándose c 
inmolándose en el altar. 

La adorable víctima se entrega á 
nosotros toda entera y podemos ofre- 
cerla como un bien propio nuestro al 
Dios tres veces santo y nosotros, mi- 
serables pecadores, le rendimos de esta 


( 1 ) Candcl. irost. lib. IV, sac. 19. 



230 


Capítulo XII 


suerte el culto y honor que se le de- 
ben. Si nos hubiese faltado el divino 
Cordero y la Misa, habríamos perma¬ 
necido siendo los eternos deudores de 
Dios. 

jCristianos! íSerá posible que no 
sintamos vivos deseos de ofrecer to¬ 
das las maõanas á nuestro SeSor y Pa¬ 
dre el más precioso de los dones? iQué 
excusa tendríamos de semejante des¬ 
cuido en el día dei juicio? 


CAPITULO XII. 

La santa Misa 
es el más sublime sacrifício 
de alabanza. 

Dios es inefable; ninguna criatura 
es capaz de comprender su esencia, su 
santidad, su gloria y su riqueza. Es la 
justicia más severa, la misericórdia más 
dulce, le belleza más maravillosa, y cn 
una palabra, es la totalidad de la per- 
fección en la unidad absoluta. 

Por más que los ángeles y santos 



Sacrifício de alabanza 


231 


le amen con todo su afecto tiemblan 
ante su sublime majestad y postrados 
Ic adoran con el más profundo respeto, 
le alaban, ensalzan y bendicen sus in¬ 
finitas perfecciones, sin llegar á sa- 
ciarse jamás. Y Dios quiere recibir de 
ellos esta alabanza, puesto que le cs 
debida. 

Al principio, antes de la creación, 
Dios en tres Personas se alababa á sí 
mismo. El Padre alababa la insondable 
sabiduría dei Hijo, el Hijo alababa la 
dulcísima bondad dei Espíritu Santo, y 
éste tributaba alabanzas á la omnipo¬ 
tência dei Padre. 

Jesucristo decía á Santa Matilde: 
“ Si quieres alabarme, alábame y glo- 
rifícame tomando parte en la soberana 
esplendidez con que, desde toda la eter- 
nidad me han glorificado el Padre, y 
el Espíritu Santo, únete á mí, que, en 
mi infinita sabiduría glorifico al Padre 
y al Espíritu Santo; únete al Espíritu 
Santo quien con su inalterable bondad 
ensalza al Padre y á mí.^ 

Con el deseo de ser alabado el Dios 



232 


Capítulo XII 


Todopoderoso ha criado el cielo y la 
tiena, los ángeles y los hombres, los 
seres animados y los inanimados : “ To¬ 
das las cosas las ha hecho el Sefior 
para gloria de sí mismo.“(*) 

Los ángeles le han alabado desde 
los primeros instantes que fueron cria¬ 
dos y lo alabaron, lo alaban y lo ala- 
barán hasta la consumación de los si- 
glos; y á éstos los imitan el sol, la 
luna y las estrellas, scgún preguntó Dios 
á Job; “ Dimc donde estabas cuando yo 
cchaba los cimientos dc la tierra? En- 
tonces que me alababan los nacientes 
astros, y prorumpían en voces de jú¬ 
bilo todos los ángeles hijos de 
Dios?“ (2) 

Estos astros de la mafíana y las 
criaturas de Dios representan los án- 
gelcs que fueron criados antes de los 
orígencs dei mundo. 

Las restantes criaturas, animales 
domésticos y salvajes, árboles selvᬠ
ticos y hierbas, picdras y metales, ben- 

(1) XVI, i, 

(j; Job. c. X.V.W III, V. 4-7. 



Sacrifício dc alaban^a 


233 


dicen todos al Scilor, conforme á su 
especie propia y los médios dc que dis- 
ponen, contribuyendo así á su mayor 
gloria. 

Si toda clase dc criaturas deben 
alabar al ScHor, con tanta más razón 
está obligado cl hombre á haccrlo, por¬ 
que éste fué criado para este iin, con 
un alma racional. 

David, el rcy Profeta, comprendió 
admirablemente esta misióniy por eso 
invita al cielo y á la tierra, á los se¬ 
res animados c inanimados á bendecir 
con él al SeHor, y con el fin de que 
las generaciones futuras continúcn ce¬ 
lebrando la gloria de su nombre trans¬ 
mite sus salmos á los sacerdotes y le¬ 
vitas con orden dc cantarlos durante 
las ccremonias dei culto. 

Otro monumento de fervor para la 
gloria dei Altísimo es cl cantar de los 
tres jóvenes en el horno, invitando en¬ 
tre las llamas á todas las criaturas á 
bendecir al Scilor: “Obras dei Seflor, 
bcndecid todas al Senor, alabadle y en- 
salzadlc cn toda la duración dc los si- 



234 


Capítulo XII 


glos. Angeles de Dios, bendecid al Se- 
nor; cielos, bendecid al Ser5or...“ 

Nosotros estamos indudablemente 
más obligados á alabar á Dios que los 
judios, ya que nosotros somos aquellos 
á quiencs “ha predestinado para ser 
hijos suyos adoptivos... á fin de que se 
celebre la gloria de El.“(^) 

En otros términos; Dios adoptó á 
los cristianos para que alabaran y ben- 
dijeran lo imponderablc de su gracia. 
Tal es el sagrado deber dei cual no 
podemos sustraernos sin grave pecado. 
Con el fin de cumplir este deber em- 
peradores, reyes y príncipes piadosos 
edifican hermosos templos y fundan mo- 
nasterios donde no deben interrumpirse 
ni de día ni de noche las alabanzas 
al Sefior con el canto de las horas ca¬ 
nónicas. 

For eso la Iglesia obliga á los clé¬ 
rigos desde que reciben el subdiaco- 
nado al rezo cotidiano dei brevario, 
obligación que hace extensiva á la ma- 


(1) 1, 5-6. 



Sacrifício de alabanza 


235 


yor parte de órdenes de religiosos, 
tanto de hombres como de mujeres. 
Todas las cumplen con satisfacción y 
ensalzan “ al Senor y adóranle en su 
santo Monte; porque el Seiíor Dios 
nuestro es el Santo por excelencia.^i}) 
Para que pudiéramos responder dig¬ 
namente á este llamamiento, Jesucristo 
instituyó la santa Misa, el sacrifício de 
alabanza por excelencia, ofrecido al 
Senor todos los dias y cn todas ho¬ 
ras. 

Demos una ojeada, desde este punto 
de vista, á las diferentes partes de que 
se compone el divino sacrifício y ve¬ 
remos palpablemente si es ó no cierta la 
anterior afirmación. 

El gloria iii exxelsis es un himno 
magnífico: “ Latidamus te“ “ te alaba- 
mos “ òenedicitíms “te benedeci- 
mos“, “ adoramtis te “ “ te adoramos^, 
“glorijicaiitus “te glorificamos.“ 
íQuó cântico más ardiente no es el 
SaJicttis! “ Santo, santo, santo es el 


(1) Ps. XCVIII, 9. 



236 


Capítulo XII 


Scnor de los cjércitos, llenos están los 
cielos y la ticrra de tu gloria, hosanna 
en las alturas, bendito el que viene en 
nombre dei Sefior." 

Isaías oyó en arrobamiento los co¬ 
ros de los ángcles que prorrumpían 
altcrnativamente con este cântico, y 
cuando seis dias antes de su Pasión 
entró Jesús en jerusalén brotó dei pe- 
cho de los judios el hosatuia de ale¬ 
gria. 

Al mezclar en la Misa nuestras dé- 
biles voces con estos acentos celestiales, 
procuramos á Dios la mayor alabanza 
que se le puede tributar asi en el cielo 
como en la ticrra. 

“ La Iglesia por medio dei cuerpo y 
de la sangre de Jcsucristo ofrece sa¬ 
crifício de alabanza,'^ dice San .Agustin 
y anade San Lorenzo Justiniano: “ Es 
cierto que Dios no puede recibir ala¬ 
banza mayor que la que rccibe en la 
■Misa instituída por el Salvador á este 
fin“, á lo que agrega Molina: “En la 
Misa el Hijo de Dios ofrécese á su 
Padre, y le tributa toda la honra y 



Sacrifício de alabanza 2r<7 

toda la gloria que le tributaba en la 
tierra.“ 

Así y solamente así es como se 
glorifica al Padre de una manera digna 
de El, y por eso recibe Dios más ho¬ 
nor de una sola Misa que el que le 
puedan procurar todos los ángeles y 
santos. 

Si en honor de la Santísima Trini- 
dad el cielo entero organizara una pro- 
cesión, al frente de la cual marchara 
la Madre de Dios, seguida de los nueve 
coros de ángeles y de innumerables 
cjércitos de santos y de bienaventura- 
dos, ciertamente que Dios recibiría un 
senalado honor; pero si la Iglesia mi¬ 
litante enviase uno solo de sus sacer¬ 
dotes para presidir esta proccsión au¬ 
gusta con el santo sacrifício de la Misa, 
este pobre sacerdote, por medio de una 
sola Misa que celebrara, tributaria á 
Dios urv homenaje infinitamente mayor 
que el que resultaria de aquella tan es¬ 
plêndida y conmovedora ceremonia. 

El homenaje de una misa con res- 
pecto al primcro estaria sobre este, 



238 Capítulo XII 

como está Dios por encima de las cria¬ 
turas. 

Para alabar á un sér cualquiera es 
preciso conocer lo que en esta per- 
sona es digno de alabanza. Si de ella 
no se sabe nada de bueno, nada se 
puede decir, pero es fácil hablar de la 
misma si mucho y bueno se sabe de 
ella. Lo mismo sucede tratándose de 
Dios. 

Los ángeles y santos le conocen de 
una manera e.xcelente, puesto que le 
contemplan cara á cara, le alaban con 
todas sus fuerzas y no obstante sus 
alabanzas quedan infinitamente por de- 
bajo de lo que se merece. Solo Jesu- 
cristo, á causa de la uniòn hipostática, 
conoce por entero la esencia de Dios 
y su excelencia, y El sólo ofrcce una 
alabanza infinita y digna de la eterna 
Majestad. 

Este honor, no hay que olvidarlo, 
lo tributa Nucstro Scfíor ante todo en 
el altar, durante la santa Misa, y ade- 
más lo ofrece en nombre de los fieles, 
satisfaciendo las omisiones de éstos y 



Sacríflcío de alabanza 


239 


dándoles su mismo poder, de tal suerte 
que pueden ofrecerlo ellos al Altísimo 
como si fuese un tributo propio, .satis- 
faciendo dignamente la obligación que 
tenemos de alabar al Seflor. 

Así, pues, si un hombre dice en su 
interior: “Sciior, os ofrezco el honor 
y alabanza que os ofrece vuestro Hijo 
en el altar tributa á la Majestad 
divina una alabanza más insigne y me¬ 
ritória que la de los ángclcs y santos. 

Santa Brígida vió cómo los santos 
y los ángeles tomaban parte en las 
alabanzas tributadas por Jesucristo du¬ 
rante la Misa. 

He aqui como se expresa: 

“ Un día que asistía al santo sacri¬ 
fício dei altar, parecióme, en el mo¬ 
mento de la consagración, que el sol, 
la luna, las cstrellas, los planetas, to¬ 
dos los cielos y sus moradores canta- 
ban las melodias más dulces y embria¬ 
gadoras. 

Mezelábanse con ellos una multitud 
de cantores celestiales cuyos acentos 



240 


Capítulo XII 


eran demasiado sublimes para que se 
puedan explicar y comparar. Los coros 
de ángeles contemplaban al sacerdote 
y ante dl se inclinaban con el más pro¬ 
fundo respeto, á la par que huían los 
demonios poseídos de espanto. Tan 
pronto como el sacerdote pronunció 
sobre la Hóstia las palabras de la con- 
sagración, divisé un pequeno cordero 
que tenía el rostro de Jesiís y fué re¬ 
verenciado y adorado por la multitud 
de ángeles. Un número infinito de al¬ 
mas de bienaventurados alababan tam- 
bién con los ángeles al Altísimo y Cor¬ 
dero inmaculado." (') 

Almas piadosas, vosotras os halláis 
entre esa reunión celestial cuando asis- 
tís á la santa Misa y cooperáis á en- 
salzar al Senor. 

Sí, la santa Misa satisface por las 
alabanzas que nos descuidamos de ren- 
dir á Dios; ella repara las blasfêmias, 
los insultos que los hombres insensa¬ 
tos profieren todos los dias. Sin este 


(1) Lib. Vlll, c. 56. 



Sacrifício de alabanza 


241 


augusto sacrifício de alabanza, el mun¬ 
do no subsistiría y: “Qué debo yo aqui, 
después que mi pueblo ha sido llevado 

esclavo por nada. Todo el día sin 

cesarestá blasfcmándosemi nombre,“(') 
decía el Seiior á Isaías. 

Su propósito cra el dc retirarse dei 
mundo, abandonarlo á Satán y precipi¬ 
tar á los blasfemos al infierno; y en 
verdad no le faltaban al Todopoderoso 
motivos para cumplir su amenaza: un 
solo pecado mortal le bastaba para 
ello. 

Pero, iquó es lo que detiene su 
brazo sino el augusto sacrifício dei al¬ 
tar? 

Este es el que á las blasfêmias y 
ultrajes de los impíos opone homenajes 
dignos de la soberana majestad. Esta 
alabanza de Jesus y de sus sacerdotes 
es mayor infinitamente que los escân¬ 
dalos y crímenes dei siglo. 

Agradezcamos sin cesar á nuestro 
buen Maestro la institución de este 


(t) Isains, LII, 3. 



'IVl 


Capítulo XIII 


sacrifício de perfecta alabanza. Y si, por 
desyracia nuestra, no hemos pensado 
hasta ahora en glorificar á nuestro Dios, 
confesemos humildemente esta falta y 
con el corazón arrepentido reparémosla 
con un creciente fervor durante la santa 
Misa. 


CAPÍTULO xiir. 

La santa Misa es el mejor sacrifício 
de acción de gracias. 

Los benefícios de Dios, con respecto 
á nosotros, son infinitos y están fuera 
dei alcance de nuestra consideración, 
puesto que El nos ha creado y dotado 
de sentidos y miembros corporales, nos 
ha dado un alma hecha á su imagen 
y semejanza que ha santificado con el 
bautismo, le ha infundido las virtudes 
teologalcs, la ha escogido por esposa 
suya y la ha confiado á un ángel para 
guardaria. 

Cuida de nosotros día y noche, nos 
perdona los pecados por el sacramento 



Sacrifício eucarístico 243 

de la Penitencia y nos alimenta con su 
came en la Eucaristia. Soporta pacien¬ 
temente nuestras ofensas y nos envia 
consoladoras inspiraciones en espera 
de nuestra conversión; nos instruye 
por boca de sus ministros, escucha 
nuestras pobres plegarias, nos preserva 
de mil peligros y es nuestro consuelo 
en las penas, nuestro escudo en las 
tentaciones, la recompensa de nuestras 
buenas obras y nuestro libérrimo bien- 
hcchor en todas circunstancias. 

Como si no bastaran tantas gracias 
aüadió otra, la más insigne entre todas: 
nos adoptó por hijos suyos. 

“ Mirad qué tierno amor hacia no- 
sotros ha tenido el Padre, queriendo 
que nos llamemos hijos de Dios y lo 
seamos en efccto“(‘) escribe el discí¬ 
pulo muy amado, y San Pablo: “ Y 
siendo hijos, somos tambien herederos: 
herederos de Dios y coherederos con 
Jesucristo.“ (^) 

iNo es un e.vceso de bondad cl he- 


(l; I Joan. III, I. (:’) Kom. VIII, 17. 



214 


Cipítulo XIII 


cho de que unos pobres pordioseros 
scan admitidos á la adopción y heren- 
cia dei rey de los reyes? 

Además de este dón incomparable, 
como su mano liberal será pródiga 
eternamente, al habernos nosotros en¬ 
tregado al poder de Satanás por el pe¬ 
cado nos ha librado Dios dc él por 
medio de su Hijo Jesus: “Amó tanto 
Dios al mundo, que no paró hasta dar 
á su Hijo unigénito“ (’) no solamente 
rcvisticndole con el ropaje de la natu- 
raleza humana, sino también entregán- 
dolo por nosotros á la más dolorosa 
de las muertcs. 

De este inmenso beneficio partici- 
pan asimismo sus enemigos: “Lo que 
hace brillar más la caridad de Dios 
hacia nosotros, es que entonces mismo, 
cuando éramos pecadores ó enemigos 
siiyos, Jiié cucindo al tiempo seflalado 
murió Cristo por nosotros." (*) 

Aunque Dios no nos hubiese con¬ 
cedido otro favor que una sola mi- 


(1) Joan, Ilí, \C. (2) Roíu. V, 8-5. 



Sacrifício eucarístico 


245 


rada de misericórdia íquiénpodría agra- 
decérsela merecidamente ó justamente 
satisfacerla? ^No es El por ventura la 
infinita majestad y nosotros un vil gu¬ 
sano de la tierra? íCómo. pues, re¬ 
compensaremos la Encarnación dei Se- 
nor, así como su vida y su muertc? 

Osorio nos prcvicnc que “ aquél que 
muchas cosas dcbe á alguien está obli- 
gado á correspondcrle debidamente, si 
no quiere pasar por ingrato “ (‘) y en 
tal caso deberíamos tencr constante¬ 
mente en los lábios el canto de David 
“iCómo podré corresponder al Sefíor 
por todas las mercedes que me ha he- 
cho?“ (^) “Qué ofrecerc, pues, al Se- 
nor que sea digno de El?“ (*) pedire¬ 
mos con cl profeta Miqueas. j Qué ha- 
remos, ingratas criaturas, para dar tcs- 
timonio dc nuestra gratitud? 

Véase la respucsta inspirada que 
da el santo rcy; “Tomaré el cáliz (*) 
de la salud é invocaré el nombre dd 

(1) Cone. de Missa. 

(2) l*s. CXV, U'. 

(3) Micheas, V(, C. 

(4) i'rcsci'ilu pur la Icy para dar gracias á Dios. 



246 


Capítulo XIII 


Sefior. Cumpliré al SeKor mío mis vo¬ 
tos en presencia de todo su pue- 
blo.“ (■) 

Este sacrifício de acción de gracias 
no es otro que la santa Misa. Asistir 
á ella con esta intención es, por con- 
siguiente, una manera perfecta de agra¬ 
decer á nuestro soberano bienhechor, 
porque, según San Ircneo: “El divino 
sacrifício ha sido instituido para que 
no seamos ingratos á Dios. “ 

Así, pues, fuera de este sacrifício 
nada encontraríamos digno de ser ofre- 
cido á la Santísima Trinidad en pro- 
porción á sus benefícios.,. 

Por lo dcmás las palabras dei mi- 
sal indican claramente el carácter de 
acción de gracias de la santa Misa. A 
parte de los versíeulos ya citados dei 
Gloria se dice en el Prefacio-. “Ha- 
gamos gracias al Seiíor nuestro Dios. 
Veidaderamcnte cosa justa y razonable 
cs, equitativo y saludable haceros gra¬ 
cias siempre y do quiera, Seiíor Santo, 

íl) 1 ’ 5 . CXV, 13. 

( 2 ) Contr. liacres Itb. 1\\ c. '.Z, 



Sacriflcio eucarístico 


247 


Padre Todopoderoso, Dios eterno, por 
Jesucristo Senor nuestro. “ 

Los términos de esta acción de gra¬ 
das son los más expresivos de los que 
usa la santa Iglesia. 

Inmediatamente antes de la consa- 
gración el sacerdote exclama: “ Tomó 
el pan en sus manos santas y venera- 
bles, y levantando los ojos al cielo, 
hízole gracias. “ 

i Oh adorable elevación de los ojos 
de Jesus! jOh poderoso testimonio de 
reconocimiento verdadcro que suple á 
nuestros agradecimicntos incompletos! 
Lo que Jcsús llevó á cabo después de 
la Cena se renueva en cada Misa y 
siendo infinita esta acción de gracias 
de una persona divina encuentra Dios 
en ella una satisfacción incomparable. 

Consideremos ahora esta acción de 
gracias. Si desde los dias de nuestra 
infanda hasta los momentos actuales 
hubiéramos dado sin ccsar gracias á 
Dios por sus innumerables Ijeneficios, 
no habríamos hecho tanto como asis- 
tiendo á una sola Misa. 



248 


Capítulo XIII 


Veamos otra comparación; si hu- 
bicramos invitado á todas las almas 
piadosas á que juntasen sus cânticos 
de reconocimicnto á los nuestros, y 
durante todo el tiempo de nuestra vida 
hubiéramos unido nuestros votos y 
nuestros corazones, jamás haríamos 
tanto como asistiendo una sola vez al 
santo sacrifício. 

Más aun ; si el ejército celestial hu- 
biera acometido tamafía empresa no 
habría llevado á cabo ni una sombra 
dcl reconocimicnto, tcstimoniado á Dios 
por Jesucristo en el altar. 

;Oh Dios mío! ^Cómo es posible 
que podamos llcgar á comprendcr el 
tesoro inmenso contenido en cadaMisa? 
i Qué felices nos haría tal apercibi- 
miento! íQué cclosos nos mostraríamos 
de asistir al divino sacrifício! 

“Las gracias, dicc Santo Tomás de 
Aquino, debcn darse á su autor, por 
medio de la gratitud y reconocimicnto 
y por el mismo conducto por donde 
bajan.“ 

Jesucristo es el camino por donde 



Sacrifido eucarístico 


249 


nos llegan toda clase de bienes, pues 
por medio de Jesucristo inmolado en 
el altar deben remontarse hacia el cielo 
nucstras acciones de gracias. 

Por eso San Pablo escribía á los 
ficlesdc Corinto: “Continuamente estoy 
dando gracias á Dios por vosotros, por 
la gracia de Dios, que se os ha dado 
en Jesucristo: porque en él habéis sido 
enriquecidos con ioda siierlc de bienes 
espirituãles, con todo lo que pertenece 
á los dones de la palabra y de la ciên¬ 
cia, de manera que nada os falte de 
gracia ninguna..." (‘) 

“Considera, pues, devoto cristiano, 
cuánto debemos á Dios por haber ins- 
tituido la Misa, y que sin ella, no ten- 
diíamos medio para dar dignamente gra¬ 
cias á Dios. Ojalá que nos hagamos 
cargo de nuestra gran dicha. 

En el santo sacrificio, Jesús es todo 
nucstro; en El poseemos todos sus 
méritos, de modo que uniéndonos á la 
víctima divina podemos ofrecerlos al 


(1/ I Corinlh. I, y 7, 



250 Capítulo XIV 

Padre y pagar la deuda que nos aba- 
te.“ (‘) 


CAPÍTULO XIV. 

Lã santa Misa es el sacriflcio más eficaz 
para que nuestras súplicas 
sean atendidas. 

Además de los holocaustos y sacri¬ 
fícios eucarísticos cxigió Dios de su 
pueblo ofrendas pacífícas que consis- 
tían en sacrifícios de paz y de ora- 
ción de maravillosa efícacia. porque 
hacían llover sobre Israel las más abun¬ 
dantes gracias de bendición y pcrseve- 
rancia. 

Amcnazados los israelitas por los 
fílisteos suplicaron aquéllos á Samuel 
que rogara por cllos. Samuel inmoló 
un cordero, imploró al Senor y subi¬ 
tamente se apoderó el pânico dei ene- 
migo y huyó atropelladamcnte. f **) 

Más tarde, cuando Dios castigó á 
su pueblo con una peste, David ofreció 

(l> Segneri. ( 2 ) 1 Keg. VII, T-ll. 



Sacrificio impctratorio 251 

igualmente un sacrifício de paz y de- 
sapareció el azote. Ejemplos de este 
género los encontramos numerosos en 
la Sagrada Escritura. 

Si Dios concedió á los hebreos ta¬ 
les médios con que apaciguarlc. en 
cambio los cristianos recibieron otro 
incomparablemente más eficaz. 

En efecto; jqué es lo que no con¬ 
seguirá el cordero divino inmolado en 
el altar, cuando los corderos de los 
judios lo conseguían todo dei Altí- 
simo? 

Los sacrifícios de las Sinagogas tan 
sólo podían ser ofrecidos con una sola 
intención y con un rito particular; 
pero la Iglesia aunque no tenga más 
que un solo sacrifício, lo ofrece con 
intenciones diversas en todas circuns¬ 
tancias y obtiene más gracias que los 
judios con sus múltiples ofrendas : 
“Anatema á quien sostenga que el sa¬ 
crifício dc la Misa es únicamente un 
sacrifício dc alabanza ó de hacimiento 
de gracias ó una simplc representación 
dei sacrifício verificado en la cruz, y 



252 


Capftulo XIV 


no un sacrifício de propiciacifín. Ana- 
tenia al que diga que sólo sirve al 
que comulga y que no puede ser ofre- 
cido para los vivos y para los difun- 
tos, por los pecados, por las penas, 
por las satisfacciones y por otras nc- 
cesidades.“ (') 

Es de ley en la Iglesia el que la 
Misa puede ofrccerse con’ múltiples in- 
tenciones y que por medio de ella ob- 
tenemos de Dios los más diversos fa¬ 
vores. 

Podemos oir ó celebrar la santa 
Misa á mayor gloria de Dios. en ala- 
banza á Maria, en honor de los ánge- 
Ics y santos, por nuestra salvación, para 
la conservación ó restauracion de nues¬ 
tra salud, para ser preservados de los 
males temporales, para obtener la re- 
misión de nuestros propios pecados, 
cnmienda de nuestra vida o la gracia 
de una buena muerte; y todo ello po¬ 
demos pedirlo para nuestros parientes 


( 1 ) Trident Sess. 23, can. 3. 



Sacrifício impctratorio 


253 


y amigos, para tòda la Iglesia militante 
y para toda la purgante. 

Los doctores están acordes en pro¬ 
clamar el poder de la Misa como sa¬ 
crifício impetratorio; “Es sumamente 
eficaz, dice uno de cllos, á causa dei 
valor de la víctima y de la dignidad 
dei sumo sacerdote que sacrifica. No 
hay gracia ni don que no pueda obte- 
nerse por ella. Foco importa que sean 
muchos ó pocos los que pidan, todos 
recibirán según la medida de su peti- 
ción; porque siendo Jesús el principal 
sacrificador, su ofrenda es infinitamente 
agradable al Padre. Son además inago- 
tables los méritos que le son presen- 
tados. La Pasión, la sangre, las llagas 
de Jesús tienen un valor sin limi¬ 
tes." (*) 

En el mismo sentido se expresa San 
Lorenzo Jastiniano: “ Ningún sacrificio 
más excelente, ni más util, ni más agra¬ 
dable á su divina .Majestad que el sa¬ 
crificio de la .Misa en el que las llagas 


(1) Caade], my^L 2*-*, Uct. 5, pag. 3. 



254 


Capitulo XIV 


de nuestro Mediador, sus azotes y opro- 
bios que sufrió por nosotros, se ofre- 
cen nuevamente á su Padre quien vien- 
do inmolar al que había enviado al 
mundo, concede el perdón á los peca¬ 
dores, auxilio á los débiles y á los 
justos la vida eterna." (') 

Por la 0 frenda dei santo sacrifício 
damos más de lo que podemos pedir. 
íA qué, pues, el temor de que nuestra 
súplica sea rechazada ó desatendida? 
Para obtener alguna cosa limitada ofre- 
cemos una víctima de precio infinito. 
^Cómo Dios, ensu liberalidad, que pro- 
metió recompensar un vaso de agua 
dado en su nombre dejará de atender 
nuestras súplicas, al ofrecerle el cáliz 
lleno de la sangre de su Hijo, de aquella 
sangre que implora misericórdia por 
nosotros? 

En el testamento de su corazón, en 
las últimas palabras que pronunció des- 
pues de la Cena, dijo nuestro buen 
Maestro: “ En verdad, en verdad os digo, 


( 1 ) Scroi. Jc Corp Cbrístl. 



Sacrifício impctratorio 255 

que cuanto pidicreis al Padre en mi 
nombre, os lo concederé.“ (^j 

i Qué momento más propicio para 
pedir en nombre de su Hijo aquél en 
que muriendo nucvamente por nosotros 
se presenta Jesús á la presencia dei 
Padre! 

San Bucnaventura da otra razón 
sobre la eficacia dei santo sacrifício: 
“ Guando un príncipe se halla prisio- 
nero, no se le da libertad, sino mediante 
un crecido rescate. Cuidemos, pucs, 
de que no se vaya Jesús de la Misa 
donde es nuestro prisionero, sin que 
antes nos conceda el pcrdón de los 
pecados y nos asegure que iremos al 
cielo.“ 

A este fín, eleva el sacerdote la sa¬ 
grada Hóstia como quien da voces al 
pueblo y Ic dice: “ Mírale, aquel al 
cual el mundo no puede encerrar, le 
tengo prisionero en mis manos, no le 
dejemos ir, si antes no nos concede lo 
que le pidamos.“ Sí, repitamos las pa- 


( 1 ) Jiian \VI, 23. 



25S 


Capítulo XIV 


labras de Jacob al ángel: “No te de- 
jaré ir si antes no me das tu bendi- 
ción.“ (*) 

Veamos ahora, con el siguente suce¬ 
dido, lo que puede llegar á conseguir 
una oración dicha con fervor durante 
la santa Misa. 

Vivia en Spello cn el afio 1582 (-) 
una piadosa mujer cuyo esposo mal- 
tratábala con palabras y hechos. Con 
los anos su situación empeoraba de 
día en día y la desdichada esposa es- 
taba ya desesperada. Iba á cometer al- 
guna mala acción, ciiando dos religio¬ 
sos capuchinos, llamados Lactancio y 
Francisco de Nursia, fueron á pedirle 
limosna, y les contó ella, con lágrimas 
en los ojos, su situación insostenible. 
Los religiosos se esforzaron en conso¬ 
laria y Ic aconsejaron que oyese todos 
los dias la santa Misa y juntase sus 
sufrimientos á los que por ella había 
sobrcllevado el Salvador dcl mundo, 
asegurándole que entonces su despótico 

(1) Genes. XXXII, 26 . 

(.') Crüniea Ue los Cupucblnos. 



Sacrificio impctratorio 257 

marido se iria apaciguando poquito á 
poco. 

Llena de confíanza la pobre mujer 
prometiü seguir el consejo, que agra- 
deció; pero su marido era tan tirano 
que le llegó á prohibir que los dias 
laborables saliese de casa. Semejante 
medida la afligió sobremanera, ya que 
así no podia cumplir lo que á los re¬ 
ligiosos prometió. 

Afortunadame.nte el déspota se vió 
obligado á emprender ün largo viaje 
que su esposa aprovechó gozosa para 
oir Misa todos los dias. Con un fervor 
sin igual se encomendaba ellamismay 
á su marido á Nuestro Seíior, supli- 
cándole tu\ãese compasión de ella y 
trocase cl perverso corazón dei tirano 
esposo. 

Un dia llegó éste de improviso y 
sabiendo por la criada que su esposa 
estaba en el templo, el que no habia 
dejado de frecuentar todos los dias, su 
furor no tuvo limites. 

Fuera de si se desató en impropé¬ 
rios y juró extrangular á su victima y 


B096 


9 



258 


Capítulo XIV 


en efecto, al llegar ésta le puso las ma¬ 
nos al cucllo. La infeliz, viéndose per¬ 
dida, imploro los auxílios dei Seiíor en 
pago de su asistcncia á la santa Misa, 
y este socorro no sc hizo esperar, pues 
ias manos dei verdugo permanecieron 
sin fuerzas para consumar el crimen 
ni para apartarse dei cuello de su es¬ 
posa. 

Esta impotência irritó más al mi- 
serable que invocando á Satanás redo- 
bló sus esfuerzos; pero la parálisis 
aumentaba en proporción á su ira y 
pronto sus manos quedaron rígidas y 
frias como las de un cadáver. 

Entonces él mismo comprendió que 
aquello era un castigo de Dios y se 
arrepintió, prometiendo á su esposa 
que se corregiría si obtenía la curacion 
completa. 

Pero la esposa quiso aguardar la 
súplica para otro día, porque descon- 
âaba de aquellas promesas, y decía que 
era preferible un marido paralizado que 
un encarnizado perseguidor. 

Finalmente convencida de la since- 



Sacríficio impctratorio 259 

ridad dei arfepentido imploraron jun¬ 
tos la divina misericórdia c hicieron 
votos y promesas hasta que Dios les 
escuchü. Tal severo castigo produjo 
los mejores frutos, pues el marido se 
convirtió en dulcc j bueno para su 
esposa, acompanándola desde entonces 
á oir la santa Misa. 

“ Por abundar en tesoros y ser su¬ 
mamente agradablc la oblación de la 
Misa, puede cualquiera alcanzar de 
Dios, de la Virgen Santísima y de los 
santos cuanto necesite para su salva- 
ción. Nada más eficaz." (‘) 

Crcemos haberlo probado suficien¬ 
temente en el presente capítulo; reasu- 
mamos, pues. En la santa Misa no ora¬ 
mos solos; con nosotros y por noso- 
tros rezan el sacerdote, los ángcles y 
el mismo Jesucristo, y no solamente 
oramos, sino que también ofrecemos á 
Dios un dún divino. 

Si nuestras súplicas fueran estériles 
en estas condiciones «idónde y cuándo 
podrían ser atendidas? 


(1) Moliaa. 



260 


Capitulo MV 


Pero, ipor qué no escucha siempre 
á los que le ofrecen la santa Misa? A 
esta pregunta de Santa Gertrudis le 
contestó Nuestro Senor: “Si alguna 
vez no atiendo á tus súplicas y á tus 
deseos, es porque te preparo algo que 
te será de mayor utilidad, puesto que 
tú no eres capaz de pedir lo que más 
te conviene á causa de la miséria hu¬ 
mana/' (') 

£n otra ocasión se lamentaba dul- 
cemente la misma Santa; — ^De qué 
les sirven mis oraciones á mis amigos 
si no obtengo fruto alguno? — No te 
admires, le dijo el Salvador, si no ves 
los efectos de tu oración, puesto que 
yo lo ordeno todo según mi sabiduría 
impenetrable; sin embargo, ten la se- 
guridad de que cuanto más se pida por 
una persona, tanto más favorecida será 
ésta, porque ninguna oración sincera es 
desatendida, por más que este efecto 
puede quedar oculto. (*) 

Si, según las palabras de Jesucristo, 

( 1 ) Lib llí, Revel 33. 

(2) Lib. Ul, Kev. 3. cap. 3 , § 13. 



Sacrifício impetratorio 261 

á cada oración corresponde su fruto, 
i cuál no será el de la Misa, que es la 
oración por excelencía? Pero fijémonos 
en que Jesucristo habla de una oración 
sincera, la oración que va acompafíada 
de la confianza. 

El que ora sin confianza recibirá 
poco ó nada, como podemos probarlo 
con el ejemplo siguiente: 

Cuéntase en la vida de San Seve- 
rino Abad, que en los alrededores dei 
castillo de Corull cayó una inmensa 
nube de langostas, que ocasionó gran¬ 
des perjuicios á Ias cosechas. 

El pueblo acudió á San Severino 
implorando su intercesión cerca de 
Dios, para que cesara el azote. El reli¬ 
gioso, compadecido los reunió á todos 
en la Iglesia, donde les exhortó á la pe¬ 
nitencia y á la oración, terminando su 
sermón con estas palabras: 

— No conozeo otra oración más 
eficaz que la santa Misa y voy á ofre- 
cerla por vuestra intención. Ofrecedla 
también vosotros conmigo y poned en 
ella toda vuestra confianza. 



262 


Capítulo XIV 


Todo el pueblo se dispuso á seguir 
cl sabio consejo, á excepción de un 
solo indivíduo que dijo en tono de 
burla; 

— jVana confianza es la vuestra! 
Aunque oigáis todas las Misas dei mun¬ 
do y permanezcáis todo el día en ora- 
ción, no conseguiréis ahuyentar ni una 
sola langosta. 

Y se marcho á su casa para reanu- 
dar el trabajo. 

Los restantes junto con el sacerdote 
suplicaron fervorosamente al SeBor les 
librase de la plaga. 

Cuando la Misa había terminado to¬ 
dos se fueron al campo y ; oh sorpresa! 
las langostas habían volado formando 
una espesa nube. 

La alegria y el reconocimiento lle- 
naron todos los corazones y el incré¬ 
dulo no queria convencerse de la efi¬ 
cácia dei remedio, hasta que siguiendo 
con su mirada el ejército devastador, 
lo vió dirigirse y pararse en sus tierras 
de labranza. Considerando entonces 
cierta su mina invocó al cielo, pero 



Sacrifício impetratorio 263 

nada consiguió, ya que los voraces in¬ 
sectos no huyeron hasta después de 
haber destruído su cosecha. 

Esta narración nos demuestra no 
sólo el poder de la santa Misa, sino 
también el castigo reservado á los que 
la desprecian. 

A semejanza de aquel pueblo cre- 
yente tengamos entera confianza en el 
santo sacrifleio. 

“ Lleguémonos, pues, confiadamente 
al trono de la gracia á íin de alcanzar 
misericórdia, y hallar el auxilio de la 
gracia para ser socorridos á tiempo 
oportuno." (‘) 

íY CLiál es esc trono de gracia? No 
es el cielo, porque no podemos llegar 
á él; ni cl arca de la alianza, porque 
era un símbolo tan solo, sino el altar, 
cn el cual es inmolado el Cordero de 
Dios con el fin de alcanzarnos gracia 
y misericórdia. 

No dejemos, pues, de ir todas las 
r.iananas á ese trono de gracia donde 


( 1 ) Hebreof. IV, 16 . 



264 


Capitulo XV 


recibiremos los auxílios necesarios. Acu¬ 
damos á él con satisfacción y entera 
confianza, porque es trono de gracia y 
no de venganza, de misericórdia y no 
dc justicia. 


CAPÍTULO XV. 

La santa Mlsa 

es el sacriflcio má.s poderoso 
de reconciliación. 

Después que sus hijos se habían re- 
gocijado juntos levantábase Job muy de 
maSana y ofrecia el sacrifício por cada 
uno de ellos diciendo: 

— No sea que mis hijos hayan pe¬ 
cado y desechado á Dios en sus cora- 
zones. (^) 

Este comportamiento nos dice que 
basta la simple razón natural para co- 
nocer la necesidad dei sacrifício ex¬ 
piatório. Este estaba ya en uso en 
tiempo de los antiguos patriarcas, an- 


(l) Job. I, 5. 



Sacrifício expiatória 265 

.tes que Moisés hubiese publicado la 
Ley. 

Si alguno hubiese cometido pecado 
haga penitencia por él y “ofrezca de 
los rebaüos una cordera ó una cabra, 
y el sacerdote hará oración por dicha 
persona y por dicho pecado. Pero si no 
pudiese ofrecer una res, ofrezca al Se- 
fior dos tórtolas ó dos pichones, uno 
por el pecado, y otro en holocausto... 
y el sacerdote orará por este hombre 
y por su pecado,ysele perdonará.“ (‘) 
Así lo ordenó el Seüor. 

Pose)xndo el Antiguo Testamento 
tal sacrifício, no podia faltarle á la 
Iglesia el suyo, sacrifício tanto más 
noble que el primero, cuanto [más su¬ 
perior es el cristianismo al judaísmo. 

Este sacrifício expiatório es eviden¬ 
temente el de la cruz, por el cual se 
reconcilió el mundo con la justicia di¬ 
vina. Pero para que esta reconciliacién 
nos fucse ofrecida cada día, hasta la 
consumación de los tiempos, instituyó 


(1) Levit. Y, 6-7 y lO. 
8096 


9* 



266 


Capitulo XV 


Jesucristo el sacrifício de la Misa, que 
no es un sacrifício nuevo sino la re- 
novación dei de la cruz bajo una forma 
incruenta. 

Por esta razón la Iglcsia lo llama 
saerificio e.xpiatorio j dice explícita¬ 
mente que lo instituyó Jesucristo: “ para 
dejar á la Iglesia su esposa santa, un 
saerifieio visible que representase el 
sacrifício sangriento de la cruz y apli- 
case el poder saludable de él para la 
remisión de los pecados^cotiJianos.“ (^) 

Las oracioncs y ceremonias de la 
Misa indican su carácter cxpiatorio. El 
sacerdote empicza recitando el Confi- 
teor durante el cual se da tres golpes 
de pecho; lo mismo hace el monaguillo 
en nombre dei pueblo, y el celebrante 
dice á los fíeles: “Dios todopoderoso 
tenga misericórdia de vosotros, os per- 
done los pecados y conduzca á la vida 
eterna." 

Hace después la seiíal de la cruz y 
exclama: “Dios todopoderoso y mise- 


(1) Tríd. Sess \\[I, cap. I. 



Sacrifício cxpiatorio 


267 


ricordioso nos otorgue el perdón, la 
absolución y remisión de nuestros pe- 
cados.“ 

Seguidamente implora el perdón de 
nuestros pecados en el Krrie elcison. 
‘•Seõor, tcn compasión de nosotros; 
Cristo, ten compasión de nosotros." 

Humilde y confortable invocación 
que sube al cielo y mucve el corazón 
dei Padre hacia sus hijos. 

La voz de perdón se repite en mu- 
chas colectas, secretas y posteomunio- 
n s, y finalmente, en el Ag^iiis Dei: 
" Cordero de Dios, que borras los pe¬ 
cados dei mundo, ten compasión de no¬ 
sotros." 

^Cómo demostrar con más eviden¬ 
cia que el sacrificio de la Misa es un 
sacrifício de reconciliación ? 

Marchant sc expresa en estos tér¬ 
minos: “Sobre Nuestro Senor Jesu- 
cristo que cargó con los pecados dei 
inundo para limpiarlos con su sangre 
descargamos nuestras faltas personales 
como sobre una víctiraa llevada á la 



268 Capítulo XV 

inmolación para que los expie por no- 
sotros.“ (*) 

“Por esto el sacerdote se inclina 
profundamente ante el altar para al- 
canzar el perdón de todos. Así inclinado 
representa también á Jesucristo en el 
huerto de los Olivos en donde el peso 
de nuestros pecados le hizo caer en 
tierra bafiado dei sudor de sangre yle 
arrancó desgarrador grito de perdón. 
Y porque como É1 y en lugar de Él, 
el sacerdote intercede por todos los 
pecados dei mundo entre los cualcs 
incluye los suyos propios, y como por 
otra parte el precio de la Rcdención 
debe pagarse de nuevo, el precio de la 
Misa sirve para pagar lo que debemos 
por nuestros pecados cotidianos." 

Hermosas y consoladoras palabras 
para el corazón arrepentido y á propó¬ 
sito para estimular nuestro ceio por la 
asistencia á la santa Misa, donde se 
opera el beneficio de nuestra reconci- 
liación. 


( 1 ) Cand. myst. Iract IV, lect. 13, S 



Sacrifício expiatório 269 

Santiago en su Liturgia exclama; 
“ Ofrecémoste, oh Scnor, este sacrifício 
incruento por los pecados cometidos 
por ignorancia“ ; cometemos en efecto 
muchos pecados de los que no nos da¬ 
mos cuenta y no los confesamos y de 
los cuales somos reos. 

A sus culpas ignoradas referíase 
David cuando decía; “Senor, echa en 
olvido los delitos ó flaquezas de mi 
maldad y mis necedades.“(^) “^Quièn es 
el que conoce todos sus yerros? Purífl- 
came de los mios ocultos.“(-) 

Pues si no queremos aparecer ante 
Dios cubiertos con estos pecados de 
ignorância y malicia como con un ves¬ 
tido abominable, aprovechémonos dei 
santo sacrifício “ que sirve para expiar 
nuestros pecados ignorados que no no¬ 
tamos á pesar de un sincero examen 
de concencia.“ 

También esto es de Marchant, y no 
de otro modo se expresan el Papa Ale- 
jandro 1, San Cirilo y San Ambrosio; 


(0 l’sal. XXIV, 7. (2) Psal. XVllI, 13. 



270 


Capítulo XV 


“ Por medio de la oblación dcl santo 
sacrifício, el Seilor se reconcilia con 
nosotros y perdona la multitud de nues- 
tros pecados qucofrecemos á Jesucristo, 
Cordero de Dios inmolado por nues- 
tros pecados á fin de mover al Senor 
á que tenga misericórdia de nosotros. 
Jesucristo ofrecióse como sacerdote para 
que Dios perdone nuestros pecados. “ 

Llenaría páginas enteras si quisiera 
citar todos los textos de los Padres 
que se refieren á este punto. Me de- 
tendré cn el Concilio Tridentino que 
así nos habla; “ El sacrifício de la Misa 
es realmente un sacrifício propiciató¬ 
rio, mediante el cual si nos dirigimos 
á Dios con corazón recto y fe sincera, 
con temor y respeto, contritos y arre- 
pentidos, alcanzamos misericórdia y re- 
cibimos los auxílios de que tenemos 
necesidad." (‘) 

Páginas enteras podríamos llenar si 
nos empefíáramos en citar todos los 
te.xtos de los Papas sobre el particular, 


Tríd Sgss. X\ir, cap. 2. 



Sacrifício expiutorio 2T1 

pero nos limitaremos á la doctrina dei 
Concilio de Trento: „Apaciguado, cn 
efecto, por esta oblación, el Scfior con¬ 
cede la gracia y el don de penitencia, 
y perdona los crímenes, aun los más 
graves.“ (M 

Después de tantas citas podríamos 
preguntar: qué un sacrifício de rc- 

conciliación, cuando podemos reconci¬ 
liamos con Dios por medio de una con- 
trición sincera ? 

Indudablemente la contrición per- 
fecta nos devuelve la gracia; pero, £de 
dónde sacarás dicha contrición? Le es 
tan imposible al hombre sentiria por 
sí solo, como á un muerto resucitar 
por su propia voluntad. 

Si cada uno de nosotros pudiésemos 
experimentar, por nuestras propias fuer- 
zas los sentimientos de penitencia y 
arrepentimiento, no estaria el infíerno 
tan poblado, porque nos esforzariamos 
en la hora de nuestra muerte y saldría- 
mos de este mundo en estado de gracia. 


(1) Trid. Sess. XXK, cap. 2. 



272 


Capitulo XV 


Guando nos sentimos conmovidos y 
movidos á piedad al oir un sermón, ó 
al leer un libro de devociones, todo 
cuanto experimentamos es efecto de 
una gracia particular con que desinte- 
resadamente nos obsequia el Seüor, 
pero que la concede sólo cuando fervo¬ 
rosamente se le pide. 

Para lucrar dei tesoro de sus gra¬ 
das, no hay cosa más segura que el 
santo sacrifício dei altar, pues en el la 
severa justicia dei Padre se trueca en 
amor, compasión y misericórdia. 

; De qué ternuras por los pobres pe¬ 
cadores se siente inundada la divina 
víctima, Nuestro Sefíor Jesucristo, du¬ 
rante su inmolación! 

Sus palabras á Santa Gertrudis, 
atentamente meditadas, pueden ayudar- 
nos á formamos idea de ello. 

Era un día de Jueves Santo en el 
momento en que se cantaban estas pa¬ 
labras de I.attdes: Oblatus est quia ipse 
voluit... fué ofrecido en sacrifício por¬ 
que El mismo lo quiso cuando Nuestro 
Sefíor dijo á la Santa: 



Sacrifício expiatório 


273 


— Si crees que no fui ofrecido en 
la cruz á mi Padre celestial, sino por¬ 
que quise ofrecerme de tal suerte, cree 
también que ahora desco ofrecerme por 
cada uno de los pecadores al mismo Dios, 
mi Padre, tan afectuosamente como en- 
tonces para la salvación de todos los 
hombres en general. Así no hay nadie 
por cargado que csté de pecados que 
no pueda esperar cl pcrdón ofrcciendo 
á mi Padre mi Pasión y muerte, puesto 
que cree que cilas pueden obtcner para 
él el fruto y el dón de la gracia. Debcn 
convencerse todos de que el recuerdo 
de mis sufrimientos es el remedio más 
poderoso, cuando va acompanado de una 
fe viva y una penitencia verdadcra. (') 

En otra circunstancia el divino 
Maestro había dicho á Santa Matilde: 

— Hija mia, acudo á la Misa con tal 
mansedumbrc que no hay entre los con¬ 
correntes ningiín pecador, por pervertido 
que sea, que yo no soporte y á quien 
no perdone gustoso, si tal cs su deseo. 


CO Lib. IV, cap. X.W. 



274 


Capítulo XV 


Fijcmonos en que, Icjos dc recha- 
zar ai pecador, su enemigo, Ic mira 
por el contrario Jcsucristo con ojos 
llenos de dulzura, Ic tiende la mano, 
y al primer suspiro de contrición, se 
aprcsura á perdonarle. 

La ) 'ida ufc los primeros Padres, con- 
tiene un tierno ejemplo dc esta amo¬ 
rosa conducta dei Sagrado Corazón. 

San Pablo ermitafío había rccibido 
cl dón dc leer en las conciencias. Los 
domingos se situaba cn la puerta dc la 
iglcsia, y al pasar los eremitas por 
delante de él. á aquellos que veia car- 
gados con alguna falta se las revelaba 
y les e.xhortaba á penitencia. 

Un dia llegó un hombre, con la cara 
y el cucrpo negros, que estaba poseído 
dcl demonio; desde lejos le seguia el 
ángel de su guarda triste al contem¬ 
plar á su infeliz protegido. A la vista 
de semejante espectáculo, San Pablo 
derraraó amargas lágrimas y se golpeo el 
pecho, compadecido dcl pobre pecador. 

A pesar de las súplicas de los soli¬ 
tários monjes, San Pablo permaneció 



Sacrificio expiatório 


275 


en la puerta de la Iglesia durante cl 
santo sacrificio y prosiguió llorando. 
Al salir de Misa los fieícs buscaron al 
pecador; su rostro estaba como ilumi¬ 
nado y el ángel de su guarda, lleno de 
gozo, permanecia cerca de él mientras 
los demonios le seguian de lejos. 

— iOh indecible bondad de nuestro 
Dios! — exclamo San Pablo entonces 
— ; Oh insondable mistério de la mi¬ 
sericórdia divina! Venid, hermanos, á 
admirar las maravillas dei Sqiíor, ved 
lo que acaba de suceder. Ese hombre 
que penetró en el templo con el rostro 
negro y poseído dcl demonio salc trans¬ 
figurado, radiante de gozo y guardado 
por un ángel bueno. 

Volviéndose después bacia el inte- 
resado, le dijo: 

— Da gracias á Dios y revélanos 
el estado de tu alma. 

Y respondió el desconocido: 

— Soy un desdichado que ha vivido 
largo tiempo en la impureza, sin hacer 
caso de los avisos de Dios; pero hoy 



276 


Capítulo XV 


en Ia Epístola las palabras de Isaías 
me han conmovido: “ Lavaos, pues, y 
purificaos, apartad de mis ojos la malig- 
nidad de vuestros pensamientos, cesad 
de obrar mal, aprended á hacer bien, 
buscad lo que es justo.... Aunque vues¬ 
tros pecados os hayan tefiido como la 
grana, quedarán mestras almas blan- 
cas como la nieve, y aunque fuesen 
teüidas de encarnado como el bermellón 
se volverán dei color de la lana más 
blanca.“ (‘) 

Al oir estas expresiones he elevado 
mi corazón al Senor y hc dicho: 

— i Oh Salvador mío que viniste al 
mundo para salvar á los pecadores, 
cumplid en mí vuestra promesa y li- 
bradme dei mal! Estos pensamientos y 
otros parecidos no me han dejado en 
toda la Misa y hc prometido al Senor 
no cometer ningún otro crimen, ya que 
El se ha dignado perdonarme y reci- 
birme hoy como hijo suyo. 

Entonces todos los reunidos excla- 
maron: 

(1) Isaías I, 16-18. 



Sacrifício eicpiatorlo 277 

— iSefior, vuestras obras son ad- 
mirables! Por la virtud de la santa 
Misa convertís á los pecadores y les 
colmáis de mercedes. 

;Oh admirable sacrifício dei altar! 
;Cuán grande es tu poder! jAcuántos 
pecadores, entre los cuales debemos 
contamos, has convertido y preservado 
de la muerte eterna! jQué reconoci- 
miento debemos al dulce Jesus que nos 
facilita de tal suerte nuestra reconci- 
liación con Dios! jAh, cuán pobres 
eran los judios sin este sacrifício, ellos 
que, según tcstimonio dei Apóstol, no 
podían borrar ni un sólo de sus peca¬ 
dos con la sangre de los animales in- 
molados! 

Si la sangre de los animales fuera 
suficiente para borrar nuestras faltas, 
ide dónde sacaríamos víctimas suficien¬ 
tes ó dinero para satisfacerlas debida- 
mente? Seria, pues, locura la nuestra 
no aprovecharnos dcl sacrifício tan scn- 
cillo y eficaz de nuestro Sefíor Jesu- 
cristo, malogrando de esta suerte la 
venida dei Mesías. 



278 


Capítulo XV 


lugar de expiar entonces nues- 
tros pecados los habríamos aumentado 
en número todos los dias precipitán- 
donos por siempre jamás en los pro¬ 
fundos infiernos. 

§ 1. De qué suerte la santa mha òbra 
la remlslón de los pecados 

y la converslón de los pecadores 
empedernidos. 

“El efecto dei sacrifício de la santa 
Misa consiste en reconciliamos con 
Dios.“ 

Santo Tomás apoya esta doctrina 
con esta excelente comparación; “Per- 
dona uno la ofensa recibida, si el ofen- 
sor ofrece algún dón precioso ó presta 
un servicio senalado. De la misma ma- 
nera Dios nos perdona por la honra 
que le tributamos al asistir devotamente 
ú Misa y por el dón sublime que le 
hacemos por medio de la oblación dei 
cuerpo y sangre de nuestro Scflor Jcsu- 
cristo.“ 

La Sagrada Escritura enseiía lo 
mismo: temiendo Jacob la cólera de 



Sacriificio expiatório 279 

Esaú, á quien había quitado el derecho 
de primogenitura y la bendición pa¬ 
terna se decía á sí mismo: “ Le apla- 
caré con los regalos que preccdcn, y 
dcspués me presentaré á él; quizá se 
me mostrará propicio." (') 

Envióle en efecto camellos, vacas, 
bueyes, ovejas, cabras, y ante estos 
presentes se ablandó el corazón de su 
hermano. 

Si en la Misa ofrecemos á Dios, 
tan juStamente irritado contra nosotros, 
las virtudes, los méritos, la Pasión, la 
muerte de su hijo, evidentemente tro¬ 
caremos sus sentimientos hacia noso¬ 
tros más prontamente que Jacob cam- 
bió el corazón de Esaú, ya que nues- 
tros dones son de más precio á los 
ojos dei mismo Senor. 

“ Ante esta ofrenda — dice Alberto 
el Grande — desaparece la cólera é 
indignación de Dios." 

Al llegar á este punto se nos pre- 
senta una cuestión de no cscasa monta. 


(1) Genes. XXXII, 30. 



280 


Capítulo XV 


i ün pecador impenitente puede, en 
virtud de la santa Misa, recorfciliarse 
con Dios? En otros términos: Si una 
persona en estado de pecado mortal, 
hiciera celebrar la santa Misa y asis- 
tiera á ella {recobraria la gracia en 
virtud de este hecho? 

No, de ninguna manera, porque la 
gracia no se recobra más que por una 
sincera contrición. 

Pues, entonces, {qué fruto recoge el 
pecador dei santo sacrifício ? Que le es 
muy útil tanto por lo que á bienes tem- 
porales como á espirituales se reflere; 
le preserva de muchos males y le aca- 
rrea bendiciones, porque Dios jamás 
deja el menor bien sin recompensa. El 
provecho de la santa Misa es entonces 
ante todo espiritual, pero como el pe¬ 
cador no puede gozar de esta gracia, 
Dios, en su infínita bondad, le concede 
otro bien inferior, el de los favores 
temporales. 

No obstante no deja de ser de al- 
guna utilidad en el orden espiritual. Los 
teólogos enseüan que la santa Misa atrae 



Sacrifício expiatório 


281 


sobre el alma la gracia necesaria para 
conocer y detestar los pecados morta- 
les, y predispone para el arrepenti- 
miento y la penitencia. 

Esta gracia actual no obra en todos 
con la misma eficacia; unos se convier- 
ten al momento, otros lo hacen con 
lentitud, segün la docilidad de sus co- 
razones en dejar obrar las influencias 
divinas. 

Para hacer más asequible esta ver- 
dad diremos que en la Misa Nuestro 
Sefíor derrama un bálsamo consolador 
en los corazones ulcerados de los pe¬ 
cadores; este bálsamo lo compuso en 
la cruz con sus propios sufrimientos, 
lágrimas y sangre. Si el pecador deja 
obrar á este remedio precioso y se¬ 
guro, su curacion es completa; si en 
su malícia infernal, lo aparta de la he- 
rida, es segura su muerte eterna. La 
malicia humana no despoja el santo sa¬ 
crifício dei carácter de reconciliación, 
pero tiene el triste poder de rehusar 
la reconciliación con que le brinda 
Dios. 



282 


Capítulo XV 


Entre los pecadores que se halla- 
ban cerca de la cruz solamente algunos 
se convirtieron y golpeándose el pecho 
exclamaron; 

—iVerdaderamente este es el Hiio 
de Dios! (') 

Los demás, obstinados en su ce- 
guedad rechazaron los rayos de luz y 
de misericórdia que irradiaban dei co- 
razón lacerado de Jesús. 

Pero, á pesar de ello, el día de Pen- 
tecostés la palabra de San Pedro en- 
contró el camino trillado y tres mil 
personas se convirtieron en discípulos 
dei Salvador. 

Obra también la santa Misa como 
remedio lento y al conocerse la con- 
versión de un gran pecador, se atri- 
buye ésta á la influencia de las Misas 
que oyó ó hizo celebrar. 

De esta suerte piensa Marchant y 
dice: “ Muévenos la Misa á arrepentir- 
nos ó á lo menos á desear el arrepen- 
timiento. Esto acontece muchas veces 


( 1 ) Maieo, XXVir, 54. 



Sacrificio expiatório 


283 


durante la celebración y no pocas des- 
pués. Muchos pecadores reciben alguna 
gracia sefíalada que no dudan atribuir 
á la virtud de la Misa. Otros perseve- 
ran en la impenitcncia porque rccha- 
zan la gracia ó abusan de ella.“ 

Con mayor razón una alma que sea 
piadosa luego de haberse libertado dei 
pecado, obtendrá por la santa Misa su 
curación completa, puesto que la Igle- 
sia enseila que; “Si asistimos á Misa 
con afcctos ó deseos de contrición, Dios 
se reconciliará con nosotros, nos con¬ 
cederá la gracia de la penitencia y 
perdonará nuestras culpas por más abo- 
minables que sean.“ 

Asistid á Misa, pecadores, y decid- 
le á Dios: “Senor, por este augusto 
sacrifício ablandaos y atraed hacia vos 
á mi rebelde voluntad.“ 

Dios escuchará tu oración y por el 
amor de su Hijo inmolado en el altar 
inundará tu pobre alma de una lluvia 
de gracias. 

Alguien objetará con la Sagrada 
Escritura: “Quiencierra sus oidos para 



284 


Capítulo XV 


no escuchar la I.ey, execrada será de 
Dios su oración.^ (‘) 

• A esto responde Santo Tomás de 
Aquino: “Aun cuando la Sagrada Escri¬ 
tura nos diga en muchos lugares, que á 
Dios no place la oración de uno que 
está en pecado mortal, todavia Dios no 
rechaza la que sale de un corazón sin¬ 
cero. 

-Supongamos aún que Dios rechaza 
]a plegaria dei pecador, cuando éste le 
olTece el sacriflcio de la Misa; pues El 
no podra aeeptarlo con complacência. 
Entendámonos bien; no queremos decir 
que sea la oración dei pecador durante 
la santa Misa. lo que agrade ó no á 
Dios, sino la misma santa Misa que el 
pecador ofrece á la divina Majestad. 

Si al encontramos en extrema ne- 
cesidad un enemigo nos enviara una 
suma de dinero por medio de su criado, 
aceptaríamos sin escrúpulo este pre¬ 
sente diciendo en nuestro interior; 

— Aunque venga de mi más irre- 


0) PrOT X.\V1II, 9. 



Sacrifício expiatório 2S5 

conciliable enemigo remediará mi an¬ 
gustiosa situación, y la acepto gus- 
toso. 

De la misma manera Dios, ante el 
cuerpo y sangre de su Hijo ofrecido 
por el pecador se emocionará y dirá: 

— Por más que este dón venga de 
un enemigo encarnizado no puedo me¬ 
nos de agradeccrlo y accptarlo. Y como 
quiera que este pecador, por tal ofrenda, 
me honra y glorifica, quiero recom- 
pensárselo ofrcciéndole mi gracia; si la 
acepta, olvidaré todas sus injurias y le 
devolverá mi amistad. 

jAnímate, pues, pecador descorazo- 
nado, tu salvación no es imposible! 
Mira cómo Jesus rompe las cadenas de 
tus maios hábitos cuando asistes al 
santo sacrificio; sigue sus divinas ins- 
piraciones y tu alma se volverá más 
blanca que la nieve. 

Ahora bien, si una persona piadosa 
ruega por un pecador, .iqué fruto sa¬ 
cará éste? 

Esta cuestión la trata santa Gertru- 
dis y la desarrolla en esta forma. L'n 



286 


Capítulo XV 


día estando orando á Dios para que 
infundiera su gracia á los pecadores en 
bien de su pronta conversión y no atre- 
viéndose á pedir por los que mueren 
impenitentes, Nuestro Seííor la repren- 
dió por su indecisión. 

—çCon que — le dijo Jesus — la 
presencia de mi cuerpo sin mácula y 
de mi sangre preciosa no es capaz de 
conducir por mejor camino á los que 
están en el de la perdición ? 

Reflexionando la santa sobre estas 
consoladoras palabrasrepuso con entera 
confianza á su divino Esposo: 

— Puesto que tu caridad inefable 
desea premiar hasta tal punto mis in¬ 
dignas oracioncs te suplico me conce¬ 
das que vuelvan al estado de gracia 
todos aquellos que viven en pecado y 
están en peligro de perecer. 

Entonces el Scnor, rebosante de be- 
nignidad, respondió: 

— I.a confianza puede obtenerlo todo 
facilmente 

Y aparto á cierto número de almas 
dei camino de perdición. 



Sacrifício expiatório 


287 


Cristianos, especialmente esposas y 
madres cristianas, no os desaniméis ja- 
más, si vuestras oraciones, exhortacio- 
nes y buenos ejemplos son ineficaces 
en apariencia para las almas que os 
están confiadas y á pesar de vuestros 
esfuerzos no quieren marchar por la 
buena senda ni frecuentar los Sacra¬ 
mentos. 

Acudid á la santa Misa, oídla, ha- 
cedla celebrar para estas ovejas des¬ 
carnadas y llegará la hora dei triunfo 
de la gracia, tanto más pronto cuanto 
mayor sea vuestra confianza, 

§ 2. De qué manera la santa Mlsa 
obra Ia remislón 
de los pecados venlales. 

Otro bien inestimable que sacamos 
dei santo sacrifício de la Misa, es la 
e.xpiación de los pecados veniales, los 
cuales ofenden á Dios mucho más de 
lo que se cree, 

San Basilio hace resaltar la malicia 
de este pecado por medio de la siguiente 
parábola: 



2S8 


Capítulo XV 


“ ç Qué se diría de un hijo que razo- 
nasc cn esta forma ? 

— Me guardaré de hacer traición á 
mi padre y de cometer contra él un 
atentado cualquiera que le obligue á 
desheredarme. Pero yo obraré en todo 
como mejor mc plazca, tanto si le agra¬ 
da como si no mi conducta.“ 

He aqui nuestra actitud ante Dios 
al cometer un pecado venial con pro¬ 
pósito deliberado. Es como si dijéra- 
mos: 

— Comprendo perfectamente que 
dependo de Dios, que se lo debo todo 
y que todos los dias me colma de be¬ 
nefícios ; me guardaré de ofenderle gra¬ 
vemente, pero debe soportar mis pe- 
que2as imperfecciones. Le desagrada 
mi vanidad, pero no tengo intención de 
renunciar á ella; le contrarían mis ím- 
pctus iracundos, pero no pienso en 
euidarme de refrenarlos; sé que es con¬ 
tra su voluntad que pierda yo en la 
ociosidad horas cntcras, que hablc sin 
frcno, á troche y moche, que rece con 
incúria, que rehuse las ocasiones de 



Sacrifício expiatório 


289 


practicar el bien, pero no me siento 
en disposición de combalir estos de- 
fectos. 

i Dios mío! i Qué terrible seria vues- 
tra justicia á no haber institaído un 
sacrifício para apaciguar vucstra in- 
dignación ante tal conducta! “Para que 
gracias á él alcancemos el perdón de 
nuestras faltas cotidianas." (‘) 

Estas faltas cotidianas son, cn el 
sentir de la Iglesia, los pecados ve- 
niales. 

Un escritor místico que es muy 
explícito en este punto se expresa así: 
“Celebraré cada día el santo sacrifício 
porque cada día pecamos y cometemos 
faltas inherentes á la naturaleza hu¬ 
mana." 

Es verdad que el Seüornos ha dado 
otros médios para reparar estas faltas 
cotidianas, tales como la oración, la 
limosna, el ayuno, pero ninguno hay 
tan eficaz como la Misa. 

Teologicamente hablando cl pecado 

(1) Cuneíl. TriJent 


809Ô 


10 



290 


Capítulo XV 


venial no se perdona sino con la con- 
trición como el pecado mortal. 

Pero es innegable que asistiendo á 
la santa Misa para la e.\piación de es¬ 
tos pecados se siente, á lo menos im¬ 
plicitamente, la contrición y el deseo 
de purificarsc. 

Scgún el P. Gobat: “Los que asis- 
ten á Misa alcanzan el perdón de los 
pecados veniales, aun cuando sea su 
contrición imperfecta.“ 

Del mismo parecer es Suárez: “Je- 
sucristo instituyó el santo sacrifício de 
la Misa y en él vinculó los méritos de 
su muerte, para que, en virtud de ellos, 
nos sean perdonados nuestros pecados 
dc cada día.“(') 

Osorio dice así mismo: “ En virtud 
dei santo sacrifício bórranse los peca¬ 
dos veniales y págase la deuda ú pena 
temporal." 

Y otro teólogo es más explicito aún 
cuando e.xclama: “ Por eficacia de la 
Misa, derrítense los pecados veniales 


(1) De poen disp. 69, sce. V. 



Sacrificio expiatório 


291 


oomo cera en el fucgo y se nos per- 
dona gran parte de Ias penas por ellos 
merecidas.“ (^) 

En efecto; las llamas dei amor di¬ 
vino que arden en el altar consumen 
los pecados veniales y las penas que 
aquellos se merecen. 

Cuanto más se ofrezca la Misa por 
la remisión dc las faltas tanto más 
quedan borradas éstas. 

Por nuestra parte estamos conven¬ 
cidos de que una sola Misa piadosa- 
mente oída, borra gran numero de pe¬ 
cados veniales cometidos durante el día. 

Pero aiin hay más; á parte de esta 
remisión de nuestras faltas por medio 
de la santa Misa queda nuestra alma 
purificada de las manehas y huellas dei 
pecado. 

San Juan Damasceno escribe: “El 
sacrificio inmaculado é incruento de la 
Misa, es la c.vpiación de todas las fal¬ 
tas y la puriftcación de todas las man¬ 
chas." (*) 


(l) De poen. disp. 69, sec. V. 
('/) Cone. de Mibíia. 



292 


Capftulo XV 


El Sefíor lo había prometido por 
boca de Ezequiel: “Derramaré sobre 
vosotros agua pura y quedaréis purifi¬ 
cados de todas las inmundicias.“(*) 

Esta agua purificadora emana dei 
Sagrado Corazón de Jesus, desde la 
lanzada dei centurión, segün estas pa- 
labras proféticas: “En aquel día habrá 
una fuente abierta para la casa de Da- 
vid... á fin de lavar las manchas dei 
pecador." (^) 

De este manantial sagrado brota en 
la Misa á torrentes la preciosa sangre, 
el agua simbólica, de la cual todos po¬ 
demos aprovecharnos, purificándonos y 
refrigerándonos con ella. 

Su abundancia es inagotable, sus 
espitas no se cierran jamás. 

Cuantos pecadores llegan á ellayto- 
man “ con gozo de las fuentes dei 
Salvador." (*j 

A todos ellos dice San Juan: “Asf 
mismo el que tiene sed que venga; y 

(1) Kztq. XXXVI, 25. (2) Zacar. .XIII, 1. 

(3) Isaias, Xíl, 3. 



Sacriíicio satisfactorio 293 

el que quiera tome de balde el agua de 
vida!“ (1) 

i Permaneceremos alejados de un 
manantial tan maravilloso cuyo salu- 
dable murmullo se deja oir en cada 
Misa ? 

Ciertamente que no. En Io sucesivo 
nos apresuraremos á acudir al pie dei 
altar animados dei ardiente deseo de 
hallar allí para nucstras almas laropa 
i'esplandeciente de su pureza bautis- 
mal. 


G.4PÍTULO XVI. 

La santa Misa es el más dig^no sacriflcio 
de satlsfacción. 

Por más que el sacrifício de satis- 
facción este comprendido en cl de re- 
conciliación, hay no obstante notable 
diferencia entre ellos; el de reconcilia- 
ción hace al hombre amigo de Dios, 
mientras que por medio dei de satis- 


(I) Apoc. XXII, 17. 



294 


Capítulo XVI 


íacción quedamos rescatados de las pe¬ 
nas temporales. 

Por este motivo nos ha parecido 
eonveniente tratar de cada uno de es¬ 
tos sacrifícios en capítulos especiales. 
En el presente probaremos cómo la 
santa Misa es el más digno sacrifício 
de satisfacción. 

El mal producido por el pecado es 
doble; la culpa y la pena. La culpa nos 
aparta de Dios, pero se nos perdona en 
el sacramento de la Penitencia. La pe¬ 
na nos podría ser perdonada dei todo 
por la Confesión, pero en general, á 
causa de la imperfección con que re- 
cibimos el sacramento, y tal vez tam- 
bién á causa de ciertas circunstancias 
producidas en nuestros pecados, no se 
nos perdona más que una parte de la 
pena, y lo que sobra de la pena mere¬ 
cida por el peeado podemos expiaria 
en este mundo por medio de oraciones, 
vigilias, ayunos, limosnas, peregrina- 
ciones, recepciones frecuentes de los 
sacramentos y sobre todo ganando in¬ 
dulgências. 



Sacrifício satisfactorio 


295 


■ Si morimos sin haber satisfecho en- 
tcramente por nuestros pecados iremos 
á expiarlos en el purgatório. Las peni¬ 
tencias cn la vida presente cuestan mu- 
cho á nuestra pobre naturaleza y la 
amenaza dei purgatório horroriza ai 
alma creyente. 

^No existe algún medio para librar- 
nos de ellas en esta vida y evitar las 
dei purgatório, abreviar su duración ó 
disminuir la intcnsidad dei fuego? 

Sí, lo hay, sin duda alguna, y nos 
lo indica Nuestro Scfíor con esta pa¬ 
rábola : 

“El reino de los cielos viene á ser 
semejante á un rey que quiso tomar 
cuentas á sus criados. Y habiendo em- 
pezado á tomársela, le fué presentado 
uno que le debía diez mil talentos. (*) 
V como éste no tuviese con qué pa¬ 
gar, mandó su Scnor que fuesen ven¬ 
didos él y su mujcr y sus hijos con 
toda su hacienda y se pagase así la 
deuda. 


(1) 55COO OOÜ de pesetas aproiimadamente. 



296 


Capitulo X\T 


“Entonces el criado arrojándose á 
sus pies, le rogaba diciendo: ten un 
poco de paciência, que yo te lo pagaró 
todo. Movido el Seiíor á compasión de 
aquel criado, le dió por libre y aun le 
perdonó la deuda.* (') 

^Es preciso hacer consideraciones 
sobre esta parábola? El deudor es el 
pecador, eres tú, cristiano, de quien dijo 
Jesuciisto: “No conoces que eres un 
desdichado y un miserable y pobre y 
cicgo y mudo.“ (^) 

No, tú no sabes, tú no puedes com- 
prender toda la extensión é importân¬ 
cia de esta deuda. ;Como es que por 
tus buenas obras puedes llegar á go¬ 
zar diez mil talentos, siendo así que 
durante toda tu vida no has podido 
reunir lo suficiente para satisfacer uno 
tan solo? 

Un pecado mortal supone una pena 
tan enorme que si tuvieses que pagaria 
con tus propias y exclusivas fuerzas, 
no te bastaria la eternidad. No te de- 


( 1 ) Mateo XVIII, 23-27. (:’) Apoc. III, 17. 



Sacrifício satisfactorio 


297 


sanimes por eso, pues el medio de li- 
brarte de ella no pucde ser más sen- 
cillo: ofrece el sacrifício de le Misa y 
tu divino acreedor se dará por satis- 
fecho; pero “ al ofrecerla recuerda que 
cs cosa tuya, de tu propiedad“ (M se- 
gün expresión de Sánchez. 

Esto lo confirma el sacerdote cuan- 
do al volverse hacia el pueblo le dice: 
“Orad, hcrmanos mios, para que mi sa- 
crificio que también es vuestro, plazca 
á Dios Padre tO(iopoderoso.“ 

Penetrado dei valor de tu tesoro, 
dile al divino Maestro: “ iCuánto os 
debo, Sefior, cien, mil, diez mil talen¬ 
tos? Reconozco mi deuda y estoy dis- 
pucsto á pagaria, no con cosa mia, sino 
con los ricos méritos de vuestro Hijo 
que está presente en el altar. Os ofrczco 
este tesoro, cobraos de él, hasta que 
quede pagada toda la deuda.“ 

Si acaso nos asombramos al consi¬ 
derar la facilidad y eflcacia de este 
medio bendito, volvamos los ojos hacia 


(1) In Thesaur. Missa, c. 1\. 



293 


Capítulo XVI 


el capítulo donde dcclamos que Jesu- 
cristo en la Misa es al mismo tiempo 
sacerdote y víctima y es él quien íija 
el precio. 

La virtud y la piedad dei ministro 
nada afladen á la eficacia dei sacrifício; 
su indignidad no le hace desmerecer, 
ya que la santa Misa obra por sísola, 
por su propia virtud. 

En esto consiste su diferencia ab¬ 
soluta con los sacrifícios de la nueva 
ley. ya que el valor de aquéllos depen¬ 
dia de la piedad dei que los ofrecía. 
Por consiguiente durante la celebración 
de la santa Misa sc abre sobre el al¬ 
tar el inagotable manantial de los mé¬ 
ritos dc la vida y muerte dei Salva¬ 
dor. 

Todos y eada uno de nosotros po¬ 
demos aproveeharnos de ellos y apro- 
picárnoslos según los deseos de satisfa- 
cer, con este preciosísimo tesoro, la 
deuda de las penas temporales. 

Acerquémonos, pues, á él, cristianos, 
que jamás se agotará. Si todos los pe¬ 
cadores pasados, presentes y futuros 



Sacrifício satisfactorio 


299 


tomaran á la vez todo lo que nccesi- 
tan para satisfacer sus deudas respec¬ 
tivas, quedaria aún con que libertar á 
las almas de innumerables mundos. 

Nuestro Seiior nos ha favorecido ya 
muchas veccs con los benefícios de este 
tcsoro, tales como en el Bautismo, la 
Penitencia, la Comunión y siempre y 
cuando realizamos alguna obra meritó¬ 
ria; pero nunca es tan pródigo como 
en la Misa, en que: “los frutos dei sa¬ 
crifício cruento de Ia cruz se nos apli- 
can por medio dei sacrifício incruento 
abundantemente “ (*) lo que interpreta 
Marchant al decir que “en la Misa nos 
hacemos realmente nuestros los méri¬ 
tos de Cristo. En ella se nos brinda 
con un rico tesoro de donde saquemos 
todos los dones celestiales que necesi- 
tamos para pagar de sobras nuestras 
deudas.“ 

Imaginémonos á nuestro buen Maes¬ 
tro bajando dei altar yendo de un lado 
para otro y entregando á cada oyente 


(1) Trid. Sess. X\II, cap. 2 . 



300 


Capítulo XVI 


una parte de ese tesoro celestial en 
recompensa de su piedad hacia el au¬ 
gusto sacrificio. 

Todos se han enriquecido por más 
que en distintas proporciones, excepto 
los que se encuentran en pecado mor¬ 
tal ó los que están distraídos. 

Si cada uno se preocupa de hacer 
valer tan inagotable tesoro y los po¬ 
bres pecadores se apresuran, desde que 
han delinquido, á asistir á Misa y ofre- 
cer este santo sacrificio en expiación 
de sus faltas, Dios les perdonará, les 
e.ximirá de sus penas y les preserverá 
de caer de nuevo. 

En qué medida la santa Misa 
perdona las penas 
& los vivos y á, los muertos. 

La consideración de las verdades 
que acaban de ser expuestas desper¬ 
tará sin duda en el lector una compren- 
sible curiosidad: la de saber en qud 
medida se nos perdonan las penas tem- 
porales por medio de la piadosa asis- 
tencia á la santa Misa. 



Sacrifício satisfactorio 


301 


• La mejor contestación que pode¬ 
mos dar es puntualizar el infinito valor 
dei sacrificio dei altar, atendiendo á lo 
que dice el Padre Lancicio: “El valor 
dei santo sacrificio de la Misa es infi¬ 
nito en sí. Aun cuando ahora se hace 
por mano de sacerdotes es de tanto 
valor como en el de la última cena, 
cuando Jesucristo lo ofreció personal- 
mente á su Padre, siendo él juntamente 
sacerdote y víctima. El primer sacrifi¬ 
cio que se ofreció, como es propio de 
todas las obras de Jesucristo, era de un 
valor infinito á causa de la dignidad 
de su pcrsona divina. Síguese, pues, 
que el sacrificio de la Misa ha sido 
siempre y es ahora de infinito valor. “ 
El mismo Padre Lancicio demuestra 
á continuación cómo á pesar dcl valor 
infinito de la Misa no se aplica su mé¬ 
rito á los flcles más que en una me¬ 
dida limitada, pues, sin ello, una sola 
misa bastaria para obtcner la remisión 
de nuestros pecados, y de todas las 
deudas que éstos nos hacen contraer 
con la eterna justicia. 



302 


Capitulo XVI 


Toda penitencia seria inútil por la 
misma razón, y la Iglesia no lo cree 
así, sino que ensena que en virtud dei 
santo sacrifício pueden condonarse mu- 
chas penas, y aun, en caso de ser muy 
grande nucstra devoción, pueden bo- 
rrarse dei todo algunos de nuestros pe¬ 
cados y penas consiguientes. “Si colo¬ 
cas, dice San Lorenzo Justiniano, en 
un platillo de una balanza todas las 
buenas obras, oraciones, ayunos, li- 
mosnas, raaceraciones, mortiftcaciones, 
romerías etc., y en el otro una sola 
misa, verás cómo pesa más la Misa. 
Pues en ésta ofrcces á Aquél que mora 
en la plcnitud de la divinidad, á Aquél 
en quien se encierra un incomparable 
tesoro de méritos y cuya mediación es 
omnipotente." 

El venerable Luis de Argentan se 
vale de una comparación parecida : 
“Tengo en mucho las penitencias vo¬ 
luntárias hcchas con ânimo de alcanzar 
el perdón de los pecados ; está fuera 
de duda que quien, durante toda su vida, 
ayunara á pan y agua, repartiera todos 



SacríAcio satisfactorio 


303 


SUS bienes á los pobres, perseverara 
en incesante oración, adquiriría gran¬ 
des méritos delante de Dios y de los 
hombres; pero todas estas buenas obras 
puestas en el platillo de una balanza, 
no igualarían en peso á una sola Misa, 
porque en ésta ofreces á Dios la pre¬ 
ciosa sangre de la que una sola gota 
tiene un valor infinito, con la que nin- 
guna obra ni acción humana puede com- 
pararse. “ 

Sin embargo no hay que interpretar 
torcidamente estas explicaciones y creer 
que ya que la santa Misa es de un pre- 
cio infinito y constituye el medio más 
fácil de reconciliamos con Dios, nos 
libraremos de hacer penitencia. 

Esto seria querer engaSarnos, por¬ 
que las penas temporales no nos son 
perdonadas hasta tanto que lo merez- 
camos por la contrición, humildad y 
humillación, pues la contrición y el 
sincero arrepentimiento dei pecado nos 
llevan siempre á practicar diversos ac- 
tos de penitencia. 

La santa Misa no inutiliza las res- 



304 


Capítulo XVI 


tantes buenas obras, sino que las hace 
obligatorias á fin de que seamos dignos 
de obtener per medio dei sacrificio dei 
altar la remisión de una gran parte de 
nuestras penas, scgún el parecer dei 
Padre deArgentan: “Xo son supérfluas 
las obras de penitencia, antes sumamente 
necesarias por contribuir á la cnmienda 
de nucstros defectos y al mejoramiento 
de nuestra vida.“ 

Por otra parte el catecismo no da 
lugar á ningún género de dudas sobre 
este punto: “ Las penitencias preservan 
de caer en pecado, enfrenan Jas pasio- 
nes, hácennos más cautos y más pru¬ 
dentes, y desarraigai! los maios hábitos 
cn fuerza de practicar las virtudes que 
se les oponen.“ 

Dadas las precedentes explicaciones 
podemos preguntar ahora: ^Cuál es, por 
lo tanto, la efícacia de la santa Misa 
respecto á las almas dei purgatório? 

Lector amable, Dios no ha creído 
necesario revelárselo á su Iglesia, así 
como tampoco ha revelado la magni- 
tud de la pena impuesta á cada pecado; 



Sacrifício satisfactorio 


305 


mis ãl considerar que nada manchado 
entra en el cielo » y que el purgatório 
es «una cárcel de la que no se sale 
sin haber pagado el último cêntimo » 
y si por otra parte tenemos en cucnta 
el carácter y la duración de las peni¬ 
tencias impuestas antiguamcnte por la 
Iglesia, debemos deducir que la perma¬ 
nência de las pobres almas en el pur¬ 
gatório ha de ser de larga duración. 
La incertidumbre sobre este punto ha 
impuesto el uso ó institución de los 
aniversários, ceremonias que pueden re- 
petirse por un mismo difunto durante 
siglos. 

Lo que sí sabemos positivamente 
es que «podemos socorrer á las almas 
dal purgatório con oraciones, y, sobre 
todo, con el santo sacrifício dei altar.» 
Si queremos, pues, á las almas dei pur¬ 
gatório hagamos celebrar por ellas la 
santa Misa y asistamos á ésta con de- 
voción. 

Es opinión muy generalizada entre 
los teólogos el que las almas que su- 
fren sacan más fruto dei santo sacrifi- 



306 


Capítulo XVI 


cio cuanto mayor era el ceio con que 
íisistían á él durante su vida terrena. 

Sé prudente, pues, cristiano, y abo¬ 
rra á tu alma, en cuanto te sea posi- 
ble, la duración de Ias penas expiató¬ 
rias. 

Supón que, habicndo cometido un 
enorme crimen has sido condenado á 
permanecer durante media bora tendido 
en unas parrillas ardientes ó á oir una 
Misa con devoción. Indudablemente co¬ 
rrerás bacia el templo para oir no una 
sino cien misas, antes que someterte al 
suplicio dcl fuego. 

Ahora bien, no es probable que tu 
alma vaya directamente al cielo así que 
mueras, sino que deberá estar limpia, 
purificada, por medio de las penas dei 
purgatório; así, pues, no descuides ni 
una vez tan sólo de oir la santa Misa 
con devoción, que así suavizarás, abre¬ 
viarás y extinguirás las llamas expia¬ 
tórias. 

Si alguien insistiera en querer sa¬ 
ber la justa medida de la efícacia de 
una Misa que se baga celebrar para la 



Sacrifício satisfactorio 


307 


propia alma, puede respondérsele que 
aquel que hace celebrar el santo sacri¬ 
fício obtiene más, para la expiación de 
sus penas, que aquél que se limita á 
asistir á él, porque los frutos dei santo 
sacrifício le llegan en buena parte por 
conducto de Dios y dei sacerdote. Pero 
la medida exacta que le corresponde 
Dios no la ha revelado. 

El que, no contento con hacer ce¬ 
lebrar una Misa, asiste á ella al pro- 
pio tiempo, ganará mucho más, según 
afirma el ya citado Marchant; “Aun 
cuando obtenga, estando ausente, la 
parte dei fruto que le aplica el sacer¬ 
dote, no recibirá el fruto que hubiera 
percebido si hubiese asistido á la Misa.“ 

De todo lo expuesto se deduce una 
consecuencia poco sabida. Cuando se 
manda celebrar una Misa, sea para 
honrar á un santo, sea para obtener 
una gracia, sin determinar á quien debe 
aplicarsc la virtud satisfactoria, esta 
virtud se junta al tesoro de la Iglcsia, 
á menos que Dios, por piedad á la igno¬ 
rância casi siempre involuntária dis- 



308 


Capítulo 


ponga otra cosa. No nos olvidemos, 
pues, de senalar nuestra intención y 
digamos al Sefíor: 

— Deseo hacer celebrar esta Misa 
en honor á la Virgen Maria, ó á tal 
santo, para obtener tal ó cual gracia, 
y os suplico os dignéis aplicarme la 
virtud satisfactoria dei santo sacrificio. 

De esta forma nuestro provecho será 
doble. 

.Estas consideraciones son muy con¬ 
venientes para acrecentar nuestro amor 
bacia la santa Misa. A semos posible 
oigámosla todos los dias y el domingo 
y dias festivos procuremos asistir á 
varias. 

Dios no olvida ninguna de nuestras 
faltas y los pecadores deben recordar 
que: aiit paenítendum, aiit ardendum, 
ó penitencia ó condenación. Más vale 
satisfacer en esta vida que caer car- 
gado de deudas en manos de la divina 
Justicia, y si nos asustamos ante las 
mortificaciones de las almas esforzadas, 
suplámoslas con cl dulce medio de la 
piadosa asistencia á la santa Misa. 



CAPÍTULO XVTI. 

La santa Misa es la obra más excelente 
dei Espírltu Santo. 

Hasta ahora hemos tratado de lo 
que se relaciona la Misa con Dios Pa¬ 
dre y con Dios Hijo. Estudiemos ahora 
la parte que en ella toma la tercera 
persona de la Santísima Trinidad. 

Los bienes que el Espíritu Santo 
derrama sobre nosotros son innumera- 
bles y nadie es capaz de llegarlos á 
contar. 

El Espíritu Santo es todo amor y 
misericórdia, aplaca la justicia y pre¬ 
serva de la condenación eterna á las 
almas de los pecadores. El principió y 
terminó la obra de nuestra santificación. 
La empezü, cuando por su intercesión 
cl Verbo se hizo carne en el seno in- 
maculado de Maria y el alma santísima 
de Jesús se unió con su cuerpo, es de- 
cir, al unirse la divinidad con Ia hu- 
manidad. La terminó el día de Pente- 



310 


Capítulo XVII 


costés, cuando se comunicó con sus 
apóstoles y discípulos y por la con- 
versión de las almas empedernidas ante 
el espectáculo dei Calvario. 

El Espíritu Santo habita entre los 
irerdaderos fieles, sin alejarse dei todo 
de aquellos que le rechazan y, sin cesar, 
llama á las puertas de su corazón para 
entrar nucvamente en él. 

Esta cooperación en la Redención 
no puede dejar de ser calificada de obra 
grande, magnífica. 

No obstante, refiriéndonos al titulo 
dei presente capítulo, vamos á demos¬ 
trar que la santa Misa es la obra más 
excelente dei Espíritu Santo. 

Todos los teólogos andan acordes 
al considerar como la mayor maravilla 
la unión de la divinidad con la huma- 
nidad, eso es, la Encamación. Esta ma¬ 
ravilla, como todas las obras eternas 
de Dios, es común á las tres Personas 
divinas. Pero la Iglesia, en conformi- 
dad á la Teologia, la atribuye al Espí¬ 
ritu Santo como obra de amor, y con 
mayor motivo se le atribuye la obra 



Es obra dei Espiritu Santo 311 

de amor más maravillosa y admirable; 
y ésta es la maravilla que canta la Igle- 
sia en el símbolo dc la Fe: Et incar- 
vátus est. 

A pesar de ello el milagro que se 
realiza en el altar aventaja al primero, 
porque desciende el Hombre Dios dei 
cielo y se oculta en la parte más pe- 
queHa de la Hóstia. 

La liturgia de Santiago atribuye este 
milagro dc los milagros al Espiritu 
Santo. 

Inmediatamente antes de la fórmula 
de la consagración se lee. “Envia, Se- 
fior, sobre estos dones, al Vivificador, 
al Divino, al Eterno, que, en unión 
contigo, Dios Padre y de tu Hijo único, 
reine y gobierne, á fin de que por su 
santa, saludable y gloriosa presencia, 
sea este pan santificado y transubstan- 
ciado en el cuerpo, y este vino en la 
sangre preciosa de tu Cristo." 

Otra oración parecida se encuentra 
en la liturgia de San Juan Crisóstomo: 
“Bendice, Seiíor, este pan: conviértele 
en el cuerpo adorable de tu Cristo 



312 


Capítulo XVII 


Bendice el cáliz santo y convierte, por 
obra dei Esplritu Santo, el vino en la 
sangre preciosa de Cristo. “ 

En los primitivos misales se atribuye 
la transubstanciación al Espíritu Santo 
y se le invoca para dar cumplimiento 
á esta obra, como cumplió la de la En- 
carnación, según las palabras de San 
Gabriel á Maria: “El Espíritu Santo 
descenderá sobre ti, y la virtud dei 
Altísimo te cubrirá con su sombra.“ (') 

El sacerdote dice lo mismo cuando 
con los brazos estendidos y en alto, 
suplica al Espíritu Santo que baje dei 
cielo; “Vén, Santiticador Todopoderoso, 
Dios eterno, y bendice este sacrificio 
preparado en honra de tu santo nom- 
bre. (^) 

De la misma mancra suplica San 
Ambrosio antes de la Misa: “Haz, Se- 
nor, que la Majestad invisible de tu 
Espíritu Santo descienda, como descen- 
dió en otras ocasiones sobre las vícti- 
mas ofrecidas por nuestros padres." 


( 1 ) Luc. 1, 35. (2) Misal romano: ofeiioria 



Es obra dal Espfritu Santo 313 

Del modo como desciendc el Espí- 
ritu Santo nos lo dice claramente Santa 
Hildegarda; 

“Guando el sacerdote ya revestido 
— exclama — de sus ornamentos sa- 
cerdotales se dirigia al altar para ce¬ 
lebrar, vi bajar dei cielo una gran cla- 
ridad que iluminú el altar durante la 
santa Misa. 

“En el Sanctus una llama celeste 
atravesó el pan y el vino, como pene- 
tran los rayos dei sol á través dei cris¬ 
tal. Esta llama levantó al ciclo las dos 
especies y las dejó enseguida sobre el 
corporal. Desde ese instante no hubo 
más que la carne y la sangre verda- 
dera de Jesucristo, aunque aparente¬ 
mente sólo se vicsen el pan y cl vino. 
Mieatras yo contemplaba las santas 
especies vi pasar ante mis ojos, tal 
como SC habían realizado en la tierra, 
la Encarnación, el Nacimiento, la Pa- 
sion y la muerte dei Hijo de Dios.“ (') 

EÍ Antiguo Testamento ya nos-ha- 


(IJ Cap VI, Ilevel. 1-3. 



314 Capitulo XVII 

bía ofrecido dos hermosas imágenes de 
este mistério. 

El primero, cuando el sacrificio de 
Aardn: “Y la gloria dei Sefior se dejó 
ver de toda la muchedumbre: pues un 
fuego enviado por el Sefior, devoró el 
holocausto y los sebos que había so¬ 
bre el altar. Lo cual visto por las gen¬ 
tes dei pucblo, postrándose sobre sus 
rostros, alabaron al Senor.“ i*) 

El otro, al consagrarse el Templo: 
“Luego que Salomón acabó de hacer 
sus fervorosas plegarias, bajó dei cielo 
fuego que devoró los holocaustos y las 
víctimas ; y la Majestad dcl SeHor llenó 
toda la casa. Asímismo todos los hijos 
de Israel estaban viendo bajar el fuego 
y la gloria dei Senor sobre la casa, y 
postrándose rostro en ticrra sobre el 
pavimento enlosado, adoraron y ben- 
dijeron al SeHor, repitiendo: Porque 
es bueno y porque es eterna su mise¬ 
ricórdia. “ (®) 

Como somos indignos pecadores no 


( 1 ) Levitico, IX, 23-24. (2) U Paralip. VII, 1 y 3. 



Es obra dei Espíritu Santo 315 

nos es dado apreciar con los sentidos 
la rcalidad de estos símbolos y, sin 
embargo, más de una vez el ojo dei 
hombre ha contemplado en la tierra la 
llama dei Espíritu Santo. 

Según Baronio, San Ignacio, Pa¬ 
triarca de Constantinopla, micntras ce- 
lebraba la santa Misa vió muchas ve- 
ces cómo cl pnn consagrado tomaba la 
forma de un carbón encendido. La Igle- 
sia griega no consagra, como la ro¬ 
mana, una Hóstia, sino un pedazo de 
pan con levadura. iQué admirable debió 
de ser este pan inflamado con la llama 
dei fuego divino! El fuego es el símbolo 
dei amor por el cual el Padre está 
unido al Hijo y siendo el Espíritu de 
amor la tercera persona divina gusta de 
manifestarse á los hombres bajo el em¬ 
blema de llamas de fuego. 

El propio Baronio refiere un hecho 
relativo á la participación que toma 
el Espíritu Santo en cl acto de la con- 
sagración. 

Vivia en Fornello, ciudad poco dis¬ 
tante de Roma, un obispo virtuoso cn 



316 


Capítulo XVII 


grado sumo que acostumbraba celebrar 
la Misa con gran fervor; pero á pe¬ 
sar de ello alguien encontró un medio 
de acusarle al Papa Agapito de haber 
comido en los vasos sagrados con gran 
escândalo de los fieles y el Papa le 
llamó á Roma y le encarceló. 

En la noche dei tercer día vió el 
Papa en un sueno misterioso á un án- 
gel ayudando por tres veccs la Misa 
que celebraba el obispo prisionero, y 
al despertar llamó Agapito al prelado 
haciéndole celebrar los santos mistérios 
en su presencia. 

Obedeciü el acusado y después dei 
ofertorio, en la oración que dice: “Vén, 
Santificador Todopoderoso, Dios eterno, 
y bendice este sacrificio preparado para 
gloria de tu santo nornbre" el Papa, al 
propio tiempo que el celebrante, vió 
bajar al Espíritu Santo, que les cubría, 
así como á los diáconos, semejante á 
una nube. 

Entonces el Papa reconoció la ino¬ 
cência y santidad dei obispo y se arre- 
pintió en gran manera dei rigor que 



Es obra dei Espíritu Santo 317 

había desplegado contra él, promctiendo 
en lo sucesivo no dar crédito desme¬ 
dido á tales acusaciones. 

La citada oración sirve en todas las 
Misas para Uamar al Espíritu Santo, 
según refiere el P. Mansi: “El sacrifício 
incruento es tan sublime que el Espi- 
ritu Santo desciende dei cielo, para 
bendecirlo, todo lo cual contempla el 
coro de los ángcles con indecible jú¬ 
bilo" ó bien, dicho en otras palabras: 
cuando el Espíritu Santo lleva á cabo 
la transubstanciación, los ángeles rodean 
y adoran á su Sefior bajo las especies 
de pan y vino. 

i Cuán grande es el poder y la dul- 
zura de este pan celestial que ha sido 
preparado por el Autor mismo de toda 
santidad! 

Pero la llama dei Espíritu Santo 
tiende más á consumar el sacrifício que 
nos hace propicios ante Dios y nos 
enriquece con toda clase de bienes, que 
á preparamos el alimento espiritual. 
Según San Pablo, su solicitud en bien 
de nuestras almas no tiene limites: “Y 



318 


Capítulo XVII 


además el Espíritu divino ayuda á nues- 
tra flaqueza, pues no sabiendo siquiera 
qué hemos de pedir en nuestras oracio- 
nes, ni cómo conviene hacerlo, el mis- 
mo Espíritu hace ó prodttce en ttttes- 
tro interior nuestras peticiones á ^ios 
con gemidos que son inexplicables. Pero 
aquél que penetra á fondo los corazo- 
nes, conoce bien que es lo que desea 
el Espíritu, el cual no pide nada por 
los santos qne no sea según Dios.“ (') 
Indudablemente que una persona 
divina no pide á la otra, porque las 
ires tienen igual poder y generosidad; 
pero como la justicia se atribuye ge¬ 
neralmente al Padre, la sabiduría al 
Hijo y la misericórdia al Espíritu Santo, 
se puede dccir que la misericórdia, ó 
sea el Espíritu Santo «pide con súplicas 
indecibles » á la justicia, ó sea al Dios 
Padre, que perdone á los pecadores. 
Esto es lo que viene á decir San Pablo, 
El Espíritu Santo ruega por noso- 
tros costantemente, pero en especial 


(1) Rom. Vllf, 3Ó-27. 



Es obra dei Espírilu Santo 319 

en la santa Misa, como podemos de- 
ducirlo dei pasaje siguiente de San 
Juan Crisóstomo: “En la Misa no ora¬ 
mos solos, póstranse los ángeles é in- 
terceden por nosotros.“ (') 

Si los espíritus celestes eligen pre¬ 
ferentemente el momento de la santa 
Misa para abogar por nosotros lo ha- 
cen á ejemplo dei Espíritu Santo que 
uniéndosc á Jesucristo inmolado cn el 
altar se empeda en abiandar álajusti- 
cia divina. 

Sabido esto comprenderemos ya la 
infinita bondad dei Espíritu Santo quien 
no dirige á Dios una oración tan sólo, 
sino súplicas constantes. Depositemos, 
pues, toda nuestra confianza en un ami¬ 
go tan fiel, y puesto que ora por no¬ 
sotros en la santa Misa oigámosla al- 
gunas veces en su honor y en acción 
de gracias por todos sus beneficios. 


(1) Homil. 3- De incorop. Del Datara. 



CAPITULO XVIII. 


La santa Misa 

es el mayor regoctjo de Ia Madre de Dlos 
y de los santos. 

íCómo probaremos la proposición 
que acabamos de apuntar? 

Para ello cedamos la palabra al 
bienaventurado Alano quien la demues- 
tra por revelaci(3n, cuando dice; “Así 
como la subiduria divina escogió entre 
las vírgenes á una virgen de quien na- 
ciese el Salvador dei mundo, dei mismo 
modo instituyó Cristo el sacerdócio 
para repartir en todos tiempos al mun¬ 
do los tesoros de la Redcnción por me¬ 
dio dei santo sacriôcio de la Misa y 
de los sacramentos; por esto la Misa 
es en la que experimenta mayor gozo 
la Madre de Dios, y es la delicia de los 
bienaventurados, el auxilio más eficaz 
de los vivos y el mayor consuelo de las 
almas dei purgatório." (*) 


(1; Alacus Redív. p. 4, c. 27. 



Gozo de la Virgen y de los Santos 321 

La Madre de Dios, así como todos 
los santos goza, de una doble beatitud: 
la esencial y la accidental. Consiste la 
primera en la visión y posesión de 
Dios, según el grado de gloria que se 
les scfiala á su entrada en el cielo, y 
no puede aumentar ni disminuir. La 
beatitud accidental consiste en los ho¬ 
nores particulares tributados á los bie- 
naventurados por Dios, los santos y los 
hombres 

Podemos creer, por ejemplo, que 
cuando celebramos su fiesta en la tie- 
rra recibe cada uno honores particula¬ 
res en el cielo y todas las oraciones y 
buenas obras llevadas á cabo en su ho¬ 
nor se las presentan los ángeles como 
un ramillete de delicado perfume. 

En apoyo de esta creencia citamos 
las revclaciones de santa Gertrudis, y 
lo indica claramente el Evangelio con 
estas palabras de Nuestro Sefior: “Así 
03 digo yo, que harán fiesta los ánge¬ 
les de Dios por un pecador que haga 
penitencia.^ (') 

(1) Luca», XV, la 


8006 


11 



322 


Capítulo XVIir 


Este gozo lo experimentan, el buen 
Pastor, los ángeles y los santos, cada 
vez que una oveja descarriada vuelve 
al buen camino; pero cesa cuando el 
pecador se aparta dei redil por medio 
de una nueva caída en el pecado. 

Esta breve explicación nos da á en¬ 
tender en qué sentido la santa Misa es 
la alegria mayor de Maria; es el ma- 
yor regoeijo accidental que aventaja á 
las demas felicidades de este orden. 

Si en honor de la Reina dei cielo 
recitamos el rosário, el oficio parvo, 
las letanías, ó entonamos algún cântico, 
y entretanto oye otro con devoción la 
santa Misa. éste último habrá Uevado 
á cabo un acto religioso muy superior 
á aquéllos, y además habrá complacido 
de un modo infinito á la Virgen, reno¬ 
vando ante su vista la presencia de su 
dulcísimo Hijo. 

Lo que hace además que la Misa sea 
tan grata á la Santísima Virgen es su 
ceio por la gloria de Dios, que su di¬ 
vina Majestad hace consistir sobretodo 
en la salvaciún de las almas. En el 



Go 70 de la Virgen y de los Santos 323 

santo sacrifício de la Misa tributamos 
á la Santísima Trinidad el solo y único 
homenaje digno de ella y al mismo 
tiempo Ic ofrecemos el prccio de la Rc- 
dención dei género humano. 

; Qué placer tan agradable, tan tierno 
para Maria al vernos al pié dei altar 
donde se adora á su amadísimo Hijo, 
donde lloramos nuestros pecados, donde 
meditamos la dolorosa Pasión y se de¬ 
rrama la sangre preciosa sobre nues- 
tras almas! 

Según esto podemos comprenderper- 
fectamente con qué complacência rc- 
cibe la Virgen Maria las preces de los 
cristianos devotos dei santo sacrifício 
de la Misa. 

A propósito de ello cita Baronio el 
siguiente ejemplo. 

En el afio 998 (‘) Roberto, rey de 
Francia, puso sitio al castillo de San 
Germán. Los sitiados se defendieron 
heroicamente y el ejército dei rey su- 
frió en gran manera. 


(1) Baron. Ann. 999, noin. VI. 



324 


Capitulo XVIII 


Al sexto día, Roberto, desesperado, 
mandó dar el asalto definitivo. Los si¬ 
tiados, en su pavor, acudieron al bie- 
naventurado Gisleberg, monje de la or- 
den de San Benito, y éste los exhortó 
á que se encomendaran á Maria. El 
mismo celebró el santo sacrificio en 
honor de la excelsa Virgen y en su pro- 
pio altar, asistiendo á ella las tropas 
con gran devoción. 

Pero sucedió que mientras toda la 
gente estaba orando, una espesa niebla 
envolvió la fortaleza y sus alrededores. 

El ataque se hacía imposible y la 
guarnición, perfectamente segura, desde 
lo alto de las torres seguia todos los 
movimientos de los sitiadores, hacién- 
doles sufrir grandes pérdidas. 

Entonces Roberto, viendo su ejér- 
cito diezmado, levanto el sitio y se alejó 
de alli apresuradamente. 

No sicmpre Maria responde con mi- 
lagros extraordinários á nucstros gritos 
de angustia, pero jamás se la invoca 
en vano, y como, por otra parte, por 
su dignidad de Madre de Dios se en- 



Gozo de la Virgen y de los Santos 325 

cuentra más cerca de la Santísima Tri- 
nidad que los demás santos, su inter- 
cesión es también más poderosa que la 
de éstos. 

En cuanto á la eâcacía de las sú¬ 
plicas de Maria ella misma se lo re- 
veló al bienaventurado Alno. 

He aqui lo que anotó el santo reli¬ 
gioso : 

1. Lo que Maria pide á Dios le es 
concedido. 

2. Dios ha resuelto ser misericor¬ 
dioso con todos aquellos por quienes 
ella pida, ó interceda. 

3. Su intercesión tiene inmenso po¬ 
der en los destinos de los hombres. 

4. Maria ama más á los pecadores 
que lo que un hombre puede amar á 
otro. 

5. Maria desea en tal grado la sal- 
vación de los pecadores que estaria 
dispuesta, si Dios lo permitiese, á satis- 
facer por cada uno de ellos con todas 
las penas posibles. 

6. El menor acto hecho en su ho- 



326 Capitulo XYIII 

nor vale más que el culto de los de- 
más santos. 

7. Una sola Ave Maria, rezada‘con 
devoción, es recibida por ella como el 
más precioso obséquio. 

8. La misericórdia de Maria aven- 
taja á la de los demás santos. 

9. Asi como el sol es más útil á la 
tierra que los otros astros, asi también 
la intercesión de Maria es más útil que 
la de los santos, ángeles y serafines. 

10. El homenaje que rendimos á Ma¬ 
ria regocija á todos los santos. 

11. Si el homenaje que tributamos 
á los santos puede compararse con la 
plata y el de Maria con el oro, el que 
tributamos á Jcsucristo es semejante á 
las picdras preciosas y el de la Santi- 
sima Trinidad reluce más que los astros 
en la bóveda celeste. 

12. Maria redime todos los dias al- 
gún alma de las penas dei purgatório. 

Estos doces privilégios son como la 
corona dc doce estrellas que vió San 
Juan sobre la cabcza de la Santisima 



Cozo de la Virgen y de los Saatos 327 

Virgen y quien quicra que los medite 
atentamente no podrá menos que sen- 
tirse irresistiblemente atraído al culto 
de la Madre de Dios. 

En efecto: íQuién no la saludará 
gozoso con una Ave Maria sabiendo 
que esta sencilla oración Ic es agrada- 
ble de un modo indecible? ^ Quien de- 
jará de constituirse en uno de sus sei- 
vidores, si no ignora que el scrvicio 
con que se la obsequia aventaja á to¬ 
dos los que se pueden tributar á los 
santos? 

Empleemos, pues, todo nuestro ceio 
en festejar y honrar á la Santísima Vir- 
geri, especialmente por medio de la asis- 
tencia á la santa Misa, teniendo pre¬ 
sente que, en cada Misa Jesús renueva 
su nacimiento, de suerte que la digni- 
dad maternal de Maria experimenta un 
nuevo gozo. 

Réstanos aún exponer la utilidad que 
reporta la santa Misa con respccto á 
los santos. 

Venimos obligados á rendir , nues- 
tros homcnajes á los santos, porque tis- 



328 


Capitulo XVIII 


tos son amigos de Dios, el cual nos pre- 
vicne en honrarlos. 

“ Y andarán conmigo en el cielo 
vestidos de blanco porque lo mere- 
ccn, “ (*) y esto es lo que de ellos dice 
Nuestro Senor; “Yo honraré á todo el 
que me glorificare." (*) 

Durante su vida los santos tributa- 
ron sus honores á Dios, con desprecio 
de sí mismos y sufrieron con paciência 
las burlas, los insultos y las persecu- 
ciones de los malvados. 

Por este motivo hizo Dios brillar 
su inocência y virtud y mandó que 
fueran reverenciados por toda la cris- 
tianidad. 

La historia de Mardoqueo es un 
ejemplo de lo que estamos diciendo. 
Este piadoso servidor de Dios se vió 
cruelmente perseguido por elorgulloso 
Amán, pero el Altísimo burló las inten- 
ciones perversas dei favorito de Asuero 
y gloriflcó á Mardoqueo ante el pueblo 
todo. 


0) Apocal. III, 4. (?) I Rcyes, II, 20. 



Gozo de la Virgen y dc los Santos 329 

“ Pues cunndo el rey preguntó á 
Amán: «Qué debe hacerse para honrar 
á uno á quien el rey quiere colmar de 
honores?» Amán pensando que se trataba 
de él respondió; “ El hombre á quien quiera 
honrar el rey, debe vestirse de la ropa 
real, hacerlc montar en su caballo, cc- 
nirle de su diadema y el más noblc de 
la corte tomando dei diestro el caballo, 
vaya por las plazas de la ciudad, di- 
ciendo: De este modo será honrado al 
que quiera el rey honrar. “ Respòndióle 
el rey: Paréceme bien; ea, toma la ropa 
y caballo y haz lo que acabas de decir 
con el judio Mardoqueo que se halla 
en el zaguán dcl palacio. Guárdate mu- 
cho de olvidar ni un pormenor de lo 
que has dicho.“ (') 

Si aquel rey pagano ensalzó de tal 
suerte la gloria de un hombre y sus 
valiosos servicios, iqué gloria reservará 
Dios á sus fleles servidores? ide qué 
magnificência no los rodeará el día de 
su dichosa entrada en el cielo y aquél 


(1) Esth. VI. 



330 Capítulo XVIII 

en que. la Iglesia celebra su íiesta en 
esta tierra? 

Clon la inspiración dei Espíritu Santo 
la Iglesia expresa su admiración por 
sus hijos victoriosos por medio de los 
ofícios propios dei breviário, de los cân¬ 
ticos, de las oraciones, dc las predica- 
ciones, de las procesiones, de las pe- 
regrinaciones y especialmente por me¬ 
dio dei santo sacrificio de la Misa. “De 
esta mancra será honrado al que qui- 
siere el rey honrar." 

Sí, el honor más excelso se lesrinde 
á los santos en el santo sacrificio dei 
altar, sca haciéndolo celebrar, sea asis- 
tiendo á cl con intcnción de aumentar 
su beatitud accidental. 

Para festejar á un príncipe se pone 
muchas veces en escena una represen- 
taciún teatral y por más que en la obra 
no se haga mención de él, el príncipe 
recibe no obstante gustoso el home- 
naje. 

Pues de la misma manera, por más 
que la Misa no representa más que la 
vida y Pasión dei Salvador, los santos 



Gozo de la Virgcn y de los Santos 331 

son glorificados cuando aquel acto tiene 
lugar en su honor, y se lo apropia toda 
la corte celestial. 

Cuando el sacerdote pronuncia su 
nombre, su corazón se conmueve, por¬ 
que hace notar San Juan Crisóstomo: 
“El rey, después de una victoria, si ve 
que el pueblo desca aplaudir sus hechos 
militares, tendrá gusto cn nombrar á 
los valientes compancros de armas que 
le ayudaron á vencer á los enemigos. 
Y así, es gran gloria de los santos oir 
que les citan por su nombre delante de 
su Senor, cuando se conmemora el 
triunfo de su Pasión y Muertc 3 '^ se ala- 
bari los hechos ilustres que llevaron 
á cabo luchando con el enemigo infer¬ 
nal. “(‘) 

Y Molina escribe sobre lo mismo: 
“Nada agradará tanto á los santos como 
el ofrecimiento dei sacrifício en su ho¬ 
nor á la Santísima Trinidad, en acción 
de gracias por las muchas que recibie- 
ron y en memória de sus méritos.“ 


(1) Homil. 21. 



332 


Capítulo XVIII 


Santa Gertrudis observaba esta prác- 
tica y la enscnaba á las religiosas de 
su orden, y por esto vió con frecuen- 
cia en espíritu su poderosa eficacia: 
“El día de San Miguel, en laMisa, ofre- 
ció al Padre el Sacramento dei cuerpo 
y sangre dei Salvador, invocando á los 
príncipes, celebrando su gloria y ale- 
grándose de su bienaventuranza eterna." 

“El Senor, atrayendo bacia sí ine- 
fablemente el Santísimo Sacramento 
produjo en los coros angélicos tan ex¬ 
traordinário gozo que parecia hallaban 
en él toda su felicidad. Vió en esto 
Santa Gertrudis á los ángeles postrarse 
reverentes ante ella para significarle lo 
mucho que Ic agradecían el beneficio 
que les había proporcionado y la dili¬ 
gencia con que la guardarían y harían 
digna de presentarse delante de su es¬ 
poso, adornada de todas las joyas que 
complacen al Esposo." (*) 

Fijémonos en que Santa Gertrudis 
ofrece el Santísimo Sacramento no á 


(1) Rcvelac. libr. IV, çap. 35. 



Gozo de la Virgen y de los Santos 333 

San Miguel ni á los otros ángeles, sino 
á Dios Padre, y en parte alguna dei 
presente libro se encontrará que se 
pueda ofrecer el santo sacrifício ni á Ma¬ 
ria, ni á los ángeles, ni á los biena- 
venturados sino á la Santísima Trini- 
dad y tan sólo se hace mención de los 
dichos moradores dei cielo, pues dice 
San Agustín: “No levantamos altares 
á los mártires, sino únicamente á la 
memória de los mártires. íQué sacerdote 
ha dicho jamás en el altar donde reposan 
las reliquias de los santos: “Te ofrece- 
mos el sacrifício, oh San Pedro, oh San 
Pablo, oh San Cipriano“? 

El Concilio de Trento se vale casi 
de los mismos términos con referencia 
á lo propio; “Aun cuando la Iglesia 
acostumbra á celebrar la Misa en honra 
de los santos, no entiende con esto ofre¬ 
cer el sacrifício á los santos, sino á Dios 
que les ha coronado. Por esto el sa¬ 
cerdote no dice: ofrézcote este sacri¬ 
fício, oh San Pedro, oh San Pablo, sino 
dando gracias á Dios de la victoria 
concedida á tal santo, ruega á aquellos 



334 


Capítulo XVIII 


cuya fiesta sc celebra aqui en la tierra 
que intercedan pornosotros en el ciclo." 

Y continúa la misma Iglesia; “Si 
alguno dijere que es ilícito celebrar la 
Misa en honor de algún santo y para 
obtener su intercesión delante deDios, 
sea anatema. “ 

Empleemos, pues, nuestro maravi- 
lloso poder de aumentar la gloria acci- 
dental de los elegidos, ofreciendo el 
santo sacrifício en su honor á la San- 
tísima Trinidad y en la elevación diga¬ 
mos al Senor; 

“üfiezco esta Misa á vuestro cari- 
simo Hijo para mayor gloria y rego- 
eijo dei bienaventurado X...“ 

Para ello, antes de irai templo con¬ 
sultemos el calendário, sin olvidamos 
jamás de nuestro propio patrón, y en 
ia hora de la muerte bendeciremos una 
y mil veces el día en que hayamos prac- 
ticado tal requisito. 



CAPÍTULO XIX. 

La santa Misa es el mejor tesoro 
que poseen los fleles. 

Los santos padres, y con ellos los 
demás autores ascéticos, han escrito 
tanto y tanto sobre la utilidad de la 
santa Misa, que es imposible hacer ni 
un simple extracto de ello. 

No obstante, obligados á citar al- 
gunos textos, veamos los siguientes. 
San Lorcnzo Justiniano escribe: “No 
hay lengua humana que pueda explicar 
los frutos de gracia y bendición que 
trae consigo el ofrecimiento dei santo 
sacrifício de la Misa. En él halla el 
pecador la reconciliación con Dios, ge¬ 
nerosa y más amplia justificación el 
justo; en él acreciéntanse las virtudes 
pcrdónanse los pecados, abróganse los 
vicios, multiplícanse los méritos y des- 
cúbrense las asechanzas ocultas de los 
enemigos.“ (‘) 


(1) Libr. de Obcd. c. 24 . 



336 


Capítulo XIX 


El P. Antonio Molina nos ha dejado 
cn su tratado ‘-Sobre la dignidad dei 
sacerdote” sentencias y pensamientos 
capaces de inflamar el corazón dei amor 
más ardiente por la santa Misa: “Nada 
más ventajoso al hombre, ni más útil 
á las almas dei purgatório que el sa¬ 
crifício de la Misa cuya cxcelencia es 
tal, que todas las demás bucnas obras 
y el ejercicio de las más acendradas 
virtudes carecen casi de valor en com- 
paración dc él.“(‘) 

Forner se expresa de esta manera: 
“Quien libre dc pecado mortal asiste á 
la Misa con devoción, adquiere más 
méritos que si hiciese por amor de 
Dios las obras de mayor mortifícación 
y emprendiera romerías á los lugares 
más distantes. Y esto es evidente, por¬ 
que las obras de piedad sacan su valor 
y precio dei objeto. Por consiguiente 
iqué puede haber más noble, de mayor 
valor y más divino que el santo saci i- 
fício de la Misa?“ 


(1) Tratado üobre la dignidad dei sacerdote. 



El tesoro de los fieles 


337 


Marchant demuestra en los siguien- 
tes términos la utilidad de nuestro sa¬ 
crifício: “La Iglesia católica no tiene 
horaenaje más perfecto que ofrecer á 
Dios ni cosa más agradable para pre- 
sentar á Maria, á los ángeles y á los 
santos; nada más saludable á los jus¬ 
tos y á los pecadores que el sacrifício 
de la Misa.“ 

En el prefacio dei Misal la Iglesia 
exhorta al sacerdote “á formarse eleva- 
dísimo concepto de la excelencia de la 
Misa y á persuadirse á que, mediante 
una sola oblación se tributa á Dios 
Todopoderoso un homenaje más agrada¬ 
ble que si se practicasen todas las virtu¬ 
des y se arrostrasen con los mayores 
padecimientos.“ 

sabéis por qu6, cristianos? Por¬ 
que Jesucristo en la Misa practica to¬ 
das las virtudes y las ofrece á su Pa¬ 
dre con la suma de sus méritos; y los 
actos de alabanza, amor, adoración, re- 
conocimiento, que se elevan desde el 
corazón de Jesús hasta el trono de la 
divina Majestad, durante su inmolación 



338 


Capítulo XIX 


en el ara santa, aventajan infinitamente al 
culto que le tributan los ángeles y santos. 

Y por fin, la prueba más convin¬ 
cente es la misma Iglesia, cuando dice: 
“Confesamos que nada pueden los cris- 
tianos hacer ni más santo, ni más di¬ 
vino, que celebrar ú oír el Santo Sacri¬ 
fício, en el cual se ofrece cada día en 
el altar, por mano dei sacerdote, la 
víctima vivificadora que nos reconcilia 
con el Padre.“ (') Con lo cual quiere sig¬ 
nificar, que los sacerdotes no pueden 
ofrecer nada más sublime ni más divino 
que la celebracion de la santa Misa, y 
los fieles nada más santo que oírla, ayu- 
darla, hacerla celebrar, recitar sus ova¬ 
ciones y unirse íntimamente á las inten- 
ciones dei sacerdote. Por consiguiente, 
siendo esta ofrenda dei santo sacrifício 
un acto divino, es al propio tiempo 
el más ütil y meritorio para nuestras 
almas. 

Alma devota, abre los ojos y mira; 
abre los oídos y cscucha; y abre en 


(1) Trid. sess. XXII. In decreto de obserr. In Missa. 



El tesoro de los íieles 339 

especial tu corazón y saborea la con¬ 
soladora doctrina de la Santa Madre 
Iglesia. 

Puedes llevar á cabo gran número 
de excelentes obras, pero ninguna tan 
divina y agradable á üios como el santo 
sacrifício. Puedes hacer imperecedero 
tu recuerdo con buenas acciones y sa- 
ludables, pero ninguna te será de tanta 
utilidad como la piadosa asistencia á 
la Misa. 

Así como el sol excede en fuerza y 
brillo á todos los planetas, y presta á 
la tierra más servicios por sí solo que 
los restantes astros en conjunto, así tam- 
bién la asistencia á la Misa es supe¬ 
rior en dignidad y en mérito á todas 
las otras acciones que puedes practicar 
durante el día. 

Sabido esto ^ tendremos el triste va¬ 
lor de asistir al santo sacrifício con 
negligencia y poca devoción, ó de ex- 
cusarnos de dicha asistencia por fútiles 
motivos? 

San Francisco de Sales preferia la 
Misa á la misma oraciún, por más que 



340 


Capitulo XIX 


sea este ejercicio una de las formas 
más perfectas de la penitencia; y es- 
cribia á una religiosa de la Visitación 
que había enviado á fundar un con¬ 
vento: “Hija raia, te ruegq que prime- 
ramente establezcas un oratorio donde 
podáis oír Misa todos los dias, y si no 
puedes tenerlo en la propia casa, no 
dejes ni un solo día de ir á la iglesia 
más vecina y oír el santo sacrifício ; 
porque el alma cobra gran vigor y ener¬ 
gia si se ha acercado al Seiíor real¬ 
mente presente en el altar." (*) 

Juana de Chantal, que ésta era la 
religiosa, preguntó después á su direc- 
tor: 

— i Debo durante los dias de la se¬ 
mana, interrumpir ú omitir la oración 
para oír la Misa, ó bien renunciar á la 
Misa para entregarme á la oración? 

El Santo le respondió: 

— Te cs mucho más útil asistir to¬ 
dos los dias al santo sacrifício que 
renunciar á él con cl pretexto de de- 


(1) Carta 11. 



£1 tesoro de los fielcs 


341 


dicarte á la oración; puesto que la pre¬ 
sencia real de Jesus que disfrutamos 
en la Misa, no puede ser reemplazada 
por la presencia espiritual; y por lo 
tanto, la Iglesia desea ardientemente 
que todos los fieles oigan la Misa co¬ 
tidianamente. 

Forner participa dei sentir dc San 
Francisco de Sales; “La oración de 
quien ove devotamente Misa, es de ma- 
yor importância que todos los otros ejer- 
cicios de pietad, así sean contemplacio- 
nes muy elevadas." 

Al que sintiera preferencia por la 
meditación de la vida y muerte dei Sal¬ 
vador, le exhortaríamos á que asistiera 
á Misa, ya que en ella se renuevan to¬ 
dos estos mistérios. 

(iQuieres ver á Cristo y conversar 
con él? Ahí le tienes, en el altar, con 
su Divinidad y Humanidad. La presen¬ 
cia dei sacerdote no puede ser obstᬠ
culo á tu recogimiento; pues lejos de 
ser una distracción, es más bien una 
edificación, si seguimos los actos dei 
celebrante y atendemos y meditamos 



342 Capitulo XIX 

la signiâcación de cada una de las cc- 
remonias. 

Como en conclusión de la matéria de 
este capítulo, citaremos un hecho que 
rcfiere Lucas Pinell. (*) 

Un pobre jornalero, muy devoto de 
la santa Misa, tenía la costumbre de 
Icvantarse muy de mafíana para ir al 
mercado, y aguardar, en companía de 
otros, que fuesen á contratarles. Cierto 
día, oyendo tocar á Misa, se separó de 
sus companeros, y se encaminó á la 
iglcsia para asistir devotamente al santo 
sacrifício. 

A su regreso, todos los obreros ha- 
bían sido contratados, y lucgo de aguar¬ 
dar por largo rato, viendo que nadie 
se acercaba á él, volvió á su casa con 
el corazón entristecido y nublado el 
semblante. 

Por el camino encontró á un rico 
caballero que le preguntó la causa de 
su aflicción, y luego de contársela Ic 
repuso el seiior: 


0) LIbr. II Dc Mi&sa, cap. IIJ. 



El tesoro de los fieles 


343 


— En vez de apurarte, ve á oír otra 
Misa á mi intención, y yo te pagaré el 
jornal. 

El obrero volvió al templo, que era 
la capilla de un monasterio, y oyó to¬ 
das las Misas que allí se celebraron 
aquella maiíana; y después fiiéálauasa 
dei caballero el cual le convido á comer 
y le dió una moncda de plata. 

Sumamente reconocido cl trabajador, 
tomó contento el camino de su casa, 
siendo detenido al llegar á ella por un 
extranjero, que le preguntó la causa de 
su alegria. 

El pobre le contó lo que le acababa 
de suceder; á lo que el extranjero re- 
puso: 

— Poco te ha dado por tantas Mi¬ 
sas ese rico; ve á decirle, que si no se 
muestra más generoso contigo, lo pa- 
sará mal. 

Obediente el obrero, refirió á su 
bienhechor la conversación que acababa 
de tener con un noblc desconocido. El 
caballero sospechó que seria un Santo, 



3^4 


Capítulo XIX 


y le dió cinco monedas de plata, reco- 
mendándole que orara por él. 

El pobre corrió ansioso á su casa, 
para ensenar la suma recibida á su es¬ 
posa é hijos; pero halló otra vez al ex- 
tranjero, que quiso saber cuánto había 
recibido de nuevo dcl rico. 

Al enterarse dei donativo e.xclamó: 

— Vuelve otra vez á su casa, y ad- 
viértele que, si no te da cien monedas 
de plata, maSana á estas horas habrá 
dejado de existir. 

Al obrero le repugnaba reclamar 
más dinero; pero el desconocido le 
obligó á cllo. 

El seSor se asustó, pues era un gran 
pecador, que jamás se había confesado 
bien; y prefirió dar las cien monedas 
de plata, á exponerse á una muerte 
pró.vima. 

La misma noche se le apareció en 
suenos Jesucristo y le dijo: 

— Soy yo quien te ha enviado el 
pobre jornalcro; los crímenes que jamás 
has confesado clamaban venganza, y esta 
misma noche Satanás debía presentarte 



El tesoro dfc los fieles 345 

ante mi tribunal. Por suerte tuya, te ha 
salido al paso ese obrero, el cual ha oído 
la Misa con tal fervor por tu intención, 
que me ha conmovido; voy á conce- 
derte el tiempo necesario para hacer 
penitencia. Ve, confiesa tus pecados, 
enmienda tu vida y sé generoso con los 
pobres. 

El caballero se convirtió; y desde 
entonces asistió á la santa Misa, que 
le fué más ütil que todo el oro, y por 
medio de ella fué preservado de la 
muerte dei cuerpo y dei alma. 

Alguien preguntará tal vez si se puede 
vender una Misa. 

Jamás; esto seria renovar la acción 
de Judas, que vendió á Cristo por treinta 
dineros. 

i Por qué aceptan, pues, dineros los 
sacerdotes ? 

Porque, como dice el apóstol, el 
que sirve al altar tiene que vivir dei 
altar. (M 

En los primeros siglos de la Iglesia 


(1) 1 Corinth., cap. IX» t. 13. 



346 


Capitulo XIX 


los fieles llevaban para el santo sacri¬ 
fício no solamente el pan y el vino ne- 
cesarios, sino también aceite, harina, 
frutos, ü otras cosas semejantes para 
sustento dei sacerdote y de los pobres. 

Allá por el siglo XI, estos dones en 
especies fueron reemplazados por li- 
mosnas en dinero, y de aqui procede la 
costumbre de ofrecer limosnas por las 
Misas y de hacer colectas en los tem¬ 
plos. 

Por consiguiente, el dinero que ofre- 
cemos al sacerdote, sea por la celebra- 
ción de la Misa, sea por cualquier otro 
oficio de su ministério, debe conside- 
rarse como una limosna, como el pre- 
cio de la moléstia; jamás como precio 
de los benefícios espirituales. 

Comprar ó vender bienes espiritua¬ 
les constituye el abominable crimen de 
:iimonia. (') 

Seria una cosa mala que una mujer 
pobre dijese á una seSora: 


(1) £1 nomhre de este crimen procede de SImòn el 
Mago, á quíen San Pedra roaldijo por baber propuesto á 
los Apóstolcs comprarlcs los dones dei Espirltu Santa 



El tesoro de los fieles 347 

— Si queréis darme de comei, os 
cederé los frutos que he sacado de la 
Misa que he oído hoy. 

Dicha mujer pretendería comprar un 
bien temporal con un bien espiritual; 
cambio imposible, puesto que el mérito 
dc la santa Misa se aplica en el mismo 
instante. 

Por lo tanto, la pobre que oyese la 
Misa habría lucrado de sus benefícios 
ella misma, si tal fuera su intención; 
pero si quisiera aplicarlos á otros, Dios 
lo tendría en cuenta;y si por ignorân¬ 
cia ú olvido no hubiese destinado ó 
aplicado dichos benefícios, pasarían és- 
tos al tesoro de la Iglesia, cuya llave 
no obra en poder de ningún particular. 

La cuestión seria dcl todo distinta, 
si la pobre dijese á la senora: 

— Si queréis darme de comer, oiré 
hoy ó maüana la santa Misa por vues- 
tra intención. 

Esto signifícaría lo siguiente; 

— Quiero privarme, por gratitud á 
vuestra limosna, de la recompensa es- 



348 


Capítulo XX 


piritual que me corresponde, para apli¬ 
caria en provecho vuestro. 

En este caso, el bien cedido por la 
pobre aventajaría infinitamente á todas 
las limosnas que se le pudieran ofrecer; 
puesto que cede, en virtud de la eficᬠ
cia de la santa Misa, una parte de los 
méritos de Nuestro Seííor. 

Vosotros, los que disfrutáis de bie- 
nes de fortuna, haced que los pobres 
os ayuden de esta suerte; ellos son 
los preferidos dei Sagrado Corazón de 
Jcsús, y así pagaréis vuestra inmensa 
deuda á la divina Justicia j aumenta¬ 
reis vuestra futura gloria en el cielo. 


CAPÍTULO XX. 

La santa Misa 

aumenta en nosotros la gracla divina 
y la gloria celestial. 

En muchos pueblos j ciudades, se 
acostumbra celebrar frecucntes merca¬ 
dos, en que se venden toda suerte de 
objetos útiles. La Iglesia y el ciclo ce- 



Aumento de gracia y gloria 349 

Icbran también como una especie de 
mercado diário. qué es lo que se 
nos ofrece ? La gracia divina y la glo¬ 
ria celestial. Pero estos son dones pre¬ 
ciosos y carísimos; jy dónde bailar 
dinero suficiente para adquiridos? | Ah! 
no os aflijáis; pueden adquirirse gra¬ 
tuitamente. 

El profeta [saías nos lo enseSa: 
“Vosotros que no tenéis dinero, apre- 
suraos, comprad y comed; venid y com- 
prad sin dinero." (‘) 

El Salmista confirma lo mismo: “Dará 
el Sefior la gracia y la gloria." (®) 

A diário las distribuye el Sefior gra¬ 
tuitamente, pero nunca con tanta abun- 
dancia como en la santa Misa, como 
confio demostrarlo en este mismo ca¬ 
pítulo. 

Empecemos por comprender bien lo 
que es la gracia. 

La gracia es un don ó un au.vilio 
sobrenatural, que Dios nos concede en 
virtud de los méritos de Jcsucristo. 


(1) Isa(. LV, 1 . (2) Ps. LXXXin, 12. 



350 


Capftulo XX 


Distínguense dos clases de gracias: la 
gracia santificante y la gracia actiial. 
La gracia santifícante es un estado dei 
alma, que nos hace justos á los ojos de 
Dios y nos otorga el derecho á la hc- 
rencia de los biencs ctemales. Esta gra¬ 
cia, elevándonos sobre nuestra propia 
naturaleza, nos hace partícipes de la 
naturaleza divina. 

Según el Concilio de Trento, la gra¬ 
cia santificante es, “no solamente la re- 
misión de nucstros pecados ó un favor 
sensiblc de la bondad de Dios, sino un 
estado divino, una luz resplandeciente 
que hermosea nuestras almas.“ Nuestra 
alma permanece en este estado feliz y 
dichoso, hasta que por el pecado mortal 
perdemos la gracia. 

La gracia actual es un auxilio pa- 
sajero, mediante el cual Dios ilumina 
nuestra mente é impulsa nuestra vo- 
luntad para evitar el mal y obrar el 
bien. 

Si nuestra alma se halla en estado 
de mucrte, la gracia actual atrae la gra¬ 
cia santificante; si, por el contrario, 



Aumento de gracia y gloria 351 

estamos en amistad con Dios, la grada 
actual la aumenta poderosamente, mo- 
viéndonos á cumplir las obras buenas. 

Santo Tomás de Aquino nos ensefia 
que ^ la grada concedida á una sola 
alma supera en valor á todo el mundo 
y á cuanto cl mundo contiene.‘* El mismo 
ciclo, con sus ángeles bellísimos y con 
sus esplendores, no podría comparársele; 
y por lo mismo, el hombre debería ma- 
nifestarse más reconoddo á Dios por 
la menor gracia que de É1 haya reci- 
bido, que por la perfección de los espí- 
ritus de primer orden ó por la omnipo¬ 
tência sobre el firmamento y los as¬ 
tros. 

Todo esto se comprenderá mejor 
por los efectos de la gracia santifi- 
cante. 

En primer lugar, el alma se reviste 
de una hermosura sin par; el sol, las 
estrellas, las flores quedan deslucidos 
y despojados de todo encanto, si se los 
compara con esta hermosura. Si nos 
fuera dado ver claramente una alma en 
estado de gracia, todo aquello que hasta 



352 


Capítulo XX 


entonces era esplendoroso á nuestros 
ojos nos parecería desde este instante 
desprovisto de encantos, segün indica 
con estas palabras el bienaventurado 
Blosio: “Si pudiera contemplarse la be- 
lleza dc una alma en estado dc gracia, 
seríamos arrebatados fuera de noso- 
tros mismos.“ 

Santa Catalina de Sena, después de 
haber gozado tan celestial favor, cu- 
bría de besos las pisadas de los misio- 
neros que trabajaban por atraer á la 
gracia á los infelices pecadores, y, trans¬ 
portada de asorabro. decía á su confc- 
sor; Padre mío, si hubiérais podido 
contemplar el esplendor de esta hermo- 
sura, mil veces daríais vuestra vida por 
convertir una sola alma á Dios.“ 

El dulce Jesus decía á Santa Eri¬ 
gida. que la contemplación de una alma 
santa -‘la .cegaria, la subyugaría y la 
sumiría en profundo desraayo." 

En segundo lugar, la gracia es el 
lazo de caridad que une á Dios con el 
hombre. Por ella, el Criador y la cria¬ 
tura hácense el uno para el otro, ami- 



Aumento de gracia y gloria 353 

gos tiernos y confidentes, como dice 
el mismo Jesucristo: “Vosotros sois 
mis amigos... ya no os llamaré sier- 
vos.“ (*) 

,! Puede haber algo más grande, más 
excelente, que ser llamado amigo de 
Jesucristo, y serio en efecto? Esta dig- 
nidad excede la naturaleza humana, 
porque todas las cosas sirven al Sefíor 
y no hay nada que no esté sometido 
al yugo de su dominación. Hé aqui por 
qué Dios eleva á sus servidores á una 
dignidad sobrenatural, dándoles el nom- 
bre de amigos y tratándoles como ta¬ 
les. (=) 

Esta amistad nos une á Dios tan ín¬ 
timamente, que le encontramos, por de- 
cirlo así, en nosotros mismos, amándo- 
nos con amor semejante á aquel eon 
que á sí mismo sc ama. Y cuando por 
nuestra infidelidad, por el pecado, he¬ 
mos roto el lazo de esta tierna amis¬ 
tad, Dios no se retira completamente 
de nosotros; se queda á la puerta de 


(1) Juan, 14 y 15. (2) S. Cirilo de Alejandrla. 
6096 12 



354 


Capitulo XX 


nuestra alma, llama dulcemcnte y pide 
entrar de nuevo; “He aqui que estoy á 
la puerta y llamo; si alguien oye mi 
voz y me abre la puerta, entraré en su 
habitación y me sentaré á la mesa de 
él y él á la mía.“ (') 

Finalmentc en tercer lugar, el alma 
santificada está de tal sucrte ennoble- 
cida, que se convierte en la criatura 
predilecta dei mismo Dios. \ Qué honor 
para el hijo de un mendigo el ser adop- 
tado por un príncipe! ; Qué honor para 
el hombre el ser adoptado por el So¬ 
berano Sefior! 

Meditando sobre esto, exclama San 
Juan en un transporte de entusiasmo: 
“Mirad, qué tierno amor hacia nosotros 
ha tenido el Padre, queriendo que nos 
llamemos hijos de Dios y lo seamos 
cn cfecto.“ (-) 

Y San Pablo aSade: “Y siendo hijos, 
somos también herederos, herederos de 
Dios y coherederos con Jesucristo." (®) 
; Ser heredero de Dios! ; qué her- 

(\) Apoc. III, 17. (‘J) I Juan, III, 1. 

(3; Kom. VIII, 17. 



Aumento de gracia y gloria 355 

mosura, qué gloria! Nada tan á propo- 
sito como esto, para hacernos compren- 
der las excelcncias dc la gracia dc esta 
divina adopción, que es al mismo tiempo 
la prueba evidente dei amor infinito de 
Dias hacia sus desvalidas criaturas. 

Además, esta gracia santificante au¬ 
menta incesantemente por nuestra co¬ 
rrespondência á la gracia actual, en vir- 
tud de la cual Dios adorna el alma de 
virtudes, de piedad; la inunda de con- 
suelo, la inspira deseos santos, la con¬ 
cede alegria espiritual, la proteje, la 
fortifica, la gobierna, la dirige; y por 
la cual, en fin, se une estrechamente á 
ella y le da todo lo concemiente á la vida 
y á la piedad, según las grandes y 
preciosas promesas hechas á nuestros 
padres “para hacernos partícipes, por 
medio de estas mismas gracias, de la 
naturaleza divina.“ (*) 

Estas consideraciones nos harán 
comprender, aunque imperfectamente, el 
valor infinito de la gracia. No obstante, 


(1) II Petr. I, 3-4. 



356 


Capítulo XX 


confio demostrar hasta la evidencia, que 
la santa Misa aumenta poderosamente 
la gracia, y como consecuencia, nues- 
tra futura gloria. Y, por último, insis- 
tiré sobre la comunión espiritual, como 
parte que es de la santa Misa, muy pro- 
pia para enriquecer nuestra alma con 
nuevas gracias. 

§ t. La santa Hisa aumenta en nosotros 
la gracia divina. 

Un autor piadoso dice: “No sólo el 
sacerdote, sino aquellos que encargan 
la celebración de la santa Misa y los 
que asisten á ella pueden, según su 
piedad y devoción, merecer un aumento 
de gracia y de gloria, por su coopera- 
ción al santo sacrifício." (') 

El sacerdote es, pues, el primero que 
se aprovecha de estos benefícios. 

Los que encargan la celebración de 
la Misa para sí misraos ó en sufrágio 
de otros, participan igualmente de aque¬ 
llos preciosos frutos y obtienen un au- 


(1) Cervas. De .Missa. 



Aumento de gracia y gloria 357 

mento de gracia, si están libres de pe¬ 
cado mortal. 

Por último tienen también suparti- 
cipación los fieles que asistcn á la santa 
Misa, no sólo por su piedad y devoción 
hacia el santo sacrifício, sino también 
como recompensa de las múltiples y 
variadas virtudes que practican. Porque 
ellos renuevan en su corazón el dolor 
de haber pecado cada vez que golpean 
su pecho; hacen actos de fé confesando 
la real presencia de Jesus en la Hóstia 
sacrosanta, y su sacrifício por los pe¬ 
cados de los hombres. Este dogma es 
el fundamento de toda nuestra salva- 
ción. 

Además, practican también actos in¬ 
teriores y exteriores de adoración; y 
aunque estos sentimientos sean debidos 
á Dios nuestro Senor, no por eso Ic 
son menos agradables, ni deja de com- 
placerse en ellos de una manera sin¬ 
gular. 

Si á la elevación de la Hóstia di¬ 
vina y dei Cáliz consagrado ofreces á 
tu Padre celesti^^l este don divino, rea- 



358 


Capitulo XX 


lizas un acto de perfecta generosidad; 
Y si oras por los vivos y por los di- 
funtos, haces además un acto de cari- 
dad; y en fin, si participas dei sacra¬ 
mento de su cuerpo y sangre, aun cuando 
sólo sea por la comunión espiritual, me¬ 
recerás gracias especialísimas de la bon- 
dad divina. 

No se olvide tampoco que los he- 
rejes han menosprcciado en todo tiempo 
el santo sacrifício dcl altar, tachándolo 
de idolátrico; por lo cual Dios mira 
amorosamente á todos aquellos que re- 
paran tales insultos con su piadosa 
asistencia. Los Santos Padres nos ha- 
blan de gracias especiales concedidas á 
este acto de reparación. 

S. Cirilo nos dice: “Los dones es- 
pirituales serán distribuídos abundante¬ 
mente entre aquellos que asisten á la 
santa Misa.“ 

S. Cipriano anade: “El pan sobre¬ 
natural y el cáliz consagrado, contri- 
buyen á la vida y salvación dei hom- 
bre entero.“ 

El Papa Inocencio 111 dice también : 



Aumento de grada y gloria 359 

“Por la eflcacia dei santo sacrifício se 
nos aumentan todas las virtudes y par¬ 
ticipamos abundantemente de los fru¬ 
tos de la gracia.“ 

S. Máximo exhorta á los cristianos 
“á no olvidar jamás la Misa, porque 
en ella se comunican á los fíeles las 
gracias dei Espíritu Santo." 

Y Forner cree que “ en la Misa los 
méritos de la Pasión de Jesucristo ejer- 
cen sus divinas influencias sobre nues- 
tra alma, de suerte que quedamos como 
inundados por la abundancia de los bie- 
nes celcstiales." (') 

Pennitidme todavia aiSadir á lo ex- 
puesto hasta ahora el testimonio de 
Osorio: "Dios Padre os da en la Misa 
á su Hijo Unigénito, en quien reside la 
plenitud de la divinidad unida á la Hu- 
manidad, y en quien están ocultos to¬ 
dos los tesoros de la infínita sabi- 
duría." 

Y al damos á su Hijo, ^no nos lo 
da todo? Sí, nos da á Jesús con todos 


(1) Cone. 83. In Miscrere. 



360 


Capitulo XX 


SUS méritos y satisfaccioncs; nos da la 
carne y la sangre, el cuerpo y el alma 
dc este adorable Salvador. íQué más 
puede darnos.=’ jY qué medio más se¬ 
guro podia haber ideado para hacernos 
partícipes de sus infinitos tesoros? 

Ciertamente que, si nuestra alma se 
halla todavia sumida en la miséria, cs 
debido tan sólo á nuestra imperdonable 
torpeza y á nuestra pereza espiritual. 

Si á esto agregamos las setenta y 
sicte prerrogativas enumeradas en el ca¬ 
pítulo 111, fuerza será eonfesar que nin- 
guna obra dei mundo podrá valemos 
tantas giacias y méritos como la celc- 
bración y audición dc la santa Misa. 

§ 2. La santa Misa 
aumenta de una manera particular 
la gflorla celestial. 

; Oh! cuán deliciosa é incomprensi- 
ble es esta gloria celestial, para la cual 
hemos sido criados y por la que sus¬ 
pira sin césar nuestro corazón. ^Como 
podré yo tratar de su aumento, cuando 
la más pequefia parte de ella es tan 



Aumento de gracia y glotia 361 

embriagadora que hace exclamar al 
Apóstol: “Ni ojo alguno vió, ni oreja 
oyó, ni pasó á hombre por pensamiento, 
cuáles cosas tiene Dios preparadas para 
aquellos que le aman.“ (*) 

La Iglesia nos ensefía, que las bue- 
nas obras aumentan la gloria futura, 
pero no nos indica el grado de esta 
gloria. Contentémonos, pucs, con estas 
palabras de nuestro Salvador á Santa 
Gertrudis: “El cristiano aumenta sus 
merecimientos para la vida eterna, cada 
vez que asiste devotamente á la Santa 
Misa.“ (®) 

De esta recompensa eterna dice el 
Evangelio: “Se os echará en el seno 
una buena medida, apretada j bicn 
colmada, hasta que se derrame.” (®) 

En efecto, en la Misa merecemos un 
nuevo grado de gloria. El Santo sacri- 
flcio es como una escala celestial: cada 
vez que los fleles asisten á él, suben 
un peldafio; los más fervorosos suben 
dos, tres y aun cuatro á la vez, y á 

(1) 1 Corinth. 11, 9. (2) Revel. llb. II, c. 18, 53. 

(3) Luc. VI, 3S. 

8096 


120 



362 


Capítulo XX 


medida que se le elevan hacia Dios, se 
clevan también su conocimiento y su 
amor de Dios. 

Con cada grado, hácese más hcrmoso, 
más resplandeciente, más glorioso, más 
apreciable á los ojos de los Santos. 
Cada vez que asistes á la santa Misa, 
el cielo lo anota y tc asegura un grado 
de gloria más elevado. 

Esta gloria puede perderse por cl 
pecado mortal; pero, gracias á la infi¬ 
nita bondad de Dios, puedes recupe¬ 
raria, por medio de una sincera confe- 
sión. íQué gloria, qué riqueza, qué bie- 
navcnturanza. te esperan allá en el cielo, 
si á diário asistieres al santo sacrifí¬ 
cio! 

“ Las aflicciones tan breves y tan 
ligeras de la vida presente, nos produ- 
ccn el eterno peso de una sublime é in- 
comparable gloria.“ (') 

Grabad estas palabras en vuestro 
corazón, oh cristianos, y no dudéis que, 
si el Apóstol promete tan hermosa re- 


(1) 11 Cgrinth. IV, 17. 



Aumento de gracia y gloria 363 

compensa á los sufrimientos pasajeros, 
Dios reserva todavia otras más esplên¬ 
didas á los íieles asistentes á la santa 
Misa, porque esta práctica lleva con¬ 
sigo multitud de pcquciías mortifica- 
ciones. 

Ninguno de vosotros lo ignora. La 
iglcsia está distante de vuestra casa, y 
habéis de levantaros temprano; el ca- 
mino es maio y peligroso; en invierno, 
os azota la cara el viento norte; en 
verano, el sol despide sobre vosotros 
sus ardientes rayos; después, el oficio 
es á veces largo, el fervor desaparece, 
os espera un trabajo urgente, despre¬ 
ciais una ocasión provechosa. Animo, 
ânimo; todo esto son otros tantos títu¬ 
los de gloria, otros tantos tesoros para 
el cielo. 

íQueréis la pnieba? 

Un aldeano sentia tierna dcvoción 
por el santo sacrifício de la Misa. Tra- 
bajando en el campo o en la selva, oía 
á lo lejos el eco argentino de la cam¬ 
pana de la aldea, que convidaba á los 
íieles á la asistcncia de la Misa; y al 



364 


Capitulo XX 


punto, abandonando sus labores, su carro 
y sus ganados, encaminábase á la Igle- 
sia. Tenía esta piadosa costumbre desde 
la infancia, y habíala conservado hasta 
una edad avanzada. 

Cierto día, en que se dirigia peno¬ 
samente á la Iglesia por un sendero 
casi impracticable, se decía á sí mismo; 
— Hc aqui que mis aSos me impiden 
ya hacer lo que hacía en mi juventud; 
y por lo mismo, creo no desagradar á mi 
Dios, renunciando en adelante á estas 
largas y penosas carreras. Desde casa 
iré á ^iisa; pero cuando me hallc en cl 
campo, asistiré en espíritu y continuaré 
mis labores. 

Hallábase preocupado todavia con 
este pensamiento, cuando percibió un 
ccrcano ruido de pasos que le hizo vol¬ 
ver la cabeza. Era un Angel que, car- 
gado de rosas recién abiertas, le seguia; 
tan bcllo era aquel Angel que el al- 
deano creyó ver al mismo Dios, y pos- 
trándose de hinojos exclamó: “^Òh mi 
Dios, cómo es posible que me dispen- 
séis el favor de acompa2armc?“ 



Aumento de gracia y gloria 365 

El Angel cntonces respondió: “ No 
soy tu Dios, soy el Angel de tu guarda.“ 

“Oh Angel mío querido, iqué signi¬ 
fica esta visi(5n?“ 

“Dios me ha ordenado que te siga 
en pos, siempre que abandones tus la¬ 
bores y tus campos para asistir á la 
santa Misa.“ 

“{Y para qu6?“ rcplicó cl aldeano. 

“A cada paso que das en dirección 
á la Iglesia, brota una rosa bajo tus 
plantas. Yo las voy recogiendo todas y 
las llevo al cielo. Mira las que hoy he 
encontrado en tu camino; por tanto te 
aconsejo que abandones tu proyecto y 
continues yendo á Misa. Si perseveras 
hasta cl fin, yo te coronaré de rosas á 
la hora de tu muerte, y cubriré de flo¬ 
res tu trono celestial." Así dijo el An¬ 
gel y desaparcció. 

El anciano aldeano besó sollozando 
el sitio donde el Angel se le apareciera, 
y bendijo á Dios por tan singular fa¬ 
vor. No podia apartar su espíritu de 
aquclla celeste aparición; la hermosura 
dei Angel, el delicado perfume de las 



366 


Capitulo XX 


rosas, en una palabra, aquel goce an- 
ticipado dc las delicias de la patria 
celestial había cautivado su corazón, y 
las cosas de la tierra sólo le inspira- 
ban profundo desprecio. 

Poco tiempo después murió, agota- 
das sus fuerzas más por el deseo dei 
cielo que por la misma enfennedad. 

Si el esfuerzo físico que este aldeano 
realizaba para ir á la iglesia, fué tan 
espléndidamente remunerado, iqué te- 
soro dc gracias merecería asistiendo 
con piedad y devoción á la santa Misa? 
Xo nos es posible comprenderlo; mas 
esperemos que, por nuestra fidelidad en 
cumplir esta misma práctica, le veremos 
un día en el cielo y participaremos con 
él de estos incfables frutos. 

§3. De la Comunlón espiritual. 

Después de haber declarado que el 
deseo de la Iglesia seria que todos los 
neles recibieran la sagrada comunión 
en la Misa á que asisten, el Concilio 
Tridentino rccomicnda con insistência 



Aumento de gracia y gloria 367 

que reciban la Comunión espiritual, por 
lo menos, los que se consideren indig¬ 
nos de recibir la Eucaristia. 

Es la comunión espiritual un deseo 
ardentísimo de recibir á Jesucristo en 
su corazón en el momento en que el 
sacerdote, por la comunión, termina el 
sacrifício. Esta práctica no hubiera sido 
recomendada con tanta insistência, si no 
fuera sumamente provechosa á nuestras 
almas, y medio eficacísimo para aumen¬ 
tar en nosotros la gracia divina y la 
gloria celestial. 

Mientras Jesucristo anduvo sobre la 
tierra realizó muchas curaciones, por la 
imposición de las manos; pero á mu- 
chos devolvió también la salud desde 
lejos, como acontecio á la hija de la 
Cananea y al criado dei Centurión. La 
infinita generosidad de Xuestro Seüor 
Jesucristo no se limita á las almas que 
dignamente se acercan al Sacramento 
dei amor, sino que se extiende á los que 
no pueden recibirle realmente. É1 nos 
dice; “Yo soy el pan de vida; el que 



368 


Capítulo XX 


viene á mí, no tendrá hambre y el que 
cree en mí, no tendrá sed jamás.“(‘) 
Acercarse á Jesus es creer en El, 
esperar en Él, y amarle. Quien se acer¬ 
que á Él de esta manera, saciará su 
hambre y apagará su sed. 

Jcsucristo no ha unido su gracia á 
la sagrada comunión, de tal suerte que 
no pueda concederia sin la recepción 
dei sacramento. Una comunión espiri¬ 
tual, hecha con ardientes deseos, pro- 
duce en nosotros más gracia que una 
comunión real hecha sin fervor. La in- 
tensidad de nuestros deseos es la me¬ 
dida de la gracia que recibimos por la 
comunión espiritual. 

tQué es necesario para una buena 
comunión espiritual? Forner nos lo dice 
con estas palabras: “Todos los que oyen 
la Misa con las disposiciones debidas, 
se alimentan de un modo místico con 
el cuerpo de Jesucristo. La virtud de 
la santa Misa es tan grande, que basta 
unir nuestra intención á la dei sacer- 


(1) Juan, VI, 35. 



369 


Aumento de gracia y gloria 

dote, para participar con él dei fruto 
dei sacrifício. “ (') 

Esta enseiianza es sumamente con¬ 
soladora, para todos aquellos que no 
sabcn cómo debe hacerse la comunion 
espiritual. Basta decir: “ Úno mi inten- 
ción á la dei sacerdote, y deseo parti¬ 
cipar dei santo sacrifício comulgando 
con él.“ 

“Aunque nuestros miembros no co- 
men, aSade el mismo Obispo de He- 
brón, se alimentan sin embargo lo mismo 
que la boca; de la misma manera, los 
fieles que asisten á la Misa se alimen¬ 
tan espiritualmente por mcdiación dei 
sacerdote, aunque ellos no comulguen; 
es muy natural que el que asiste en 
espíritu con el sacerdote á la Mesa dei 
Senor, se alimente también espiritual¬ 
mente con él. Si los invitados á una 
mesa real no salen jamás hambrientos 
de la sala dei festín, icémo nuestro 
dulce Salvador dejaría marchar sin con- 
tortarles á los que han asistido á la 
Misa para adorarler“ 

(i; Cunim. €3, in Miácrere. 



370 


Capítulo XX 


‘•La Misa es la gran cena dcl Se- 
nor; cada uno recibe su parte corres- 
pondiente, si no cierra obstinadamente 
la boca de su espíritu ante la mano de 
Jesiís que le ofrece su cucrpo en ali- 
mento.“ 

Surio rcíiere un hecho que confirma 
nuestra doctrina. 

Bcrtranda Carmara era una fervo¬ 
rosa cristiana y de conducta ejempla- 
rísima. Un día festivo, deseosa de acer- 
carse á la sagrada Mesa, observó que 
el celebrante no consagraba formas 
para distribuirias entre los fieles. A pe¬ 
sar de su vivo dolor, Bertranda conti¬ 
nuo oyendo atentamente la santa Misa. 
Pero he aqui que, en el momento de la 
comunión, vió un Angel que, tomando 
en sus manos, de encima dei altar, una 
particula de la sagrada Hóstia, se la 
aproximó para que comulgara. Su alma 
quedó inundada de alegria, ante esta 
milagrosa visita de su Dios. Mientras 
tanto el sacerdote advirtió la desapa- 
rición de la partícula, y buscábala en 
vano por todas partes, sin que le fuera 



Aumento de gracia y gloria 371 

posiblc tranquilizarse hasta tanto que 
Bertranda le dió cuenta dei maravilloso 
suceso, realizado en su favor. 

La comunión espiritual es, pues, santa 
y saludable. Expresamente lo enseiía la 
Iglesia cuando diee: “Los que con el 
deseo gustan este pan celestial, colo¬ 
cado en su presencia, gozan de sus fru¬ 
tos y utilidad en virtud de esta fc viva 
que la caridad hacc fecunda. “ 

Ko debes por consiguiente, oh alma 
piadosa, considerarte despojada de todo 
bien; aunque á vcces no te sea posi- 
ble participar sacramentalmente dei 
cuerpo y de la sangre de Jesucristo. 
Inflama más bien tu deseo. y apro.xí- 
mate en espíritu á Jesús; El te saciará 
y te abrirá los infinitos tesoros de su 
sagrado Corazón. 

CAl^ÍTULO XXL 

Lasanta Misa es la más segura esperanza 
de los moribundos. 

Sólo aquel que ha sufrido las ago¬ 
nias de la muerte conoce su amargura; 



372 


Capítulo XXI 


no obstante llegamos á vislumbraria 
cuando presenciamos la agonia de al- 
guno de nuestros hermanos. Entonces 
vemos con cuánta razón dijo Aristóte¬ 
les que “la muerte es la más horrososa 
de todas las cosas.“ 

Y sucede así, no sólo porque Ia 
muerte es la separación de nuestra 
alma de nuestro cuerpo, sino principal- 
mente, porque es la puerta que nos da 
acceso á la eternidad y nos conduce á 
la presencia dei tribunal de Dios. La 
viva representación de estas dos terro- 
ríficas cosas, inspira al moribundo tal 
pavor, que hace temblar su corazón y 
baila su frente con un frio sudor. 

iQué hacer en semejante angustia? 
.;Çómo consolar esta alma, cómo ani¬ 
maria, cómo protegeria para que el de- 
monio no la arrastre á la desespera- 
ción? jAh! arrójese en el seno de la in¬ 
finita misericórdia de Dios, y su espe- 
ranza no será confundida. 

Asi lo asegura S. Gregorio: “Quien 
ha hecho cuanto de cl depende, debe 
confiar en la misericórdia divina que no 



La esperanza dcl moribundo 373 

ha de abandonarle jamas; quien, por el 
contrario, ha sido negligente, no haria 
bien en confiar, porque se engaffaría á 
sí mismo.“(') 

iPcro dónde está el alma que ha 
permanecido constantemente fiel? iHay 
acaso una entre mil? ^No podríamos 
nosotros ser mejores si quisiéramos? 

ijQuc garantia pucs tcndrá el mori¬ 
bundo en su última hora? No vacilo en 
afirmar, que la fuente más pura de es- 
peranza es la santa Misa, si, durante 
nuestra vida, la hemos oído con asi- 
duidad y devoción. 

El Salmista nos afirma en esta creen- 
cia, cuando dice: “Ofreced sacrifício de 
justicia y confiad en el Sefior.“ (-) 

Este sacrifício no es otro que la 
santa Misa, por la cual nosotros nos 
congraciamos con la justicia divina, 
cosa que no podían realizar los sacri¬ 
fícios de la antigua ley. Ved aqui por 
qué no se podia, hablando en propie- 
dad, llamarlos sacrifícios de justicia; 


(1) Moral, lib. II, c. 9. (2) 1’s. IV, 6. 



374 


Capitulo XXI 


esta es también la razón de que David 
no se dirija en su exhortación á los sa¬ 
cerdotes judios, sino á todos los cris- 
tianos y á los sacerdotes católicos, con 
cl objeto de que desplieguen su ceio cn 
la celebración de la santa Misa, para 
aplacar la cólera de Dios y borrar la 
pena merecida por cl pecado. 

Tan exacto es esto, que David ter¬ 
mina su salmo diciendo: “ In paca in 
idipsiim dormiam et reqiiicscam'-'-: tran¬ 
quilo el corazón, á causa dei sacrificio, 
dormiré mi último sueno y descansaré 
durante la cternidad, porque Vos, Se- 
íor, me babéis conservado mi espe- 
ranza. 

David habla así en nombre dei cris- 
tiano moribundo, y nos indica el fun¬ 
damento más seguro de nuestras espe- 
ranzas en la hora de la muerte. Así lo 
entiende también la Iglesia en estas pa- 
labras dei oficio de difuntos: Reqiiies- 
cant in pace. 

David había dicho: Descansaré en 
paz; la Iglesia dice: Senor, conccdedlc 
el descanso. Así, el que en vida ha ofre- 



La espcranza dcl moribundo 375 

eido con el sacerdote el sacrificio de 
justicia, puede esperar firmemente en 
la misericórdia de Dios, y repetir con 
David, cn la hora dc la muerte; “ Se- 
fíor, lleno de confianza en la santa Misa, 
dormiré en paz y descansará en el se¬ 
pulcro hasta que llcguc el gran día de 
la eternidad. Xo temo la muerte eterna, 
porque sois Vos cl ancora de mi espe- 
ranza. No, Senor, no puedo crecr que 
seré repudiado por Vos, ya que con 
tanta frccuencia os he ofrecido cl sa¬ 
crificio de justicia, cuya virtud purifi¬ 
cadora y santificante habrá borrado mis 
pecados y satisfecho vuestra infinita 
justicia. 

Tal cs mi dulce espcranza; cn cila 
confiado, compareceré sin temor ante 
vuestro severo tribunal." 

Todos los moribundos pueden escu- 
darse de este modo contra el abati- 
miento y la descsperación. 

Cierto individuo, cuenta Pinelo, que 
había sido durante su vida muy devoto 
de la santa Misa, puso toda su confianza 
en esta santa práctica, hasta que llegó 



37.) 


Capítulo XXI 


su última hora y murió dulcemente. Su 
párroco, entristecido por la pérdida de 
tan edificante fcligrés, le aplicaba to¬ 
dos sus sufrágios. 

Al cabo de cierto ticmpo, se le apa- 
reció el fcligrés resplandeci ente de her- 
mosura. “iQuién eresr" e.xclamó el pᬠ
rroco. 

“Soy aquél por quien tan fervoro¬ 
samente has pedido á Dios.“ 

“iCómo te encuentras cn el otro 
mundo ■“ 

"Por la gracia de Dios estoy entre 
los escogidos, y aunque no necesitaba 
tus oraciones, te quedo profundamente 
agradecido.“ 

Quiso saber entonces el Párroco, 
cuál, entre las virtudes que habían en¬ 
riquecido durante su vida cl alma dei 
difunto, era la más meritória y grata 
en la presencia de Dios. “La asistencia 
diaria á la santa Misa, respondióle, me 
ha proporcionado una muerte apacible 
y un juicio misericordioso.“ 

No desmayéis, pues, oh espíritus apo- 
cados. Porque es cosa fácil imitar el 



La esperanza dei moribundo 377 

ejemplo de este buen cristiano; sobre 
todo los que habitáis en pueblos donde 
se celebran Misas á todas las horas de 
la manana; circunstancia ésta que os 
permite escoger el momento más favo- 
rable, según vuestro trabajo y los de- 
beres de vuestro estado. Los que, á pe¬ 
sar de sus deseos, no puedan ir á la 
iglesia, dediquen algunos momentos á 
la lectura de las oraciones de la Misa. 
Esto constituye también un medio ex¬ 
celente para prepararse á una buena 
muerte. 

Es indudable que los méritos de la 
Pasión y muerte de Jesucristo consti- 
tuyen las más legítimas bases de nues- 
tra esperanza. Pues bien, en la Misa 
estos méritos se distribuyen entre to¬ 
dos los asistentes que se hallan en es¬ 
tado de gracia; esperar, por lo tanto, 
lleno de confianza en la santa Misa, 
es esperar en los méritos mismos dei 
Salvador. 

Y no se diga, que estos divinos me- 
recimientos se nos comunican también 
en la confesión y en la comunión; por- 



378 


Capitulo XXI 


que hay gran diferencia entre el que 
rccibe los sacramentos y el que oye la 
Misa. El primero debe acercarse digna- 
mente al tribunal de la penitencia con 
verdadero arrepentimiento y á la santa 
Mesa con fervor, so pena de cometer 
un nuevo pecado; mientras que el que 
oye la Misa, aun cuando esté en pe¬ 
cado mortal, su estado, lejos de em- 
peorar, se mejora, porque el santo sa 
crifleio Ic proporciona la gracia de la 
conversión, si él no opone una resis¬ 
tência voluntária. 

Podría también objetarse á esto di- 
ciendo : Que todo moribundo, quien- 
quiera que sea, puede confiar en la Pa- 
sión y muerte dei Salvador, ya que 
Jesús sufrió por todos los hombres, 
para satisfacer por todos nuestros pe¬ 
cados y preservamos de la condenación 
eterna. 

Mas yo os diré: jDe qué servirían 
á nuestra alma los frutos preciosos de 
la Pasión y muerte dei Salvador, si de 
algún modo no le son aplicados? 
cómo los alcanzará más eficazmente que 



La esperanza dcl moribundo 379 

en la santa Misa, siendo así que la 
misma Iglesia nos enseSia: “ que los 
frutos dei cruento sacrifício de la cruz 
se distribuyen abundantemente por el 
sacrifício incruento? “(') 

“El sacrifício de la Misa, aõade la 
Iglesia, ha sido instituído, para que la 
virtud saludable dei sacrifício de la cruz 
sea aplicada por la remisión dc nues- 
tras faltas y defectos cotidianos.“ (®) 

El cristiano que de esta suerte es¬ 
pera, no confia en sí mismo ni en sus 
propios méritos, sino en Jesucristo, en 
las oraciones y méritos dei Salvador, 
de los cuales ha participado en el al¬ 
tar santo; confia cn un don más per- 
fecto que ha ofrecido al Padre celes¬ 
tial por las manos dei sacerdote, en la 
sangre preciosa que ha brotado dei al¬ 
tar sobre su alma; confia, y puede y 
debe confiar en la oración de Jesús. 

Esta esperanza es tan maravillosa 
que Sánchez dice; “La santa Misa nos 
infunde una esperanza de la vida eterna 


(i; Trid. Scss. XXII, cap. 2. (2) Ibld., Cap, 1. 



380 


Capítulo XXI 


con tantas garantias que, para creer en 
cila, nos basta la gracia de Ia fe." Así 
pensaban los Santos Padres, que tan 
bien se prepararon para la muerte, me¬ 
diante la devota celebración de la santa 
Misa, 

S. Teodoro Studita, celoso defensor 
de la fe católica contra los iconoclas¬ 
tas, cayó gravemente enfermo. Se ha- 
llaba ya en la agonia, cuando pidió al 
Scflor la gracia de celebrar por última 
vez los santos mistérios, y prepararse 
de este modo para la suprema lucha 
contra el enemigo infernal. 

\o bien hubo terminado esta ora- 
ción, sintió aligerarse la intensidad de 
su mal. Se levantó, fué á la Iglesia, 
y celebró la Misa con un fervor y una 
compunción tales que hicieron derra¬ 
mar lágrimas á todos los asistentes. 
Esta fué su mejor y su última prcpa- 
ración; al descender dei altar se tendió 
sobre el lecho, y se durmió dulcemente 
en el Seiíor. (‘) 


( 1 ) Baronlo. Ano 826, n. XLIV. 



La esperanza dcl moribundo 381 

S. Tarasio, patriarca de Constanti¬ 
nopla, igualmente fiel á esta santa de- 
voción, sobrellevaba sus dolores corpo- 
rales y reanimaba sus agotadas fuerzas, 
gracias á su ardiente amor por Nues- 
tro Senor. Guando j'a no podia tenerse 
de pié, se apoyaba con el pecho en el 
altar. 

De esta manera continuo hasta el 
último día en que su alma voló hacia 
Aquel, á quien sus lábios habían hecho 
descender sobre el altar tan piadosa y 
frecuentemente. (’) 

Muchos Santos Padres tuvieron la 
misma devoción, y no conocieron mejor 
preparación para la muerte que la Misa 
diaria. 

Adcmás, Jesucristo lo ha prometido 
á Santa Matilde; “A la hora de la muerte 
consolaré y protegeré al que haya asis- 
tido con asiduidad al santo sacrifício 
de la Misa; y para acompaãarle á mi 
tribunal, le enviaré tantos grandes de 
mi Corte como Misas haya él oído.“ (“) 


(1) Baronío. (2) UcvcL I, III, c. \l\. 



382 


Capitulo XXI 


jOhJesús! si en mi favor queréis 
cumplir esta promesa, repetiré al mo- 
rir las palabras de David: “El Sefior es 
mi luz y mi salvación: iá quién he de 
temer yo? El Seilor es el defensor de 
mi vida; ^quién me hará temblar?'* (^). 

i Ah! si para mi consuelo y defensa 
enviáis tantos Santos como Misas haya 
oído, no temeré al ejército entero de 
Satán, porque basta un Santo para po- 
ner en fuga todas las tropas infer- 
nales. 

Fortificada por el pensamiento de 
la santa Misa, el alma abandona este 
mundo y comparece ante el tribunal de 
Dios. -Hallarse cn presencia dei justo 
Juez! Hombre infeliz, ^cuál será enton- 
ces la serenidad de tu alma? Oye la 
relación autêntica de un monje rcsuci- 
tado, conservada por S. Bonifácio, obis- 
po de Maguncia, en una carta á su 
hermano. 

“Guando fui llamado al juicio de 
Dios, todos los pecados que había co- 


ín i>s. xxví, i. 



La esperanza dei moribundo 383 

metido avanzaron como otros tantos 
seres vivientes y horrorosos. El uno 
me decía: Yo soy la vanidad, por la 
cual te elevaste sobre tu prójimo. El 
otro e.vclamaba: Yo soy la mentira, que 
tú has proferido. Y nosotros, la multi- 
tud de palabras inútiles que has pro¬ 
nunciado; y las distracciones, los pcn- 
samientos inútiles á que te has entre¬ 
gado dentro y fuera de la iglesia. De 
esta manera, una machedumbre de fan¬ 
tasmas me rodeaba, y me acusaba con 
voces espantosas de estos pecados y de 
todos los que había omitido en la con- 
fesión, por negligencia, olvido ó igno¬ 
rância. 

Allí estaban también los demonios 
precisando el tiempo, lugar y circuns¬ 
tancias en que yo había pecado. En fin, 
las pocas buenas obras que yo había 
hecho en mi vida, se presentaron á su 
vez, tratando de hacerse escuchar: Yo 
soy la obediência que has rendido á tus 
superiores, dijo la una; y yo el ayuno, 
con el cual afligiste tu cuerpo; y yo, 
e.vclamaba una tercera, la oración á que 



384 


Capítulo XXr 


te has dedicado. Al aproximarse cada 
una de estas obras buenas, sentia yo 
inefable consuelo; los ángeles presen¬ 
tes aportaban su testimonio y ensalza- 
ban mis pobres obras.“ (*) 

Lector querido, lo que sucedió á este 
buen religioso, nos sucederá también 
sin duda á ti, á mí y á todos los hom- 
bres. Nuestros pecados aparecerán re¬ 
vestidos de horrendas formas; nuestras 
buenas obras estarán allí presentes para 
sostenernos; y, si has oído muchas Mi- 
sas, ellas aparecerán también en forma 
de hermosísimas vírgenes, que desvane- 
ccrán tu terror con su dulce presencia. 
Ellas dirán entonces: Nosotras, las Mi- 
sas á que helmente has asistido, te acom- 
pafíarémos al tribunal dei justo Juez; 
allí te excusarémos, serémos testigos de 
tu piedad hacia el santo sacrifício; ha- 
rémos constar todos los pecados que 
hayas borrado y todas las deudas que 
hayas satisfecho. No desmayes; noso¬ 
tras aplacaremos la cólera dei supremo 
Juez y obtendrémos el perdón. 

(li Uaronio. Aífo 71n. XXIII. 



esperanza dei moribundo 385 

i Qué consuelo para tu oprimida alma 
hallar amigos tan fieles, abogados tan 
poderosos! 

jAh! Dios quiera que te suceda lo 
que, al dccir dei verídico Raynaldi, su- 
cedió á S, Nantier, obispo dc Breslau. 
Este prelado era muy devoto de la santa 
Misa y asistía á todas las que se ce- 
lebraban cn su catedral. 

Al morir, una piadosa senora oyó 
cantos angélicos tan dulces que se creyó 
transportada al Paraíso. Quiso averi¬ 
guar la causa, y una voz celestial la 
dijo; Acaba de separarse de su cuerpo 
el alma dei Obispo Nantier, y los án- 
geles la conducen al cielo. Preguntú 
entonces la mujer como había merecido 
el Obispo tanto honor y tanta gloria, 
y la misma voz le respondió: “ Por 
su devoción al santo sacrifício dc la 
Misa.“ 

iQué ejemplo tan consolador! El 
piadoso prelado se libró de las penas 
dei purgatório y fué elevado entre can¬ 
tos angélicos, merced á su devoción á 
la santa Misa. 



386 


CaplLulo XXn 


Imitemos tan santo amor, y, si no 
nos fuere posible oír tantas Misas, po- 
drémos siempre unimos en espíritu á 
todas las que se celebran. Depositemos 
al pié dei altar un fervor scmejanteal 
dei bienaventurado Nantier, y Dios aco- 
gerá con agrado nucstra buena volun- 
tad y nos concederá una muerte di- 
chosa. 


CAPÍTULO xxn. 

Le santa Misa es el alivio más eficaz 
para las almas dei purgatório. 

Xo podemos comprender, durante 
esta vida el rigor de las llamas dei 
purgatório, pero día vendrá en que no- 
sotros mismos las experimentarémos. 
Entretanto meditemos la doctrina de los 
Santos Padres. 

S. Agustín declara que: “El esco- 
gido y el condenado son atormentados 
por el mismo fuego, cuya acción es 
más violenta que todo lo que se puede 



Alivio dcl purgatório 387 

imaginar, ver y sentir sobre la tie- 
rra.“ (*) 

Este testimonio bastará para infun¬ 
dimos un saludable temor; porque los 
males de la tierra son incalculables, y 
nuestra capacidad de sufrimiento es un 
abismo á cuyo fondo nadie ha llegado. 
Considcrad las tcrribles enfermedades 
que roen el cucrpo; lecd en cl marti¬ 
rológio las espantosas torturas á que 
fueron sometidos los confesores de la 
fé; y sin embargo, todo esto no es más 
que una débil imagen de lo que os es¬ 
pera, según afirma S. Cirilo: “Todas 
las penas, torturas y tormentos de esta 
vida, comparados con la más pequeBa 
pena dei purgatório, parccen todavia un 
consuelo.‘‘ 

Santo Tomás dice lo mismo: “La 
menor chispa de este fuego es más cruel 
que todos los males de esta vida.“ (‘^) 

[Oh Dios mío! ícómo podrá sopor- 
tar nuestra alma tan terribles dolores ? 
No obstante, es casi seguro que no lle- 


(t) Scrm. 41. (L’) In 4 bem. dist. 20, 9, cap. II. 



388 


Capitulo XXII 


gará al ciclo, sin atraversar antes es¬ 
tas llamas abrasadoras; porque, lejos 
dc ser bastante perfecta para evitarias, 
está llena de impurezas y de malas in- 
clinaciones. 

Acuden á mi memória otros muchos 
pasajes de los Santos Padres, pero bas¬ 
tará citar á S. Bernardo; “ Entre el 
fuego natural y el dei purgatório hay 
tanta diferencia como entre el fuego y 
su imagen." (‘) 

Santa Maria Magdalena de Pazis, que 
veia frecuentemente el purgatório donde 
había encontrado á su propio hermano, 
atestigua, que el fuego terrestre es, com¬ 
parado con el dei purgatório, un deli¬ 
cioso jardín. 

No he visto jamás comparación tan 
sorprendente, ni tan oportuna para esti¬ 
mulamos á la penitencia por el temor 
de estas intolerables penas. Al mismo 
tiempo despierta en nosotros una com- 
pasión sincera por las pobres almas 
encerradas en esta tenebrosa prisión. 


(1) .Serm. 1j. 



Alivio dei purgatório 389 

desde la cual nos dirigen sus voces su¬ 
plicantes. 

Hay muchos médios para aliviarias, 
pero el más saludable, declara el Con¬ 
cilio de Trento, es el santo sacrifício 
de la Misa. “Las almas dei purgatório 
son socorridas por los sufrágios de los 
fíeles, principalmcnte por el sacrifício 
dei altar.“ (') 

Dos siglos antes había dichoya Santo 
Tomás de Aquino: “Según costumbre 
general, la Iglesia ofrece sacrifícios y 
ruega por los difuntos; y así les libra 
prontamente dei purgatório.“ C^) 

La razón de esto es, porque en la 
santa Misa el sacerdote y los asisten- 
tes, no solamente imploran misericórdia, 
sino que ofrecen también á Dios un 
prcciosísimo rcscate. Las almas dei pur¬ 
gatório no están cn su desgracia, ya 
que por su contrición y confesión se. 
han reconciliado con El; pero perma- 
necen prisioneras, para purifícarse de 
sus imperfecciones. 

fi) Trid. Sess. XXV. Dccrel. de pounit. 
i'i) ia 4 Sent. quust. 45, 



390 


Capitulo XXII 


Por tanto, si llenos de compasión, 
rogáis por ellas y las aplicáis vuestros 
merecimicntos, contribuís á saldar una 
parte de esta deuda de la que el mismo 
supremo Juez dice: “Cuida de que no 
te metan en la cárcel; porque te ase- 
guro que no saldrás de ella, hasta que 
hayas pagado el último ccntimo.“ (') 
Pero si oyes ó mandas celebrar la 
Misa por una de estas almas, satisfaces 
una gran parte de su deuda. 

Guando el bienaventurado Enrique 
Suzo, de la Orden de Predicadores, es- 
tudiaba en Colonia, pacto con un su 
amigo para que el que sobreviviera 
celebrara un cierto número de Misas 
por el difunto. Terminados sus estúdios, 
Suzo continuó en Colonia y el otro re¬ 
ligioso fiic enviado á la Suabia donde 
murió al poco ticmpo. 

Enrique recordó su promesa; pero, 
habiendo ya dispuesto de la intención 
de sus Misas, suplió el santo sacrifício 
por la oración, el ayuno y otras mor¬ 


ei) Malh. V. 26. 



Alivio dei purgatório 391 

tificaciones. Pasado algún tiempo se le 
apareció su compafiero en un estado 
lamentable y le dijó entristecido: “jAsí 
cumples tu palabra, ó amigo infiel ?“ El 
P. Enrique se turbo y respondió tem- 
bloroso: “Amigo querido, yo no me 
descuido; me ha sido imposible cele¬ 
brar la santa Misa por ti, pero he orado 
y me ha mortificado tanto á tu inten- 
cicjn.“ 

“No basta eso, replicó el alma in¬ 
fortunada, tus oraciones no son bas¬ 
tante poderosas para sacarme de estos 
tormentos; necesito la sangre de Jesu- 
cristo, esta preciosa sangre que se ofrecc 
en la Misa; si hubieras cumplido tu 
promesa, habría salido ya de esta cár- 
cel de fuego; á tu olvido debo el con¬ 
tinuar en ella.“ 

Fácilmente se comprcnde el dolor 
dcl bienaventurado Suzo; vuelto en sí 
de su primer asombro, conto al prior 
la aparición y la súplica. El Prior le 
dispenso sus obligaciones, y le mandó 
celebrar por su amigo. Hízolo así, y 
pronto el muerto le anunció su liber- 



392 Capitulo XXII 

tad y Ic prometió su intercesión en d 
cielo. 

Considera estas palabras: “Tu ora- 
eión, aunque muy agradable á los ojos 
de Dios, no es bastante poderosa para 
librarme de estas penas.“ 

Si las oraciones dei bienaventurado 
Suzo eran insuficientes, íqué decir de 
las nuestras tan tibias y secas? Uná- 
moslas pues durante la Misa á las de 
Jesus y á las dei sacerdote, y entonces 
pasará como refrigerante soplo, como 
dulcc promesa de próxima liheración, 
sobre el valle desolado que habitan las 
pobres almas. 

No sabemos en qué proporción son 
perdonadas las penas dei purgatório 
por el santo sacrificio. Siempre es cierto 
que una Misa, celebrada ú oída por uno 
mismo en vida, vale más que si se ofrece 
á nuestra intención después de la muerte, 
según lo afirma S. Anselmo: “Una sola 
Misa oída por una persona durante su 
vida, le es más ventajosa que muchas 
dichas por ella después desu muerte." 

Ué aqui el por qué: 



Alivio dei purgatório 393 

1. Si estás en gracia, al oír ó en- 
cargar la celebración de la Misa, ob- 
tienes un aumento de gloria para el 
Paraíso, ventaja que cien Misas cele¬ 
bradas después de tu muerte no podrían 
procurarte, pues que habría entonces 
pasado ya la época de merecer. 

2. Si estas en pecado mortal, la santa 
Misa te procurará, por la misericórdia 
infinita de Dios, la luz necesaria para 
reconocer tus pecados y el dolor de 
haberlos cometido; dolor que nos vuelve 
al estado dc gracia, cosa imposible des¬ 
pués de la muerte. Habías de estar ya 
sellado con el estigma de la reproba- 
ción, y todavia la santa Misa podría 
retenerte sobre el borde dei infierno y 
otorgarte el inefablc beneficio dc morir 
reconciliado con Dios. 

3. Las Misas dichas ú oídas te espe- 
ran más allá de la tumba donde. Como 
otros tantos elocuentes abogados, soli- 
citarán tu gracia en el tribunal de la 
justicia. Si no te libran completamente 
dei purgatório, abreviarán su duración 
y atenuarán su intensidad. Aunque el 



394 


Capítulo XXII 


mismo Dios te aplicara toda la vii tud 
de una Misa después de tu muerfe, se¬ 
ria necesario esperar á que fuera cele¬ 
brada. jCuán triste y dolorosa es la 
espera de las almas dei purgatório! 

Supón que murieras por la tarde 
y que habías de permanecer en las lln- 
mas dei purgatório solamente hasta la 
hora de la Misa dei dia siguiente. iAh! 
cuán larga seria esta noche I Supón to¬ 
davia el caso más favorable, de que 
tu alma habia de permanecer solamente 
el tiempo que durara la celebraeión de 
una Misa; oh alma querida, esta media 
hora corta te pareceria una eternidad. 
Si se te obligara á poner la mano en 
el fuego, por espacio de una Misa, ^qué 
no darias por evitar una prueba tan 
terrible ? 

Sin embargo, el fuego sólo atormen¬ 
taria' un miembro de tu cuerpo, y no 
podria compararse con la pena muchi- 
simo más intensa que sufre el alma en 
el purgatório. sentiremos menos 
compasión por nuestra alma que por 
nuestro cuerpo? En todo caso, es mu- 



Alivio dei purgatório 395 

chísimo incjür que las Misas nos espe- 
ren en la otra vida, que no cl que las 
esperemos nosotros. Ks decir, amonto- 
nemos tesoros para el ciclo por medio 
de la piadosa asistcncia á la santa Misa, 
porque vendrá la noche y ^quién tra- 
bajará entonces por nosotros f 

4. La limosna que dedicas á la cc- 
lebración de la Misa, es un dón espon¬ 
tâneo, voluntário y muy agradable á 
Dios; pero después de muerto, no eres 
tú, son tus herederos los que ofrccen 
este dón. 

iXo estamos viendo todos los dias 
el ceio escaso con que procuran éstos 
cumplir los últimos deseos de los mori¬ 
bundos? 

Créeme, lo más acertado cs asegurar 
el porvenir de esta vida, mientras eres 
duciío de tus bienes. 

5. No olvidemos, por último, que esta 
vida es el tiempo de la misericórdia, 
y la vida futura el de la justicia. 

San Buenaventura dice: “Como un 
hilo de oro cs mucho más precioso que 
un lingote de plomo, así también una 



396 


Capítulo XXII 


pequeSa penitencia hecha voluntaria¬ 
mente en esta vida, es mucho más es- 
timable á los ojos de Dios, que una 
gran penitencia impuesta en la otra.“ 

La siguiente historia te demostrará 
la doble utilidad de la santa Misa para 
nosotros mismos y para las almas dei 
purgatório. 

Maria, joven y piadosa costurera, 
encargaba todos los meses una Misa 
por el alma más próxima á salir dei 
purgatório. Dios prueba á la que ama: 
Maria debia sufrir una larga serie de 
pruebas. Una penosa enfermedad la re- 
tuvo un ano entero en su lecho y per- 
dió todos sus clientes. Para librarse de 
la miséria, hubo de buscar una plaza 
de sirvienta. 

Preocupada por tan triste pensa- 
miento se dirigió á la Iglcsia al salir, 
por vez primera, de su casa. En el ca- 
mino se acordó de no haber cumplido, 
durante su enfermedad, la promesa he¬ 
cha á las almas dei purgatório. iQué 
hacer? La enfermedad había consumido 
sus modestas economias, le quedaba tan 



Alivio dei purgatório 397 

sólo una moneda de plata, suficiente, en 
verdad, para encargar una Misa, pero 
.nsí mismo necesaria para procurarse 
un pedazo de pan. 

Maria no vaciló: un poco de ham- 
bre puede soportarse, mejor que las 
terriblcs llamas dei purgatório; encar- 
gó la Misa y se abandonó totalmente 
en brazos de la Divina Providencia. 

Llegada á la iglesia, vió un sacer¬ 
dote dispuesto á salir al altar y le pi- 
dió si podría celebrar á su intenciòn. 
Contestólc afirmativamente y Maria le 
entrego su modesta ofrenda; asistió al 
santo sacrifício, y comulgó cn favor dei 
alma que estuviera más próxima á vo- 
lar al cielo. 

Al salir de la Iglesia, se dirigia á 
casa de una amiga, cuando un joven, de 
noblc aspecto, la saludió y la dijó: 
■'^No busca V. una colocación.’“ 

“Si sefíor; pero ,iCÓmo puede V. sa- 
berlo si á nadie he hablado de seme- 
jante cosa y yo no conozeo á V. ?“ 
“N’o importa, dijo el desconocido 



393 


Capitulo XXII 


sonriendo, siga V. por esta misma calle 
hasta tal número, y allí hallará V. una 
senora que la tomará á su servicio, y 
junto á la cual, será V. completamente 
feliz.“ Y despareciü al punto. 

Maria siguió la dirección indicada; 
llcgü a un magnífico edifício, cuyas 
puertas la franqueo una vencrable sc- 
iiora. 

"Cierto, dijo ella, después de haber 
oído á la joven, es cierto que necesito 
una doncella y ahora mismo me dispo- 
nía á salir en su busca; ; pero como lo 
ha sabido Ayer por la tarde des¬ 
pedí, por graves motivos, á mi cama- 
rera; pero nadie sabe nada de esto: no 
me explico como ha podido V. cono- 
cer mi necesidad.'* 

Maria no pudo resistir al deseo de 
referir su encuentro con el Joven, cuyo 
aspecto tanta confianza la había inspi¬ 
rado. 

Al entrar en la câmara de su nueva 
seiíora, Maria fijó .sus ojos en un her- 
moso retrato de tamaiío natural. 

“Seiiora, exclamó ella, he aqui el 



Alivio dei purgatorio 399 

bondadoso joven que me ha indicado la 
casa de V. y cuya angélica hermosura 
no olvidaré jamás.“ 

La seflora palideció y se dejó caer 
sobre un sillón: Qué dice V. ? este es 
el retrato de un hijo mío, muerto hace 
cuatro afíos.“ 

Maria comprendió al punto la ma- 
ravillosa bondad de Dios para con ella; 
se arrodilló junto á la pobre madre 
dcshccha en llanto, y la refirió su his¬ 
toria : su enfermedad. la última moneda 
ofrecida por él alma dcl purgatorio que 
el mérito de una sola Misa pudiera li¬ 
bertar, su abandono en brazos de la 
Providencia. 

“;Oh. hija querida, exclamo entonces 
la senora, yo te debo así la salvación 
de mi hijo! Murió piadosamente, ; ay de 
mí! y le creia ya en el cielo desde 
hace mucho tiempo; sin embargo su 
purgatorio duraria todavia, si no hubiera 
sido por tu piedad. El es quien te en¬ 
via, bendito sea Dios. Permanecerás 
aqui durante toda mi vida, no en cali- 



400 Capítulo XXII 

dad de sirvienta, sino como amiga y 
hermana.“ 

Hemos oído esta conmovedora his¬ 
toria á un sacerdote venerable, á quien 
la misma Maria la había referido. 

i Ah! si nosotros pudiéramos con¬ 
templar con nuestros mortales ojos los 
raudalcs dc gracias que, desde el altar, 
se distribuyen sobre cl purgatório, jcon 
qué ceio procuraríamos á las almas des¬ 
terradas este divino beneficio! No me 
hables de tu pobreza. Verdad que ella 
no te permitirá el gozo dc hacer cele¬ 
brar los divinos mistérios, pero ya te 
lo he dicho más arriba: la sola audi- 
ción dc la santa Misa es sumamente 
meritória. Asiste á cila, y, para aumen¬ 
tar tu caridad, invita á tus amigos para 
que oigan una ó varias Misas á inten- 
ción de las almas dei purgatório. 

Tal erá el consejo que un santo va- 
rón daba á una pobre viuda, que se la- 
montaba de no poder encargarlas por 
su difunto marido, por la ascasez de 
recursos. “Asiste frccuentementc al santo 
sacrificio por él, y saldrá dei purgato- 



Alivio dei purgatório 


4Ü1 


rio, antes que por una ó dos Misas cele¬ 
bradas á tu intcnción.“ 

Este excelente consejo do}' yo tam- 
bién de corazón á los pobres; es indu- 
dablemente más beneflcioso hacer cele¬ 
brar, si es posible, la santa Misa; pero 
es un dulcísimo consuelo, para una alma 
que padece el veros ofrecer al Padre 
Eterno la sangre de Nuestro Seiíor por 
ella. 

Entonces esa preciosa sangre la 
inunda como un rocio celestial. Un vaso 
de agua fresca no consolará jamás á 
un enfermo, devorado por la fiebre, tanto 
como á nuestros difuntos algunas go¬ 
tas de la divina sangre que derrama¬ 
mos místicamente sobre ellos en la santa 
Misa. 

Permitidme todavia que afiada algo 
en beneficio de nuestros difuntos que¬ 
ridos. Al incensar las tumbas ó rociarias 
con agua bendita, las pobres almas ex- 
perimentan un alivio dulcísimo. Las go¬ 
tas de agua bendita, es cierto, no to- 
can más que la tierra; pero la virtud 
que la bendicion y las oraciones de la 



402 


Capítulo XXIII 


Iglesia les concede, Megan como suave 
refrigério hasta el purgatório. Rociad, 
pues, frecuentemente las tumbas de 
vuestros muertos, para consolarlos y 
aliviarlos. 


CAPÍTULO xxm. 

De la oración dei sacerdote y 
de los ángeles, por los fleles que asisten 
á la Misa. 

Es general entre personas piadosas, 
quejarse de frecuentes distracciones du¬ 
rante la oración. Para esto no conozco 
remedio más eâcaz que la frecuentc 
asistencia á la santa Misa, en la que 
unes tu pobre oración á la de Jesus y 
su ministro. 

A la manera que una pieza de co¬ 
bre, se embellece y abrillanta arrojada 
en oro fundido, así tu oración seca y 
distraída se hace atenta y fervorosa: 
“la oración, hecha en la Misa en unión 
con el sacrifício, es más eficaz que to¬ 
das las dcmás, por muy largas y fervo- 



O/ación dcl sacerdote y de los ángclcs 403 

rosas que scaii.“ (*) Expondré en este 
capítulo el fundamento de tan consola¬ 
dora doctrina. 

El celebrante debe orar no sólo por 
los fieles en general y ofrecer el santo 
sacrifício por su salvación. sino que 
además está obligado á hacerlo de una 
manera particular por todos los asis- 
tentes, y á presentar al Padre celestial 
sus peticiones. Así, la oración dei prin¬ 
cipio llamada Collecta, la Secreta que 
sigue al 0/ertorio, la Postcoinmiaiio, 
y, en general, todas las oraciones en 
que la petición se hace á nombre de 
muchos, son recitadas por la asamblea 
de fieles, por ti, si formas parte de ella, 
y pueden ser tan provechosas como si 
estuvieras á solas en la Iglesia con cl 
sacerdote. 

Para conocer con puntualidad las 
oraciones en que tienes, por decirlo así, 
una participación oficial, vamos á enu¬ 
merarias cuidadosamente. 


(1) Küi-ncr. 



404 


Capitulo XXIII 


^ 1. Qué pide el sacerdote y cómo lo plde 
para los aslstentes. 

Al principio de la Misa el ayudante 
recita el Conjiteor, cn nombre dei pue- 
blo, sobre el cual el sacerdote pronun¬ 
cia la sigiiiente absolución: “Dios po¬ 
deroso tenga misericórdia de vosotros, 
y, perdonados vuestros pecados, os lleve 
á la vida eterna. El Seiíor Todopode- 
roso y misericordioso nos conceda cl 
perdón, la absolución y remision de 
nucstros pecados. Amén.“ 

Al Kiric, que es un grito de angus¬ 
tia hacia la Santísima Trinidad, al Glo¬ 
ria in exculsis y á la Collecta, el sa¬ 
cerdote habla en su nombre y en el 
nuestro. Saluda al pueblo, reunido alre- 
dedor dei altar, con la santa salutación 
Doitiitius robiscum, que “el Sefíor esté 
con vosotros.“ 

Este era el saludo dei ángel á Ge- 
deón, de üooz á sus segadores, dei Ar- 
cángel Gabriel á la Santísima Virgen. 

Por estas palabras, ocho veces re¬ 
petidas, el sacerdote desca para el pue- 



Oraciún dcl sacerdote y de los ángcles 4C3 

blo salud y bendición, porque rqué po- 
drá faltamos si Dios está con noso- 
tros ? 

Al Credo pronuncia en su nombre 
y en el de los fieles esta confesión de 
la fe católica, en la cual deseamos to¬ 
dos vivir y morir. 

A la oblación dei pan dicc: “Recibe, 
oh Padre Santo, Dios todopoderoso y 
etemo, esta Hóstia inmaculada, que yo, 
indigno siervo tuyo, ofrezeo á ti, que 
eres mi Dios vivo y verdadero, por 
mis innumerables pecados, ofensas y 
negligencias, y por todos los que están 
presentes, y también por todos los fie¬ 
les cristianos vivos y difuntos: para 
que á mí y á ellos sea de provecho 
para la salvación en la vida eterna. 
Amén.“ 

Guando pone el agua y el vino en 
cl cáliz: “Oh Dios que maravillosamente 
formaste la dignidad de la humana na- 
turaleza, y más maravillosamente la 
reformaste; concédenos, por el misté¬ 
rio de mezclar esta agua y vino, que 
seamos participantes de la divinidad de 



406 


Capftulo XXIII 


Aquél que se dignó participar de nues- 
tra humanidad, Jesucristo, Hijo tuyo 
Senor nuestro; que como Dios vive y 
reina contigo en unidad dei Espíritu 
Santo; por todos los siglos de los si- 
glos. Amén." 

A la oblación dei cáliz: “Ofreeé- 
moste, Senor, el cáliz de Ia salud, im¬ 
plorando tu clemencia: para que suba 
con suave fragancia hasta la presencia 
de tu divina Majestad, por nuestra sal- 
vación y la de todo el mundo. Amén.“ 

Despues dei lavabo el sacerdote se 
inclina y dice: “Recibe, oh Trinidad 
santa, esta oblación, que te ofrecemos 
en memória de la Pasión, lesurrección 
y ascensión de Jesucristo nuestro Se¬ 
nor; y en honor dc la bienaventurada 
siempre Virgen Maria y dc San Juan 
Bautista y de los santos Apostoles Pe¬ 
dro y Pablo, y de estos, y de todos 
los Santos, para que á ellos les sirva 
de honra y á nosotros nos aproveche 
para la salvación; y se dignen interce¬ 
der por nosotros en el cielo aquellos 
cuya memória veneramos en la tierra. 



Oración dei sacerdote y de los ángelcs 407 

Por el mismo Jesucristo, nuestro Seflor 
Amén.“ 

A continuación pronuncia en voz 
baja por todo el pueblo la oración mis¬ 
teriosa de la Sccretíi. Ordinariamente 
se dicen tres oraciones, á veces cinco, 
y en las grandes festividades no hay 
más que una. 

En el Prefacio, el sacerdote excita 
al pueblo á mezclar las alabanzas con 
las suyas, y después continua solo en 
alta voz: “El Senor seacon vosotros.“ 
“Y con tu espíritu." 

“Elevad vuestros corazones.“ “Los 
tenemos ya elevados al Senor.“ 

“Demos gradas á Dios nuestro Se¬ 
nor." “Digno y Justo es.“ 

“Verdaderamente es digno y justo, 
debido y saludable, que en todo tiempo 
y lugar te demos gradas, Senor santo, 
Padre todopoderoso, Dios eterno: Por 
Jesucristo Senor nuestro. Por quien los 
ángeles alaban tu majestad, las domi- 
naeiones la adorán, las potestades la 
temen. Los delos y las virtudes de los 
cielos, y los bienaventurados serafines. 



40S 


Capitulo XXlil 


en unânime concierto, la celebran. Con 
los cuales, suplicamos que te dignes 
admitir también nuestras voces que con 
humilde acatamicnto proclaman: 

“Santo, santo, santo, Sefior Dios de 
los ejércitos. Llcnos están los cielos y 
la tierra de tu gloria, hosanna en las 
alturas. Bendito sea el que viene en 
nombrc dcl ScSor. Hosanna en las al- 
turas.“ 

Entonces comienza el Canon, parte 
dc la Misa que se pronuncia en voz baja, 
y dei cual citaremos aqui únicamente 
el Mentenio de los vivos: “Acuérdate, 
Seiíor, de tus sicrvos y siervas N. N. 
(Aqui designa mentalmente el sacerdote 
á aquellos por quien se ofrece el sa¬ 
crifício), y de todos los que están aqui 
presentes, cuya fc y devoción te es 
conocida, por los cuales te ofrecemos, 
ó ellos mismos te ofrccen, este sacri¬ 
fício de alabanza, por sí y por todos 
los suyos, por la redención de sus al¬ 
mas, por la esperanza de susalvacióny 
conservacion ; y te cumplen sus prome- 
sas áti, Dios eterno, vivo y verdadero. ’ 



Oración dei sacerdote y de los ángcle.s 409 

Estas palabras deben servirte de 
consuelo, aunque tu pobreza no te per¬ 
mita hacer celebrar Misas. La que oyes 
es ofrecida por el sacerdote á tu in- 
tención, y te aplica su mérito á ti y á 
todos los tuyos, según tu piedad y tu 
deseo. 

Después dei Memento continúa la 
oración pública: “Unidos en la misma 
comunión y venerando la memória, en 
primer lugar de la gloriosa siempre 
\lrgen Maria, Madre de Jesucristo nues- 
tro Dios y Senor: y también la de tus 
bienaventurados Apóstoles y Mártires 
Pedro y Pablo, Andrés, Santiago, Juan, 
Tomás, Felipe, Bartolomé, Mateo, Si- 
món y Tadeo; de Lino, Cleto, Clemente, 
Sixto, Cornelio. Cipriano, Lorenzo, Cri- 
sógono, Juan y Pablo. Cosme y Da- 
mián; y de todos tus santos; por sus 
mcrecimientos y ruegos te suplicamos 
nos concedas, que en todas las cosas el 
auxilio de tu protección nos detienda. 
Por el mismo Cristo, nuestro Sefíor. 
Amén.“ 

Con las manos extendidas sobre la 



410 


Capitulo XXIII 


oblata continua el sacerdote: “Rogá- 
moste, pues, Sefior, recibas propicio 
esta ofrenda de nuestra servidumbre, 
que lo es también de toda tu familia: 
y nos hagas pasar en tu paz los dias 
dc nuestra vida, y mandes que seamos 
preser\ados de la eterna condenación 
y contados en la grey de tus escogidos. 
Por Cristo nuestro Seõor. Amén.“ 
Después de la elevación dice: “Por 
tanto, Sefior, nosotros siervos tuyos, y 
también tu pueblo santo, en memória 
así de la bienaventurada Pasión dei 
mismo Jesucristo, tu Hijo, nuestro Se¬ 
fior, como de su resurreción de entre 
los mucrtos, y también de su gloriosa 
ascensión á los cielos; ofrecemos á tu 
excelsa Majestad de tus dones y dádi¬ 
vas esta hóstia f pura, hóstia f santa, 
hóstia f inmaculada, el pan f santo de 
la vida eterna y el cáliz f de perpetua 
salvación. Hacia los cuales dígnate, Se¬ 
fior, mirar con rostro propicio y se¬ 
reno ; y aceptarlos, así como te dignaste 
de toner por aceptos los dones de tu 
siervo el inocente Abel y el sacrifício 



Oración dei sacerdote y de los ingeles 41 1 

de nuestro patriarca Abraham,el que 
te ofreció tu sumo sacerdote Melqiiise- 
dech: sacrifício santo, hóstia inmacu- 
lada.“ 

Profundamente inclinado dice luego: 
‘^Rogámostc con todo rcndimicnto, om 
nipotente Dios, mandes sean llcvados 
estos dones por las manos de tu santo 
ángel á tu sublime altar, ante la pre¬ 
sencia de tu divina Majestad: para que 
todos los que participando de este al¬ 
tar recibiéremos el sacrosanto cuerfpo 
y sanfgre de tu Hijo, seamos llenos 
de toda bendieión celestial y graeia. 
Por el mismo Cristo, Sefíor nuestro. 
Amén.“ 

En el Memento de los difuntos ruega 
por todos los fieles difuntos, después 
por aquellos á la intención de los cua- 
les él celebra la Misa ó que le han 
sido recomendados, y luego continúa: 
“También á nosotros pecadores, siervos 
tuyos, que esperamos cn la abundancia 
de tus misericórdias, dígnate damos al- 
guna parte y companía con tus santos 
Apóstoles y Mártires: con Juan, Este- 



412 


Capítulo XXIII 


han, Matías, Bernabé, Ignacio, Alejan- 
dro, Mpcelino, Pedro, Felicidad, Per¬ 
petua, Águeda, Lucía, Inés, Cecilia, Anas- 
tasia, y con todos tus santos: en cuya 
compafiía te pedimos nos recibas, no 
como apreciador de méritos, sino como 
perdonador dc culpas. Por Cristo, Se- 
nor nuestro.“ 

Recita á continuación el Paler >jos- 
ter por él y por todos los cristianos, 
y agrega: “Te rogamos, Senor, nos li¬ 
bres de todos los males, pasados, pre¬ 
sentes y venideros, y por la interce- 
sión de la bienaventurada y gloriosa 
siempre Virgen Madre de Dios, Maria, 
con tus bienaventurados Apóstoles Pe¬ 
dro y Pablo y Andrés, y todos los san¬ 
tos, danos propicio la paz en nuestros 
dias; para que ayudados con cl auxilio 
de tu misericórdia, vivamos siempre 
libres de pecado, y seguros de toda 
perturbación. Por el mismo SeHor nues- 
tro, jesucristo, Hijo tuyo.*' 

Sigue el Dei, repetido tres 

veces; “Cordero de Dios, que quitas 



Oración dei sacerdote y de los ángeles 413 

los pecados dei mundo: ten misericór¬ 
dia de nosotros: dános la paz.“ 

Fil sacerdote recita entonces una 
oración por él solo, y dice la última 
collecta por él y por el pucblo entero 
y sigue diciendo: “Séate agradable, oh 
Trinidad santa, cl obséquio de mi ser- 
vidumbre: y concede que el sacrifício 
que yo indigno he ofrecido á los ojos 
de tu Majestad, sea digno de que tu lo 
aceptes; y, para mí y para todos aque- 
llos por quienes le he ofrecido, sea por 
tu misericórdia propiciatorio. Por Cristo, 
Sefíor nuestro. Amén.“ 

Por último bcndice á los fieles en 
nombre de Jesucristo y de su Iglesia, y 
1 :e el Fh’augelio según San Juan. 

He aqui las oraciones cuyos bene¬ 
fícios se recibcn asistiendo á la santa 
Misa. Sencillas en aparência, tienen 
maravillosa eflcacia, pues están inspi¬ 
radas por el Espíritu Santo, compues- 
tas por los Apóstoles y los Santos Pa¬ 
dres, y sancionadas por la Iglesia. El 
sacerdote no las dice en nombre pro- 
pio, sino en nombre de Jesucristo y de 



414 Capítulo XXIII 

toda la cristianidad, de quienes es el 
representante. 

En efecto, la Iglesia, es dccir, la 
sociedad de los fieles, envia al sacer¬ 
dote al altar, como su embajador acre¬ 
ditado. Le encomienda sus peticioncs 
para que las exponga ante Dios du¬ 
rante el santo sacrifício, y procure el 
bienestar temporal y eterno de todos 
sus hijos, y muy espccialmente la libe- 
ración de las almas dei purgatório. Las 
palabras de esta sublime embajada han 
sido Jictadas una á una por la Iglesia 
é incluidas en cl misal. 

Así, cuando el sacerdote llega al al¬ 
tar y se presenta ante la Divina Ma- 
jestad, Dios no le considera como un 
pobre pecador, sino como el embajador 
de su Iglesia, como el representante de 
su Hi jo, cuyas veces hace, cuyos vesti¬ 
dos é insígnias lleva, y en nombre dei 
cual pronuncia las palabras de la con- 
sagración: “Este es mi cuerpo. Esta es 
mi sangre.“ En estas condiciones, su 
oración es para Dios la oración dei 
mismo Jcsús. 



Oraclún dei sacerdote y de los ángeles 413 

El sacerdote no se limita á orar, 
ofrece además un don, un tesoro de in¬ 
finito valor; el cuerpo y la sangre dcl 
Salvador. Dios no puede rechazar este 
don, ni rehusar al sacerdote sus pia- 
dosas solicitaciones. 

Unamos pues nuestras oraciones á 
las dei sacerdote para que sean mejo- 
res, más nobles, mas eficaces, y obten- 
gan lo que por nosotros solos jamás 
podríamos obtener. Por último, te ben- 
dice el sacerdote con la senal de la 
cruz, para preservarte de mal durante 
el día. 

íQuieres saber si son igualmente 
buenas todas las Misas? 

Antes de responder, te ruego distin¬ 
gas bien entre el sacrifício y la piedad 
dei que lo ofrece. iPreguntas si el sa¬ 
crifício es tan santo, ofrecido por un 
sacerdote bueno, como por uno maio? 
Sí. Como es válido el bautismo, ya sea 
conferido por un pecador ó por un 
justo, con tal que el ministro tenga in- 
tencion de bautizar y se conforme con 
las prescripciones de la Iglesia, dei 



416 


Capítulo XXIII 


mismo modo la santa Misa es siempre 
igualmente santa y saludable, si el sa¬ 
cerdote observa las ceremonias pres¬ 
critas. 

Pero acaso desearás saber, £ la obla- 
ción dei sacrifício es entre todos los 
sacerdotes igualmente piadosa y edifi¬ 
cante? jAy, no! Este será en el altar 
un émulo de los ángeles, el otro será 
poco fervoroso; y, en este sentido, Dios 
considera una Misa más agradable que 
la otra. 

El sacerdote lo sabemuybien: hoy 
está recogido, manana se distraerá. Por 
esto pide él á los fieles el auxilio de 
sus plegarias para que su sacrifício sea 
agradable al Dios Omnipotente. Tal es 
el sentido dei Orate, fratres. 

Hermanos y hermanas, dice volvién- 
dose bacia el pueblo, tenemos que rea¬ 
lizar una gran empresa, para la cual 
son insuficientes mis fucrzas. Os suplico, 
pues, que me ayudéis todos á ofrecer 
este sacrifício, que es también vuestro. 
Si lo bago dignamente, obtendréis in- 



Oración dei sacerdote y de los ángeles A17 

mensos benefícios, que naturalmente 
disminuirían en el caso contrario. 

San Buenaventura escribe; “Todas 
las misas son igualmente buenas en lo 
que al Salvador se refiere. Por lo que 
toca al celebrante, las hay mejores y 
menos buenas. Por tanto, vale más oír 
la Misa de un sacerdote virtuoso, que 
la de uno malo.“ 

El Cardenal Bona confirma este pen- 
samiento al decir: “Cuanto más santo 
y agradable á Dios sea el sacerdote, 
más favorablemente acogidas serán sus 
oraciones y su sacrifício; más útil será 
su Misa, porque en ésta, como en otras 
obras piadosas, á mayor fervor corres- 
ponden mayores frutos.“ 


§ 2. Cómo oran los ángeles por nosotros 
en Ia Misa. 

Es indudable que los ángeles están 
presentes en la Misa. La Iglesia lo 
afirma y David canta en sus salmos: 
“Mandó á sus ángeles que cuídasen de 


S096 


14 



41S 


Capitulo XXIII 


ti; los cuales te guardarán en cuantos 
pasos dieres.“ (') 

Donde quiera que vayamos nos acom- 
paSan estos esplritus celestiales, nos 
amparan con su protección y nos col- 
man de favores. Pero cuando dirigimos 
nuestros pasos hacia el altar dei Se- 
nor, icon qué regocijo, con qué satis- 
faccion cumplcn su misión de ahuyen- 
tar á los maios espíritus que quisieran 
perturbar nuestra dcvoción, imponiendo 
silencio á nuestros disipados cuchicheos 
y apartando todas las distracciones. 

Por lo menos asisten ála Misa tan¬ 
tos ángcles como personas, pues cada 
uno tiene su ángel custodio, que le 
ayuda á orar y á adorar á Jesucristo 
sobre el altar. Pcdid al vuestro que 
oiga la Misa por vosotros y con voso- 
tros, y su ardiente oración suplirá con 
ventaja las misérias y defectos de la 
vuestra. 

Además de los ángeles custodios, 
están también presentes en el altar los 


( 1 ) Salmo .XC. 13. 



Oraci(')n dcl sacerdote }' de los ángelcs 419 

príncipes de la milícia celestial; porque, 
bajando allí el Hey de los ángeles á 
realizar la obra más excelsa de su po¬ 
der, es natural que se halle rodeado de 
sus ministros y le rindan vasallaje. 

Entonces podéis exclamar en ver- 
dad con David: “En presencia de los 
ángeles te cantaré himnos; te adoraré 
en tu santo templo y tributaré alaban- 
zas á tu nombrc.“ (‘) 

Estáis arrodillados en medio de es¬ 
tos espíritus puros, que oyen la Misa 
con vosotros y ruegan ardientemente 
por vuestra salvación. “Recuerda, oh 
hombre, al lado de quien estás durante 
este misterioso sacrifício. Te hallas en¬ 
tre querubines y serafines, y en medio 
de las potestades celestes. Procura, pues, 
no afligirles con tu impiedad y rego- 
cijarles con tu fervor. 

“Guando el sacerdote celebra el su¬ 
blime y tremendo sacrifício dei altar, 
los ángeles le asisten, y elevan en coro 
su voz, para cantar la gloria de Aqucl 


(1) rs cxxxvii, 1-2. 



420 


Capitulo XXIII 


que es inmolado... Entonces los hom- 
bres oran, los ángeles doblan su rodilla 
en la presencia de Dios, y los arcán- 
geles interceden por nosotros. Estos 
son los momentos más propícios para 
nosotros. 

El santo sacriflcio está á la dispo- 
sición de estas potestades angélicas, y 
ellas defienden nuestra causa, dicíendo: 
“Se 3 or, os rogamos por aquellos que 
vuestro Hijo amó hasta la muerte, por 
los que redimió con su sangre, y por 
quienes ofreció su cuerpo en sacrifi- 
cio.“ (‘) 

; Qué diferencia entre sus oraciones 
y las nuestras! Ellos arden cn amor 
por Dios, á quien contemplan cara á 
cara, y á quien adoran eternamente. 
He aqui, por que alcanzan ellos lo que 
nosotros pediríamos en vano. No obs¬ 
tante, nuestras oraciones, unidas á las 
suyas, rasgarán las nubes y serán más 
atendidas que si oráramos en la sole- 
dad de nuestras casas. 


(1) S. Juan Crisóst. Dc sacerdot. lib. VI. 



Oración dei sacerdote y de los ángeles <121 

Los ángeles están presentes en la 
Misa, pero además ofrecen el santo sa¬ 
crifício y nuestras súplicas al Dios to- 
dopoderoso. 

S. Juan, el Evangelista, ha contem¬ 
plado á estos espíritus angélicos de- 
sempeSando tan sublime función: “Vino 
entonces otro ángel, y púsose ante el 
altar con un incensário de oro; y dié- 
ronsele muchos perfumes, compuestos 
de las oraciones de todos los santos, 
para que los ofreciese sobre el altar 
de oro, colocado ante el trono de Dios. 
Y el humo de los perfumes ú aromas 
encendidos de las oraciones de los san¬ 
tos, subió por la mano dei ángel al aca- 
tamiento de Dios.“(*) 

Así, los ángeles recogen nuestras 
oraciones durante el santo sacrifício, 
para llevarlas al ciclo y depositarias, 
como perfume delicioso, ante el trono 
de Dios. Y como nuestras súplicas van 
unidas á las de Jesucristo, su fragan- 
cia es infínitamente agradable á la Ma- 


( 1 ) Apoc. VIII, 3-4. 



422 


Capitulo XXIV^ 


jcstad divina, y son mucho más efica- 
ccs que las plegarias hechas fuera de 
la santa Misa. 

Nuevo motivo para asistir diaria¬ 
mente al santo sacrifício, donde te es- 
peran tan poderosos mensajeros para 
elevar á Dios tus votos, vivificados con 
la santidad de su ardoroso ceio. 


CAPÍTULO XXIV. 

La santa Misa 

no Implde nuestras ocupaciones, 
antes, por el contrario, las ayuda 
y favorece. 

El trabajo es uno de los pretextos, 
que más comunmente alcgan los hom- 
bres, para dejar de asistir á Ia santa 
Misa. Nochc y día se preocupan de él, 
se lamentan de Ia pérdida de tiempo, 
por consagrar una hora al servicio de 
Uios; y tachan de perezosos á los que 
examinan el empleo de su vida bajo un 
punto de vista sobrenatural. 

Refutar tan grosero error y demos- 



La Misa enriquece 


42r, 

trar á esos pobres extraviados los gra¬ 
ves perjuicios que de ello se les han 
de seguir, será para mí verdadera sa- 
tisfacción. 

Si al ir uno al trabajo, se encuentra 
con un amigo, se entretiene voluntaria¬ 
mente un buen rato, que pierde misera- 
blemente en adquirir noticias, hablar de 
mil bagatelas y formar propósitos inii- 
tiles y sin trascendencia alguna. Se 
trata de oír la santa Misa, y el recuerdo 
dei trabajo que le espera es un continuo 
tormento. 

iNo comprendes que es obra dcl 
demonio este desmedido apego á las 
cosas de la tierra, y sobre todo, ese 
gran interés en apartarte de la santa 
Misa? Créeme; lejos de perjudicar al 
trabajo, la santa Misa lo hace más fᬠ
cil y provechoso. 

El Divino Maestro nos recomienda, 
que busquemos ante todo el reino de 
Dios y su justicia, "y todas las demás 
cosas se os darán por afíadidura." (‘j 


(1; Malh. VI, 33. 



“524 Capítulo XXIV 

(lon lo cual quiere decir: No os preo¬ 
cupeis demasiado por el sustento de 
vuestro cuerpo, yoíd la santa Misa antes 
de empezar vuestro trabajo. Así daréis 
á Dios el culto que le es debido, y Él, 
cn cambio, os dará el pan de cada día. 
Si prestáis á un grande de la tierra al- 
gún importante y agradable servicio, 
ino se os recompensará? 

Pues, asistiendo á la Misa, tributáis 
á Dios un esplêndido homenaje, una 
gloria infinita, una satisfacción incom- 
parable; le ofrecéis un don más pre¬ 
cioso que el mismo cielo. 

El Sefior. tan rico y tan generoso, 
idejará este acto sin remuneración? 
i Permitirá que os sea perjudicial vues- 
tra devoción - Jamás; Él recompensa 
toda acción buena, y con mayor mo¬ 
tivo recompensará la mejor de todas. 
Si Dios descuidara esta recompensa, 
podríais dccirle el día dei juicio; “Se¬ 
fior, oi una Misa para glorificaros y 
no me rccompcnsásteis. Lejos pues de 
ganar he perdido en vuestro santo ser¬ 
vicio.“ 



La Misa cnriqutce 


425 


No; jamás Dios merecerá tal repro¬ 
che; porque, no contento con reservar- 
nos una recompensa imperecedera en el 
cielo, bendice acá en la tierra las em¬ 
presas de los que asisten con asidui- 
dad á la santa Misa. 

Testigos de ello son aquellos dos ar- 
tesanos de que nos habla S.Juan el Li- 
mosnero; tenía el uno numerosa famí¬ 
lia, vivia el otro solo con su mujer. 
El primcro provcía á toda su familia y 
aumentaba sus recursos; todo le salía 
á maravilla, y, al fin dei ano, había 
hecho algunas economias. El otro, aun- 
que solo, siempre estuvo luchando con 
la más espantosa miséria. 

“E.xplicame, dijo éste confidencial¬ 
mente á su veeino, cómo te las arrc- 
glas. Diriase que Dios derrama sobre 
tu casa toda suerte de bienes; mientras 
que yo, infortunado de mi, me veo 
agobiado de desgracias.* 

“Con mucho gusto, le contestó su 
amigo; mafíana temprano pasaré por tu 
casa é irémos juntos al lugar donde yo 
cncuentro mi buena suerte. “ 



426 


Capítulo XXIV 


Al día siguiente por la manana, cl 
piadoso obrero fué por su compafiero, 
y le llevó á la iglesia, donde oyeron 
Misa. Después le acompanaba á su ta- 
ller; y así hicieron el segundo y el ter- 
cero día. 

“Si no es más que esto, dijo el des- 
dichado obrero, no hace falta que á 
diário te molestes; sé bien el caraino 
de la iglesia.“ 

“Pues este es precisamente, le re¬ 
plico su amigo, mi único secreto. En la 
Misa obtengo el beneficio de que nada 
falte en mi casa. Si imitaras mi ejem- 
plo, Dios te concedería lo mismo. Apelo 
sino al testimonio de Nuestro Seflor 
Jesucristo que dice: “Buscad primero 
cl reino de Dios y su justicia, que todo 
lo demás se os dará por aBadidura.“ 

“Desde los primeros dias de mi ma¬ 
trimonio he buscado el reino de Dios 
oyendo á diário la santa Misa, y nada 
nos ha faltado; en cambio, con la es¬ 
cusa dei trabajo, tú has abandonado la 
Misa, y has aprendido, á costa tuya, cuán 
fiel es el Scnor á sus promesas.“ 



La Misa enriquece 


427 


Esta exhortación llcgó hasta el co- 
razón dei infeliz; desde entonces asis- 
tió todas las mananas al santo sacriti- 
cío y la bcndición de Dios vino visi- 
blemente sobre su casa. 

[Ah! con cuánta razón este buen 
zapatero había calificado de tesoro la 
santa Misa. Sí “es un tesoro infinito 
para los hombres; que, d cuantos se han 
valido de cl, los ha hecho partícipes 
de la amistad de Dios.“ (‘) 

Es una mina de donde se extraen 
el oro de la tierra y el oro dcl cielo. 
El que asiste á la Misa, sale de ella 
enriquecido con los méritos de Jesu- 
cristo, colmado de bendiciones por el 
Padre celestial, bendiciones mucho más 
suaves que aquclla que Jacob reeibió 
de Isaac diciendo: “Dcte, Dios, por me¬ 
dio dcl rocio dei ciclo y de la fertili- 
dad de la tierra, abundancia de trigo y 
de vino.“ (-) 

Esta bendición era terrena, pero la 
de la Misa es á la vez temporal y es- 


( 1 ) Satid. VII, 14. C) Cdncs. .\XVII, L’S. 



428 


Capitulo XXIV 


piritual, como lo vemos por la oración 
que sigue á la consagración. “Todos 
cuantos estamos presentes y participa¬ 
mos dc este sacrifício, habiendo reci- 
bido el cuerpo santísimo y la sangre de 
vucstro Hijo, seamos colmados de ben- 
diciones y gracias celestiales." 

En virtud de esta oración y dei 
santo sacrifício se os bendice en vues- 
tro cuerpo y en vuestra alma, en vues- 
tras empresas y en vuestros trabajos, 
temporal y eternamente. [Dios os ben¬ 
dice! 

“Todo depende de la bendición de 
Dios“, dice un antiguo provérbio. Los 
labradorcs y artesanos saben muy bien 
que, sin la mano de Dios no serían fe¬ 
cundos su habilidad y su ceio por el 
trabajo. Pues, no hay medio más eficaz 
de atraersc los favores dcl cielo que la 
audición de la santa Misa, donde reci- 
bes la bendición dei sacerdote y la dei 
mismo Jesucristo. 

En una visión. Santa Brígida con¬ 
templo al Salvador, que, después de la 
elevación delas santasespecies, trazaba 



La Misa enriquece 


429 


con su mano derecha sobre el pueblo 
el signo de la cruz y le oyá pronun¬ 
ciar estas palabras: “Yo os bendigo á 
todos vosotros que creéis en Mí.“ 

Juzgad, por lo tanto, el daHo que 
causáis á vuestro trabajo absteniéndoos 
de la santa Misa, y no culpéis á nadie 
dei mal estado de vuestros negocios. 

Tal vez algún pobre me replicará; 
Estáis equivocado; la santa Misa no 
produce tantos benefícios materiales. 
Yo la he oído, y no soy más rico; la 
he abandonado y mi miséria no ha sido 
más tcrrible. Sólo la ignorância puede 
discurrir así, y no dudo que la lectura 
de este trabajo iluminará vuestra inte¬ 
ligência, y os hará comprender el valor 
y la eficacia dei augusto sacrifício de 
nuestros altares. 

“El dia en que habéis oído Misa, 
dice Forner, vuestro trabajo es más 
llevadero, más dulces vuestras penas, 
y vuestra cruz menos pesada,“ 

Otro autor afirma que “el que ha 
oído la Misa por la mafíana será más 
afortunado en sus trabajos, en sus ne- 



430 


Capítulo XXIV 


gocios y en su viaje. El Senor fortifi¬ 
cará su cuerpo y su alma, los ángeles 
le rodearán más afectuosamente, y, si 
llegara á morir, Jcsús le asistiría en 
sus últimos momentos, como él le ha 
asistido en la santa Misa.“ 

Yo agrego, que mi propia expe- 
riencia y la de algún otro me atesti- 
guan, cómo la asistencía á Ia santa Misa 
favorece al trabajo. 

Rccordad sino este conmovedor epi¬ 
sódio de la vida de San Isidro, campe¬ 
sino espailol; 

Este santo cultivaba las tierras de 
un potentado senor. Trabajaba con todo 
el ceio posible. sin abandonar un solo 
día la iVlisa. De tal suerte agradó á 
Dios su devoción que mandaba á sus 
ángeles para que le ayudaran en el 
campo. Guando su mujer le llevaba la 
comida, veia frecuentemente dos ánge¬ 
les que trabajaban á su lado, condu- 
ciendo cada uno un carro tirado por 
bucycs blancos. Isidro no los veia, y su 
mujer no le decia nada para que no se 
envaneciera. 



La Misa enriquece 


431 


Sin embargo, algunos criados dei 
mismo senor, hostilcs al santo, se que- 
jaron de él diciendo: “Sin duda igno- 
riás, Seflor, que Isidro pasa el tiempo 
en la iglesia, y apenas realiza la mitad 
de su trabajo; os lo advertimos, por¬ 
que esto es contra vuestros intereses.“ 

El amo montó en cólera y corrió al 
campo á reprochar al acusado su ne¬ 
gligencia en servirle; mas éste replicó 
con dulzura; “Es cierto que yo dependo 
de vuestra sefioría; pero dependo tam- 
bién dei Rey de reyes y no puedo des¬ 
cuidar mis deberes para con cl. Si te- 
méis que os perjudique, por venir al 
trabajo un poco más tarde que los de- 
más, os indemnizará al recojer la co- 
secha.“ 

La humilde respuesta dei Santo apa- 
ciguó á su seflor, que no censuró ya 
sus ejercicios de piedad; pero quiso 
averiguar por sí mismo, á qué hora em- 
pezaba á trabajar. 

Se fuc al campo muy de manana, se 
oculto tras una roca y vió que, en efecto, 
Isidro empezaba á trabajar bastante 



432 


Cupílulo XXIV 


tiempo después que los otros. Encole¬ 
rizado, se dirigió hacia él para repro- 
bar su proceder, cuando de pronto vió 
á su lado dos trabajadores más que 
conducían bueyes blancos. 

Sorprendido, se detuvo y consideró 
atentamente aqucl extrano tiro, pero, 
jnuevo prodigio! al aproximarse habíau 
ya desaparecido carros, bueyes blancos 
y conductores. 

Accrcóse al Santo y preguntole dul- 
cemente: “Dime, por amor de Dios, quié- 
nes son esos hombres que te ayudan á 
trabajar.“ 

Isidro se sonrió sin saber qué res¬ 
ponder. 

El amo insistió diciéndole: “Yo te 
aseguro que he visto junto á ti otros 
dos trabajadores, que desaparecieron á 
mi llegeda.“ 

“Dios es testigo, respondió Isidro, 
de que no tengo otro ayuda, ni á nadie 
invoco en auxilio mío, más que á Él.“ 

El ducno comprendió que eran án- 
gcles los trabajadores, y se rcgocijó de 
tener un criado tan bueno y pcrfecto. 



CAPÍTULO XXV. 

De la manera de ofrecer la santa Mlsa 
y dei valor de la oblación. 

Alma piadosa, lee atentamente este 
capítulo, grábalo profundamente en tu 
memória, sigue sus consejos y obten- 
drás un inmenso provecho. 

Hemos dicho ya que la santa Misa 
es el único sacrifício dei Cristianismo 
ofrecido al Dios omnipotente. El Padre 
Gobat dice; “La santa Misa no es so- 
lamentc una oración, es también un 
acto de adoración, una ofrenda divina. 
El Gran Sacerdote, el verdadero sacri¬ 
ficador es Jesucristo. Después de El, 
vicne el ministro, instrumento que le 
presta su mano y su boca. En tercer 
lugar siguen los asistentes, pues todos 
los fieles pueden ofrecer el santo sa¬ 
crifício. 

“A continuación los que dan la li- 
mosrra ó los objetos necesarios para el 
culto; y, en fln, todos aquellos que por 
sus ocupaciones no pueden asistir cor- 



434 


Capitulo XXV 


poralmente á la santa Misa, pero se 
unen en espíritu. Todos ellos ofrecen 
la víctima divina y á todos alcanzan 
los frutos de su ofrenda.“ (‘) 

Estas palabras debcrían inundar nues- 
tras almas de consuelo. ^No es acaso' 
una gracia maravillosa el que Dios haya 
concedido á todos los fieles sin distin- 
ción de sexos, edades, ni condiciones, 
la facultad de ofrecer á su soberana 
Majestad este sacrifício augusto? Los 
judios no conocieron este privilegio. 
Según su ley, solamente los sacerdotes 
podían inmolar las víctimas y quemar 
incienso en el templo. 

En la Iglesia católica, los laicos no 
solamente pueden manejar el incensᬠ
rio, sino que además pueden y deben 
ofrecer el holocausto dei cuerpo y de 
la sangre de Jesucristo. Por esto el 
Apóstol San Pedro nos proclama: “ Li- 
naje escogido, una clase de sacerdotes 
reyes, gente santa, pueblo de conquista, 
para publicar las grandezas de aquel 


(ij Alphab. 0, saci'. aud. 



Modo y valor de la oblación 43S 

que os saco de las tinieblas á su luz 
admirable.“ (‘) 

San Pedro indica con estas palabras 
esta especie de sacerdócio de que todos 
los fieles, hombres, mujeres y nifíos se 
hallan investidos en la Misa. j Qué pri¬ 
vilegio, oh cristiano, de poder ofrecer 
con tanta facilidad cl cuerpo y la san¬ 
gre dcl Salvador! jOh! Aprovccha este 
sagrado poder, ejerce todos los dias el 
sacerdócio de que por la misericórdia 
de Dios te hall as investido. 

Sin la oblación dei divino sacrifício 
no comprenderías debidamente la Misa. 
Porque “oir la Misa no es asistir sola- 
mente, sino ofrecer el sacrifício en 
unión con cl sacerdote. Los fíeles pue- 
den ofrecerla, no por si mismos, sino 
por las manos dei sacerdote. Sin em¬ 
bargo, aunque miembros de la Iglesia, 
los laicos no la ofrecen, en efecto, si 
no contribuycn de una manera activa, 
ya dando la limosna, ya asistiendo ó 
ayudando la Misa." C^) 


(1) 1 Helr. II, 9. (2) 1'. Anlonio dc .Spira. 



436 


Capitulo XXV 


Esto me parece á mí también. Para 
oirla debidamente es necesario ofre- 
cerla con el sacerdote; esto depende de 
su misma naturalcza, porque es un sa¬ 
crifício. Por consiguiente, los fícles que 
en la Misa se entregan á toda clase de 
devociones particulares sin ocuparse 
de la oblación dei santo sacrifício se 
pi ivan de un número infinito de gra- 
cias. 


§ 1. Cómo debe ofrecerse la santa Hlsa. 

No estará ciertamente por demás 
que te explique minuciosamente la ma- 
nera de ofrecer á Dios el santo sacri- 
ficio. 

Supón que uno recita devotamente 
vários rosários ofreciéndolos á jesu- 
cristo y á su Madre Santísima, mien- 
tras que otro oye y ofrece una sola 
Misa. iCuál de los dós crees que ga- 
nará más y será más espléndidamente 
recompensado? El segundo, á no du- 
darlo. íQué ofrece el primero? Una 
oración muy santa, compuesta en su 



Modo y valor dc la oblación 437 

mayor parte por Jesus y el ángel, pero 
cuyo valor depende en absoluto de la 
devoción personal dei hombre, y es, por 
consiguiente, siempre imperfecta. i Qué 
se ofrece en la santa Misa? Un d(jn 
absolutamente sobrenatural, perfectísi- 
mo, augustísimo, divino: el cuerpo y la 
sangre de Jcsucristo, sus lágrimas, su 
muerte, sus merecimicntos. 

Podrás replicar sin embargo: el que 
ofrece cl rosário ofrece un dón adqui¬ 
rido por el mismo, mientras que los 
méritos dei Salvador son solo de éste. 
Pero yo te repetiré, que el que ofrece 
la santa Misa ofrece su propio bien, 
“porque mediante el incruento sacrifí¬ 
cio, nos apropiamos rcalmcnte los mé¬ 
ritos, y la Pasión y muerte de Jesu- 
cristo.“ > 

Si no quieres creerme, cree por lo 
menos á la santa Iglesia; “Por el sa¬ 
crifício incruento recibimos los frutos 
dei sacrifício cruento * El don recibido 
de esta suerte te pertenece en realidad 
como aquello que adquieres por tus es- 
íucrzos pcrsonales; pucdes, por consi- 



43S 


Capítulo XXV 


guiente ofrecer á Dios, como cosa pro- 
pia, los méritos de Jesucristo. 

Considera qué inmenso favor te hace 
el Senor cuando, en la Misa, te insti- 
tuye espiritualmcnte sacerdote y te 
concede la facultad de ofrecer á Dios 
su Padre á la manera de los sacerdotes 
no sólo por ti, sino también por los 
demás, porque Forner dice: ‘ No es el 
sacerdote el único que ofrece el santo 
sacrifício, con él podeis ofrecerlo vo- 
sotros y todos los cristianos." 

Por esto el celebrante dice después 
dei Saiictiis: “Acuérdate, Senor, de tus 
siervos y sicrvas... y de todos los que 
están aqui presentes... por los cuales te 
ofrecemos: ó ellos mismos te ofrecen 
este sacrifício de alabanza por sí y por 
todos los sin'os, por sus amigos, sus 
bicnhechores, vivos y muertos.“ 

El sacerdote insiste sobre esta coo- 
peración de los fieles al decir: «Orate, 
fratrcs.» “Orad, hermanos, para que mi 
sacrifício, ^ite lo es también vuestro, 
sea agradable á Dios todopoderoso.“ 

En otros términos: este sacrifício os 



Modo y valor de Ia oblación 439 

pcrtenece como á mí, es obra vuestra 
como lo es mia, ayudadme, pues yo os 
lo suplico, á ofrecerlo. 

Después de la elevación dei cáliz, 
dice: “Nosotrossiervos tuyos, y también 
tu pueblo santo... olrecenios á tu ex¬ 
celsa majcstad, de tus dones y dádivas 
esta hóstia pura, hóstia santa, hóstia 
inmaculada, clpan santo dela vida eterna, 
y el cáliz de perpetua salvación.“ 

Tu coopcración en la oblación es, 
pues real, y el celebrante cuenta con 
ella. Si no atiendes su invitación ni 
unes tu voz y tu corazón á sus actos, 
le engafias en sus espcranzas y te en¬ 
ganas con él quedando frustrados los 
benefícios de la oblación. 

Forncr nos lo advierte: “Los que 
se descuidan de ofreccr la santa Misa 
por ellos y por los suyos, se privan de 
un inmenso beneficio.“ 

Tan injusto resulta para nosotros 
faltar á la Misa como asistir sin ofre- 
cerla. La ofrenda es la mejor de las 
prácticas; cuanto más la renueves, más 
regocijarás cl ciclo, más deudas pa- 



440 


Capitulo XXV 


garás y más gloria obtendrás. Decir á 
JJios: “Yo os ofre2Co“ vale tanto como 
decir: “Yo os pago.“ Yo os pago con 
el oro de los méritos de Jesucristo el 
perdón de mis pecados, los bienes ce- 
lestiales, la libcración de las almas dei 
purgatório. 

Cicrto que fucra de la Misa y á toda 
hora puede decirsc conprovecho: “Se- 
nor, os ofrezco á vuestro Hijo querido; 
os ofrezco su dolorosa Pasión y muerte; 
aceptad sus virtudes y sus merecimien- 
tos“, pero esta oblación es solamente 
espiritual, mientras que en la Misa es 
real. Jesucristo está realmente presente 
y, con El, sus méritos y virtudes; se 
inmola de nuevo y renueva su Pasión 
y muerte; nos dá sus méritos para que 
los ofrezeamos á su Padre celestial; se 
dá á sí misrao. 

Santa Matilde oyó en cierta ocasión 
que Nuestro Sefior le hablaba así du¬ 
rante la Misa: “Te doy mi amor, mis 
oraciones, mi Pasión para que á tu vez 
puedas tú ofrcccrmelas. Dámelas y tc 
las devolverá multiplicadas, y cada vez 



Modo y valor de la oblación 441 

que me las ofrezcas las duplicaré de 
nuevo; así el hombre recibe el cêntu¬ 
plo en el tiempo y la gloria infinita en 
la eternidad.“ (‘) 

§ 2. Del valor de la oblación. 

Entre todas las oraciones de la Misa, 
dice Sánchez, ninguna tan consoladora 
como la que sigue á Ia elevación dei 
cdliz, cuando el sacerdote ofrece al Pa¬ 
dre celestial el Cordero inmaculado, 
diciendo: 

“Senor, nosotros siervos tuyos, y 
también tu pueblo santo... ofreccmos á 
tu excelsa Majestad... hóstia pura, hóstia 
santa, hóstia inmaculada.“ 

El llama al pueblo, es decir, á los 
concurrentes, santos, porque son santi¬ 
ficados por la santa Misa según la pa- 
labra de Jesucristo; -"Yo por amor de 
ellos me santifico, me ofrezco por víc- 
tima á mí mismo, con el fin de que ellos 
sean santificados en verdad.“ ('-) 
Jesucristo les santifica por la aspcr- 


(1; Lib I, c.ip XIV'. Juan WII, 1 ?. 



442 


Capitulo XXV 


sión de la sangre divina, según la ex- 
presión de S. Pablo. 

jCuán preciosa es la Hóstia pura, 
santa é inmaculada! Es la carne purí- 
sima, cl alma santísima, la sangre in¬ 
maculada de Jesucristo. Su valor es in- 
menso, infinito, pues el orbe entero, 
comparado con ella, no es más que un 
pufíado de polvo. £Quédigo?La inmen- 
sidad de los cielos no contiene nada 
más precioso. 

Lo que ofreces á Dios por esta Hós¬ 
tia es un dón perfectamente digno de 
su infinita Majestad, es su Hijo con su 
Humanidad santísima, es Dios mismo. 

Si todos los pucblos de un pode¬ 
roso monarca labraran de oro purísimo 
una artística copa, adornada de pcdre- 
ría inestimable, de un conjunto per- 
fecto; y si este tcstimonio de su amor 
y de su fidelidad le fuera presentado 
por embajadores escogidos, serían vcr- 
daderamente intensos el reconocimiento 
y la alegria dcl Soberano. V si esta 
copa encerrara adcmás una Joya dei 



Modo y valor de la oblación 443 

valor de un reino, la emoción dei prín- 
sipe seria todavia más profunda. 

En la Misa ofrecemos al Altisimo 
la Humanidad de Jesacristo, esto es, lo 
más excelente y sublime que ha sido 
creado por su mano omnipotente. Hé 
aqui el precioso vaso, y la joya de va¬ 
lor incomparable que en él se encierra 
es la Divinidad dei Salvador, “en qiiien 
reside la plenitud de la divinidad.“ (’) 
Hablando en propiedad, no es la di¬ 
vinidad sino más bien la Humanidad de 
Jcsucristo lo que nosotros ofrecemos 
á la Trinidad adorable. Pero las dos 
naturalczas están estrechamente unidas; 
en realidad no están nunca separadas, 
y por esto las ofrecemos reunidas. jQué 
alegria para el Padre celestial cuando 
recibe de tus manos este dón incompa¬ 
rable dei cual ha dicho: “Este es mi que¬ 
rido Hi jo, en quien tengo puesta toda 
mi complacência." (-) 

Piensa el prêmio que te espera y las 
deudas que satisfaces por esta preciosa 
ofrenda. 

(1) Colos. II, 9. (2) MaUo UI, 17. 



444 


Capítulo XXV 


Reflexiona también que reciirres á 
la mediación dei sacerdote para ofre- 
cer el santo sacrifício. Esto procede de 
un sentimiento de humildad implícita 
que podría expresarse así: “SeRor, yo 
no soy digno de acercarme á vuestro 
altar y de tocar con mis impuras ma¬ 
nos ei Cordero inmaculado, pero yo me 
adelanto en espíritu para asistir á vues¬ 
tro sacerdote y ayudarle á elevar la 
Hóstia y el cáliz.“ 

Según Rainaldi, Enrique I, rey de 
Inglaterra, oía todos los dias tres Mi- 
sas, arrodillado al pic dei altar. Llegada 
la consagración, se aproximaba al ce¬ 
lebrante y sostenía sus brazos durante 
la elevación de las santas especies. Era 
este el más dulce consuelo dei piadoso 
monarca. 

Si se conservara esta costumbre, 
jcúmo te apresurarías á ocupar un sitio 
cerca dei sacerdote! Pero Dios se con¬ 
tenta con tus deseos, basta decirle desde 
el fondo de tu corazón; “Sefíor, yo os 
ofrezco á vuestro querido Hijo por las 



Modo y valor de la oblación 445 

manos dei sacerdote." Y Dios sabrá 
interpretar fielmente tu intención. 

A la oblación de la santa Hóstia 
hay que agregar la de la Preciosa San¬ 
gre. Este es un medio excelente para 
la salvación de las almas. 

Se cuenta en la vida de Santa Ma¬ 
ria Magdalena de Pazis que Nuestro 
Sefíor en persona la había instruido 
sobre este particular, dándola á cono- 
cer cuán propia era la oblación de su 
Preciosa Sangre para aplacar la cólera 
divina. 

Lamentábase el Salvador dei escaso 
número de aquellos que procuran apa- 
ciguar la jiisticia de su Padre y exhor- 
taba á la Santa á que lo hiciera. Desde 
cntonces ofrecía ella la Preciosa San¬ 
gre hasta cincuenta veces cada día por 
los vivos y por los difuntos, y su ce¬ 
lestial esposo la mostraba con frecuen- 
cia las almas que por este medio había 
sacado ella dcl purgatório. 

“Guando ofrcccis la Preciosa Sangre 
al Padre celestial, dice la misma Santa, 
Ic ofrecéis un dón tan agradableque É1 



446 


Capítulo XXV 


se considera como dcudor vuestro.“ En 
efecto, iqué hay en el ciclo ó en la 
tierra cuyo valor iguale á la Preciosa 
Sangre, una de cuyas gotas vale más 
que un mar de sangre de mártires? 
“Pues una sola gota de esa sangre seria 
suficiente para purificar al mundo de 
todo pecado." (‘) Por consiguientc, si á 
cambio de la oblación de esta Preciosa 
Sangre, Diós te otorga el cielo, toda¬ 
via así no recibes un bien de igual va¬ 
lor. 

Quiero insistir sobre esta suposi- 
ción; Si hubieras estado presente á la 
crucifi.vión dei Salvador y hubieras po¬ 
dido recogcr la sangre adorable que 
corria de sus sacratisimas llagas; si 
hubieras elevado esta Sangre Preciosa 
hacia el cielo implorando misericórdia 
para ti y para el género humano, el 
corazón dei Padre celestial se hubiera 
enternecido y lo habría perdonado todo. 
Pues esto es lo que haces realmente en 
la santa Misa. 


(1) S. Tomás dc Aquino. 



CAPÍTULO XXVI. 

Cõmo se puede partieipap de los frutos 
de varias Misas. 

Como has visto en el capítulo XXllI, 
todos los sacerdotes oran y ofrecen el 
santo sacrifício á la intención de los 
concurrentes. 

Es pucs una ventaja considerable 
hallarse en una iglesia en que se ce- 
Icbran varias Misas á la vez, porque si 
no hay más que un sacerdote no hay 
más que una oración, pero si hay vᬠ
rios, aumentará vuestro provecho espi¬ 
ritual. 

Para obtener, pues, provecho de va¬ 
rias misas á la vez es necesario coo¬ 
perar en cierta medida á cada una de 
ellas; no quiero decir que se atienda á 
muchas misas á un mismo tiempo, por¬ 
que esto seria imposible, aconsejo sen- 
cillamente atender á una sola dei mejor 
modo posible y rccomendarseá las otras 
diciendo: “Dios mío, os ofrezeo tam- 



443 Capítulo XXVI. 

bién este sacrifício que va á renli- 
zarse.“ 

Mas cuando veáis alzar sobre un 
altar la Hóstia santa y el caliz, adorad 
al dulce Jesüs y ofrecedle á su Padre 
celestial. No temáis perder el fruto de 
la Misa que ois, antes al contrario ob- 
tendrcis mayores benefícios. 

Me direis acaso que, si os entregais 
á esta práctica, habréis de descuidar la 
Misa y abandonar vuestras cotidianas 
devociones. Escuchad esta parábola. Un 
viõador cultivando su viõa, encontró un 
tesoro; Ic llcvó secretamente á su casa 
y volvió á su traba jo. A los pocos ins¬ 
tantes descubrió otro tesoro é hizo lo 
mismo. Por último, su pico encontró 
un tcrcero, se lo llevó rapidamente, y 
no pudiendo contener su alegria lo co- 
municó á su mujer. 

{Como, dijo ésta asombrada, consi¬ 
deras esto como una fortuna? Yo te 
aseguro que es una verdadera desgra- 
cia, porque si continuas así no culti¬ 
varás la vina y perderemos la cosecha. 

El hombre contestó con una sonrisa 



Fruto de oir varias Misas 


449 


á este razonamiento y dijo; “Quiera 
Dios que continue hallando tesoros pa¬ 
recidos, y poco importa que se pierda 
la cosecha, serémos bastante ricos sin 
ella.« 

Seguid cl sentido de la parábola y 
no dudéis de que la oblación reiterada 
de Cristo, elevada por las manos dei sa¬ 
cerdote es incomparablemente más útil 
que toda otra oración. 

Pero aún hay más. Guando al en¬ 
trar en una iglesia veas que el cele¬ 
brante ha llegado ya al Paler uusle?\ 
ó al A^ntis Dei, ó á la Comunión, haz 
la oblación de nucstro Sefíor mientras 
el sacerdote consume las sagradas es- 
pecies; así obtendrás grandes benefi- 
'cios. Si á tu entrada, dos sacerdotes 
consagran á un mismo tiempo, haz iin 
acto dc adoración con la intención de 
ofrecer á Jcsús presente en los dos al¬ 
tares. Si tus ojos no pueden ver las 
santas cspccics, pueden darte cuenta 
dei momento de la elevación por el 
sonido de la campanilla. No abandones 
la iglesia inmediatamente antes de la 


sn?6 


is 



450 


Capítulo XXVI 


consagración, espera á que Jesus des- 
cienda sobre el altar, adórale y pídele 
su bendición. 

Estas tardanzas producen siempre 
grandes ventajas, júzgalo por la rela- 
ción siguientc. 

Un caballcro de la corte dei Rey 
de Portugal que se hallaba en el trance 
de la muerte, dijo á su hijo: “Hijo mío, 
yo abandono este mundo confiado en 
la misericórdia divina, y te dejo único 
heredero de mis biencs. Pero ante todo, 
no olvides esta mi última recomenda- 
ción: Ove misa todos los dias y sé fiel 
á tu Key.“ 

Muerto su padre, el joven entrócn 
la corte á servir como paje de honor 
de santa Isabel que lo tenía en grande 
estima por su piedad. Diole sábios 
consejos, le confiaba frecuentemente la 
distribución de sus limosnas y Ic tra- 
taba con maternal carifio. La Reina te¬ 
nía otro paJe de malas costumbres, el 
cual, celoso dei favor que gozaba su 
companero, Ic calumnió ante el Rey de 
la manera más odiosa. Sus infames 



Fruto de oir varias ^^isas 


451 


calumnias hallaron cco cn cl cora- 
zón dei Rey con suma facilidad, por¬ 
que Uevaba también una vida desorde¬ 
nada; y en su furor juró la mucrte dei 
pnje. 

Un día cn que se paseaba á caballo 
por los alrededores de su capital, rc- 
volviendo en su espíritu pensamientos 
de venganza vió á lo lejos un horno 
de cal en plena actividad. Su plan es- 
taba preparado. Habló al encargado y 
Ic dió la orden de arrojar al horno al 
paje de corte que al día siguiente iria 
á preguntar si había sido ejecutada la 
orden dei Rey. A su regrcso, el Rey 
mandó llamar al paje tan injustamente 
calumniado y le dió orden de que al 
día siguiente por la maiíana fucra al 
horno de cal á informarse de la ejecu- 
ción de sus ordenes. El joven partió 
al amanecer, é iba triste por no haber 
oído Misa antes de marchar, y temia 
no poder oirla ya aquel día. En el ca- 
mino hallü una iglesia donde hacían 
precisamente la seãal de la consagra- 
ción. Entró al punto, adoró á Cristo y 



452 


Capítulo XX^^ 


Ic ofreció al Padre Eterno por su sal- 
vación eterna y temporal, salió de allí 
contentísimo por haber podido oiruna 
parte tan importante de la Misa. 

Momentos después pasaba junto á 
otra iglesia cuyas campanas anuncia- 
ban también el momento de la consa- 
gración, lo cual le regocijó de nuevo. 
Penetro en la iglesia, hizo sus actos 
habituales de piedad, adoró al Sefíor, 
y salió de prisa, porque las órdencs 
dei rey eran urgentes. No obstante, su 
camino á traves de la ciudad le con- 
dujo á otra tercera iglesia. También en 
aqucl momento sonaron las campanas 
y sin vacilar entró por tercera vez á 
adorar á su Dios y Sefíor. Su devoción 
era tan grande que permaneció allí 
hasta el fin de la santa Misa. 

El Rey deseaba saber si se había 
llevado á cabo su obra de venganza, y 
envió al otro paje para averiguar si se 
habían cumplido sus órdenes. Este 
aguardaba la ocasión, y, conocedor de 
lo que aquella orden signifleaba, mar¬ 
cho inmediatamente. Llegó y pregunto 



l'ruto de oir varias Misas 


453 


al hornero. Pero, joh terror! Se apoderó 
de él y á pesar de su resistência y sus 
protestas, fué precipitado en cl horno 
encendido. 

Poco dcspués llcgó cl pajc inocente, 
cumplió su misión y se le respondió 
que habían sido cjccutadas al pié de la 
letra las disposiciones de su majestad, 
y volvió á Palacio, sin darse cuenta 
de la amorosa protccción con que la 
divina providencia Ic había defendido. 

Al vcrle el Key y oir sus palabras, 
comprendió que cl acusador había su- 
frido la pena dei fuego. Se aterrorizo 
y admiro la condueta maravillosa dei 
Cielo humillando su corazón delante de 
Dios protector de la inocência. El paje 
'entonces refirió al Rcy como su padre 
en el lecho de la muerte Ic había re¬ 
comendado oir todos los dias la santa 
Misa y servir lealmcnte al Rey su se- 
fíor. Fiel á las ensefianzas de su pa¬ 
dre, quiso en el día de hoy asistir 
por lo menos á la consagraeión en las 
iglesias, que había encontrado en su ca- 
mino, porque temia quedarse sin Misa. 



Capítulo XXVr 


4,'.4 

Entonces comprcndió el paje como de- 
bió á su piedad el haber escapado dei 
pcligro que le amenazaba. 

El Rey pensó, desde este momento, 
reconciliarse con Dios. Dió las gracias 
á su santa esposa y á su fiel servidor, 
cuya inocência acababa de ser demos¬ 
trada de modo tan evidente. 

Imita la piedad de este paje, y como 
él, no olvides el rendir tus homenajes 
al Senor en el momento de la consa- 
gración. 

Los que no pueden asistir á Misa 
deberían, por lo menos, asistir en es- 
píritu y decir: ‘‘Dios mío, permitidme 
participar de los preciosos frutos de to¬ 
das las Misas que se celebren hoy en 
vuestra Santa Iglesia. ;Quién pudiera 
aproximarse al altar y ofrecer con el 
sacerdote el cordero inmaculado!“ Dios 
bendccirá tu buena voluntad y acce- 
derá á tus súplicas, según el grado de 
tu caridad. 

{No es sumamente consolador para 
los enfermos, los religiosos de clau¬ 
sura, las personas que viven Icjos de 



Fruto de oir varias Misas 


455 


la iglesia, el poder participar de los 
méritos dei santo sacrifício, unicndose 
en espíritu al mismo? En fin, aprove- 
chemos todas las ocasiones, para pe¬ 
dir á los sacerdotes que se acuerden dc 
nnsotros cn el altar; este es segura- 
mente el más precioso de todos los re- 
cuerdos. 

He aqui como habla sobre esto un 
autor piadoso; 

“Es para vosotros motivo de gran- 
dísima alegria el que un sacerdote os 
prometa su Memento en la santa Misa. 
Debiais pedirlo á todos los sacerdotes 
conocidos vuestros; de esta manera 
dispondriais, por decirlo asi, de otros 
tantos tesoreros que os abririan la te- 
'soreria de nuestro Senor Jesucristo. 
Guando á pesar de vuestros deseos no 
os sca posible oir la Misa, sabed que 
Dios considera esta voluntad como si 
la hubierais oido. Y aún puede suce¬ 
der que una Misa oida espiritualmente 
os valga más gracias que si hubierais 
asistido corporalmente con negligencia 
y distracción. Seguramente Jesús dis- 



456 


Capítulo XXVII 


tribuye sus gracias entre los fieles asis- 
tentes, pero no es menos generoso para 
con aquellos que, por obediência ó por 
ütras justas causas, no pueden ir á l:i 
iglesia. 


CAPÍTULO xxvn. 

I« 

Exhortación importante para olr 
todos los dias la santa Misa. 

Dcspués de lo dicho, podrá parecer 
inútil que tc e^horte á oir todos los 
dias la santa Misa. Anadiré sin em¬ 
bargo algunas refle.xiones muy propias 
para afirmarte en esta resolución. 

Desde luego la hora más preciosa 
dei día es la de la santa Misa. Verda- 
deramente es un tiempo precioso, y por 
su influencia, todo lo que hagas en el 
día será, por decirlo así, convertido en 
oro. Sin esta bendicion que se obtiene 
en el altar, sólo reportaríamos una vil 
ganancia. Y no me digas que el tra- 
bajo te cs más necesario que la asis- 
tencia á la Misa, pues que por él sos- 



Oigase Misa diai'iamcnte 4‘i7 

tienes tu familia. No, lector querido. 
La audioión de Ia Misa te es más ne- 
cesaria que el trabajo, porque sin ella 
seria muy difícil tu salvación. No es 
esto aconsejarte que no trabajes, yo 
intento solamente que consagres á Dios 
media hora corta todas las mananas. 
Bcndecido por su mano paternal, será 
tu trabajo muchísimo más fecundo. 

jAh, si nuestros obreros lo creye- 
ran así, si quisieran comenzar su tra¬ 
bajo en la iglesia! iQué pueden ganar 
durante media hora en el campo ó en 
el taller? Apenas algunos cêntimos, y 
por esta insignificante ganancia, re- 
nuncian á los tesoros celestiales. £ Que 
digo? Renuncian á la misma felicidad 
'temporal privándose de la bendición 
fecunda unida por Dios al santo sacri¬ 
fício. 

Si lloviera oro, ^no abandonarias 
para recogerlo, tus más apremiantes 
ocupaciones? Pues en cada Misa llueve 
oro dei cielo; y este oro cs el aumento 
de la divina gracia, de los méritos, de 
las virtudes, de la gloria celestial; es 



458 


Capitulo XXVII 


cl consuelo y la piedad, es la protec- 
ción de Dios sobre tus ncgocios tem- 
porales, el perdón de nuestros pecados, 
y la remisión de las penas merecidas. 
Es la felicidad, la salvaciõn, la gracia, 
la misericórdia, Todas estas cosas no 
son preciosas como el oro puro ? Guando 
por temor á un desorden sin transcen¬ 
dência, ó por una miserable ganancia, 
faltas á iMisa un día de trabajo, tu lo- 
cura es mayor que la de aqucl que con¬ 
tinuara trabajando en vez de recoger 
la lluvia de oro. 

Por esto, Forner llama á Ia Misa 
“mina de oro“ cn donde se gana bas¬ 
tante más que en cl acarreo de piedra. 
La Iglesia misma la proclama “la más 
excelente de todas las obras“, la más 
propia, por consiguiente, para enri¬ 
quecemos. 

“Si este adorable sacrifício seofre- 
ciera en un solo lugar, y un solo sa¬ 
cerdote cn todo el mundo consagrara 
la Hóstia santa ícon qué ardor se di- 
rigirían los hombres á este lugar, bacia 
este sacerdote único para asistir á la 



Oigase Misa diariamente 4j9 

celebración dc los santos mistérios? 
Pero hay muchos sacerdotes y Cristo 
es oírecido en muchos lugares, para 
que resplandezcan más y más la mi¬ 
sericórdia y el amor de Dios hacia el 
hombre. jCuán lamentable es la indi- 
ferencia que muchos demucstran por 
este sagrado mistério, que es la joya 
dei cielo y la admiiación dei mundo! 

‘•;Oh ccgucdad inconcebible I ; Oh 
dureza dei corazón humano! Xo con- 
moverse por este don inefable y per¬ 
mitir que la costumbre nos haga indi¬ 
ferentes! 

§ 1. — Motivos para oip todos los dias 
la Santa Hisa. 

Toda mi ambiciún, oh Cristiano, es¬ 
triba en estimularte á oir todos los dias 
la santa Misa. Y por esto quicro cx- 
poner todavia los altos y variados mo¬ 
tivos en que se apoya esta excelente 
devoción. 

Escucha y considera; Dios te ha 


(1) Imit. de Cristo. Llb. IV, c. 1, v. 12. 



460 


Capítulo XXVIl 


criado para servirlc. La Misa cs el 
culto divino por excelencia. Estás obli- 
gado á dar gracias á Dios por sus be¬ 
nefícios tcmporales y espirituales: la 
Misa es el más perfccto sacrifício de 
acción de gracias. Estás en el mundo 
para alabar á la Divina Majestad: la 
santa Misa es el más sublime sacrifí¬ 
cio de alabanzas. Has contraido una 
deuda grandfsima; la santa Misa es el 
más rico sacrifício de satisfacción. Te 
amenazan el pecado, la enfermedad y 
la muerte: la Misa cs el más eficaz sa¬ 
crifício de impetración. El demonio te 
persigue, te acecha con sus intrigas y 
se esfuerza por arrastrarte á los in¬ 
flemos: la Misa es el escudo contra el 
cual se estrella su poder infernal. La 
muerte te infunde pavor, buscas de¬ 
fensores para la última hora: el Sefíor 
te promete la asistencia de sus san¬ 
tos en número igual al de las Misas 
que hayas oido. 

Guando no te sea posible asistir 


(1) Santa Matilde. 



Oigase Misa diariamente 46 1 

diariamente á la Misa, manda por lo 
menos celebrar algunas á fin de suplir 
tus omisiones en el servicio de Dios, 
y pagar tus faltas habituales. Y si eres 
pobre, hé aqui un consejo. 

il-lama un mendigo á tu puerta? 
iun amigo, en la desgracia te pide 
tu auxilio? Ofrece la limosna de tu 
pobreza, presta el esfuerzo de tu brazo, 
y después dí á los que te quedan obli- 
gados:-^Queréis oir, por amor de Dios 
una santa Misa á mi intención?“ Con 
seguridad, los pobres te reemplezarán 
voluntariamente al pié dei altar y atra- 
erán sobre ti y sobre ellos mismos la 
bcndieión dei Seiíor. 

Recuerda la historia referida en el 
'capítulo XIX. 

La práctica de oir la Misa unos por 
otros es sumamente conveniente y per- 
fectamente posible, como ya hemos e.x- 
plicado. No es lo mismo oir la Misa 
que comulgar. Puede deeirsc: yo co- 
mulgaré por ti y por las almas dei 
purgatório, pero esto no significa lo 
mismo que si se dice: yo oire la Misa 



462 


Capítulo XXVII 


por ti. Es tan imposible recibir un sa¬ 
cramento por otro como comer por él. 
Sin embargo tu comunión será muy 
ventajosa al prójimo. porque todas las 
buenas obras borran usa parte de la 
pena merecida por nuestros pecados, 
beneficio que podemos ceder á nuestro 
hermano; además, la comunión aumenta 
cn nosotros la gracia, y hace más ar- 
dientes y eficaces nuestras oraciones. 

En cuanto á la santa Misa, Jesucris- 
to no la ha instituído solamente para 
el celebrante ó para los asistentes, quiere 
que participen tambien de ella los au¬ 
sentes, y por eso se dice en el Me¬ 
mento dc los vivos: “Acuérdate, Se- 
nor, de tus siervos y siervas, por los 
cuales te ofrecemos, ó eUos mismos te 
ofrecen, este sacrifício por sí y por to¬ 
dos los suyos.‘^ 

En fin, todos podemos despojamos 
cn favor dei prójimo de los mereci- 
mientos adquiridos ó de los tesoros 
satisfactorios obtenidos cn el santo sa¬ 
crifício. 

Parece pues más convehiente oirla 



Oigase Misa diariamente 4ú3 

Misa por otro que comulgar por él. Lo 
mejor será siempre unimos á la víc- 
tima inmolada por nosotros sobre cl 
altar, recibiéndola en nuestro corazón. 
Esta cs la participación más intima dei 
sacrifício. 

§ 2. — Lüs santos nos han dado ejemplo 
aslstlendo freeuentemente 
á Ia santa Misa. 

“Las palabras conmueven, el ejem¬ 
plo persuade.“ Si mis e.xhortacioncs no 
tc han convencido todavia, te citaréel 
ejemplo de los santos que, no obstante 
sus múltiplcs é importantes ocupacio- 
ncs. consideraron la santa Misa como 
la primera de cilas. 

’ San Agustín reficre de su santa ma¬ 
dre Móniea, que no pasaba día alguno 
sin asistir á la santa Misa. Tenía en 
mucho el valor dei santo sacrifício ciiya 
saludable virtud borra hasta la huella 
de nuestras faltas. Al morir Icjos de 
su patria, pedia á su hijo, no pompas 
fúnebres, sino un recuerdo diário cu el 
altar. 



464 


Capítulo XXVII 


Santa Heduvigis, duquesa de Polo- 
nia, asistla diariamente á varias Misas, 
y cuando en la corte no había bastan¬ 
tes sacerdotes, llamaba á otros para 
cumplir su devoción. 

S. Luís, Rey de Francia, asistía á 
dos y á veces á cuatro Misas. Sus 
vasallos le censuraban y decían que el 
Rey debía ocuparse con más asiduidad 
de los asuntos de gobierno. El Santo 
respondia á sus críticas: “No com- 
prendo tanta inquietud. Si en el juego 
ü en la caza invirtiera doble tiempo 
nadie me censuraría.“ 

Respuesta admirable no solo para 
los cortesanos de Euis IX, sino para 
todos nosotros. Efectivamentc, si un día 
dc la semana asistimos á varias Misas 
4 no creemos ya que hemos descuida¬ 
dos nucstras ocupaciones ?.. y sin em¬ 
bargo pasamos horas enterasperdiendo 
el tiempo miserablemente, bebiendo. 
jugando, durmiendo, ó acicalándonos 
delante dei cspejo! j Qué vergíienza! 

Hemos citado yá más arriba al Rey 
de Inglaterra, Enrique 1, á quien el peso 



Oigílse Misa diariamente 465 

dei gobierno no impidió jamás oir tres 
Misas cada día. 

En una entrevista con el Rey de 
Francia, hablaron de asuntos religio¬ 
sos. “Creo, dijo el último, que la asi- 
duidad al sermón es preferible á la de 
la Misa.“ 

“Pues yo, replicó Enrique, prefiero 
contemplar mi amigo á escuchar sus 
alabanzas.“ 

Esta es también mi opinión, lector 
querido, y en varias ocasiones he re- 
suelto la cuestión en favor de la Misa, 
sin menospreciar la utilidad de las ins- 
trucciones religiosas. 

S. Vcnceslao, duque de Bohemia, 
daba también el mismo ejemplo. Se re- 
íiere en su historia, que durante la dieta 
de Vorms, el emperador Otón convocó 
un día muy de madrugada á todos los 
príncipes. Asistieron todos puntual- 
mente, menos Venceslao, que había ido 
á oir la santa Misa. Pasaron algunos 
instantes, y el emperador con acento 
impaciente dijo á la asamblea: “Abra¬ 
mos el consejo, y cuando venga V'^en- 



466 Capitulo XX\'II 

ceslao, nadie se levante para hacerle 
sitio.“ 

Entre tanto terminó la santa Misa 
y llegó el duque á palacio. Vióle en¬ 
trar el emperador, acompafíado de dos 
ángeles que adornaban su pecho con 
una cruz de oro. Al punto el empcra- 
dor abandonó su tronoj se acercó á él 
y le abrazó tiernamcnte. 

La asamblea se sorprendió al ver 
que el emperador contravenía el pri- 
mero sus propias órdenes. Pero el em¬ 
perador se excusó: “He visto, di jo muy 
conmosido, dos ángeles que aeompa- 
flaban al duque, ,|cómo hubiera podido 
yo no rendirle este homenajeí“ Pocos 
dias despues, Venceslao recibió la in¬ 
vestidura dei poder real y fué coro- 
nado rey de Bohemia. 

Baronio refiere dei emperador Lo- 
tario, que aún en el campo oía tres 
Misas todas las mafianas. Y Surio afirma 
que Carlos V no faltó á Misa más que 
una vez, durante una guerra en África. 

El breviário romano nos hace admi¬ 
rar la ardiente devoción de S. Casi- 



Oigase Misa diariamente 467 

miro durante el oficio solemne, al que 
asistía todos los dias. “Su alma se in- 
flamaba en el amor de Dios, de suerte 
que no parecia vivir sobre la tierra.“ 

El heróico confesor de la fe, To¬ 
más Moro, que dió su vida por jesu- 
cristo en 1535, tenía en grande aprecio 
la santa Misa; oiala todas las maãanas 
por muy urgentes que fucran sus asun- 
tos de canciller dei estado. Cierto dia 
cn que oraba al pie dei altar, llego un 
mensajero llamándole con urgência á 
la presencia dei rcy. “Paciência, con- 
testó el lord-canciller, debo antes ren- 
dir homenaje á un principe más alto y 
asistir hasta el fin á la audiência ce¬ 
lestial." 

‘ Su satisfacción era grande cuando 
podia ayudar la Misa; otros cortesa- 
nos imbuidos dei espiritu dei mundo se 
creyeron con derecho á reprocharle este 
«rebajamiento», pero él les contesto: 
“ Es un elevado honor el poder pres¬ 
tar este pequefío servicio al más Grande 
entre los grandes." 

Dios mio, £qué podemos decir no- 



463 


Capítulo XXVII 


sotros, qué excusas alegar el día dei 
juicio, si descuidamos la Misa por in¬ 
significantes y vulgares ocupaciones, 
mientras que personajes agobiadospor 
el peso dei gobierno de un reino ha- 
llaron tiempo necesario para oír cada 
día una ó varias Misas? Mucho temo 
que el soberano Juez pronuncie contra 
nosotros esta terrible sentencia: “A ese 
siervo inútil arrojadle á las tinieblas 
de fuera: allí será el llorar y el cru- 
gir de dientes." (^) 

No pienses que Dios no te conde¬ 
nará por descuidar la Misa en los dias 
dc trabajo, porque no es obligatoria 
más que los domingos y dias festivos. 
Sin duda alguna, no considerará como 
transgresión positiva lo que es una 
omisión, pero te obligará á expiar tu 
falta de ceio en su santo servicio. El 
siervo perezoso que fué arrojado á las 
tinieblas exteriores, no había disipado 
ni perdido en el juego el talento que 
sn sefior le había confiado: habíalo en- 


( 1 ) Malco XXV, 30. 



Oigase Misa diariamente 469 

temido y fué condenado por su negli¬ 
gencia en administrarlo. Procura que 
Dios no haga lo mismo contigo. Se ha 
visto con frecuencia el gran rigor con 
que castiga el Seflor Ia indiferencia 
hacia el santo sacrifício dei altar. Ci¬ 
tará solamcnte un ejemplo acaecido en 
los alrededores de Roma durante el 
invierno de 1570. 

Tres mercadores se dirigían desde 
Gubbio á la feria de Cisterno, hospe- 
dándose en la misma casa. Hicieron 
sus negocios, terminada la feria, dos 
de ellos dijeron al otro: “ Convendrá 
que salgamos manana muy de madru¬ 
gada para llegar á casa antes de la 
noche.“ 

' “^Y estáis dispuestos, respondió cl 
otro, á perder la Xlisamafíana domingo? 
Vayamos antes á la Iglesia, y empren- 
damos luego nuestra marcha bajo la 
protección de Dios.“ 

No opinaron así sus compaiieros; 
partirán y oirán la Misa otro día. Dios 
conoce bien los motivos que tienen y 
la importância de sus negocios. En re- 



470 


Capitulo XXVII 


sumen, que marcharon á la hora fijada, 
sin preocuparse para nada de su com- 
pafíero que se había ido á la Iglesia. 
Pero, jay! llegados á Corfiione, á dos 
millas de Cisterno, al atravesar un 
puente de madera sobre el rio desbor¬ 
dado, se hundió cl puente, y fueron 
arrastrados por las aguas. jQuicn sabe 
si con su dinero y su vida perdieron 
también su alma! 

Una hora después llego el otro mer- 
cader, y los ribercnos llenos de es¬ 
panto le contaron lo sucedido y le lle- 
varon á presencia de los cadáveres que 
acababan de ser extraidos dei rfo. 

; Cuán intensa seria su emoción, 
tanto más penosa, cuanto que él no 
podia menos de ver en esta desgracia 
el severo juicio de Dios. Agradccio al 
cielo el haberlc preservado mediante 
la santa Misa de una muerte semejante 
y le pidió inspiracion para anunciar á 
las viudas de las victimas tan triste 
nucva. 

üjalá este castigo convierta é in¬ 
funda un temor saludable á los que no 



Oigase Misa diariamente 471 

diidan entre la Misa de obligación y 
una vil ganancia material, entre un pe¬ 
cado mortal y algunas miserables mo- 
nedas. 

Sirva también de escarmiento á los 
que prefieren los domingos y dias de 
fiesta para sus negocios. íNo vemos á 
todas horas á numerosos labradores que 
se dirigen al mercado de la ciudad, cn 
vez de asistir á la Misa parroquial para 
edificacion de todos í Siempre creen 
que les sobra ticmpo para llegar pun- 
tualmcnte á la Misa. ^Cuantas veees, 
dccidmc, vuestras compras os han hc- 
cho perder una parte esencial dei santo 
sacriácio, de suerte que, por pequenas 
bagatelas, os babéis expuesto al fuego 
dei intierno ? 

En cuanto á los padres que disua- 
den á sus hijos de asistir á Misa los 
domingos, tengan presente el castigo 
de Geroncia, madre de Santa Genoveva. 
Un dia festivo en que no permitia que 
su hija fucra á Misa, Genoveva le dijo 
con firmeza: “Madre querida, en con- 
cicncia no debo hoy faltar á la Misa, 



472 


Capitulo XXVII 


y prefiero descontentarte antes que des¬ 
contentar á mi Dios.“ 

Irritada con esta respuesta, Geron- 
cia llegó hasta abofetearla por su de¬ 
sobediência. El castigo no se hizo es¬ 
perar, y Geroncia quedó ciega. No re- 
cobró la vista hasta dos aHos después, 
gracias á las oraciones de su santa 
hija. 

Los padres y madres de familia tie- 
nen obligación de enviar á Misa tanto 
á sus hijos eomo á sus criados; deben 
vigilar su conducta en la iglesia é in- 
culcarles profundo respeto hacia el 
Santo Sacramento. 

Expresamente lo manda cl apóstol 
San Pablo; ‘^Si hay quien no mira por 
los suyos, mayormente si son de la 
familia, este tal, negado ha la fe, y es 
peor que un infiel." (^) 

La palabra «no mirapor» serefiere, 
según S. Juan Crisóstomo, lo mismo á 
la conscrvación dei alma que á la dei 
cuerpo. Ahora bien, si un padre de fa- 


(l] I Tiinoth. V, 8. 



Oigase Misa diariamente 473 

milia que no proporciona á sus hijos 
y á sus criados vestido y alimento es, 
á los ojos de Dios, peor que un infiel, 
ícuánto más despreciable será el que 
no se cuida de la salvación de los 
suyos? 

Amos cristianos, ved como cumplís 
vuestros debercs sobre este particular. 
iDais toda clase de facilidades á vues¬ 
tros criados para que vayan á Misa, 
cuando la proximidad de la Iglesia y 
la hora matinal Ics ofrecen ocasión? 
i No parece que decís con vucstra 
actitud: X mí, no á Dios cs á quien 
debcs servir, porque no es Dios, sino 
yo quién te paga? Para mí, pues, tra- 
bajarás toda la semana. 

> En verdad que tales cristianos son 
peores que los infielcs; cn la hora de 
la muerte reconocerán la enormidad de 
sus pecados. 



474 


Capítulo XXVIII 


CAPÍTULO XXVIII. 

Exhortaeión para olr devotamente 
la Santa Misa. 

iCuánto se aflige la Iglesia al ver 
á tantos de sus hijos asistir sin devo- 
ción al santo sacrificio! 

Se preoeupan de cuanto les rodea, 
miran quién entra y quién sale, rezan 
con los lábios sin que el eorazón tome 
la menor parte, se sientan perezosa- 
mcntc aún después de la elevación. Tal 
es su conducta en presencia dei Dios 
tres veccs santo. 

Es dudoso si queda todavia en el 
alma de estos tales una chispa de fe, 
y si raeiecen el nombre de católicos. 
; Ah, que mi eorazón sangre á la vista 
de tan culpable irreverencia, precisa- 
mente cuando todo nos invita á la más 
ardiente devoción! 

La Iglesia nos impone el respeto 
hacia la santa Misa por estas palabras; 
“Reconocer que los cristianos no pue- 
den realizar obra más santa y divina 



Uigase devotamente 


475 


que este tremendo mistério, equivale á 
reconocer que todo cuidado y diligen¬ 
cia son pocos par hacerlo con pureza 
de corazón, con piedad y edificación.(^) 
No es necesario para esto experimen¬ 
tar la devoción de una manera sensi- 
ble, basta tener una firme voluntad de 
asistir atenta y respetuosamente. 

La verdadera piedad no consiste, 
en efecto, en una dulzura interior sino 
en servir fielmente á Dios. No temáis 
pues, cuando en la Misa, no sintáis 
aqucllas delicias espirituales que os pa- 
rccerían tan consoladoras ; humillaos, 
reconoceos indignos de tales favores, 
y seguid con fe (“) cl santo sacrifício. 
Si no tuvierais deseo alguno ni procu- 


n) Concilio de Trentò. 

r2) La piedad <5 la devoción consiate segán todos los 
maestros de la vida espiritual en onn voluntad pronta y 
generosa de hacer lo que Dios qulere que hagamos y su- 
frir Io que qulere que suframos. Las dulauras y conso- 
Inciones sensihles no son la devoción» sino un estimulo 
para la devoción, que el SeBor concede según nuestras 
ncccsidadcs y su sabiduria. £1 cspírítu de fc estd slcin- 
pre á nuestra disposición y, podemos, Inspírdndonos en 
él, sei vir á Dios con entera Bdelidad y Kgurar en el nú> 
mero de aqucllos justos que viveo de fe, según la expre- 
sión dcl Lspít itu Santo. (S. T.) 



476 


Capitulo XXVIII 


rarais salir de vuestra indiferencia, cn- 
tonces cometeríais tan sólo una falta 
y os veríais privados de abundantes 
gracias. 

A este propósito referiré una con- 
versación de nuestro Senor con santa 
Gertrudis, aquella discípula tan amada 
de su Sagrado Corazón. 

La Santa se esforzaba un día por 
unir alguna intcnción particular á cada 
nota y á cada palabra de su canto y 
conociendo su impotência por la debi- 
lidad de su naturaleza, dijo para sí 
iiiisma con tristeza: “iAy demí! ^qué 
fruto puedo yo obtener dc este ejer- 
cicio estando sujeta á tantos câmbios ?“ 
Pero el Sefíor que no podia ver á su 
sierva en la aflicción, la presentó en 
sus manos su divino corazón bajo la 
figura de una lámpara ardiente y la 
dijo: “Hé aqui que yo pongo ante los 
ojob de tu alma mi corazón amante que 
es el órgano de la Santísima Trinidad, 
para que le pidas con confianza que 
haga por ti lo que tú no serias capaz 
de hacer, y que así yo no vea nada que 



Oigasc devotamente 477 

no me parczca sumamente perfccto: 
porque, de la misma manera que un 
criado está siempre presto á ejecutar 
las ordenes de su Senor, así mi cora- 
zún estará siempre dispuesto á reparar 
á cada momento los defectos de tu ne¬ 
gligencia. 

Gcrtnidis admiraba temblorosa aqucl 
exceso de la bondad dei Salvador, pero 
creia que seria indigno para Dios que 
su corazón adorable supliera las faltas 
de la criatura. Pero el Senor reanimó 
su confianza con esta reparación; “,;No 
es verdad, la dijo, que si tuvieras una 
voz excelente, y te complacieras can¬ 
tando, al cncontrarte con una persona 
dc voz tan ruda, desagradablc y dis¬ 
cordante, que apenas pudiera pronun¬ 
ciar y formar los más débiles sonidos, 
te pareceria mal que, al ofrecerte tú á 
cantar por ella, no te lo permitiera? 
Asi mi divino corazón reconociendo la 
inconstância y fragilidad humanas, de- 
sea con incrciblc ardor que le invites 
á obrar y á cumplir en ti lo que no 



478 Capítulo XXVIII 

ercs capaz de obrar y cumplir por ti 
inisma.“ (') 

;Oh qué dulce estímulo! Si te dis- 
traes en la Misa, acude á Jesús, y 
díle: “Lamento amargamente cl ser tan 
distraído y suplico á vuestro divino 
corazón que supla mi negligencia." 

l’ara ayudar tu buena voluntad, te 
indicaré la mancra de procedér en la 
santa Misa. 

Al ir á la Iglesia, debes considerar 
á dóndc vas y qué vas á hacer. No vas 
al templo para orar snlamcutc como 
el fariseo y el publicano, vas para 
hacer una oblaciún, como dice David: 
“Oh Senor, siervo tuyo soy. A ti otre- 
ceré yo por sacrifício de alabanza, é 
invocaré el nombre dcl Senor." (^) 

Vas para rendir á Diosel culto más 
perfecto, para presentarle la ofrenda 
más querida. Escucha lo que dice el 
P. Gobat; “La audición de la Misa no 
es solamente una oración, es también 
un acto de adoración, una ofrenda, un 


( 1 ) Uev. L. III, c- XXV, ( 2 ) Salmo CW, 16 y 17. 



Oigase devotamente 


479 


sacrifício divino, ya que todos los asis- 
tentes bien dispuestos se unen á la ac- 
ción y á las intenciones dei sacer¬ 
dote." 

El mismo autor explica á continua- 
ción el signifícado dc la palabra sacri- 
Jicar. “Sacrificar es lo mismo que rea¬ 
lizar la acción más excelente y prac- 
ticar la más elevada virtud, porque, al 
sacrificar, atestiguamos la soberania 
de Dios, su dcrccho á ser infinitamente 
honrado y glorificado ; confesamos al 
mismo tiempo nuestra dependência ab¬ 
soluta como criaturas de quienes puede 
disponcr á su arbitrio. Por esto cl sa¬ 
crifício cs cl acto dc religión más agra- 
dable al Senor y más útil para cl hom- 
bre.“ 

Penetrado de estas verdades, llega- 
rás al pié dei altar, y entonces debes 
formar en tu corazón la intención de 
oir la Misa. Si tienes que rezar algu- 
nas oraciones particulares, hazlo hasta 
la consagración. Desde este solcmne 
momento no debes pensar más que en 
Jesucristo; adóralc, ofrécele á su Pa- 



4S0 Capítulo XXVIIl 

drc celestial, y exponle tus neccsi- 
dades. 

Haymuchos quesienten escrúpulo cn 
renunciar á sus oracioncs habituales 
por las de la Misa; pero no tienen ra- 
zón. Comparadas con las de la Misa, 
son sus oraciones cotidianas tan infe¬ 
riores, como el cobre eomparado con 
el oro. 

Además, estas oraciones pueden re- 
zarse á otra hora cualquiera dei día, 
por la noche, por ejemplo, mientras 
que las de la Misa no pueden recitarse 
tan provechosamente como al ccle- 
brarse el santo sacrifício. Y aún su- 
poniendo que hubieras de abandonar 
estas oraciones particulares por falta 
de ticmpo, esta omisión seria menos 
perjudicial que la primera. 

Al Conjiteor golpea tres veces cl 
pecho, excitándote á un sincero arre- 
pentimicnto de tus pecados. Represén 
tate á Nuestro Scfior postrado de hi- 
nojos en el huerto de las Olivas, 11o- 
rando amargamente tus crímenes con 
lágrimas de sangre. 



Oigase devotamente 


481 


Sigue después las acciones y ora- 
ciones dei sacerdote, y especialmente 
concentra tu atención en la oblación 
dei pan y dei vino. Suplica á Dios le 
sean gratos estos dones destinados á 
ser convertidos en el cuerpo y en la 
sangre de su Hijo, y ofrécete á ti mismo 
con todas tus inienciones al Padre ce¬ 
lestial. 

Al Sanctiis, humildemente arrodilla- 
do, une tus adoraciones á las de los 
ángeles. 

Después dei Sancftis viene el Canon. 
El sacerdote lo recita en voz baja, 
por respeto á los augustos mistérios 
que encierra. Santiago, en su liturgia, 
nos ensena la actitud en que debemos 
mantenernos. “En este momento, dice, 
todo hombre debe guardar un profundo 
silencio, tcmblar de respeto y olvidar 
las cosas de la tierra, porque el Rey 
de rcyes, el Seiior dc los sciiores, des- 
ciende para inmolarse y darse en ali¬ 
mento á los fieles. Delante de él pa- 
san los coros de los ángeles, velado 


8096 


16 



482 


Capítulo XXVIIE 


el rostro con sus alas, y cantando cân¬ 
ticos de alabanza.“ 

Nuestra fe no debe extranar que 
todo el cielo baie sobre el altar ayu- 
dando á celebrar el más grande de 
los milagros. Lo que debería asombrar- 
nos y llenamos de confusión es, que 
nosotros, miserables pecadores, nos 
atrevamos á asistir á tan sublime misté¬ 
rio sin respeto, sin amor y sin aten- 
ción. 

;Ah! si Dios abriera nuestros ojos, 
contemplaríamos un espectáculo que 
nos haría olvidar todo lo creado. 

En el momento en que se realiza 
este adorable mistério, rásganse los 
ciclos, y el Hijo de Dios, llcno de in- 
comparable hermosura y soberana ma- 
jestad, desciende sobre el altar para 
renovar el mistério de nuestra reden- 
ción. Santa Matilde tuvo la dicha de 
escuchar de los lábios dei Redentor la 
manera como viene á nosotros. 

Jesucristo la dijo: “Vengo con tal 
huniildad que no hay una sola alma, 
por desprcciable que sea, á la cual no 



Oigase devotamenta 


483 


me acerque, si ella lo desea. Vengo con 
tal paciancia que sufro á mis más cruc¬ 
ies enemigos, y me reconcilio con ellos 
y les perdono todas sus deudas, si así 
lo quieren. Vengo con un amor tan in¬ 
tenso, que no hay corazón tan duro que 
no conmueva si no resiste á mis gra- 
cias. Vengo con tal liberalidad que el 
más pobre puede enriquecerse con los 
tcsoros de mi gracia. Vengo con un 
alimento tan exquisitoque no hay alma 
por hambrienta y afligida que se halle, 
que no sea confortada Vengo con una 
Iw^ tan resplandeciente que ilumina las 
conciencias más ilusionadas y ciegas. 
Vengo en fin con tal plenitud de pra- 
cia )' de santidad capaces de despertar 
de su letargo á las almas más perezo- 
zas é indiferentes." 

Admira los nobles deseos de Jesus 
al descender sobre el altar; El quiere 
elevar á los humildes, perdonar á sus 
enemigos, ablandar los corazones, en¬ 
durecidos, enriquecer á los necesita- 
dos, iluminar á los ciegos, inflamar á 
los indiferentes. 



484 


Capítulo XXVIII 


En esto el cumplimiento de aquellas 
palabras: “El hijo dcl hombre ha ve- 
nido á buscar y á salvar lo que había 
perecido." (‘). 

No, Jesus no baja sobre el altar 
para vengarse de los pecadores y con- 
denarles; no, El Ics abre su corazón, 
y les ofrece su misericórdia. Oh peca¬ 
dores, asistid á la Misa donde hallarcis 
no un juez sino un mediador. Vuestro 
triste estado no empeorará porque os 
acerqueis á las cosas santas, lejos de 
esto, es el medio más seguro, para 
preparar vuestra justificación. No in- 
curriréis en nuevo pecado, si, por la 
fragilidad humana, os distraéis y sois 
víctima de la torpeza espiritual con tal 
que tengâis el firme próposito de aso- 
ciaros al santo sacrifício. 

Pero el momento solemne de la 
Consagración ha llegado ya. Yo llamo 
en mi auxilio la voz elocuente de los 
santos, porque mi pobre lengua no sa- 
brá expresar estos adorables mistérios. 


(!) Lacas XIX, 10. 



Oigase devotamente 


4S5 


”En el mismo instante que el sacer¬ 
dote pronuncia las palabras de la tran- 
substanciación, el pan se convierte en 
un pequefío Cordero. Este Cordero te- 
nía semblante humano, estaba rodeado 
de una llama resplandecicnte, adorá- 
banle los ángeles y le servían. Estos 
eran tan numerosos como los átomos 
de polvo que revolotean por los aires. 
Hab ía tambien tal muchedumbre debien- 
aventurados que mis ojos no alcanza- 
ban á ver el fin.“ 

i Oh qué magnífica solemnidad! Na- 
die estaba de más ni desocupado. ^Quó 
hacían? “Adoraban y servían al Cor¬ 
dero." 

“El hombre debe temblar, dice San 
Francisco de Sales, el mundo estre- 
mecerse y sobrecogerse el cielo entero 
cuando el Hijo dc üios se entrega, so¬ 
bre el altar, en manos dei sacerdote, 
i oh admirable humildad!, el Verbo, el 
Sciíor de todas las eriaturas se hu- 
milla por la salvación dei hombre 
hasta ocultarse bajo las aparências de 
pan.“ 



486 


Capitulo XXVIII 


Como nuestros sentidos no pueden 
testificar la presencia dei Seiíor, no le 
atendemos, mientras que los ángeles 
tiemblan en su presencia, como se dicc 
cn el prefacio, y huyen aterrados los 
demonios, según lo asegurójesucristo á S. 
Brígida: “Como al pronunciar la palabra: 
Yo soy, cayeron de espaldas mis ene- 
migos, á las palabras de la consagra- 
ción: Este es mi cuerpo, huyen los de- 
moniós.“ (*) 

Como los ángeles y los Santos apli- 
quémonos á glorificar al Senor sobre 
cl altar y á participar de su adorable 
sacrifício. Dicho se está, que en el mo¬ 
mento solemne de la elevación debe- 
mos interrumpir todo rezo para levan¬ 
tar nuestros ojos hacia el altar, adorar 
humildemente al Cordero de Dios y 
ofrecerle al Padre celestial. Estos ejer- 
cicios de fe y de caridad deben ocu¬ 
pamos mientras Jesucristo permanece 
presente cn el altar, esto es, hasta des- 
pués de la Comunión. 


(1) Libr. IV, cap. LVIII. 



Oigase devotamente 


487 


Desgraciadamente, la generalidad de 
los fíeles no lo practica así; sigue sus 
oraciones habituales y se deja llevar 
de una especie de devoción rutinaria, 
como si Jesucristo no estuviera pre¬ 
sente ni debieran ocuparse de él. Una 
cnmparación pondrá de relieve la in¬ 
conveniência de semejante proceder. 

Un amigo te ha invitado repe¬ 
tidas veces por escrito á ir á su casa, 
y tú deseas comunicar á su corazón 
los sentimientos de tu tierna amistad. 
Cediendo, por fin, á sus instancias te 
pones en camino y al Uegar, ni te da 
la bienvenida ni te dirige la palabra, 
teniéndote de pié como si fueras para 
él un desconocido. 

íNo te afligiría esta desconsidera- 
ción? ijNo te arrepentirías de haber 
hccho el viaje? 

En todas las misas Jesucristo baja 
dei cielo para visitarte, para consolarte 
y colmarte de favores; está sobre el 
altar delante de ti, te mira con amor, 
desea escuchar tu voz y recibir tus ho- 
menajes. 



488 


Capitulo XXIX 


Pero, jayl tú no le saludas ni le 
adoras, y lejos de mostrarte respetuoso 
con El, continuas con aquellas oracio- 
nes que tal vez no tienen relación al- 
guna con el santo sacriâcío; como si 
no se celebrara la Misa. Por favor, oh 
cristiano, no obres así; en este so- 
lemne momento imita al sacerdote, do- 
bla tus rodillas, y lleno de fe y de 
amor, adora á Aquel que se presenta 
á tus miradas bajo las especies dei pan 
y dei vino. 

CAPÍTULO XXIX. 

Qué devoción debe practicarse 
durante la elevación. 

Inmediatamente después de la con- 
sagración, el sacerdote eleva las san¬ 
tas especies; ceremonia prescrita por 
la santa Iglesia para que el pueblo 
pueda gozar y aprovechar mejor la pre¬ 
sencia real dei Salvador. 

Do esta elevación y de la devoción 
que debo practicarse trataremos en este 



Durante la elcvación 


489 


capítulo; ioh! qué alegria para el cielo, 
qué fuente de salvaciún para la tierra, 
qué terror para el inficrno, qué alivio 
para las almas dcl purgatório durante 
esta elevación dei don más precioso 
que pueda presentarse al Altísimo. 

£ Sabes además bajo qué formas se 
ofrece á su Padre por las manos dei 
sacerdote la santa Humanidad de Jesús, 
esta Humanidad que es la imagen más 
Hei de la santísima Trinidad, la única 
joya de los tcsoros celestiales y te¬ 
rrestres ? 

Esta Humanidad se ofrece bajo di¬ 
versas formas, porque en las manos 
dei sacerdote, el Verbo se encarna de 
nuevo, nace nuevamente y sufre la Pa- 
sión, el sudor de sangre, la flagelación, 
la coronación de espinas, la crucifíxión 
y la muerte. j Ah, qué emoción para cl 
corazón dei Padre celestial durante esta 
elevación de su Hijo muy amado! 

Sin embargo no es sólo el sacer¬ 
dote quién expone á Jesucristo á las 
miradas dei Padre, expónese también 
el mismo Salvador. 



490 


Capitulo XXIX 


“A la elevación, yo of á Cristo pre- 
sentarse á su Padre y ofrecerse á sí 
mismo de una manera que sobrepuja 
toda inteligência", dice Santa Gertru- 
dis (‘). 

Ya que no podamos concebir este 
encuentro dei Padre y dei Hijo, la fe 
debe conducirnos á una oración la más 
fervorosa posible en el momento en que 
se realiza. 

S. Buenaventura invita al sacerdote 
y á los fieles á decir entonces al Pa¬ 
dre celestial; “Ved, oh Padre eterno, á 
vuestro único Hijo, se ha hecho pri- 
sionero nuestro aqucl á quien no pue- 
den contener los mundos. No le deja- 
remos hasta que nos hayas concedido 
lo que en su nombre os pedimos con 
tanta insistência; el perdón de nues- 
tros pecados, el aumento de la gracia, 
la riqueza de las virtudes y la dicha 
de la vida eterna." 

El sacerdote mostrándole la santa 
Hóstia podría todavia decir al pueblo: 


ftl Revel. Lib. IV. c. 62. 



Durante la clevaciõn 


491 


“He aqui, oh cristianos, á vuestro Sal¬ 
vador, á vuestro Redentor y Santifica- 
dor. Miradle con fe lüva y derramad en 
su presencia las súplicas ardientes de 
vuestro corazón. Dichosos los ojos que 
pueden verle y contemplarle. Dichosos 
lo que creen firmemente en la presen¬ 
cia de Jesucristo en esta Hostia.“ Si 
le adoráis así, aseguraréis la salvación 
de vuestra alma y podréis repetir con 
el patriarca Jacob; “Yo he visto áDios 
cara á cara y mi vida ha quedado en 
salvo.“(^) 

A la elevación, todo el pueblo debe 
dirigir sus ojos al altar y contemplar 
con devoción el Santísimo Sacramento. 
Jesucristo ha revelado á Santa Gertru- 
dis cuán útil sea á las almas esta prác- 
tica: “Siempre que se mira con devo¬ 
ción, escribe la Santa, el cuerpo de 
Nuestro Senor Jesucristo oculto en el 
Sacramento, aumenta el grado de su 
mérito para el Cielo y la dicha eterna 
será proporcional al gozo que se haya 


(1) Genes. .\XXII, 30. 



492 


Capítulo XXIX 


sentido contemplando devotamente el 
cuerpo precioso sobre la tierra.“ (^) 
Confiad en esta promesa dei Seflor y 
no dificultéis su cumplimiento convues- 
tra negligencia y ligereza. No os incli- 
néis tanto que no podáis ver la Hóstia; 
no es eso lo que quiere la Iglesia, que 
manda al sacerdote elevar durante al- 
gunos instantes las santas especies so¬ 
bre su cabeza para que el pueblo pueda 
verias y adorarias. 

La efícacia de esta comparación ha 
sido prefigurada en el antiguo Testa¬ 
mento. “Habiendo murmurado de Dios 
y de Moisés el pueblo de Israel el Se- 
fior envio contra el pueblo serpientes 
abrasadoras, por cuyas mordeduras y 
muerte de muchísimos fué al pueblo á 
Moisés, y dijeron todos: Pecado hemos 
y pues liemos hablado contra el Sefior 
y contra ti, suplícale que aleje de no- 
sotros las serpientes. Hizo Moisés ora- 
ciim por el pueblo, y el Sefior le dijo: 
Haz una serpiente de bronce y ponla en 


(11 Rev. 1,. IV. c. .\.\v. 



Durante Ia elevación 


493 


alto para seiSal: quien quiera que siendo 
mordido la mirare, vivirá. Hizo, pues, 
Moisés una serpiente de bronce y pú- 
sola por seiSal á la cual mirando los 
mordidos sanaban." (*) 

El Evangelio vé en esto un símbolo 
de Cristo, porque dicho está; “Al modo 
que Moisés en el dcsierto levantó en 
alto la serpiente de bronce, así tam- 
bién es mcnester que el Hijo dei hom- 
bre sea levantado en alto.“ (*) 

Si la imagen dei Salvador pudo cu¬ 
rar á los israelitas y preservarles de 
la mucrte, ,:cómo no ha de curar á las 
almas afligidas y desgraciadas la pia- 
dosa contemplación dei mismo Jesus? 

Para mayor eficacia, durante la ele- 
vacion dei Senor, haz actos de fe en 
su real presencia y en et sacrifício que 
El ofrece á su Padre celestial por nos- 
otros mi.serables pecadores. Estos actos 
de fe te valdrán magnífica recompensa 
porque es muy meritorio crecr lo que 
no ven nuestros sentidos. “ Bienaven- 


(1) Númer., cap. XXL 7'9. (3) Juan, III, 14. 



494 Capítulo XXIX 

turados aquellos que sin haberme visto 
han creído.“ (‘) 

Dichosos los que, á pesar de las apa- 
riencias, creen en mi presencia real en 
el Sacramento, Yo aumentaré su gracia 
en la tierra y su gloria en el cielo. 

El aspecto meritorio de la fe re- 
salta en lo que succdió á Hugo de San 
Víctor. Este santo abad había pedido 
con insistência la gracia de ver á Je- 
sucristo en la santa Misa. Su oración 
debió ser atendida, porque una manana 
al ofrecer el santo sacrifício con su 
acostumbrada piedad, vió al Nino Jesús 
descansar sobre el corporal. Pasados 
algunos instantes, el divino Nino le 
dijo: “Hugo, perdiste un gran mereci- 
miento al desear verme con los ojos 
dcl cuerpo.“ Y desapareció, mezclando 
así la tristeza con el más puro de los 
goces. 

San Luís, rey de Francia, apreciaba 
cn alto grado el mérito de la fe. Guando 
se realizó la celebre apariciún dcl Niflo 


(1; Juati. \X, :-9. 



liurante Ia elevacíón 


495 


JesiSs en la santa Hóstia y un corte- 
sano le excitaba á presenciar con sus 
propios ojos esta maravilla, contestóle 
el Rey: “Llama á los que no creen. Yo 
creo firmemente en la presencia real 
de Jesucristo, y no necesito ver al Se- 
fior con los ojos dei cuerpo.“ 

Sin duda, deseaba el Santo Rey 
como el que más contemplar al Hijo 
de Dios, porque ^pucdc habcrsobre la 
tierra, satisfacción más grande? No obs¬ 
tante, antes de privarse dei mérito 
de la fe, prefirió perder tan hermoso 
espectáculo. Cesen pues tus quejas por 
no ver á Jesús en la santa Hóstia, con- 
téntate, como San Luis, viéndole con 
los ojos de la fc, y esperando contem- 
plarle cara á cara en el Ciclo. (') 

Después dc haber adorado la santa 


(1) Segán decreto de 12 de Jiinio de 1907^ de la Sa* 
grada Congrcgaclòo de Indalgencias, slemprc que los fie 
les, con fé, piedad y amor, míren la Sagrada Hosüa» así 
en la Elevaciòo de U Santa Misa como cuando está ex- 
pnesto en el Sapraiio, dlctendo; *Scflor mio y Dios mio” 
puede ganar síete aüos y slctc cuurentcnas de indulgên¬ 
cia, y además iina Indulgcncla Plcnaria, cuda semana, sí, 
hablendo mirado todos los dias la Sagrada Hostla, bica 
oreparados, reciben la Sagrada Comunión. 



496 


Capítulo XXIX 


Hóstia, ofréccla al Padre celestial. Ex- 
pucsta yá la virtud dc este acto, ci¬ 
taremos unicamente estas palabras de 
Santa Gertrudis: “La oblación de la 
Santa Hóstia, borra todas nuestras fal- 
tas.“ 

Concentremos pues, aunque seamos 
miserables pecadores, todas las fuer- 
zas de nuestra alma para ofrecer á 
Dios la Santa Hóstia y obtcner el per- 
dón y la misericórdia. 

A la elevación de la Hóstia sigue 
la dei cáliz, ceremonia no menos sig¬ 
nificativa. La preciosa sangre mana 
cntonces de una manera mística sobre 
los asistentes, como lo indican las pa¬ 
labras dei misal: “E^te es el cáliz de 
mi sangre, dei Nuevo y Eterno Testa¬ 
mento: mistério de fe:que será derra¬ 
mada por vosotros y por muchos para 
el pcrdón de los pecados.“ 

En este momento recibes la misma 
gracia que si, completamente arrepen- 
tido, estuvieras al pié de la cruz en el 
Calvario é inundado de la Preciosa 
Sangre. 



Durunte la elevación 


497 


En cl antiguo Testamento dice Dios 
á los Hebreos; “Inmolad un corderoy 
rociad con su sangre cl dintel y am¬ 
bos postes de la puerta, y al ver la 
sangre... el SeSor pasará de largo la 
puerta de aquella casa, ni permitirá al 
ángel exterminador entrar en vuestras 
casas, ni haceros dano.“ (') 

Si la sangre dei Cordero pascual 
preservó á los israelitas dei ángel cx- 
terminador, con mucha más razón la 
sangre dei Cordero inmaculado nos de¬ 
fenderá contra las asechanzas dei án¬ 
gel de las tinieblas, quién “anda gi¬ 
rando como león rugiente alrcdedor de 
vosotros, en busca de presa que de¬ 
vorar." (-) 

Pero, íqué harán los que no pue- 
den asistir á la Misa? Admirad la tierna 
solicitud de nuestra santa Madre la 
Iglesia; ella ha querido que sus hijos 
ausentes pudieran rccoger igualmente 
el fruto de este momento tan saluda- 
ble; y para esto se lo anuncia por el 


( 1 ) Exod. XII, 22 y 23. (2) I Pctr. V, 8. 



498 


Capítulo XXIX 


toque de Ia campana. Al oir esta seflai, 
oh cristianos, arrodillaos en el campo 
ó en vucstras casas, y vuelto el rostro 
hacia la Iglcsia, adorad á Jesús ele¬ 
vado por las manos dcl sacerdote. En 
muchas partes se conserva fielmente 
todavia esta piadosa costumbre. Pero, 
i ah! el respeto humano impide á mu¬ 
chas personas el practicarla y les priva 
así de insignes favores, hasta que lle- 
gue la hora cuando Jesús á quien han 
tenido vergiienza de confesar ante los 
hombrcs: “ Se avcrgonzará de ellos, 
cuando venga en el esplendor de su 
majestad y en la de su Padre y de los 
santos ángeles.“ (') 

Afeamos todaví.i lo que debemos ha- 
cer después de la elevación dei cáliz. 
Muchos acostumbran rezar cinco Pa- 
dre nuestro y cinco Ave Maria, en 
honor de las cinco llagas; práctica muy 
excelente pero fuera de lugar. Otros 
continúan haciendo sus numerosas de- 
vociones, pero seria muchisimo mejor 


( 1 ) Lnc IX 26. 



Durante la elevación 499 

imitar al sacerdote: el santo sacrifício 
te pertenece tanto como á él. A pesar 
de sus oblaciones repetidas antes de la 
elevación, el sacerdote no deja de ofre- 
cer de nuevo, ni puede hacer nada más 
agradable á Dios. 

En el momento que deja el cáliz 
sobre el altar pide: “Sefíor, nosotros 
siervos tuyos, y también tu pueblo san¬ 
to»... ofrecemos á tu excelsa Majestad 
de tus dones y dádivas, este Hóstia * 
pura. Hóstia santa. Hóstia + inma- 
culada; el pan santo de la vida eterna, 
y el cáliz * de perpetua salvación.“ 

Sánchez dice estas palabras: “En 
toda la Misa no pronuncia el sacer¬ 
dote palabras más consoladoras, porque 
ni él, ni el pueblo podrían hacer cosa 
mejor que ofrecer á Dios el augusto 
sacrifício. “Fácil es comprender cuánto 
pierdes al sustituir esta preciosa obla- 
ción con tus pobres y áridos rezos. 
Pobres criaturas, desprovistas de mé¬ 
ritos y virtudes, £cómo no hemos de 
apresurarnos á perseguir con empeno 
el único tesoro que podremos presen- 



500 


Capítulo XXIX 


tar con êxito al Padre celestial? Este 
tesoro no nos lo ha dado Dios una sola 
vez, sino que nos lo ofrece en todas 
las misas, y con él nos hace entrega 
de todas sus riquezas para que las des¬ 
tinemos á la satisfacción de nuestras 
deudas. 

Ofrcced pues la santa Misa, ofre- 
cedla una, dos y más veccs, ofrecedla 
todos los dias. 

Los que no saben leer los excelentes 
métodos de ofrecer el santo sacrifício 
contenidos en los devocionarios, po- 
drían aprender de memória la siguiente 
plegaria; "Dios mío, yo os ofrezoo esta 
Misa; 03 ofrezco vuestro querido Hijo, 
su encarnación, su nacimiento, su do¬ 
lorosa Pasión; os ofrezco su sudor dc 
sangre, su fíagelación, su coronación 
de espinas, su conducción de la cruz, 
su cruciflxión, su muerte y su preciosa 
sangre. Yo os ofrezco á vuestra mayor 
gloria y pur la salvación de mi alma 
todo lo que este Hijo querido ha hecho, 
sufrido y merecido, y todos los misté¬ 
rios que Et renueva en esta Misa.“ 



Durante la ele\'ación 


5Cl 


Esta oración sencilla, pero suma- 
mente eficaz, debería recomendarse con 
insistência á las personas que no sa- 
ben leer; y que pidan al mismo tiempo 
á nuestro Seflor supla la insuficiência 
de su oblación presentándola El mismo 
al Padre celestial: y El les escuchará. 

Santa Matilde habiendo rezado un 
día nueve Padre nuestro, en honor de 
los nueve coros angélicos, queria en- 
cargar al ángel de su guarda que los 
llevara al trono de Dios. 

Jesucristo la dijo entonces: “Con- 
fíame tu mensaje, mi mayor alegria será 
cumplirlo, y toda ofrenda que se me 
encomienda se cnnoblecc en mis ma¬ 
nos." 

Medite cada uno estas palabras y 
diga á Jesus: “ Senor, pues que soy 
incapaz de ofrecer convenientemente 
este augusto sacrificio, yo os suplico, 
lo presenteis por mí á vuestro Padre 
celestial." 



C.\PÍTULO XXX. 

Del respeto con que debe oirse 
la santa Misa. 

“ Todos pueden comprcnder fácil¬ 
mente, dice el Concilio de Trcnto, qué 
cuidado es necesario para celebrar el 
santo sacriticio de la Misa con todo el 
respeto y veneración que debe usarse 
en las cosas religiosas, si se considera 
que es maldecido en las santas Escri¬ 
turas el que hace con negligencia las 
cosas dc Dios. Forque, si necesaria- 
mente hemos de confesar que los fie- 
les no pueden ejecutar obra alguna tan 
santa y divina como este mistério te- 
rrible, en el cual esta Hóstia vivifi¬ 
cante, que nos ha reconciliado con Dios 
Padre, es todos los dias inmolada por 
los sacerdotes, se verá claramente que 
es necesario poner todo cuidado y toda 
aplicación para realizar este acto con 
gran limpie/.a y pureza interior de in- 
tención y de corazón y con la mayor 
piedad y dcvoción exterior posible." 



Oígase con respeto 503 

Estas palabras se refieren lo mismo 
á los fieles que al celebrante. 

El historiador Josefo refiere que en 
cl templo de Salomón había sietecicn- 
tos sacerdotes y levitas ocupados con¬ 
tinuamente en inmolar las víctimas, cn 
purificarias y quemarlas sobre el al¬ 
tar, lo cual se hacía en medio de un 
silencio profundo y con el mayor res¬ 
peto. 

Sin embargo, estos sacrificios no 
eran más que figura. ; Con qué fervor, 
con qué silencio, con qué atención no 
debcremos asistir al verdadero sacri- 
ficio! 

Los primeros cristianos nos han 
dado en este particular admirables cjem- 
plos. Según el tcstimonio de S. Juan 
Crisóstomo, “ al entrar en la iglesia besa- 
ban humildemente el sucio y guardaban, 
durante la Misa, tal recogimiento que 
bien hubiera podido creerse era aquello 
un lugar enteramente desierto“. (‘) 

Así observaban puntualmente el ya 


(1) Homil. 3 In IL Corinth. 



504 


Capitulo XXX 


citado precepto de Santiago: “ Guarden 
todos silencio, estén con temor y tem- 
blor y olviden las cosas de la tierra, 
cuando el Rey de reyes, Cristo nuestro 
Sefior, viene á inmolarse y á darse en 
manjar á los fieles.“ (') 

S. Martin se ajustaba con todo es¬ 
crúpulo á esta recomendación: jamás 
se sentaba en la iglesia; y arrodillado 
ó de píé oraba con un semblante cir¬ 
cundado de santo temor de Dios. Al- 
guien le preguntó la razón de semc- 
jante actitud: “^cómo no he de temer, 
respondió él, hallándome en la pre¬ 
sencia dei Seõor>“ 

Movido por los mismos sentimien- 
tos exclamaba David: “Entraré en tu 
casa, y poseido de tu santo temor, do- 
blaró mis rodillas ante tu santo tem- 
plo.“ CO 

Como á Moisés, en otro tiempo, po- 
drfa Dios decirte: “Quítate el calzado 
de los pies, porque la tierra que pisas 
es santa.“ (®) 


(1) Litargia. (2) Salmo V, 0. (3) Kxodo III, 5. 



Oigasc con rcspcto 


505 


Pero más santas son todavia nues- 
tras iglesias, consagradas con tanta 
pompa, con unciones y oraciones, y 
santificadas todos los dias por la obla- 
ción dei santo sacrificio. ;Oh cristia- 
nos 1 DaviJ, el elegido de Dios, se acer- 
caba lleno de temor al Arca de la 
Alianza, iy no temblaremos nosotros 
en el Sancta Sanctoruvi donde se en- 
cierra la divina Eucaristia? No olvide¬ 
mos la severa amonestación dol Senor: 
“Tiembla ante mi santuario“ y la ex- 
clamación de Jacob: “Cuán terrible es 
este lugar. Verdaderamente esta es la 
casa de Dios y la puerta dei cielo." (*) 
iQué pensar de tantos cristianos 
que están en la iglesia y en la Misa 
de la misma mancra que en la calle ó 
en sus casas? Los ángeles, prosterna- 
dos dclante de su Senor, le adoran 
temblorosos, y ellos dejan vagar por 
todas partes su mirada curiosa y pro¬ 
vocativa; se ocupan de las personas 
presentes, piensan en los negocios 


(1) Céncs. XXVUl, 17. 



606 


Capitulo XXX 


dei mundo y sus vanidades, hablan sin 
pudor de cosas inútiles y tal vez peca¬ 
minosas. 

A imitación de los mercaderes dei 
templo, hacen de la casa de oración 
“ una cueva de ladrones. “ (‘) 

La Iglesia católica es algo más que 
una casa de oración; es la casa de Dios 
habitada día y noche por Jesús. Si pues, 
el mismo Salvador expulsó á latigazos 
á los mercaderes profanadores dei Tem¬ 
plo, j cómo tratará á estos audaces 
cristianos? 

En cuanto á las miradas curiosas 
ved lo que refiere la bienaventurada 
Verónica de Binasco. 

“Una manana, durante la Misa, mi- 
raba yo á una religiosa arrodillada 
junto al altar. Al punto el ángel de mi 
guarda me reprcndió con tanta severi- 
dad que quedé desvanecida de terror. 
Me miró siniestramente y me interrogó 
con dureza: í Por qué has cedido al de¬ 
sordenado deseo de tu corazón? ^Por 

( 1 ) Mateo XXI, J3; Marc. XI, 15-16-17: Lnc. XTX, 
tõ-46; JuaD II, 14-1/. 



Oigasc coa respeto 507 

qué has mirado á tu hermana con cu- 
riosidad? Sabe que has ofendido á Dios. 
El ángel continuó en este tono, y me 
impuso, de parte de Dios, severa peni¬ 
tencia en castigo de mi falta. Pasé tres 
dias seguidos llorando, y desde enton- 
ces, cuando asisto á la santa Misa no 
me atrevo á levantar la cabeza teme¬ 
rosa de ofender á la divina niajestad.“ 
íNo es esto manifestar claramcntc 
cuánto desagrada á Dios la libertad con 
que miramos á todas partes ? Es nece- 
sario que hagamos verdaderos esfuer- 
zos para impedir los desvios de la ima- 
ginación durante el santo sacrificio. 
iQué sucedería si no recogemos la 
vista? Buscaremos las distracciones y 
tal vez convertirenios en pecado grave 
lo que, en sí mismo, no hubiera sido 
más que una ligera falta. 

Si la simple curiosidad es ya una 
falta, iqué decir de las palabras inúti- 
les, siendo como es más fácil guardar 
la lengua que los ojos? Además de la 
ofensa hecha á Dios, esta charlatanería 
escandaliza al prójimo y le distrae en 



608 


Capítulo XXX 


SUS oraciones. Bien se ha de contestar, 
pudrás decirme, á los que nos pre- 
guntan. No es maio, en verdad, respon¬ 
der á una pregunta útil ó pronunciar 
una palabra necesaria; pero está pro- 
hibido hablar de cosas inütiles, cuchi- 
chear sobre el próijmo, saludarse como 
si se estuviera en la calle, y otras co¬ 
sas parecidas que impiden seguir aten¬ 
tamente la Misa 

El Senor nos lo ha advertido; “Yo 
os digo qúe hasta dc cualquiera pala¬ 
bra odiosa que hablaren los hombres, 
han de dar cuenta en el día dei jui- 
cio.“ (') 

íY qué palabras más inütiles que 
las pronunciadas durante el tremendo 
mistério dcl altar? 

S. Juan Crisóstomo es de parecer 
“que merecerían ser calcinados por un 
rayo en la iglesia los que hablany ríen 
durante la Misa.“ Mediante esta ame- 
naza, el santo Doctor pieviene también 
á los que por derecho ypordeber, es- 


(1) Ma(ea XII, 3«. 



Oigase con respeto 


509 


tán obligados á impedir las irreverên¬ 
cias, los padres que no corrijen á sus 
hijos, los amos que no velan por la 
compostura dc sus criados etc. 

S. Juan el Limosnero, no sufría que 
se hablara en la iglesia. Habiéndose 
olvidado de este precepto unindividuo 
le dijo: “Si has venido aqui por Dios, 
emplea tu espíritu y tu lengua en re¬ 
zar, pero si has venido para perder el 
tiempo, sabe que está escrito: “ La casa 
de mi Padre es casa de oración“; no 
la conviertas pues en una sala de con- 
versación.“ 

Debemos además dar pruebas de 
nuestro respeto estando de rodillas en 
la Misa. S. Pablo nos invita á hacerlo 
así cuando dice: “Al nombic de Jesus 
se doble toda rodilla en el cielo, en la 
tierra y en el infienio.“ (’) 

Con más razón liemos de guardar 
esta humilde postura, durante la pre¬ 
sencia real dei Salvador, es decir desde 
la elevaciún hasta la comunión. Mu- 


(1) Filip. II, 10. 



510 


Capítulo XXX 


chos, los hombres en especial, tienen 
la mala costumbre de oir de pié toda 
la Misa; á duras penas se inclinan á 
la consagracion, para levantar inmedia- 
mente después, como si Jesiis no estu- 
viera presente. Si no se puede estar de 
rodillas durante toda la Misa, que se 
esté de pié hasta la consagración, y 
después de la comunión. 

En algunos paises, apenas Nuestro 
Senor ha descendido sobre el altar, 
hasta las mismas mujeres no tienen re¬ 
paro alguno en sentarse. Si estuvieran 
ante los grandes de la tierra, en al- 
guna reunión mundana, seguramente no 
les faltarían fuerzas para adoptar pos¬ 
turas más incómodas y penosas que el 
estar de rodillas. 

Guando por motivos de salud, se 
vean obligadas á sentarse, háganlo hasta 
la elcvación, pero entonces arrodíllense 
inmediatamente. 

La piadosa emperatriz Leonor, es¬ 
posa de Leopoldo I, oía siempre la Misa 
de rodillas. Guando se le aconsejaba 
que cuidara de su salud y se sentara, 



Oigase con respeto 


511 


respondia; “Todos se inclinan dclante 
de mi que soy una pobre pecadora; 
ningdn cortesano se atrevería á sen- 
tarse en mi presencia, iy hnbría de 
hacerlo yo delante de mi Dios y mi 
Criador?" 

Yo aconscjaría á las madres que no 
llevasen á Misa á los pequenuelos que, 
con sus lloros, pueden perturbar el si¬ 
lencio y distraer al sacerdote en el 
altar; cuando ha3'^an llegado ya á la 
edad conveniente pya poder estar quie¬ 
tos y respetuosos, entonces deben ser 
llevados á la Iglesia. 

Para terminar, censuraré todavia 
otro deplorable abuso, y es el que co- 
meten aquellas senoras y jóvcnes que 
van á la Misa ataviadas como para ir 
á un baile ó al teatro. S. Juan Crisós¬ 
tomo apostrofó así en cierta ocasión 
á una de estas jóvenes: ‘^Eres acaso 
una desposada que va de bodas, ó bien 
vas á la Iglesia para hacer gala de tu 
hermosura y opulência? Si vas para 
que Dios perdone tus pecados, ^de qué 
sirve tanta elegancía? £1 vestido que 



612 


Capítulo XXX 


llevas no es el que corresponde á una 
pecadora arrepentida; ese lujoso pei- 
nado no te atraerá el perdón sino la 
cólera de Dios.“ 

Tomás de Cantimpré refiere que un 
niRo de siete aãos, que entraba en la 
Iglcsia con su madre ricamente ador¬ 
nada, fijó sus ojos en cl Crucifijo y 
dijo, serial ándole con el dedo: “He aqui, 
madre querida, á Cristo suspendido en 
la cruz, desnudo y sangriento, ,jy note 
avergQenzas de asistir á Misa con tan 
esplêndidos atavios? Mira no seas arro¬ 
jada á las llamas dei fuego eterno con 
estos vestidos tan ricos.“ 

La Madre creyó oir la voz de Dios 
por boca de su inocente hijo; y ape¬ 
nas terminada la Misa, fué á su casa, 
se desnudo de sus galas, vistióse mo¬ 
destamente y al quedar viiida entró en 
un monasterio de Bernadas. 

Las mujeres vani dosas que gastan 
lujo reprensible deberian avergonzarse 
á la vista de Cristo crucificado, quien 
desde la cruz parece como que les dice: 
“ Mira, hija mia, estoy en esta cruz. 



Oigase eon respeto 


513 


cubierfo de sangre y lleno de llagas 
para expiar tus adornos y atavios. Por 
cruel ironia apareces delante de mi 
haciendo alarde de tus riquezas y buen 
gusto < y no te averguenzas de presen- 
tarte asi y de escandalizar á los fie- 
les? Cuida de que tu lujo exagerado y 
tu vanidad no te arrojen al fuego dei 
infierno. 

El traje llamativo y el lujo desen- 
frenado excitan deseos pecaminosos aún 
en varones sérios, iqué incêndio, pues, 
no provocarán en los jóvenes lijeros 
y sensualcs? Las mujeres asi vestidas 
son siempre peligrosas, llaman la aten- 
ción de los hombres y los distraen de 
los ofícios diidnos y asi siempre son 
causa de pensaniicntos criminalcs. 

Quien prepara un veneno para otro, 
comete pecado mortal aunque no lo 
beba aquel á quien iba destinado: lo 
propio sucede con las mujeres que 
pecan con cl solo hecho de exponer á 
otros a la tentación; pecado que es ma- 
}'or en la iglesia yen tiempo de Misa. 
Anade á c^to ser cebo de pecado para 


G0»« 


17 



514 


Capitulo XXXI 


las demás mujcrcs que siempre tienden 
á la imitación j si les faltan recursos 
para trajes y modas de este quiero, se 
mueren de envidia. 

No quiero insistir más en tan de- 
sagradable asunto; paso al ultimo ca¬ 
pítulo en que pretendo dar luz á tu 
entendimiento y moverte á devoción, 
exponiendo brevemente las ceremonias 
de la Misa y su significación. 


CAPÍTULO XXXI. 

Be las ceremonias de la santa Misa 
y de su significación. 

La Misa se divide en tres partes 
principales, á saber: el Ofertorío, la 
(lonsagración y la Comnnión. Todas 
tres fueron instituídas por Jesucristo 
nuestro Senor. 

UI Ofertorío es la bendición y ac- 
ción de gracias sobre el pan y el vino; 
es la oblación preparatória de la víc- 
tima antes de su inmolación. En la 
Cena esta oblación se hizo cuando Je- 



Ccrcmonias y su signifícación 519 

sús «tomó el pan en sus santas y ve- 
ncrables manos, dándote gradas.» (’) 

La Consagración es la aplicación 
de las palabras de Jesucristo: “Este 
es mi cuerpo, ésta es mi sangre. “ (“) 
Por la consagración separada dei 
cuerpo dc Jesucristo bajo la especie 
de pan, la sangre de Jesucristo bajo 
la especie de vino, el sacerdote que es 
el representante de Jesucristo, realiza 
la mística inmolación de la víctima. La 
consumación de la víctima, que es ofre- 
cida, después de su inmolación, pura é 
inmaculada, ante el trono de Dios es 
representada por la ofrenda hecha al 
Altísimo dei cuerpo y de la sangre de 
jesucristo, inmediatamente después de 
la consagración, 

La Comtuiián es la consunción de 
las especies sacramentales. 

La participación dei pueblo en la 
víctima está representada por la comu- 
nión dc los fieles en la Misa. Ksta co- 
munión tuvo lugar en la Cena cuando 


( 1 ) Misal. (2),Mateo XXVI, 2ó y 28 . 



516 


Capitulo XXXI 


Jesús “tomó el pan y lo bcndijo, y par¬ 
tiu, y dióselo á sus discípulos dicicndo: 
“Tomad y comed: este cs mi cuerpo. 
Y tomando el cáliz dió gracias, lo ben- 
dijo y dióselo diciendo; Bebed todos 
de él; porque ésta es mi sangre.“ (*) 

§ 1. — De la Hlsa de los 'Catecúmenos.' 

La parte de la Misa desde el co- 
mienzo al Ofertorio, se llama Misa de 
los (latecinnenos porque en otro tiempo 
los Catecúmenos, es decir, los que, ins¬ 
truídos en la fe, no estaban todavia 
bautizados, podían asistir á ella. 

Llegado al altar, el sacerdote hace 
genuflexión ó bicn inclinación de cá- 
beza, scgún que el Santísimo Sacra¬ 
mento esté ó no en el tabernáculo. 
Sube las gradas dei altar, coloca el ca- 
liz sobre el corporal, abre el Misal, se 
detiene un instante en medio dei altar 
para empaparse dei espíritu de Jesu- 
cristo que se humilló hasta tomar la 
forma de esclavo. Baja dei altar, se in- 


(I) Matco XXVI, 26 y 21 . 



Ceremonias y su significacíón 517 

clina ó hace genuflexión, y comienza la 
Vlisa por Ia sefial de la cruz que le 
recuerda la grandeza y santidad dei 
nombre bajo cl cual va á celebrar los 
santos mistérios. 

Después, alternando con el ayudante, 
dice el salmo < Judica me > que con* 
tiene todos los sentimientos de temor, 
deseo y confianza de que su alma y Ia 
dei pucblo deben estar penetrados en 
este momento. 

Juntas las manos y profundamente 
inclinado, dice el Confilcor, que repite 
el ayudante. Ambos se golpean el pc- 
cho para expresar el dolor de haber 
pecado y manifestar que desean ha- 
cer pedazos su corazón para que Dios 
les creara un corazón nuevo. 

Sube al altar y lo besa por el amor 
de Jesucristo que va á ser sacrificado. 
Expresa también su vcneración por los 
gloriosos mártires de Jesucristo cuyas 
relíquias están allí encerradas y cuya 
intercesión implora. 

En las misas solemnes, se inciensa 
entonces el altar. Según Santo Tomás, 



518 


Capítulo XXXI 


el incienso es la imagen de Ia grada y 
de los dones dei Espíritu Santo, y pone 
de relieve los sentimientos de nuestra 
adoracion. Como el humo dei indenso 
deben subir al Cielo nuestras ora- 
dones. 

Se inciensa también al sacerdote, 
por respeto á su dignidad y para in¬ 
dicar que debe distribuir, por su virtud 
y por sus obras «el bucn olor de Je- 
sucristo.» 

Sigue el Introito, que consta ordi¬ 
nariamente de un versículo de la sa¬ 
grada Escritura y de un salmo; varia 
según la época y la festividad. Al ter- 
minarlo por el Gloria Patri etc., el 
sacerdote adora á la Santísima Trini- 
dad y hace votos para que todos los 
hombres conozean, amen y sirvan al 
Senor. 

Recita entonces alternando con el 
ayudante el Kyrie elcison, palabra 
griega que significa; “Sefior, ten mi¬ 
sericórdia de nosotros.“ Este es el co- 
mienzo dc las súplicas de la santa 
Misa. 



Ci^remonias y su significación 519 

Al Kyrie sucede el Gloria, uno de 
los cânticos más antiguos usados por 
la Iglesia. Tan profundamente se res- 
petaba este himno que sólo se cantaba 
los domingos y dfas de fiesta, ó cuando 
celebraba el obispo; á los sacerdotes 
no se les permitia decirlo en el altar 
más que el día de Fascua. 

Desde el ano 1000 desapareció esta 
prohibición, y lo recitan todos los ce¬ 
lebrantes, excepto cn Advicnto, Cua- 
resma y en la Misa de difuntos. 

Terminado el Gloria, el sacerdote 
besa el altar, y vuelto hacia el pueblo 
dice: pobiscnm. — Et cum 

spiritu tno, responde el pueblo por 
boca dei ayudante. Esta salutación se 
rcpite ocho veces, para renovar la 
unión entre el celebrante y cl pueblo. 

El sacerdote va entonces al lado de 
la epístola é, inclinando la cabeza ha¬ 
cia el crucifijo, dice: Orewwí, y recita 
la oración llamada Collecta, dei latín 
colligere, recoger, reunir, porque las 
súplicas de la Iglesia y de los âeles 
son, por decirlo así, reunidas por el 



520 Capítulo XXXI 

sncerdote, y presentadas todas juntas 
á Dios. 

Esta oración varia según las solem- 
nidades, los mistérios y las épocas dei 
aflo. Termina con la fórmulaC/zns- 
twn Dominum noslrum, por Jesucristo 
Nuestro Sefíor, porque El es nuestro 
mediador y nuestro Pontífice, el único 
que merece ser escuchado. El pueblo 
responde; Amen, así sea, para signi¬ 
ficar que el sacerdote ha expresado lo 
que el pueblo desea. 

Al iJomifiits vobisciim y al Oremtts 
el sacerdote extiende y eleva un poco 
las manos para indicar que espera de 
lo alto el cumplimiento de sus deseos. 
Juntar las manos es una seilal de bu- 
mildad, por la que se renuncia á la 
fuerza propia para entregarse comple¬ 
tamente al Senor. Durante la Collecta, 
el sacerdote debe tener los brazos ex- 
tendidos cn memória de nuestro SeHor 
que rogo por nosotros con los brazos 
extendidos en lo alto de la Cruz. Los 
primeros cristianos oraban de esta misma 
manera. 



Ceremonias y su significación 521 

Después de la CoUecta y de las otras 
oraciones llamadas Memórias ó con- 
memorationes sigue la Epistola, dei 
latín epistola, carta, porque frecuen- 
temente se toma de las cartas de los 
apostoles, y á veccs dei Apocalypsis 
de S. Juan. Raras vcces se toma dei 
antiguo Testamento. El pueblo lleno de 
gratitud, dice al final: /)eo gratias. 
Gracias sean dadas á Dios por todo 
lo que acabamos de aprender. 

Después de la Epistola, la Iglesia 
manda leer algunos versículos de un 
salmo, llamado Gradual, porque en el 
siglo IX eran cantados sobre las gra¬ 
das dei coro alto, ó tribuna, especie de 
púlpito levantado en el coro, al cual 
se subia por varias escaleras situadas 
á ambos lados. Entretanto el diácono se 
disponía á cantar el Evangelio. 

.\1 Gradual sucede, desde Pascua 
hasta Septugésima, el Alleluia, palabra 
hebrea que significa alaòan-a á Dios; 
y, desde Septuagésima hasta Pascua, el 
Tracto, asi llamado porque se canta so- 



522 


Capitulo XXXI 


bre nna grave melodia, sin repetición 
alguna ni interrupción. 

En la Pascua y en Pentocostés y 
durante sus octavas, así como en la fcs- 
tividad dei Corpus, se aiíade al Alle- 
Itiia, 6 al Tracto un himno llamado 
Sequenlia, que se une á las notas dei 
Alleliiia. 

Una Seqiieníia parecida se dice tam- 
bién en la Misa de difuntos: ir:e, 

y en la fiesta de los siete Dolorcs de 
la Santísima Virgen: Stabat Mater, 
aunque no haya Allcliiia. A estos him- 
nos se Ics llama también Prosa, es 
decir, discurso libre, que difiere dei 
verso por su estructura. 

Sigue la lectura dei Evangelia. Esta 
Icctura divina va acompaiíada de cere- 
monias revestidas de especial gravedad. 
Profundamente inclinado, el sacerdote 
dice en medio dei altar el Munda cor 
mewn: Oh Dios, purificad mi corazón 
y mis lábios, para que dignamente anun¬ 
cie tu Evangelio. 

En las misas solemnes, el diácono 
reza esta oración de rodillas sobre la 



Ceremonlas y su significaciún 523 

ültima grada dei altar; se levanta des- 
pués, toma el libro dei Evangelio como 
si lo recibiera de manos de Jesucristu, 
y de rodillas ante el sacerdote Ic pide 
la bendición. En las misas ordinárias 
cl sacerdote pide esta bendición á 
Dios. 

El diácono, una vez ha saludado el 
altar y al sacerdote, eleva el libro de 
los Evangelios, como para advertir á 
los fieles que se levanten á saludar 
este santo libro é indicar que están 
prontos á seguir los caminos de la ley. 
Entonces el celebrante va al lado de- 
recho dei altar, para recordar que el 
Evangelio ha sido rechazado por los 
judios y confiado á los gentiles. El 
diácono se vuelve hacia el norte ó el 
Aquilón, porque, scgún S. Gregorio, el 
norte indica la gentilidad. Sacerdote y 
diácono se vuelven hacia éste lado, por¬ 
que la luz dei Evangelio y el cjemplo 
de Jesucristo deben disipar las tinieblas 
dei paganismo. 

Esta es también la significación de 
las luces que se colocan á ambos la- 



524 


Capítulo XXXI 


dos dei libro de los Evangelios, mien- 
Iras que el incienso indica nuestra pro¬ 
funda veneración por la palabra santa. 
La lectura ó el canto dei Evangelio co- 
mien2an después dei Domintis vobiscum 
por estas palabras: Seqiieutia saiicli 
!Í!’anp;elii secundtim... A... (se nom- 
bra el evangelista de donde está to¬ 
mado el pasaje.) El pueblo contesta; 
Gloria tibi Domine, c Gloria te sea 
dada, oh Seflor». 

Kl diácono ó el sacerdote hace la 
senal de la cruz sobre el libro donde 
el pasaje comienza, para que esta lec¬ 
tura nos cause una impresión saluda- 
blc, y á continuación sobre sí mismo; 
todos los asistentes la haccn sobre su 
frente, boca y pccho, como lo hacían 
los cristianos antiguos al comenzar sus 
actos. Sobre la frente, para que Dios 
abra su cspíiitu al sentido dcl Evan¬ 
gelio: sobre la boca, para obtener la 
gracia de confesarle con sus palabras; 
sobre el pecho, para que en él se grabc 
prolundamente. 

Al fin dei Evangelio se responde: 



Ceremonias y su signiAcación 525 

Laus iibi, Christe. Dése alabanza á ti, 
oh Cristo. El sacerdote besa el libro 
en sefial de respcto á la palabra de 
Dios y para e.xpresar que ella nos pro¬ 
porciona la gracia de la reconciliación. 

Tal es Ia significación de las pala- 
bras: Las palabras dei Erangelio bo- 
rren nuestros pecados. 

Desde los tiempos más remotos, á la 
lectura dei Evangelio sigue, en los do¬ 
mingos y dias festivos, una e.vplicación 
de la palabra de Dios; la plática 6 el 
scrmúu. 

Terminada esta instrucción, se ha- 
cía salir á los Gatecúmenos, y se reci- 
taba el Credo, llamado también sím¬ 
bolo ó signo de la fe, porque servia 
para distinguir á los cristianos de los 
que no lo eran. El Credo se dice to¬ 
dos los domingos, en las âestas de los 
apostoles y de los doctores, durante 
sus octavas y en algunas otras fiestas. 
Es como el fruto dei Evangelio y sirve 
como de transición al Ofertorio, por¬ 
que, sin una fe viva, no podríamos asis- 
tir dignamente á los santos mistérios. 



Íi26 Capítulo XXXI 

§ 2. — Del Ofertorlo. 

Los Catecúmenos salínn de la Igle- 
sia, y entonces se celebraba el oficio 
llamado simplcmente Misa ó Misa de 
los Jleles. 

Después dei Credo, el sacerdote 
besa el altar, sc vuelve bacia cl pue- 
blo y le dice: Sea el Seíior con poso- 
tros. Luego agrega: Oremos^ para des¬ 
pertar la atención, puesto que va á 
comenzar el santo sacrificio. El versí¬ 
culo que precede inmediatamente á la 
oblación, con el nombre dc Oferturio, 
está tomado de la sagrada Escritura y 
aplicado á la fiesta dcl día. El sacer¬ 
dote descubrc entonces el cáliz, coloca 
la Hóstia sobre la patena, la eleva y 
suplica al padre celestial se digne acep- 
tar con agrado esta ofrenda inmacu- 
lada. Ofrece el pan y el cáliz, tenién- 
dolos elevados para significar nuestra 
ascensión bacia el cielo y porque en 
el antiguo Testamento se ofrecían las 
víctimas tcniéndolas elevadas. Eleva 
igualmente los ojos para indicar su 



Geremonias y su significación 527 

intención dc ofrecer, pero los baja in- 
mediatamente por el sentimicnto de su 
indignidad. 

Acabada la oración de la oblaeión, 
hace la serial de la cruz sobre el cor¬ 
poral con la patena, sobre la cual está 
la Hóstia para significar el sacrificio 
sangriento de la cruz que va á reno- 
varse sobre el altar. 

Después, el sacerdote va al lado de 
la epístola, echa el vino en el cáliz, 
bendice el agua de la cual echa algu- 
nas gotas en cl cáliz pidiendo á Dios 
nos conceda, por el mistério que re¬ 
presenta la mezcla dei agua y dei vino, 
el participar de la divinidad de nuestro 
Seiior Jesucristo. El sacerdote bendice 
el pan y el vino, porque representa á 
Jesucristo, fuente de toda bendición; 
bendice el agua, figura dcl pueblo fiel, 
que necesita ser purificado por Jesu¬ 
cristo. La mezcla dei agua y dei vino 
es una imagen de la unión de la Hu- 
manidad con la Divinidad en la per- 
sona de Jesucristo. 

Regresa al medio dei altar el sacer- 



528 


Capitulo XXXI 


dote, eleva el cáliz y pide á Dios acepte 
esta copa saludable por nuestra salva- 
ción y la de todo el mundo. Termina 
esta oblación haciendo la sefíal de la 
cruz con el cáliz sobre el corporal, 
donde lo coloca cubricndolo con la pa¬ 
lia. El pan es llamado Hostia inmacii- 
Lida y el cáliz, cáli- de salración por 
respcto á lo que vicncn á scr despucs 
de la consagración. 

Inclinado sobre cl altar, se humilla 
el sacerdote orando en Ia presencia de 
Dios; sc levanta Ileno de confianza, y 
extendiendo las manos hacia cl Cielo, 
ruega al Espíritu Santo derrame su 
bendición sobre este sacrifício. 

En las misas solemncs se inciensa 
entonccs la oblata, el altar y el sacer¬ 
dote. La nube de humo dei incienso 
que envuelve el altar recuerda la ma- 
jestad dei Seiior que, muy pronto des¬ 
cenderá de los cielos. Así llenó con 
su presencia el templo de Jerusalén 
para declarar que los sacrifícios y las 
oraciones le eran agradables. 

Termina el sacerdote la prcparación 



Ceremonias y su significación 529 

de la ofrenda lavándose las manos, al 
lado de la epístola, mientras recita cl 
salmo XXV. Se recuerda al sacerdote 
y al pueblo que deben presentarse ante 
el Seflor con las manos puras y un 
corazón inocente. El sacerdote vuelve 
en seguida al medio dei altar y, pro¬ 
fundamente inclinado, hace, teniendo 
las manos juntas, una segunda oblación 
dei pan y dcl vino. Besa luego cl al¬ 
tar é invita al pueblo á que se una á 
él diciendo: Orate /raíreí; Orad, her- 
manos. 

Después de la respuesta dei pueblo, 
el sacerdote dice Amen, y reza á con- 
tinuación la oración llamada secreta ó 
sca, oración en voz bajá. Luego le¬ 
vanta la voz y dice; “ Por los siglos 
de los siglos.“ Por esta exclamación 
invita al pueblo á unirse á él y á res¬ 
ponder Amen. Este cs el comienzo dei 
Prefacio. 

El sacerdote, repetido una vez más 
cl Domimis vobiscum y convencido de 
la atención dcl pueblo por la respuesta: 
Et cum spiritu tuo le e.vhorta á elevar 



530 


Capítulo XXXI 


su corazón: Surstim corda, elevad viies- 
tros cora^ones. El pueblo responde 
unánimemente que su corazón está ele¬ 
vado al Sefíor: Ilabemiis ad Dominiiiti. 
El sacerdote, levantando los ojos al 
cielo, le invita á unirse á él para dar 
gracias á Dios. 

Mas las alabanzas de lábios mor- 
tales son débiles é imperfectas, por lo 
cual las une al cântico de los coros 
celestiales, j transportado de un santo 
entusiasmo, exclama con ellos: 

“Sauc/us, Sanctiis, Sanctus, Santo, 
Santo, Santo es el Senor Dios de los 
ejercitos. Llenos están los Cielos y 
la tierra de tu gloria; Hosanna en 
las alturas. Bendito \el que viene en 
nombre dei Sefior. Hosanna en las 
alturas.^ 


§ 3. — De Ia Consaerraclón. 

Las oraciones posteriores al Sanc¬ 
tus y anteriores al Pater noster, reci- 
ben el nombre de Canón ó regia, por¬ 
que son invariables. Se recitan en voz 



Ceremonias y su significación 531 

baja para indicar los inefables misté¬ 
rios que acompafian, de los cuales el 
más profundo es la consagración. 

El sacerdote comienza el Canon al- 
zando al cielo los ojos y las ipanos 
para imitar á Jesucristo que levantaba 
sus ojos al ciclo antes de realizar sus 
milagros: luego los baja, besa el altar, 
se levanta, y, á semejanza de Moisés, 
ora con los brazos extendidos. 

En esta oración se pide una vez 
más al Padre celestial que acepte con 
complacência los dones que le ofrece- 
mos. Después de esta oración general 
viene la petición particular para apli¬ 
car los frutos dei santo sacrifício á la 
Iglesia, al Papa, al Obispo y á todos 
los que profesan la fe católica y apos¬ 
tólica. Se ruega también al Senor se 
acuerde de sus siervos y sicrvas N. N., 
de todos los asistentes, de los que ha- 
cen celebrar el santo sacrifício como 
de aquellos por quienes se celebra. 

Sigue el Memento de la Iglesia 
triunfante dc los bienaventurados, de 
la Virgen Maria que nos ha dado á 



D 32 Capitulo XXXI 

Aqucl que va á descender sobre el 
altar. 

En cl antiguo Testamento, el sa¬ 
cerdote sacrificador, antes de inmolar 
la vfçtima, extendía las manos sobre ella 
implorando el perdón y la remisión de 
los pecados, así como los bienes cor- 
porales y espirituales. Imitando esta 
costumbre, el sacerdote dei nucvo Tes¬ 
tamento, antes de la inmolación mís¬ 
tica dei Divino Cordero, exticnde igual¬ 
mente sus manos sobre los dones ofre- 
cidos y pide para ser agradable á Dios 
que “nos deje vivir cn su paz durante 
la vida presente, nos libre de la con- 
denación eterna, y nos ponga en el nú¬ 
mero de los elegidos." 

El sacerdote se transporta en espí- 
ritu á la Cena en que Jcsucristo insti- 
tuyó el santo sacrifício y hace lo que 
entonces hizo Jesus. 

Jesucristo desciende sobre el altar, 
el sacerdote se arrodilla, le adora y 
luego le muestra á los fleles, elevando 
sucesivamente la santa Hóstia y el cá- 
liz sobre su cabeza. 



Ceremonias y su signifícadón 533 

Al pueblo se le advierte la pre¬ 
sencia dei SeHor con el toque de una 
campanilla. Abismado en sentimiento 
de amor y de humildad, saluda, pros- 
ternado, al Salvador. ; Oh Jesús! haced 
que yo viva por vos, que muera en vos 
y que esté siemprc con vos en la vida 
y en la muerte. 

“Concedednos. Cordero de Dios, la 
paz aqui abajo y compadeceos dc no- 
sotros.“ 

En presencia de la inocente víctima, 
el sacerdote pide á Dios Padre, con 
nuevo ardor, que acepte esta ofrenda 
y conceda, por su amor, gracia á los 
vivos, y á los muertos el lugar de re¬ 
frigério, de luz y de paz. líl sacerdote 
intcrrumpe entonces el silencio solemne 
diciendo con voz más alta, para fijar 
la atención de los concurrentes y gol- 
peándose el pecho: “A'oA/'í quoqucpec- 
catoribus: tamhién á nosotros peca¬ 
dores^ (y continua en voz baja) “sier- 
vos tuyos que esperamos en la abun- 
dancia de tus misericórdias, dígnate dar- 



534 


Capítulo XXX[ 


nos alguna parte y compaõía, con tus 
santos apostoles y mártires.“ 

Aqui termina la oración dei Canon 
con ]a eonclusión: Por Jesncristo iiues- 
tro Seíior, á la cual se afiaden palabras 
de alabanza y bendición: “por el cual 
creas siempre, Senor, todos estos bie- 
nes, Jos santi+ficas, los vivi*ficas, los 
ben+dices y nos los repartes. Por el * mis- 
mo y con el * mismo y cn el * mismo, á ti, 
Dios Padre * todopodcroso en unidad dei 
Espíritu Santo, te pertenece toda 
honra y gloria. Por todos los siglos 
de los siglos. Amén.“ 

Mientras dice esta eonclusión, el 
sacerdote sostiene la santa Hóstia so¬ 
bre el cáliz, elcvándolo un poco en se¬ 
rial de alabanza: aqui termina el Ca¬ 
non y comienza la tercera parte de la 
Misa. 


§ 4. — De la Comunión. 

Por la Consagración Jcsucristo se 
inmola por nosotros; saludemos pues 
á Dios como nuestro padre, Padre amo- 
rosísimo que cscucha nuestras oracio- 



Ceremonias 7 su significación 535 

nes, y tenemos derecho á participar 
por la santa Comunión. Esta hambre y 
sed de la santa Eucaristia se expresa 
en la petición dei “ Pater Nosíer“: 
El pau uucstro de cada día dánosle 
hoy. 

El Patcr noster se dice con las ma¬ 
nos cxtendidas y en voz alta para in- 
vitar á los fieles á recitarlo simulta¬ 
neamente. El sacerdote pronuncia en 
voz baja el Ameu, y entonces pide á 
Dios nos libre de todo mal pasado, 
presente y futuro; por la intercesión 
de la bienaventurada Virgen Maria y 
de todos los santos. Entretanto se san- 
tigua con la patena, la besa, y coloca 
en ella el cuerpo dei Senor. Adora de 
hinojos la santa Hóstia, la parte, como 
Jesús partió el pan en la última Cena, 
y deja caer en el cáliz la porcion de 
la santa Hóstia que tiene entre los 
dedos. 

La separacion de las dos especies 
representa la muerte dei SeSor; la reu- 
nión dei cuerpo y de la sangre, por la 
mezcla que de las dos especies se ve- 



C3fi Capítulo XXXI 

ri fica en el cáliz, significa su gloriosa 
rcsurección. 

Hasta aqui cl sacerdote dirigia to¬ 
das sus oraciones á Dios Padre; pero 
ahora ruega á Jesucristo Salvador re- 
pitiendo tres veces: Agntts Dei, Cor- 
dero de Dios que quitas los pecados 
dei mundo, ten misericórdia de nos- 
otros.^ Se golpea el pecho diciendo: 
Ten misericórdia de nosoti'Os, y, á la 
terccra vez, en lugar de estas palabras 
dice: Danos la pa-. 

En las misas solemnes se da en- 
tonces el beso de paz entre el cele¬ 
brante, sus ministros y todos los clé¬ 
rigos. En los primeros siglos de la 
Iglesia, hacíanlo también losfíeles;los 
hombres daban el beso de paz á los 
horabres, y las mujeres á las mujeres. 
Esto podría practicarse fácilmente, es¬ 
tando separados ambos sexos. 

Servia esta ceremonia para hacer 
revivir y fomentar en sus corazones la 
caridad necesaria para aproximarse al 
Sacramento dei amor dei que todos 
participamos. 



Cercmonias y su significación 537 

Hc aqui fínalmente el instante en 
que el santo sacriíicio va á consumarse 
por la comunión dei sacerdote. Pro¬ 
fundamente inclinado,, fija su mirada 
sobre la santa Hóstia, acaba de pre- 
pararse para la comunión con oracio- 
nes por todo extremo enternecedoras. 
Tomando á continuación entre sus ma¬ 
nos la santa Hóstia, y sobrecogido de 
respeto en presencia de este adorable 
cuerpo, dicc golpeándose el pecho; 
^Domine, non sum digmis^: Senor,yo 
no soj digtio de que enires en mi casa; 
pero mándalo con tu palabra y mi 
alma será sana. 

Estas son las palabras dei Centu- 
rión, cuya fe admiró el mismo Jesu- 
cristo. Lucgo comulga, es deeir, se une 
al cuerpo y á la sangre de Jesucristo 
consumiendo las santas especies. A 
continuación distribuye el cuerpo dei 
Senor á los fleles haciéndoles partíci¬ 
pes dei santo sacriíicio de la manera 
más perfecta posible. 

Después que cj sacerdote ha sumido 
la Preciosa Sangre, purifica el cáliz, y, 



638 


Capitulo XXXI 


tenicndo sus pulgares y la extiemidad 
de los dedos que han tocado la santa 
Hóstia sobre el cáliz, para que puedan 
recibir el agua y el vino derramados 
por el ayudante, los purifica igual¬ 
mente. Durante esta ablución, recita 
oraciones relacionadas con la recepción 
dei Seflor. 

Va enseguida hacia el misal que ha 
sido colocado al lado de la epístola y 
lee la antífona de la Comufiióu. Besa 
el altar, se vuelve y saluda al pueblo 
diciendo; El Sefíor sea con vosotros, 
y luego dice la Post-cominnnión. Tal 
es la solemne acción de graciasquela 
Iglesia dirige á Dios por la dicha ine- 
fable á que se la ha admitido partici¬ 
pando de los santos mistérios; hace 
tambien votos para conservar el fruto. 
Estas oraciones comienzan por la pa- 
labra Oremus, que el sacerdote reza 
tenicndo las manos elevadas; su nú¬ 
mero depende dcl número de oraciones 
de la Collccla y de la secrcla. 

Finalmente, el sacerdote saluda por 
última Ycz al pueblo con el Doniinns 



Ceremonias y su significación 539 

robiscum, j, después de la respuesta, 
le despide con las palabras: Ile, Mi^sa 
est; ^^Idos, se acabó la Misa,‘^ á las 
cuales los asistentes responden Deo 
gr ai ias. 

Así termina la Misa, porque lo de- 
más ha sido agregado en el transcurso 
de los siglos. 

Hoy el Ite, Missa est se dice en 
todas las misas en que hay Gloria. Los 
dias de ayuno, de feria y de peniten- 
tencia, se sustitu)'e con el Benedicamus 
Domino. El sacerdote bendice todavia 
á la concurrencia y recita al lado dei 
Evangelio el principio dei Evangelio 
de S. Juan. Como en el Credo, dobla 
su rodiUa al mencionar la Encarnación 
dcl Hijo de Dios; y al final, agrade¬ 
cido porque Dios se ha dignado reve- 
larse á los hombres y salvarles, ex¬ 
clama el pueblo: Deo gratias. 

§ 5. — Ceremonlas de la Hlsa de difuntos. 

Las ceremonias de la Misa de di¬ 
funtos difíeren en muchos puntos de 



540 


Capitulo XXXI 


las de la Misa ordinaria. Indicaremos 
brevemente estas diferencias. 

Al principio, el sacerdote suprime 
el salmo Judica me, porque este salmo 
e.xpresa la alegria de entrar en la casa 
dei Sefior, mientras que la Iglesia se 
aflige con la idea de que sus hijos es- 
tán todavia desterrados en el purgató¬ 
rio y no pueden entrar en el Cielo. 

En el hitroilo, el sacerdote no hace 
la scfial de la cruz sobre sí mismo, como 
si allí cstuviera cl difunto por cuyo 
rcposo eterno él hace votos. Nada de 
Gloria Patri, ni ahora ni en el salmo 
Lavabo recitado durante la ablución de 
los dedos, porque también esto consti- 
tuye una expresión de alegria. 

Por la misma razón se omite el 
Gloria in excelsis. Las pobres almas 
no pueden todavia estar con los coros 
de los ángeles alrcdcdor dei trono dcl 
Cordero para cantar su gloria. 

El rcgocijador Gradual y el Alle- 
luia, son reemplazados por el Tracto 
para pedir la remisión de las penas y 
la luz eterna para los difuntos. La Sc- 



Ccremonias y su signifícación 541 

cucnoia Dies itw, es un llamamiento 
conmovedor á la divina misericórdia. 

Antes dei Evangclio, el sacerdote no 
dice la bendición al final dei Munda 
cor meuni, y en las Misas solemnes, 
el diácono se absticne, en senal de 
duelo de pedir la bendición al sacer¬ 
dote, no se llevan los ciriales al púl¬ 
pito ni el sacerdote besa el libro al 
volver el diácono. Tampoco éste ha be- 
sado la mano dei sacerdote después de 
haber tomado el libro que está sobre 
el altar; porque todas estas ceremo- 
nias son honoríficas. 

Tampoco hay Credo. La Iglesia mi¬ 
litante se aflige porque las almas, en 
cuyo sufrágio ofrecc el santo sacrifício 
no pueden gozar aún de la bendición 
entera de la palabra de Dios y ser ad¬ 
mitidas á la paz eterna. 

El sacerdote no bendice el agua. El 
agua representa á los fieles, y los di- 
funtos no están ya bajo la jurisdicción 
de la Iglesia, sino en poder de la jus- 
ticia divina. 

Al Dei, en lugar dei Mise- 



542 


Capítulo XXXr 


rcre nobis, se dice Dona eis requiem 
y á la tercera vez, se agrega sempi- 
ternam. Por este triple voto les desea- 
mos la remisión de las penas, la glo¬ 
ria dei alma y la gloria dei cuerpo que 
completará su fclicidad. La oración y 
el beso de paz se suprimen porque 
sólo se refieien á la Iglesia militante. 

En lugar dei Ita Missa est, se dice: 
Requiescant in pace: Descansen en pa^, 
— Aiiien, responde el pueblo. 

No hay bendición dei sacerdote, 
porque el fruto y las bendiciones dei 
santo sacrificio se aplican particular¬ 
mente á los difuntos. 

CONCLUSION. 

He terminado, lector querido. Al de- 
jarte, permíteme que te dirija un hu¬ 
milde pero insistente ruego: abre con 
frccuencia este pequefio tratado, Icelo 
y vuélvelo á leer con atención. Así 
aumentará tu amor hacia el santo sa¬ 
crifício y la \íctima divina, porque cada 
día comprenderás más y más las exce- 



Cúnclusión 


543 


lencias de la Santa Misa y los inmen- 
sos tesoros que acumulas asistiendo 
fíelmentc á ella. En la hora de la muerte 
especialmente comprenderás la bondad 
dei Sefior para con aquellos que han 
honrado los sagrados mistérios dei al¬ 
tar, mientras que los indiferentes y los 
tibios, apreciarán con un arrepenti- 
miento tan amargo como inútil todo cl 
dano que ellos han causado á sus in- 
tereses eternos. 

Ruego á Dios por la intercesión de 
nuestro Sefior Jesucristo, su único Hijo, 
y por la virtud dei Espíritu Santo que 
ilumine la inteligência y fortifique la 
voluntad de los que lean estas páginas 
para que sc aprovechen de este tra- 
bajo mío y me hagan á mí, pobre pe¬ 
cador, partícipe de sus oraciones en el 
santo sacrifício. 


A. M. D. G. 




La Muirtc de Crislo cs la ca.ia de can- 
dales y la Misa Ia llave para abriria. 

(P. Segneri.) 

















Tres modos de oir devotamente 
la Santa Misa. (') 

r. 

Para unirse, oyéndola, al Sagrado Corazón 
de Jesus. 


Os pido, mi bucn Jesus, que en este 
santo sacrifício ofrezcais mi corazón 
en unión dcl vuestro á honra y gloria 
dc vuestro Padre Celestial: dadme una 
atención contínua, un respeto profundo, 
una fe viva, y una tieina dcvoción du¬ 
rante el adorable sacrifício para ado¬ 
rar dcbidamcnte, bcndecir y dar gra- 
cias á la Santísima Trinidad por todos 
los benefícios rccibidos; y para implo- 


i\) Stm lambicti los capílulob XXIII, § 1, XXVIII y 
XXXl dcl texto dei Autor. 


8096 


IS 








5-16 Primer modo de oir Misa 

rar sus misericórdias y pedirle humil¬ 
demente perdòn de mis innumerables 
infidelidades. Abrasadme en vuestro 
amor á fin de que el sacrificio de mi 
corazón os sca agradable. 

EL SACERDOTE AL PIE DEL ALTAR. 

Vos sois, divino Jesús, la víctima 
cargada de todas las iniquidades dei 
mundo; vos las llorasteis amargamente; 
las expiasteis con los más horribles 
tonnentos y con la muerte más cruel. 
Yo vengo á mezclar mis lágrimas con 
las vuestras; cnnfieso delante de vos, 
y en presencia de Maria, la más pura 
de las vírgcnes, y de todos los santos, 
que he pecado gravemente, que mis in- 
gratitudes son las que han atravesado 
vuestro corazón, y os han llevado al 
Calvario. j Oh Dios, Salvador mío ! por 
vuestras lágrimas, por vuestra agonia 
en el huerto de los Olivos, por vues¬ 
tra preciosa sangre, y por la llaga de 
vuestro corazón, perdonadme y concc- 
dedmc la remisión de todas mis ini¬ 
quidades. 



Primer modo de oir Misa 


547 


EN EL INTROITO. 

Adoremos al Corazón de Jesus, que 
tanto nos ha amado, postrémonos en su 
presencia, y lloremos los pecados de 
que nos hemos hecho culpables. 

Concedednos, Sefior, un corazón 
contrito y humilindo, y que el home- 
naje de nuestras adoraciones os sea 
tan agradable, cual si os ofreciésemos 
millares de víctimas. 

EN LOS KYRIES. 

Padre infinitamente misericordioso, 
tencd misericórdia de vuestros hijos. 
Jesüs inmolado por nosotros, aplicad- 
nos los méritos de vuestra preciosa 
sangre. Espíritu Santo, Dios santífica- 
dor, descended á nuestros corazones y 
abrasadlos en vuestro amor. 

EN EL GLORU IN EXCELSLS. 

i Qué felicidad la nuestra, oh Jesús! 
por haberos dignado habitar en medio 
de nosotros, y haber tenido á bien ofre- 
cernos una morada en vuestro divino 



548 Primcr modo de oir Misa 

corazón. Permitid, Senor, que junte¬ 
mos nuestras voces á las de los ánge- 
les, para daros gracias por tan sena- 
lado favor, y que digamos con ellos: 
; Gloria á Dios en las alturas! Padre om¬ 
nipotente, nosotros os alabamos, os 
bendecimos, os adoramos, os tributa¬ 
mos mil acciones de gracias por los 
benefleios de que incesantemente nos 
colmáis, joh Cordero sin mancha, que 
borrais los pecados dcl mundo, tened 
misericórdia dc nosotros! vos solo sois 
santo, solo vos sois Sefior, que rei¬ 
nais con el Padre y el Kspíritu Santo 
en la gloria, y que merccéis en la tie- 
rra todos nuestros homenajes. Amén. 

EM LAS ORAaONES. 

Divino Jesus, fuente inagotable de 
todos los bienes, abridnos, como ren¬ 
didamente os suplicamos, el interior de 
vuestro corazón, á fin de que, después 
que hayamos entrado por una piadosa 
meditación en ese augusto santuario dei 
divino amor, fijemos en él nuestros co- 
razones para siempre, por ser el lu- 



Primer modo de oir Misa 


549 


gar donde encuentran el reposo y feli- 
cidad las almas santas; oh Vos, que 
siendo Dios, vivís y reináis por todos 
los siglos de los siglos. Amén. 

EPISTOLA DE SAN PABLO A LOS ROMANOS 
(Cap. 12) 

Hermanos: cada uno de nosotros 
tiene dones diferentes, según la gracia 
que le ha sido concedida; por lo cual 
el que ha rccibido el don de profecia, 
úselo según la regia de la fe; el que 
ha sido llamado al ministério de la 
Iglesia, dedíquese á su ministério; el 
que ha recibido cl don de enscfíar. aplí- 
quese á enseffar; el que ha recibido el 
don de exhortar, exhorte; el que re¬ 
parte limosna, dela con sencillez; el que 
preside y gobierna, hágalo con vigilân¬ 
cia; el que hacc obras de misericór¬ 
dia, hágalas con apacibilidad y alegria. 
El amor sea sin fingimiento. Tened ho¬ 
rror al mal, y aplicaos perennemente 
al bien. Amaos rccíprocamcnte con ter¬ 
nura y caridad fraternal. Procurad an- 
ticiparos unos á otros en las senales 



650 


Primcr modo dc oir Misa 


de honor y deferencia. No seáis flojos 
en cumplir con vucstro deber; sed fer¬ 
vorosos dc espíritu, acordándoos que 
es cl Seflor á quien sen'^ís. Alegraos 
con la esperanza dei prêmio; sed su- 
fridos en la tribulación; asiduos en la 
oración; caritativos para aliviar las nc- 
cesidades de los fieles; sed prontos 
para ejercer la hospitalidad. Bendecid 
á los que os persiguen; bendecidles y 
no les maldigáis. Alegraos con los que 
se alegran, y llorad con los que lloran. 
?2stad siempre unidos en unos mismos 
sentimientos y deseos. No blasoneis de 
cosas altas, sino acomodaos á lo que 
sea más humilde. 

EN EL GRADUAL. 

Abranse nuestros corazones en pre¬ 
sencia dcl Seflor, corran noche y día 
las lágrimas de nuestros ojos, elevemos 
nuestras manos al cielo. 

Perdonad á vuestros hijos, oh Co- 
razón de Jesús, no permitáis que caiga 
en cl oprobio vuestra herencia; salvad- 



Primer modo dc oir Misa 


551 


nos, y no cesaremos nunca de cantar 
vuestra misericórdia. 

EVANCEUO SEGÜN SAN MATEO. 

(Cap. V.) 

En aqucl tiempo viendo Jesús á un 
numeroso gentio, se subió á un monte, 
donde, habicndose sentado, se le acer- 
caron sus discípulos, y abriendo su 
boca divina, les adoctrinaba diciendo: 
Bienaventurados los pobres de espíritu, 
porque de ellos es el reino de los cie- 
los. Bienaventurados los mansos, por¬ 
que ellos poseerán la tierra. Bienaven¬ 
turados los que lloran, porque ellos 
serán consolados. Bienaventurados los 
que tienen hambre y sed de justicia, 
porque ellos serán saciados. Bienaven¬ 
turados los misericordiosos, porque ellos 
alcanzarán misericórdia. Bienaventura¬ 
dos los que tienen puro su corazón. 
porque ellos verán á Dios. Bienaven¬ 
turados los pacíficos, porque ellos se¬ 
rán llamados hijos de Dios. Bienaven¬ 
turados los que padecen persecucion 
por la justicia, porque de ellos es el 



552 Primer modo de oir Misa 

reino de los cielos. Dichosos seréis 
cuando los hombres por mi causa os 
maldijeren, y os pcrsiguieren y dijeren 
con mentira toda suerte de mal contra 
vosotros. Alegraos entonces y rego- 
cijaos, porque es muy grande la re¬ 
compensa que os aguarda cn los 
cielos. 

MIENTRAS EL SACERDOTE REZA EL CREDO. 

Creo, oh Dios mío, todas las rer- 
dades que babéis revelado á vuestra 
Iglesia, y quicro vivir y morir en cl 
scntimicnto dc esta fe. Haced, Seflor, 
que mi vida sea conforme á mi creen- 
cia, que jamás me avergüence de ma- 
nifestarme católico, y que defienda cons¬ 
tantemente los intereses dc nuestra santa 
religion. 

iOh Iglesia romana! las grandes per- 
secuciones por las cuales has pasado, 
y estás pasando, lejos de debilitar mi 
fe, no hacen más que robusteceria , 
puesto que tu divino esposo las pre- 
di jo. Ah jcuán dignos son de lástima 
los que se separan dc ti! Yo te pro- 



PrimeT- modo de oir Misa 5.^3 

meto una adhesión inviolable. Estre- 
chad, Senor, más y más los lazos que 
me unen á vuestra santa Iglesia; po- 
ned en mi corazón una docilidad per- 
fecta hacia mis pastores legítimos. En 
su seno empece á ser hijo vuestro, y 
en su mismo seno quiero vivir y mo- 
rir. Así sea. 

EN EL OFERTORIO. 

Eterno Padre, os ofrezco el sacri¬ 
fício que de sí mismo os hizo sobre la 
cruz y se renueva ahora sobre este al¬ 
tar, vuestro amado hi jo Jesus, y os lo 
ofrezco en nombrc de todas las cria¬ 
turas con las misas que se han cele¬ 
brado y se celebrarán en todo el mundo 
para adoraros y daros el honor que me¬ 
receis, para daros las debidas gracias 
por vuestros innumerables benefícios, 
para aplacar vuestra ira, encendida y 
provocada por tantos pecados nuestros 
y daros digna satisfacción y para su- 
plicaros por mí, por la Iglesia, por 
todo el mundo y por las benditas al¬ 
mas dei purgatório 



554 rrimcr modo de oir Misa 

Esta oraciún puede rczarsc en este lugar 
ó en otro cualquiera dc Ia Misa para ganar las 
indulgências concedidas por Pio IX en Breve 
de 11 dc abril do 1860 y son: una indulgên¬ 
cia de tres afios, una vez al día. y una indul¬ 
gência plenária una vez al mes en ul día que 
elijan los lielcs que lahabrán rezado todos los 
dias. Condiciones; confcsión, comunión, visita 
de una Iglesia ú oratorio público, scgún la-in- 
tcnción dei Sumo Pontífice. Scgún dcclaraciún 
de la S. C. de I., de 5 de Mayo de 1890, los 
sacerdotes pueden ganar 'dichas indulgências, 
rezando el ofrecimiento antes de celebrar la 
santa Misa. 

DESDE EL OEKRTOKIO HASTA EL TREF-ACIO. 

El pecado nos había hccho enemigos 
de nuestro Dios; pero Jesucristo con 
su muerte nos reconcilio con su divino 
Padre. Esta reconciliación se ha veri¬ 
ficado en su corazón adorable.; Oh alma 
mia, cuánto nos ha amado Jesucristo! 
i A que precio nos ha rescatado! No Io 
hizo ni con oro ni con riquezas, sino 
derramando voluntariamente su sangre; 
sacrificóse todo por nosotros; así, pues, 
no vivamos más que para cl, c inmolémo- 
nos con él. 



Primcr modo de oir Misa 


555 


Vos quereis, oh Jesús, que yo sea 
una víctima de amor, enteramente con¬ 
sagrada á vuestro corazón divino: pues 
bicn, este es cl más ardiente de mis 
dcscos. Vuestros benefícios son infíni- 
tos. Vos habéis roto los hierros de mi 
esclavitud; me habéis adoptado porhijo 
vuestro; me habéis admitido á vuestra 
mesa; me habéis dado entrada en vues¬ 
tro divino corazón, y ahora mismo á 
pesar de mis continuas prcvaricaciones, 
me estáis preparando una eterna feli- 
cidad. i Cómo podría olvidar tantos be¬ 
nefícios? 

; Ah! quicro publicar vuestras mise¬ 
ricórdias, y amaros siempre con todo 
cl ardor demicorazón; mas ;ay.mi co¬ 
razón, oh Dios mío! no tiene bastante 
amor, ui fervor, para haceros de él 
una ofrenda digna de vos. íQué es, 
pues, lo que podré ofreceros? A vues¬ 
tro Hijo, sí, este Hijo, cl objeto más 
digno de vuestras complacências, va á 
suplir mi insufíciencia; dirigid vuestros 
ojos sobre esta divina ofrenda. 



Primer modo de oir Misa 


EN EL PREFACIO. 

Elcvad, Scnor, e!evad vos mismo 
mi corazón hacia vos. Nada de pensa- 
micntos profanos; nada de afecciones 
terrenas. Haced que csté todo en el cielo, 
donde recibe vuestro corazón tan dig¬ 
nas adoraciones, y en el altar donde 
pronto vais á poneros sacramentado. 
Mi vida es una serie no interrumpida 
de beneflcios vuestros: que sea, pues, 
tambicn una continua acción de gra- 
cias; y puesto que vais á renovar el 
mayer de los sacrifícios, (Por qué no 
he dc prorrumpir en palabras de la más 
viva gratitud? Permitid, pues, que una 
mi voz á la de las inteligências celes- 
tiales, y que de concicrto con ellas 
diga transportado dc alegria, y de ad- 
miración; Santo, santo es el Corazón 
dc Jesús, digno objeto de las compla¬ 
cências de la divinidad y de los home- 
najes dei cielo y de la tierra. Lleno 
está el universo de su gloria y de su 
misericórdia; j que lo esté también de 
su amor mi corazón eternamente! 



Frimer modo de oir Misa 


Ciü7 


EN EL CANON. 

Dios infinitamente santo, si mis pe¬ 
cados os cnojan y me hacen objeto de 
horror á vuestros ojos, fijaos en el Cor- 
dero inmaculado que va á inmolarse 
para borrar los pecados dcl mundo, y 
ülvidad, en vista de sus méritos, mis 
ingratitudes. Acordaos tan solo de que 
hc tenido la dicha de ser introdueiJo 
cn el corazón de vuestro divino Hijo 
y de que estoy estrechamente unido á 
él. Este corazón, infinitamente miseri¬ 
cordioso, ha rogado por mí en cl Cal¬ 
vário, y pronto va á ofrecerse por mí 
cn holocausto. 

jOJalá tuviera, oh Dios mío! toda 
la contrición que por mí tuvo Jesu- 
cristo, el varon de dolores, cuando 
abrumado bajo el peso enorme de mis 
pecados, y próximo á expiarlos con 
crueles tormentos, se deshacía en lᬠ
grimas en el huerto de Gctsemaní; y 
cuando banado en sudor de sangre, pe¬ 
dia perdón por mí á vuestra Majestad 
ultrajada, é imploraba vuestra miseii- 



55S Primer modo de oir Misa 

cordia con profundos sollozos y amoro¬ 
sos gemidos. 

Yo desco vivamenfe poseer esta per- 
fecta contrición, y os la pido con toda 
mi alma. Confieso que he cometido un 
delito de infinita malícia ofcndiéndoos, 
y pagando vucstros beneficios sói o con 
ultrajes; mas nada hay que no esté dis- 
puesto á haccr para expiar tantos peca¬ 
dos, y me tendría por dichoso en poder 
derramar mi sangre para satisfacer á 
vuestra Justicia. 

Mas, -'qué es lo que miro en el al¬ 
tar? ;\o es la santa ofrenda, pró.vima 
á convertirse en víctima, que debe re- 
conciliarme con Dios, borrar mis pe¬ 
cados y abrirme las puertas dei ciclo ? 
;Oh alma mia! Ese pan va á trans- 
formarse en el cuerpo dei Hijo de 
Dios, y en su sangre ese vino: tan mara- 
villoso cambio se verificará por el 
cfecto de una sola palabra. No ncce- 
sitó más que una para criar este vasto 
universo; una sola palabra va también 
ahora á obrar el mayor de los prodí¬ 
gios, y los renovará hasta el fin dei 



Primer modo de oir Misa 


559 


mundo. Maria, madre de Dios, espíri- 
tus bienaventurados que rodeáis el trono 
dei Altísimo, santos y santas dei cielo, 
venid para scr testigos dei prodígio di¬ 
vino, prueba de su inmensa caridad para 
con nosotros. 

Dctente, alma mia, crec que Jcsu- 
cristo está rcalmcnte presente en la 
sagrada Eucaristia. Sí, Dios mio: Este 
es viiestro ciierpn; ésta es mestra san- 
gi’e. Vos lo decís, y yo callo, creo y 
adoro. 


A LA ELEVACION. 

Salve, víctima saludable, ofrecida 
sobre cl patibulo de la cruz por mí y 
por todo el género humano. 

Salve, oh sangre preciosa, que brota 
de las llagas de nuestro Senor Jesu- 
cristo crucificado, y que lava los pe¬ 
cados de todo el mundo. 

Acordaos, Sefior, de vuestra cria¬ 
tura que habcis redimido con vuestra 
preciosa sangre. 

Leén XIII con rescripto de Ia S. C. de I. 
de 30 de Junio de 1893, concedió á los fieles 



560 


Primer modo de oir Misa 


que rezaran esta oración, en Ia elevación de 
Ia santa Misa, indulgência de 60 dias una vez 
al día. 

El sumo Pontífice Gregorio XIII con la 
constitución “Ad excitandum" dcl lO dc Abril 
de 1580, concedió á los ficles “ indulgência de 
un aão‘ por cada vez que oraren de rodillas 
en cualquicr lugar en que se encuentren, cuando 
SC da la senal de la elevación dei Smo. Sacra¬ 
mento en la Misa conventual ó parroquial; 
“indulgência de dos aiíos“ por cada vez que 
con este objeto vayan á Ia Iglesia, y en el 
ticmpo indicado adoren en ella al Smo. Sacra¬ 
mento. 


DKSDE I-A. CONSAGRACION 
HASTA EL « PATER NOSTEK. > 

; Oh Jesús, víctima de vuestro amor 
para conmigo! Comunicadme en este 
momento los ardores de los santos que 
os han amado más tiernamente, y las 
llamas de los serafines que gozan de 
la dicha de contemplaros. Haced que 
1 legue á mi corazón el fuego devora¬ 
dor que consume al vuestro, á fin de 
que, admirado de vuestros sentimientos, 
viva una vida enteramente nueva. iOh 
Salvador mío! Vos estais continua- 



Primer modo de oir Misa 


561 


mente delante de vuestro Padre, mos- 
trándole las cicatrices de vuestras 11a- 
gas y vuestro corazón traspasado; vos 
vivís siemprc á fin de interceder por 
nosotros. no llcnáis por ventura 
este mismo ministério en ese altar? 
Atento en mis necesidades, las expo- 
néis á vuestro Padre, y le ofrecéis 
vuestro corazón para apaciguar su có¬ 
lera y obtenerme el perdón. ;Oh divino 
intercesor! yo pongo en vuestras ma¬ 
nos todos mis deseos, dignaos ofrecerlos 
á vuestro Padre. Yo os pido la con- 
versión de los pecadores, la perseve- 
rancia de los justos y el triunfo de 
nuestra religión santa. Oh Jesus, que 
moristeis por todos los hombres, vol- 
ved al seno de la Iglesia á los que se 
separaron de ella. Iluminad á los in- 
fleles y herejes, y bendecid los esfuer- 
zos de los que trabajan en su conver- 
sión. Dignaos tambien aliviar las almas 
de los fieles difuntos, perdonadles sus 
deudas y dadlcs el lugar dei refrigério, 
de la luz y de la paz, en especial te- 
ned piedad de N. 



562 


Priraer modo dc oir Misa 


EN EL t PATER NOSTER. » 

Padre mío, si es que sea permitido 
á un hijo culpable invocar con tan 
ticmo norabrc á un Dios ultrajado, ha- 
ced que traba je para la gloria de vues- 
tro santo nombre; que obre en todo 
conforme á vuestra santa voluntad, y 
que suspire inccsantcmente por el cielo. 
Alimcntadme, Jesus mío, con el pan 
celestial con que alimentais á los hijos 
queridos de vuestro corazón. Que el 
perdón que otorgasteis á vuestros ver¬ 
dugos sea ejemplo dei que concedo yo 
á todos los que me han ofendido: dadme 
superiores espirituales y temporales que 
os amen, companeros que os sirvan 
fielmente; y si alguna vez me pongo 
en peligro de pecar, apartadme de él á 
fin de que no ofenda nunca á vuestro 
divino corazón. 

EN EI. t AGNUS DEI. > 

Cordero de Dios que borrais los 
pecados dei mundo, tened misericórdia 
de mí. Conccdcdmc la paz que el mundo 



Primer modo de oir Misa 563 

no puedc darme; la paz con vos por 
medio de una verdadera rcconciliación 
y de una sumisión perfecta á vuestra 
voluntad; la paz conmigo mismo cal¬ 
mando mis pasiones; la paz con el 
prójimo por la unión de una caridad 
sincera con todos los hombrcs. Dad la 
paz al mundo, apagando en él las divi- 
siones y las guerras que lo destrozan. 

ORACIOM AL SAGRADO CORAZON EUCARÍSTICO 
DE JESUS. 

Oh corazón eucarístico, oh soberano 
amor dei Sehor Jesús, que habéis ins¬ 
tituído el augusto sacramento para ha¬ 
bitar aqui en la tierra entre nosotros, 
y para dar á nuestras almas vuestra 
carne por manjar y vuestra sangre 
por bebida. Nosotros creemos firme¬ 
mente, oh Senor Jesús, en el supremo 
amor que instituyó la Santísima Euca¬ 
ristia, y aqui, delante de esta Hóstia, 
es Justo que adoremos este amor, que 
lo confesemos y ensalcemos como el 
gran hogar de la vida de vuestra Igle- 
sia. Este amor es para nosotros una 



564 


Primer modo dc oir Misa 


urgente invitación. Parece que nos de- 
cís: iVed cuánto os amo! Dándoos mi 
carne en manjar y mi sangre en be¬ 
bida, quiero con este contacto excitar 
vuestra caridad, quiero uniros á mí, 
quiero realizar la transformación de 
vuestras almas en mí crucificado, en 
mí que soy el pan de la vida eterna; 
dadme, pues, vuestros corazones, vivid 
de mi vida y viviréis en Dios. Nos- 
otros conocemos, Senor, que tal es la 
inv itación de vuestro Eucarístico Cora- 
zon, y os damos gracias por cllo, y 
queremos con todo el corazón respon¬ 
der á ella, Concedednos la gracia de 
penetramos bien dc este supremo amor, 
por el cual, antes de sufrir, nos habeis 
invitado á rccibir vuestro sagrado cuerpo 
y á alimentamos con El. Esculpid pro¬ 
fundamente en nuestras almas, cl pro¬ 
pósito estable dc ser fieles á esta in¬ 
vitación. Dadnos la devoción y el res- 
peto nccesario para honrar y recibir 
dignamente el don de vuestro Eucarís¬ 
tico Corazón, que es el don de vuestro 
supremo amor. Haced que podamos así 



Primer modo de oir Misa 565 

coQ vuestra gracia celebrar efectiva- 
mente el recuerdo de vuestra pasión, 
reparar nuestras ofensas y debilidades, 
alimentar y aumentar nuestro amor á 
vos y conservar siempre vivicnte en 
nuestros corazones la simiente de la 
bienaventurada inmortalidad. Así sea. 

Indulgências aplicables á los difuntos: I. 
Indulgência de 300 dias cada vez que se rece 
dicha oración delante dei Smo. Sacramento pú¬ 
blicamente expuesto; II. Indulgência plenaria 
una vez al mes, en el dia que se elija, pre- 
ccdiendo la confesiún y comunión, á los que 
liubieren rezado todos los dias dicha oración 
y hubieren hecho por lo menos media hora 
de vela al Smo. Sacramento cada semana. 

(Breve dei 2 de junio de 1902.) 

EN I.A COMUNTON. 

Aprended de mí que soy manso y 
humilde de corazón, y encontraréis cl 
reposo de vuestras almas; mi yugo es 
suave y mi carga ligera. 

EN LA POSTCOMUNION. 

Nosotros hemos tenido la dicha, oh 
Sefíor, de penetrar en el santuario de 



566 


Primer modo dc oir Misa 


vuestro divino corazón; hacednos la 
merccd de que logremos fijar para siem- 
pre en él nucstra morada, á fin de que 
podamos alcanzar la felicidad que con- 
ccdéis á vuestros elegidos, Así sca. 

AL DAR EL SACERDOTE LA DEXDICION. 

Yo no me apartaré de vos, oh aman- 
tísimo corazón de Jcsús, sin que me 
hayáis primero bendccido. Bendceidme 
pues, en nombre dcl Padre, dei Hijo y 
dei Espíritu Santo. Dcrramad igual- 
mente vuestra bendición sobre todos 
aquellos por quienes tengo obligación 
de rogaros. 

EN EL ULTIMO EVANGELIO. 

jOh Verbo eterno! que tomasteis 
carne mortal para hacer á los hom- 
bi cs hijos de Dios, yo os doy gracias 
por este inefable favor. ;.4h! jqué di- 
cha para mí llevar el nombre de hijo 
de Üios y serio en efecto! Haced, oh 
Jesus mío, que conserve este hermoso 
título, imitando fielmente á vuestro sa¬ 
grado corazón, y manifestándome lleno 



1’rimer modo dc oir Misa 


567 


siempre de amor á vuestra santa ley. 
Vos me dais la seguridad de que per- 
mancciéndoos siempre fiel, seré vues- 
tro coheredcro y gozaré de la felici- 
dad que á costa de vuestra propia 
sangre me alcanzasteis; esto es lo que 
espero, oh Sefior, de vuestra miseri¬ 
córdia. 


DESPUES DE LA MISA. 

i Cuúl seria mi felicidad, oh Dios 
mio! si al asistir al divino sacrifleio, 
hubiere recogido todas las giacias que 
concedéis á los que vienen á cl con 
una fe viva y un corazón puro! Acep- 
tad la reparación que os ofrezeo por 
todas las faltas de que me he hecho 
culpable delante de vuestros altares. 
Voy al presente á consagrarme á las 
ocupaciones que me impone vuestra 
Providencia. Haced que tenga siempre 
presente en mi espíritu vuestra paciên¬ 
cia para imitaria, como también vues¬ 
tra obediência á José y á Maria, y vues¬ 
tra tierna caridad con el prójimo. For- 
talecedme contra las tentaeiones; pre- 



568 Segundo modo de oir Aíisa 

servadme de todo pecado; haccd que 
sea firme é inalterable en la fe; y en 
una palabra transformndme, oh Jesiís 
mío, en vos. ;Que vuestro corazón y el 
mío no formen más que uno solo en 
el tiempo y en la eternidad! Amén. 

II. 

Para oir Misa considerando la Pasión 
de nuestro Senor. 

OFRECIMIENTO. 

Padre Eterno, yo el mayor pecador 
de cuantos hay, confiado en vuestra 
infinita bondad, os ofrezeo esta Misa y 
cuantas se han dicho desde que mi Se- 
fíor Jesucristo las ordenó, y se dirán 
hasta el fin dei mundo, y quisiera ofre- 
ccroslas con la infinita caridad con que 
cl la instituyó; pero con la mayor que 
puedo os las ofrezeo puramente por 
vuestro amor, á gloria vuestra, en re- 
conocimiento de vuestra Majestad in¬ 
finita, confesándoos por verdadero Dios 
y Senor universal de toda gracia; en 



Segundo modo de oir Misa 669 

memória de su santísima encama- 
ción, pasión y resurrección, con satis- 
facción de mis pecados y de todos los 
bombres, en hacimiento de gracias por 
vuestros beneflcios, y por todos lo que 
me han hecho ó deseado algún bien ó 
dafio, y para que seáis alabado de todos 
para siempre sin íin. Amén. 

LLEGA EL SACERDOTE AL ALTAR. 

Jesús entra en el huerto. Seílor mío 
Jesucristo, Hijo de Uios vivo mío, que 
para redimir á los bombres tomasteis 
sobre vos la pena de sus culpas: con- 
cededme, os ruego, que en memória de 
vuestros padecimicntos oiga cada día 
Misa con la debida decencia, y experi¬ 
mente en mi alma dolor, sentimiento y 
confusión, porque por mis pecados vos, 
oh Sefior mío, vais á la pasión. 

AL CO&rENZAR LA MSA. 

Jesús ora en el huerto. Seiíor mío 
Jesucristo, que me enseãasteis á per¬ 
severar en la oración cuanto más arre- 
cian las tribulaciones y desamparos: 



570 iscgundo modo de oir Misa 

confortadme con vuestra gracia, para 
hacer contra Ia desolación y vencer 
las tentaciones que me impiden hacer 
con fervor y exactitud los ejercicios 
de piedad que son necesarios para mi 
alma y sin los cuales no podría perse- 
veiar dignamente y sin peligro en vues- 
tro servicio. 

A LA COKFESION GENERAL. 

Jesús se postra y suda sangre. Se- 
fíor mío Jesucristo, que orasteis al Pa¬ 
dre con profunda reverencia y humil- 
dad interior y exterior; concededme 
que cuando hable mental ó verbalmente 
con Dios nuestro Scõor ó con sus san¬ 
tos, esté con la debida reverencia; y 
por el sudor de sangre tan copioso que 
empapadas ya las vestiduras, corria 
hasta la tierra, dadme lágrimas y pena 
interna de tanta pena como vos pasas- 
teis por mi. 

AL SUDIR EL SACERDOTE AL ALTAR. 

Jesús CS entregado por Judas. Se- 
ilor mío Jesucristo, verdaderamente 



Segundo modo de oir Misa 


571 


manso y humilde de corazón, pues con 
tanta blandura tratasteis al infame Ju¬ 
das, que os besaba como discípulo y 
amigo paia entregares á vuestros enc- 
migos; si en la claridad de vuestra sa- 
biduría infinita vierais que yo os he de 
hacer traición como Judas, abandonando, 
tergiversando ó dudando de la fe, cn- 
carecidamente os pido me quiteis la 
vida antes que cometa tan horrendo 
crímen. 


AL INTROITO Y KYRIES. 

Jestís es llemdo preso á casa de 
Anás y de Caifds. Seiíor mío Jesu- 
cristo, que siendo la misma inocência 
y santidad, quisísteis ser juzgado como 
roo por jueces inicubs, dadme tan claro 
conocimiento de mis culpas, que me 
considere en vuestra presencia como 
un pecador grande y encadenado que 
voy atado como en cadenas á parecer 
delante de vos, sumo juez eterno, aver- 
gonzado y confundido por haberos ofen¬ 
dido tanto después de recibir de vos 
muchos dones y muchas mercedes. 



672 


Segundo modo de oir Misa 


AL GLORIA. 

Jesús es negLido por Pedro. Seiíor 
raio Jesucristo, angustiado por la co¬ 
bardia con que os negó el discípulo es- 
cogido para príncipe de los Apóstoles; 
concededme que sea dócil cn instruirme 
de guardarme de las ilusiones dei demo- 
nio en mis resoluciones y acciones, y 
defenderme de todas las tentaciones, 
poniendo en práctica los médios que 
mi confesor me diere para vencerias, 
y robustecer mi alma en la virtud, para 
que así me baje y así me humille, cuanto 
en mi sea posible, para que en todo 
obedezea á la ley de Dios nuestro Se- 
nor: de tal suerte que aunque me hi- 
cieren seãor de todas las cosas criadas 
en este mundo, ni por la propia vida 
temporal no sea en deliberar de que¬ 
brantar un su mandamiento, ya divino, 
ya humano, que me obligue á pecado 
mortal. 


A LAS ORACIONES. 

Jesús mira á Pedro r le conrierte. 
Seãor mio Jesucristo, que con una mi- 



Segundo modo dc oir Misa 573 

rada amorosa trocasteis el corazón de 
Pedro y arrancasteis de sus ojos lágri¬ 
mas de verdadera penitencia, con que 
lavó su culpa: concededme, por los 
ruegos de vuestra santísima Madre, tres 
gracias muy necesarias para asegurar 
mi conversión. La primera que sienta 
intemo conocimiento de mis pecados 
y aborrecimiento dc cllos; la segunda, 
que sienta cl desorden de mis opera- 
ciones para que, aborreciendo, me en- 
miende y ordene; la tercera, que tenga 
conocimiento dei mundo para que, abo¬ 
rreciendo, aparte de mí las cosas mun¬ 
danas y vanas. 

A LA EPISTOLA. 

Jesús es llcj-jJo por primera ve\ á 
Pílato. Seflor mío Jcsucristo, que per- 
mitisteis ser presentado á Pilato y de- 
lante de él falsamente acusado: conce¬ 
dedme que para más aprovecharme en 
espíritu, y especialmcnte para mayor 
bajeza y humildad propia, imitándoos 
en esto, me contente de que todas las 
acusaciones que me dirijan, burlas, de- 



574 Segundo modo dc oir Misa 

nuestos, calumnias é injurias, que car- 
guen sobre mí, los rcciba con gran pa¬ 
ciência, sin quejarme, sin perder la 
paz interior y me encienda en deseos 
de hacer bien á todos mis enemigos. 

AL GRADUAL Y TRASLADO DEL inSAL. 

Jesús es enviado á Herodes. SeBor 
mío Jesucristo, que acusado falsamente 
en presencia de Herodes, no replicas- 
teis ni una palabra: concededme tal 
desprecio de mi honra, que cuando me 
reprendan con verdad ó sin ella, no 
conteste ni una palabra, ni me enoje, 
ni me pase por el pensamiento deseo 
de vengarme, ni de defenderme, sino 
en el caso de que lo exigiera, segün el 
dictamen de mis confesores, ladefensa 
de la verdad y la edificación dc los 
prójimos. 


AL EVANGELIO. 

Jesíts es tratado como loco. SeBor 
mío Jesucristo, á quíen Herodes y su 
corte despreciaron como á loco y vis- 
tieron de una túnica blanca para mo- 



Segundo modo de oir Misa 575 

farse de vos; por la confusión que os 
causo este ignominioso tratamiento, os 
suplico me concedáis que aborreciendo 
yo en todo y no en parte cuanto el 
mundo ama y abraza, para imitaros á 
vos, ame y desee intensamente todo lo 
contrario, cs á saber, vestirme de vues- 
tra vestidura y librea, deseando pasar 
injurias, falsos testimonios, afrentas 
para ser tenido y estimado por loco, 
no dando causa de cllo. 

AL CREDO. 

Jísús vuelve al tribunal de Pilalo. 
Scfíor mío Jesucristo, cuya inocência 
reconoció Pilato hasta tres veces y no 
tuvo ânimo para defenderia: fortale- 
cedme contra los respetos humanos en 
la confesión de la fe, que como cris- 
tiano profeso, y he jurado defender 
como soldado vuestro; de tal manera 
que, para en todo acertar, lo blanco 
que yo vea crea que es negro, si la 
Iglesia jerárquica así lo determina; y 
depuesto todo juicio, obedezea en todo 
á la verdadera esposa de Cristo nues- 



576 Segundo modo de oir Misa 

tro SeSor, que es nuestra santa Madre 
Iglesia, y alabe todos sus preceptos, 
teniendo ânimo pronto para buscar ra- 
ísones en su defensa y en ninguna ma- 
nera en su ofensa. 

AL DESCUBRIR EL CALIZ. 

Jfsús es despojado de sus vestidu¬ 
ras. SeBor mío Jesucristo, que permi- 
tisteis ser despojado de vuestras ves¬ 
tiduras para mcrecerme el estado de la 
gracia: por Ia vergüenza que os causó 
esta desnudez, concededme que procure 
yo imitar Ia pureza angélica con la 
limpieza dei cuerpo y mente. 

AL OFRECER LA HÓSTIA. 

Jesils es ãyOtado. Sefior mio Jesu¬ 
cristo, que os dejasteis atar á imn co- 
lumna y quisísteis ser cruelmente azo¬ 
tado: concededme que haga yo peni¬ 
tencia completa de mis pecados: peni¬ 
tencia interna, doliéndome de eUos con 
firme propósito de no cometer los mis- 
mos ni otros algunos; penitencia ex¬ 
terna, como fruto de la primera, casti- 



Segundo modo de oir Misa 577 

gando mi cuerpo cerca dei comer, cerca 
dei modo dei dormir, y abstenerme hasta 
de regalos y recreos lícitos, en satis- 
facción de los pecados pasados, por 
vencer á mí mismo, haciendo que la 
sensualidad obedezca á la razón y para 
buscar y hallar las gracias que nece- 
sito para mi alma. 

AL OfRECER EL CALIZ. 

Jesús es corouado de espinas. Se- 
fior mío Jesucristo, que por mi amor 
quisisteis ser coronado de punzantes 
espinas: por tan agudo dolor os su¬ 
plico me concedáis que obedezca con¬ 
formando totalmente el querer y sentir 
mío con lo que lalglesiaquierey siente 
en todas cosas, tcniendo la voluntad y 
juicio de la Iglcsia por regia dei pro- 
pio, para más al justo conformarme 
con la primera y suma regia de toda 
buena voluntad y juicio, que es la eterna 
bondad y sapiência. 

AL LAVARSE EL SACERDOTE LAS MAMOS. 

Jesús es mostrado al pueblo: ved 
aqui al hombre; y Pilato se le entrega 

8096 


19 



578 Segundo modo de oir Misa 

para que le crucifiquen. Sefior mío Je- 
sucristo y eterno Seflor de todas las 
cosas, á quien los judios no quisieron 
por rey; yo os reconozco y confleso 
por Rey eterno y Seflor universal, y 
vendendo mi propia sensualidad y mi 
amor carnal y mundano, bago mi obla- 
ción con vuestro favor y ayuda, de- 
lante vuestra infinita bondad y dei ante 
vuestra Madre gloriosa, y de todos los 
santos y santas de la corte celestial, 
que yo quiero y deseo y es mi deter- 
minación deliberada de imitaros en pa- 
sar todas injurias y todos vitupérios y 
toda pobreza actual que padezca y me 
sobrevcnga, porque siguiéndoos en la 
pena también os siga en la gloria. 

AL PREFACIO. 

Jesús sale para el Calvario con la 
cru:{ á cuestas. Seflor mío Jesucristo, 
os contemplo en este paso tomando la 
cruz de mano dei verdugo, sin repug¬ 
nância, antes bien con alegria... Yo 
también tengo muchas cruces que lle- 
var, y algunas de ellas pesan de con- 



Segundo modo de oir Misa 579 

tinuo sobre mis âacos hombros. La cruz 
dei estado á que me has llevado y en 
que estoy, es cruz que yo he deseado 
antes de tomaria; es cruz por la cual 
casi lo he sacrificado todo; pero al fin 
es cruz y lleva consigo dolores y sa- 
crificios. No puedo negar que al sentir 
su peso han flaqueado mis fuerzas, y se 
ha enturbiado mi alegria. Haced, Senor, 
que vuestro ejemplo me fortalezca y 
me devuelva aquel gozo con que tomé 
al principio la cruz. Al veros llevar la 
vuestra tan valerosamente, no podré 
menos de estimar la mia. Amaré, pues, 
la carga de mi estado y circunstancias 
en que vivo, que me asemeja tanto á 
vos, y que me da alas para subir al 
cielo, y que si algo pesa, no pesa cier- 
tamente lo que pesa vuestra cruz. Si 
por ella, siendo voluntad vuestra, de- 
biera sacriflcarlo todo mil veces, mil 
vcces lo sacrificaria. 

AC MEME.NTO DE LOS VIVOS. 

Jesús es clavado en crn:^. Senor mio 
Jesucristo, ; cómo podré yo, á vista de 



580 Segundo modo de oir Misa 

tan sublime ejemplo, negarme á obe¬ 
decer á la Iglesia, á mis padres, á mis 
superiores y á las inspiraciones de 
Dios? Las órdcnes que de la Iglesia 
emanan y los mandatos hasta de cosas 
pequeiías de mis padres y superiores, 
parece como que mellevan por la mano 
en todos los actos de la vida, en cierto 
modo le extienden en la cruz cada miera- 
bro y cada parte de su ser. j Qué dulce 
y suave es lo que la Iglesia me impone 
y lo que mis padres y superiores me 
prescriben, si lo comparo con lo que 
el Eterno Padre exige de vos, dulce 
Jesiís. Y vos no retiráis las manos, ni 
los sagrados pies, sino que los ofrecéis 
á los clavos para que los desgarren. 
Ahora sí que en vista de tal ejemplo, 
propongo siempre hacer tu voluntad 
manifestadá por la Iglesia y por mis 
superiores y exclamar: “Hágase tu vo¬ 
luntad así en la tierra como en el 
ciclo. 



Segundo modo de oir Misa 


581 


A LA ELEVACIOM. 

Jesiis es levantado en Ia cru\. Aqui 
exclamaré con fervor: 

Alma de Cristo, santifícame. 

Cuerpo de Cristo, sálvame. 

Sangre dc Cristo, embriágame. 

Agua dei costado de Cristo, lávame. 

Pasión de Cristo, fortaléceme. 

Oh buen Jesús, óyeme. 

En tus llagas escóndeme. 

No permitas que de Ti me separe. 

Del enemigo maligno defíéndcme. 

En la hora de mi muerte llámame. 

Y mándame ir á Ti. 

Fara que con tus santos te alabe. 

Por los siglos de los siglos. Am<in. 

Pio IX con decreto de la S. C. de I. dei 9 
de Enero de 1854, rev^ocando cualquier otra 
concesión de indulgencia.s, concediú á los lic- 
les que rezaren dichas “Invocaciones* : 

Indulgência de 300 dias para cada vez; 

Indulgência de 7 aflos una vez al día, rc- 
zándola después de haber comulgado; 

Indulgência plenaria una vez al mcs, en el 
día que se eligiere, á los que por e.spncio de 
un mcs hayan rezado por lo menos una vez 
al día. Condiciones: confesión, comuniõn, y 
visita de una iglesia ò público oratorio, ro¬ 
gando alll según la intención dei Sumo Pon¬ 
tífice 



682 


Segundo modo de oir Misa 


DESPUES DE ALZAK. 

Jesus está ires horas crucificado. 
Seiior mio Jesucristo, puesto en una 
cruz por mí; icómo, oh criador, vinis- 
teis á haceros hombre, y de vida eterna 
á muerte temporal, y así á morir por 
mis pecados 1 Alma mia, ^qué has he- 
cho tú por Cristo? ^q^édebes hacery 
padecer tú por Cristo? 

AL PATER NOSTER. 

Jesús Iiahla sietepalabras en iacru~. 
— Divino Jesús, Hijo de Dios hecho 
hombre, que por nuestra salvación os 
dignasteis nacer en un pesebre, vivir 
en la pobreza, en las tribulaciones y 
en la miséria, y morir en los dolores 
de la cruz, decid, os ruego, á vuestro 
divino Padre en el momento de mi 
muerte: Padreperdónale; decid á vues- 
tra querida Madre; Ahi tienes á tu 
hijo; y á mi alma decid: Hor estarás 
conniipo en el paraiso. Dios mio, Dios 
mio, no nie abandonéis en aquella hora. 
Tengn sed: si, Dios mio, mi alma tiene 



Segundo modo de oir &fisa 583 

sed de vos, que sois fuente de aguas 
vivas. Mi vida pasa como una sombra; 
todavia un poco más de tiempo y todo 
estará consumado. Por eso, oh adora- 
ble Salvador mío, desde este momento 
para toda la eternidad en vuestras ma¬ 
nos encomiendo mi espíritu, oh SeHor 
Jesús, recibid el alma mia. Amén. 

300 dias de indulgência cada vez. (10 deju- 
nio de 1856.) 

AL PAKTIR EL SACERDOTE LA HÓSTIA. 

Jesús muere. Oh Jesús, adorando 
yo vuestro último suspiro, os ruego 
que recibáis el último mío. En la in- 
certidumbre de tener libre la razón 
cuando salga de este mundo, os ofrezeo 
desde ahora, mi agonia y todos los do- 
lores de mi trânsito. Siendo vos mi 
Padre y mi Salvador, deposito en vues¬ 
tras manos mi alma. Deseo que mi úl¬ 
timo instante se una al de vuestra muerte, 
y que la última palpitación de mi co- 
razón sea un acto de puro amor á vos. 
Así sea. 

100 dias una vez al dia. (16 de JuUo de 1902.) 



S84 


Segundo modo dc oir Misa 


AL COMULGAR EL SACERDOTE. 

Comiiíiión espiritual. jOh Sefior! 
con suma devoción, con abrasado amor, 
con todo mi afecto, deseo recibirte, 
como te desearoQ en la comunión mu- 
chos santos y personas devotas, que 
te agradaron muchísimo en la santidad 
de su vida y tuvieron devoción arden- 
tísima. i Oh Dios mío, amor eterno, todo 
mi bien, bienaventuranza que nunca se 
acaba! yo deseo recibirte con mucho ma- 
yor deseo y mucha más digna reveren¬ 
cia que ninguno dc los santos jamás 
tu vo ni pudo sentir. Y aunque yo sea 
indigno de tener todos aquellos senti- 
mientos devotos, ofrézcote todo el amor 
de mi corazón, como si yo solo tu- 
viese todos aquellos inflamados deseos, 
y aun cuanto puede el alma piadosa 
concebir y desear, todo te lo doy y 
o f reze o con humildísima reverencia 
y con entrafiable fervor. No deseo guar¬ 
dar cosa para mí, sino sacrificarme á mí y 
todas mis cosas á ti de muy buen co¬ 
razón y voluntad. Scilor Dios, criador 



Segundo modo de oir Misa 5S5 

mfo, Redentor mío, con tal afecto, re¬ 
verencia, y loor y honor, con tal agra- 
decimiento, dignidad y amor, con tal 
fe, espcranza y puridad te deseo rcci- 
bir hoy, como te deseó y recibió tu 
santísima Madre, la gloriosa Virgen 
Maria. 

(Imitación de Cristo, I, IV. Gap. XVII, 1. 2.) 

A LAS ULTFMAS ORACIONES. 

Jesús es sepultado. Jesiis mío aman- 
tísimo, en hacimiento de gracias dei 
beneficio que me hicisteis en sacarme 
de los peligros dei mundo, digo; que 
si fuera monarca de él y de cicn mil 
mundos, con vuestra gracia los despre¬ 
ciaria por vuestro amor, y si mc fuere 
licito una y cien mil vcces tomarme 
á él y gozar de todas las honras, ri¬ 
quezas y deleites que han gozado y go- 
zan los mundanos, de todo ello me pri¬ 
vara por vuestro amor y por ser gusto 
vuestro nunca volviera á él; pero, por¬ 
que vos mc lo tenéis prohibido, re- 
nuevo aqui los propósitos y determi- 



586 


Segundo modo de oir Misa 


nación hecha con vuestra gracía, de 
nunca más llevar vida mundana, sino 
de ajustarme en todo y por todo á to¬ 
dos \'uestros preceptos, enseiíanzas y 
dictámenes por no separarme jamás de 
vos, ni en el tiempo ni en la eter- 
nidad. 


A LA BENDiaON. 

Jesús sttbe á los cielos. SeHor mío 
Jesucristo, que cuarenta dias dcspués 
de resucitado, subisteis al cielo en pre¬ 
sencia de vuestros discípulos, dejándo- 
les en prenda de amor á vuestra san- 
tísima Ãladre y vuestra cariHosa ben- 
dición; concededme que en todas las 
ocupaciones de este día me esfuerce en 
tener la intención recta, siempre pre- 
tendiendo cn ellas puramente el servir 
y complacer á la divina bondad por sí 
misma y por el amor y benefícios tan 
singulares en que me previno; y que 
en todas las cosas busque á Dios nues- 
tro Senor, apartando cuanto es posible 
de mí el amor de todas las criaturas, 
por ponerle en el Criador de ellas, á 



Tercer modo de oir Misa 


587 


él en todas amando y á todas en cl, 
conforme á su santísima y divina vo- 
luntad. Âmén. 


III. 

Modo de oir Ia santa Misa en sufrag^io 
de los difuntos. 

OFRECIMIENTO. 

Vengo á ofreceros, oh Dios de las 
misericórdias, la sangre dei Cordero 
inmaculado por las benditas ánimas que 
están puriflcándose y lavando sus man¬ 
chas con las terriblcs penas dei purga¬ 
tório, á fin de que consigan pronto la 
dicha que tanto anhelan, de veros y 
glorificares. Por justos que sean los 
castigos á que las tcnéis sometidas, 
abridles en este día los inmensos tc- 
soros de vuestra piedad por medio de 
las satisfacciones y méritos de vuestro 
divino Hijo. Aplicadles las gracias y 
satisfacciones de este santo sacrifício, 
para que por este medio logren satis- 
facer las deudas que tienen aún con 
vuestra soberana justicia. 



588 


Tcrcer modo de oir Misa 


AL COMENZAR LA MISA EL SACERDOTE. 

Dios de bondad, nosotros confesa- 
mos nuestros pecados, y rcconocemos 
que si solo atendierais á nuestras ini¬ 
quidades, nadie podría justificarse de- 
lante de vos, ni sostener la severidad 
de vuestros juicios. Desgraciados nos¬ 
otros, si nos juzgarais sin misericór¬ 
dia. A ân de ablandar vuestra justicia, 
acudimos á ejemplo de vuestros santos, 
al sacrifício incruento de Aquel que 
quiso ser sacrifícado por nosotros en 
la cruz y que no cesa dc interceder en 
favor nuestro. Perdonadnos nuestros 
pecados; perdonad igualmente á las al¬ 
mas de nuestros hermanos difuntos que 
sufren en el purgatório por las faltas 
que cometieron durante su peregrina- 
ción en este lugar de destierro. Prcva- 
lezca vuestra misericórdia sobre vües- 
tra justicia, pues babéis prometido es- 
cuchar los votos de los que os rue- 
guen por medio de vuestro santlsimo 
Hijo y en nombre suyo, y vos sois fiel 
á vucstras promesas. 



Tercer modo de oir Misa 


5S9 


EN EL INTROITO. 

Dadles, Seflor, el eterno descanso, 
é introducidles en el lugar de refrigé¬ 
rio, de luz y de paz. 

Salmo LXIV. Resuenen, oh Dios, tus 
alabanzas en Sión, y cúmplanse reli¬ 
giosamente los votos de tu pueblo en 
Jerusalén. Oye benigno mi oración: á tu 
presencia comparecerá todo mortal. 

Dadles, Senor el descanso eterno y 
haced que brille sobre ellos vuestra 
eterna luz. 


EN LOS KYRIES, 

Manifestad, oh Jesiís, que sois el 
Dios de la clemencia; mostraos mise¬ 
ricordioso con las ánimas que gimen 
en el lugar de los tormentos y de la 
e.vpiación. 

EN LA ORAaON DESPUES 
DEL < DOMINUS VOBISCUM ». 

Oh Dios, que por un efecto de vues¬ 
tra bondad inhnita, estáis siempre dis- 
puesto á hacer gracía y perdonar, ren¬ 
didamente os suplicamos no dejdis en 
manos enemigas, ní olvidéis el alma de 



590 


Tercer modo de oir Misa 


vuestro siervo (ó sierva) N. N. que ba¬ 
béis llamado á vuestro juicio; antes 
bien ordenad que sea ilevada por vues- 
tros ángcles á la patria celestial. Ella 
creyó y esperó en vos; haced que no 
queden frustradas sus esperanzas, sino 
que entre en posesión dc la gloria 
eterna que le tenóis preparada. Por 
nuestro Scnor Jcsucristo, Hijo vuestro, 
que con vos vive y reina en unidad 
dei Espíritu Santo, üios por todos los 
siglos de los siglos. Amén. 

DURANTE I.A EPISTOLA. 

Mejor que deshacerme en lágrimas 
y quejarme de mi suerte por la pér- 
dida de los que me eran tan amados, 
procurarc, Senor, para bien de mi alma 
y alivio de los mismos, hacer profe- 
sión de creer y practicar las verdades 
que babéis ensebado á vuestra Iglesia, 
y no me dejaré abatir por la pena y 
tristeza como los que no tienen puesta 
su esperanza en vos. Creo que dais la 
vida eterna á vuestros siervos desde el 
momento de su muerte, si son tan di- 



Tercer modo de oir Misa 


591 


chosos que sus almas, al salir de este 
mundo, se hallan ricas de méritos y gra¬ 
das, y satisfecha toda deuda para con 
vuestra soberana justicia. jOh vcrdad 
consoladora para el que la medita! Sin 
dejar de ejercer con todos los dere- 
chos de vuestra justicia, os inclináis 
á la misericórdia para con aquellos que 
han cumplido fielmente vuestra santa 
ley. Creo que las almas de los fleles 
que mueren en gracia y á su muerte se 
hallan en deuda con vuestra infinita 
justicia, son aliviadas por la ofrenda 
dei santo sacrifício ‘‘ según la costum- 
bre, dice San Agustín, constantemente 
practicada, de hacer particular conme- 
moración de los que mueren en la co- 
munión dei Cuerpo y Sangre de Jesu- 
cristo. “ i Qué consuclo se encuentra en 
esta creencia de la Iglesia! Vco en ella 
el cumplimiento dei oráculo de la Es¬ 
critura que dice, que no olvidaréis para 
siempre las almas de vuestros siervos; 
por esto nos exhortáis á qne socorra¬ 
mos á los fieles difuntos con oracio- 
nes, limosnas y sacrifícios, Yo entro. 



692 


Tercer modo de oir Misa 


Seõor, con toda mi alma en vuestros 
misericordiosos designios, y vengo á 
unirme á las piadosas intenciones de la 
Iglesia, rogando por aquellos á quienes 
adoptasteis por hijos en las fuentes 
bautismales, y me disteis por her- 
manos. 


EN EL GRADUAL. 

Dadles, Seiior, el descanso eterno, 
y haced que la eterna luz brille sobre 
ellos. 

Salmo CXI. — El justo vivirá en 
memória èterna; no temerá las malas 
lenguas de los hombres. 

Tracto. — Dignaos, Seõor, lavar las 
almas de todos los fieles difuntos de 
toda mancha de pecado. 

Íí. Y que con el socorro de vues- 
tra gracia, merezean quedar libres de 
toda pena en vuestro Juicio. 

Y gozar de la felicidad de la glo¬ 
ria eterna. 



Tercer modo de oir Alisa 


693 


SECUENCIA. 

Dia de ira! Con sorpresa 
Volverá el mundo en pavesa; 

Por David asi lo expresa. 

^Cuál será el temor dei hombre 
cuando el juez venga y le asombre ? 
Juzgará todo cn su nombre. 

De la trompeta el sonido, 

En toda región oido 
Llamará al juicio temido. 

La muerte misma se espante 
Cuando el hombre se levante 
Y ante el trono se adelante. 

Se abrirá el libro sellado, 

En que todo está asentado. 

Por donde el mundo es juzgado. 

Luego, pues, que el Juez se siente, 
Sc verá todo patente, 

Nada impune se consiente. 

íQué haré, oh triste, en tal apuro ? 
^Por patrono á quien procuro 
Si el Justo no está seguro? 

Rey de majestad inmcnsa, 

Que expiaste toda ofensa: 

Tu piedad es mi defensa. 

Recordad, Jesús divino: 

Causa fui de tu camino; 

No me des fatal destino. 



694 Tcrccr modo de oir Alisa 

Me buscaste fatigado; 

En la cruz fui rescatado; 

No se pierda tu cuidado. 

Justo vengador dei vicio 
Tu pcrdón dame propicio, 

Antes dei dia dei juicio. 

Reo soy y dclincucnte; 

El rubor cubrc mi frente; 
Perdonadme, loh Dios clemente! 

Que á Maria perdonaste, 

Y al ladrón bueno escuchaste, 

Y esperar en ti mandaste. 

Digno sé que no es mi ruego: 
Sólo á tu bondad me entrego: 
No me queme eterno fuego. 

Al bacerse en Juicio muestra, 

No me encuentre á la siniestra, 
Mas colócame á tu diestra. 

Confundidos los malvados, 

Y á las llamas destinados 
Llámame con tus amados. 

Ruégote, Dios verdadero, 

Con dolor vivo y sincero: 

Cuida de mi fín postrero. 

iOh qué dia tan tremendo! 

Del polvo el hombrc saliendo, 
La final sentencia oyendo. 



Tercer mndo de oir Misa 


595 


Perdonadle, oh Dios clemente, 

Jesús lleno de piedad, 

A estos dá la eterna paz. 

Amén. 

EN EL EVAMCELIO. 

Ilumínad, Seüor, enseüadme vos 
mismo, y guiadme á fin de evitar el 
que sea un día confundido con los que 
cerraron los ojos á la luz de vuestro 
Evangelío. Echad sobre de mí una mi¬ 
rada de bondad, y dignaos, oh clemen- 
tísimo Jesús, pronunciar en mi favor 
esta sentencia que un día pronuncias- 
teis en favor de Magdalena penitente: 
“Te han sido perdonados tus pecados.* 
Haced oir á las almas de los lieles di- 
funjos, para quienes os ofrezeo estas 
mis oraciones, aquellas palabras que 
dirigisteis al buen ladrón: “Hoy esta¬ 
rás conmigo en el paraiso.“ Sé que no 
soy digno de ser escuchado, sé que es 
preciso satisfacer antes de algún modo 
á vuestra justicia, y que no es sufi¬ 
ciente para esto que los cuerpos vuel- 
van al cuerpo de donde salieron; que 



596 Tercer modo de oir Misa 

es indispensable el que seamos proba- 
dos par las llamas antes de poder go¬ 
zar de vuestra presencia. Mas vuestras 
misericórdias, ScSor, son más grandes 
que nuestros pecados, y por esto en 
nombre suyo os décimos : Nuestra 
suerte está en vuestras manos; apre- 
sufad el momento de nuestro rescate, 
y aceptad nuestra sumisión á vuestra 
voluntad, como un sacrifício que os es 
agradable. 

EN LA antífona DEL OFERTORIO. 

Sefior nuestro Jesucristo, Rey de 
la gloria, librad de las penas dei pur¬ 
gatório á las almas de los fieles di- 
funtos; sacadlas de aquel lago horrible 
y profundo; arrancadlas de la boca dei 
león; que no sean sumergidas en los 
pozos dei abismo, ni precipitadas en 
las tinieblas, sino que el príncipe de 
los ángeles, San Miguel, las intro- 
duzea en la mansión de la luz y de la 
paz que prometisteis en otro tiempo á 
Abraham y á su posteridad. 

A vos, Senor, os ofrecemos sacrifi- 



Tcrcer modo de oir Mlsa 


597 


cios y votos de alabanza. Dignaos re- 
cibirlos en favor de aquellas ánimas de 
quienes hacemos hoy memória. Haced, 
SeSor, que pasen dei estado de pena 
al de dicha eterna que en otro tiempo 
prometistcis á Abraham y á su poste- 
ridad. 


EN LA ORAaON SECRETA. 

Yo descenderé, oh justo juez de los 
vivos y de los muertos. Yo descenderé 
en espíritu á ese lugar de terror donde 
hacéis sentir cl peso de vuestra justi- 
cia á vuestros hijos, herederos de la 
gloria. Allí suspiraré, gemiré, y uniré 
mis oraciones al sacrifleio de vuestro 
Hijo, á fin de que acortéis la duración 
de çus penas y cambiéis sus tormen¬ 
tos en consuelos, y en glorias sus hu- 
millaciones. Senor, en medio dei dolor 
que á vuestros siervos agobiaj su alma 
clama á vos: 

“Misericórdia, .Seiíor, porque reco- 
nozeo haber pecado en vuestra pre¬ 
sencia. Una sola cosa os pido y no ce- 
saré de pedírosla, y es que me llevéis 



598 Tercer modo da oir Misa 

á habitar eternamente en vuestra casa, 
y á fin de contemplar las bellezas de 
vuestro trono; tengo una firme con- 
fianza de veros cara á cara en la tierra 
de los vivos, “ 

Dadles, Seilor, por medio de este 
santo sacrificio, que os estamos ofre- 
ciendo el alivio de sus penas, y la 
gloria eterna. Por Jesucristo, Sefior 
nuestro, que con vos vive y reina en 
unidad dei Espíritu Santo, Dios por 
los siglos de los siglos. Amén. 

EN EL PREFACIO. 

Justo es, razonable y saludable da- 
ros gracias en todos tiempos y en todo 
lugar, Padre omnipotente, Dios eterno, 
por Jesucristo, Seíor nuestro; por el 
cual nos concedisteis la esperanza de 
la feliz resurrección, á fin de que si vi- 
niere á entristecemos el recuerdo de la 
sentencia de muerte, dada contra todos 
los hombrcs, aliente y consuele nuestra 
alma la promesa de la inmortalidad; 
porque para los que son fielcs á vues¬ 
tra ley, oh Senor, morir es perder esta 



Tercer modo de oir Misa 699 

vida mortal, para pasar á otra mejor 
y cambiar esta morada de tierra por 
otra dei cielo que durará eternamente. 
Por esto nos unimos á los bienaven- 
turados de la corte celestial, para can¬ 
tar un himno á vuestra gloria, repi- 
tiendo sin cesar; Santo, Santo, Santo 
es cl Senor Dios dc los ejércitos, lle- 
nos están los ciclos y la tierra de su 
gloria. Bendito sea el que viene en 
nombre dei Senor; su sangre pide mi¬ 
sericórdia, y su voz se eleva hasta el 
trono de la clemencia. 

DURANTE EL CANON. 

Dios todopoderoso, cuya providen¬ 
ciai se extiende sobre todas vuestras 
criaturas, porque vos sois su Padre; 
dirigid una mirada de misericórdia so¬ 
bre las ánimas benditas, cuyomayordo- 
lor es hallarse privadas de veros. Acor- 
daos, joh Dios mío! de que ellas son 
obra de vuestras manos, y precio de 
los sufrimientos, de la muerte y de los 
méritos infinitos de Jesús, vuestro di¬ 
vino Hijo. i Seria posible que vuestro 



600 Tercer modo de oir Misa 

cornzón paternal no se ablandara al 
eco de este dulce nombre invocado en 
su favor? Nosotros os ofrecemos por 
su rescate la sangre preciosa que por 
cila fué derramada en la cruz, la pode¬ 
rosa intercesión de Maria Santísima, la 
de San José, de San Pedro, san Pablo 
y todos los santos; las fervientes sú¬ 
plicas de vuestra Iglesia, y las oracio- 
nes y obras satisfactorias de sus hijos. 
Con tales auxilios lo esperamos todo 
de vuestra misericórdia, oh Dios mio, 
y nos prometemos el alivio y rescate 
de esas almas que os son tan amadas, 
y que vos mismo deseáis aliviar y so¬ 
correr. iQue vuestra ternura paternal 
desarme en fin vuestra justicia! Abrid- 
les vuestro seno; manifestadles vuestra 
gloria; hacedles ver lo que sois, y de- 
rramad en sus corazones ese torrente 
de delicias de que sois eterna fuente. 

EN LA CONSAGRACION Y ELEVACION 
DE LA HÓSTIA Y CALIZ. 

Hóstia sacrosanta, inmolada por la 
salud dei mundo, sed propicia á nues- 



Tercer modo de oir Misa 


601 


tros ruegos. Sangre preciosa de nues- 
tro Salvador, que habéis sido derra¬ 
mada para borrar nuestros pecados, 
santificadnos y clamad poderosamente 
en favor de las almas de los fieles di- 
funtos. 


DESPUES DE LA ELEVACION. 

Oh Jesús, que descendisteis al limbo 
para sacar de él gloriosamente las al¬ 
mas de los patriarcas y profetas y de- 
más Justos que aguardaban vuestra ida; 
visitad misericordiosamente las de vues- 
tros siervos y siervas en el lugar de 
los tormentos Mitigad conel rocio de 
\Tiestra gracia la actividad dei fuego 
que las devora. Dijisteis que miraríais 
como hecho á vos mismo, el menor 
bien que hiciésemos á nuestros herma- 
nos; espero, pues, que el alivio que 
procuro á las almas de los fieles di- 
funtos, os será tan agradable como si 
os lo procurara á vos mismo. Dejaos 
ablandar, oh Dios mío, por la inter- 
cesión de la que es consuelo de los 
afligidos, y por los votos de toda la 



602 


Tercer modo de oir Misa 


corte celestial, que se interesa en la 
felicidad de las almas dei purgatório. 
Conceded, sobre todo, el eterno des¬ 
canso á todas aquellas N. N. que son 
de mi especial oblígación, y en favor 
dc las cuales imploro en particular 
vuestra piedad postrado á vuestros 
pies. 

EN EL C PATER' NOSTER ». 

Oh Jesús, ante cuyo nombre se do- 
bla toda rodilla en el cielo, en la tierra 
y en los inflemos, oh vos, juez sobe¬ 
rano dc los vivos y de los muertos; 
sea santiflcado vuestro nombre por la 
rcdención de las ánimas por las cuales 
oramos. Abridles las puertas de vues¬ 
tros tabernáculos, y cúmplase en este 
día vuestra voluntad de salvarias. Ha- 
ced que después de haberse alimen¬ 
tado con el pan dei dolor, sean sacia¬ 
das dei pan vivo, que es la posesión 
dc vos mismo. 

Nosotros imploramos especialmente 
vuestra misericórdia para la remisión 
de las ofensas que os hicicron nues- 



Tcrccr modo de oir Misa 


603 


tros difuntos parientcs, amigos y bien- 
hechores, y, sobre todo, por la de los 
pecados de que habremos podido series 
ocasión ó motivo, á fin de que no se 
les imputen según el rigor de vuestra 
justicia. Preservadnos á nosotros de 
esas vengadoras llamas, que tenemos 
i ay! harto merecidas por el abuso que 
hemos hecho de vuestras gracias, por 
nuestra tibieza en vuestro servicio y 
por nuestra pooa diligencia en resistir 
á las tentaciones. Libradnos finalmente 
dei pecado, que es el mayor de todos 
los males. 


EK EL CAGNUS DEI». 

jCuán grande es, oh Jesus, el amor 
que os llevó á ofreceros, como un cor- 
dero, en holocausto para la expiación 
de los pecados dei mundo! iQué len- 
gua puede hablar dignamente de esa 
caridad que os llevó á daros en fianza 
de nuestras deudas aún después de 
nuestra muerte? ; Guán agradecidos de- 
bemos estar á semejantc beneficio! 

Cordero de Dios, que hábeis ven- 



604 Tcrcer modo de oir Misa 

eido con vuestra muerte al león ru- 
giente, próximo á devoramos, mostraos 
misericordioso con los fieles difuntos. 

Cordero sin mancha, inmolado á la 
justicia de vuestro divino Padre, á fin 
de que nos perdonase nuestros peca¬ 
dos; mostraos misericordioso con los 
que murieron con el título de hijos 
queridos de vuestro corazón. 

Cordero de Dios, ofrecido en sa- 
crificio para hacernos pasar de la tie- 
rra de maldición á la verdadera tierra 
prometida, dadles el eterno descanso. 

Vos que dijisteis; “Yo soy la re- 
surreción y la vida; el que cree en mí, 
aunque muriere, vivirá“; dad á las al¬ 
mas de los fieles difuntos csa vida cuyo 
ünico principio les ha sido comunicado 
por la gracia de los sacramentos ; con- 
cededles la felicidad cuya preciosa 
prenda han recibido tantas veces, to¬ 
mando parte en vuestro divino ban¬ 
quete. Yo deseo participar de él para 
merecerlcs, en cuanto pueda, la eterna 
dicha por la que tanto suspiran: os 
ofrezeo por ellas y en especial por N., 



Tercer modo de oir Misa 605 

mis oraciones y buenns obras con to¬ 
dos los demás sufrágios que pueda apli- 
carles. No desechéis mi humilde sú¬ 
plica, consoladme vos mismo en la pér- 
dida que he tenido, y aliviad á N., á 
quicn en vida tanto amé. 

EN LA antífona DE LA COMUNION. 

Haced, SeSor, que brille pronto so¬ 
bre ellos vuestra eterna luz, y que mo- 
ren para siempre con vuestros santos. 
Concededles esta gracia, oh Dios de 
clemência, 

EN LA ORACION POSTCOMITOION. 

i Oh Dios mío! que queréis que 
orando por las almas dei purgatório, 
piense en el más esencial de mis inte- 
reses, que es la salvación de mi pro- 
pia alma; haced que encuentre en vues¬ 
tra piedad sin limites el perdón de mi 
tibieza y de mis pasados crímenes, Que 
el recuerdo de vuestra justicia, que las 
retiene en aquellas llamas por faltas 
que son tan comunes, me inspire ho¬ 
rror á todo pecado, una generosa re- 



606 Tcrcer modo de oir Misa 

solucíón de entrar en el camino de la 
penitencia para expiar mis culpas, y 
me haga cauto, diligente, cuidadoso para 
no volver á caer en mis extravios. No 
quiero retardar por más tiempo el ha- 
cer penitencia. Quiero arreglar mi vida 
mientras es tiempo todavia. Quiero 
también dirigiros las más humildes y fer¬ 
vorosas oraciones por las almas de los 
fieles difuntos; yo me privaré hasta de 
los placeres y goces que la religión 
permite, á fín de apagar las llamas que 
las devoran; yo derramaré limosnas 
entre los pobres para interesaros en su 
causa. Bendecid, oh Dios mio, estas 
santas resoluciones y dadme la gracia 
de que logre cumplirlas; y dad á esa 
alma por quien os ruego el perdón y 
descanso eterno. Por Jesucristo y Se- 
nor nuestro que vive y reina con vos, 
en unidad dei Espíritu Santo, Dios por 
todos los siglos de los siglos. Amén. 

EK EL ULTIMO EVANGELIO. 

Creo que mi Redentor vive, que re- 
sucitaré de la tierra el último dia, y 



Tercer modo de oir Misa 


607 


que revestido de mi carne, veré á Dios 
mi Salvador; mis ojos Io verán, así lo 
espero. Yo levantaré mis ojos al cielo; 
Dios que es mi Salvador, escuchará mi 
voz. Me levantaré después de haber 
estado sentado en las tinieblas; el Se- 
nor me llevará á Ia morada de la luz, 
y contemplaré su gloria. Así sea. 





Cristo se ofreció á Dios en oblación 
y Hustia de olor suavísimo. 


(S. Pablo.) 



























Ejercicio para la Comunión. 

I. 

Comunión sacramental. 

ACTOS P.\RA ANTE-S DF, LA COMUMON . 

,lc/o de fe. — Dios dcl ciclo y dc 
la tierra, vos venís á mí, y yo voy á 
tencr la dicha de rccibiros. jQuién po- 
dría creer un prodij^io scmcjante, si no 
cstuviese asegurado por vucstra infali- 
blc palabra? Sí, oh Jcsiís mío, yo creo 
que á vos mismo es á quien voy á re- 
cibir cn este sacramento; á vos, que, 
nacido por mí en un pesebre, quisisteis 
morir por mí cn la cruz, y que tan 
glorioso como estais en cl ciclo, os 
ocultdis bajo esas adorablcs cspccics. 
Lo creo, ;oh Dios mío! y estoy mas 
cierto de ello que si lo viera con mis 
propios o jos ; créolo porque vos lo hᬠ
beis dicho; créolo á pesar de lo que 

20 


8096 








610 


Comunión sacramental 


puedan contradecir mis sentidos, y re¬ 
nuncio al crédito de los mismos para 
reconocerme cautivo de la fe; lo creo, 
y si neccsario fuese sufrir la muerte 
en defcnsa de esta verdad, ayudado de 
vuestra gracia, la sufriría antes que 
desmentir mi creencia y mi religión. 

Acto cie htimildad. ■ - ,;Quién soy, 
yo, joh Dios de gloria y majestad! 
quién soy yo para que os digneis íijar 
en mí los ojos? ,;De donde me viene 
este exceso de dicha que mi Dios y 
Senor quiera venir á mí? [A mí, pe¬ 
cador, gusano de la tierra, más despre- 
ciablc que la nada, acercarse un Dios 
tres veces santo! ; comer yo cl pan de 
los ángeles, alimentarme con una carne 
divina' ;Ah Senor, yo no lo merezeo, 
yo no soy digno de ello! Rey dei cielo, 
autor y conservador dei mundo, yo me 
postro delante de vos; yo quisiera 
poder humillarme siquiera tan profun- 
damente por vuestra gloria, como vos 
os humilláis en este sacramento por mi 
amor. Vo reconozeo vuestra soberana 
grandeza y mi extrema bajeza, y la 



Comunión sacramental 


611 


consideración dc la una y de la otra, 
me pone en una confusión que no pucdo 
expresar! Yo repetiré con mayor ra- 
zón que San Pedro: “Huid dc mí, Se- 
fior, porque soy indigno de la graoia 
que vos queréis hacerme.“ 

Aclo de co/itricióii. — Vos venís á 
mí, Dios de bondad y dc misericórdia. 
;Ay, mis pecados dcbcrían más bien 
alejaros dc mí, porque soy rco dc in- 
numcrables; mas rcconociendo el dis- 
gusto que os han causado, movido dc 
vuestra infinita piedad, y sinceramcntc 
arrcpcntido y resuelto á no cometer- 
los más, los detesto dc todo mi cora- 
zón, y os pido humildemente perdún de 
todos ellos. Perdonádmclos, mi amable 
Salvador, puesto que me hábeis amado 
hasta el punto de querer que me acer¬ 
que hoy á vos. Yo estoy lavado, á lo 
menos así lo creo, por el sacramento 
dc la penitencia; lavadme aún mas, pu- 
rificadme de mis menores manchas, 
cread en mí un corazón nucvo, y re- 
novadmc hasta en cl fondo dc mis en- 
tranas, con el espíritu de inocência, 



612 


Comunión sacramental 


que me ponga en estado de recibiros 
dignamente. 

Aclo de esperança. — Vos venís á 
mí, Divino Salvador de las almas; i qué 
no debo esperar de un Dios que se da 
todo á mí? Yo me presento, pues, á 
vos, oh Dios mío, con la confianza que 
me inspiran vuestro poder infinito y 
vuestra inmensa bondad: vos conocéis 
todas mis necesidades, vos podeis re¬ 
mediarias. Me invitáis á que venga á 
vos, y prometéis socorrerme; vedme 
aqui, oh Dios mío, yo me presento á 
vos con mis debilidades, eon mis im- 
perfeccioncs, mis ignorâncias, y con to¬ 
das mis misérias, y espero que os 
apiadaréis de mí curándome, fortale- 
ciéndome, perfeccionándome, alimen¬ 
tando mi entendimiento, corrigiendo y 
cambiando mi voluntad. jNo sois vos, 
oh Dios mío, el ducHo de mi corazón? 
,iY cuándo estará mi corazón mejor 
dispuesto áscr transformado quecuando 
habréis entrado en él? 

Acío de deseo. — {Es posible, oh 
Dios de bondad, que vcngáis á mí y 



Comunión sacramental 613 

que vengáis con un deseo infinito dc 
unirme á vos? joh! venid, amado mío, 
venid, cordiro de Dios, cuerpo adora- 
ble, sangre preciosa de mi Salvador, 
venid á ser el alimento de mi alma. 
Que yo os guste, y perciba todo el sa¬ 
bor divino joh Dios de mi corazón! 
mi alegria, mis delicias, mi amor y mi 
todo! iQuién mc diera tilas para vo- 
lar á vos? Mi alma sedienta de vos, 
ansiosa de verse llcna de vos, suspira 
por vos, mi único bien, mi consuclo, 
mi dulzura, mi tesoro, mi felicidad, y 
mi vida! Venid, amable Jesus, y por 
indigno que sea de recibiros, decid tan 
solo una palabra, y scré purificado. Mi 
corazón está pronto, y cuando no lo 
estuviesc, con una sola mirada, podeis 
prepararlo, entcmecerlo é inflamarlo 
en vuestro amor. 

ACTOS PARA DESPÜES DE LA COMUHION. 

/lc/0 dc adoración. — Dios de ado- 
rable majestad, delante de quien todo 
lo más grande dei cielo y dc la tierra 
se reconoce indigno de parecer, ^qué 



614 


Comunión sacramental 


puedo hacer aqui delante de vos, sino 
callar y adoraros con el más profundo 
aniquilamiento de mi ser? Yo os adoro, 
oh Dios santo, y rindo mis justos ho- 
menajes á vuestra grandeza suprema, 
delante de la cual se dobla toda ro- 
dilla; en comparación de la cual todo 
poder es debilidad, toda riqueza misé¬ 
ria y la más brillante antorcha espe- 
sas tinicblas. A vos solo, gran Dios, 
Rey de los reyes, Dios inmortal, á vos 
solo pcrtenece todo honor y toda glo¬ 
ria; gloria, honor, felicidad y bendi- 
ción al que viene en nombre dcl Se- 
nor; bendito sea el Hijo eterno dei Al- 
tísimo, que se digna unirse hoy tan 
íntimamente á mí, y tomar posesión de 
mi corazón. 

Ac/o dc amor. — jCon que tengo, 
en fin, oh Dios dc amor, la dicha de 
posecros! iQue bondad! joh! jQue no 
pueda yo corresponderos tan digna- 
mente como deseo! [Siquiera pudiese 
disponer é inducir á muchos corazo- 
nes á mis deseos de amaros tanto, 
cuanto sois digno de ser amado, y á 



Comunión sacramental 


615 


no amar más que á vos! Abrnsadme, 
oh Dios mío, consumid mi corazón en 
vuestro amor. Mi amado está conmigo; 
Jesus, el amable Jesús, se ha dado á 
mí. Madre de Dios, ángeles dei Scfíor, 
santos dei cielo y justos de la tierra, 
prestadme vuestros corazones, dadme 
vuestro amor para amar á mi amado 
Jesús. Sí, yo os amo, joh Dios de mi 
corazón! yo os amo con toda mi alma; 
yo os amo por vuestra gracia, con una 
íirme resolueión de amaros siempre y 
de no amar más que á vos. Yo así lo 
protesto firmemente, pero afirmad vos 
mismo, oh Dios mío, estas santas re- 
soluciones en mi corazón, que es todo 
vuestro. 

Acto de a^radecwiiento. — 
aeeiones de gracias podrán, oh Dios 
mío, corresponder al favor inefablc que 
os habéis dignado hacerme en este día? 
No contento con haberme amado hasta 
morir por mí en una cruz, para adop- 
tarme por hijo, os habéis dignado que- 
daros sacramentado en vuestra Iglesia 
para venir en persona á visitarme y 



616 


ComuniÓR sacramental 


daros á mí. ; Oh alma mia! glorifica al 
SeSor tu Dios, reconoce su bondad, ex¬ 
alta su magnificência y publica eterna¬ 
mente su misericórdia. Çon un corazón 
enternecido y lleno de agradecimiento 
yo os doy gracias, mi amable Salva¬ 
dor, por la inmensa merced que me 
habéis hecho. Yo he sido un infiel, un 
prevaricador, pero, no quiero ser más 
ingrato: quiero acordarme cternamente 
que vos sois un Dios de amor, que os 
habéis dado á mí, y darme quiero á 
vos para siempre. 

Acto de peticiún. — Vos estáis den¬ 
tro de mí, fuente inagotable de todos 
los bicnes, estáis lleno de ternura para 
mí, eon las manos llenas de gracias, y 
dispuesto á derramarias en mi corazón. 
Derramadlas con profusión, Dios bueno 
y generoso; ved mis necesidades y re- 
mediadlas con vuestro poder: quitad 
de mi corazón todo lo que os desa¬ 
grada, y poned en él solo aquello que 
me haga grato á vuestros ojos; purifi- 
cad mi cuerpo, santificad mi alma, apli- 
cadme los méritos de vue.stra vida y de 



Comuniòn sacramental 


617 


viicstra muerte, uníos á nií, casto es¬ 
poso de las almas; vivid en mí á fin 
de que yo viva en vos y por vos para 
siempre. Concededme las ^racias que 
sabóis me son convenientes. También 
os las pido para todos aqucllos por 
quien estoy obligado á rogar. çFodréis, 
oh amablc .Salvador, negarme nada des- 
pués de la gracia que me habéis hecho 
hoy de daros a mí > 

Acld dc ofreiuici. — Vos me habéis 
colmado de vuestros dones, joh Dios de 
misericórdia! y dándoos á mí quereis 
que no viva mas que para vos. Este 
es también el mayor de todos mis de- 
scos, ser enteramente vuestro. Sí, quiero 
que en adelante todos los pensamien- 
tos que tuviere, todos los desígnios que 
formarc ó ejccutarc, todas mis palabras 
y obras estén de acuerdo perfecto con 
vuestra soberana voluntad. Quiero que 
todo cuanto dependa de mí: salud, fuer- 
zas, genio, talento, crédito, bienes y 
reputación, sea todo vuestro, y sólo se 
emplee en procurar vuestra gloria. Su- 
jetad pues, ;oh Rey de mi corazónl 



ótS 


Comunión sacramental 


todas las potências de mi alma; reinad 
sobre mi voluntad y sobre todo mi ser. 
Despué.s dei favor con que acabais de 
honrarme, yo no sufriré que haya en 
mí nada que no sea pcrfectamcnte 
vucstro. 

Resúluciones. — ;Oh Jesus mío, pa¬ 
dre el más carinoso, y el más fiel y ge¬ 
neroso de todos los amigos! Si después 
de tantos benefícios, volviera á seros 
infiel, seria no solo el colmo de la in- 
gratitud, sino un monstruo de iniqui- 
dad. Yo renuncio de todo mi corazón 
á todo lo que me había separado de 
vos hasta ahora, y propongo firme¬ 
mente, ayudado de vuestra gracia, no 
recaer en mis pasadas faltas. Así, pues, 
j oh Dios mío! no más pensamientos, 
deseos, palabras y acciones, que sean 
eontrarias á la caridad y el pudor; no 
más impaciências, mentiras, querellas, 
odios, ni maledicências; no más omi- 
siones de mis dcbercs, ni tibieza en 
vucstro scrvicio; no más compaiíía ni 
amistades peligrosas; no más delicade¬ 
zas de mi amor propio; nada de respe- 



Comunión sacramental 


619 


tos humanos; no más apego al aprecio 
y á las atenciones dei mundo. Más bien 
quiero morir, oh Dios mío, antes quiero 
padecerlo todo. que desagradaros en 
cosa ninguna. V’os estais, ioh divino 
Jesús! en mi corazón: cn vuestra pre¬ 
sencia formo estas resoluciones, á tin de 
que las conlirméis con vuestra gracia. 
Que este adorable sacramento, que acabo 
de recibir, sea su inquebrantable sello 
que no me sea dado romper jamás. 
Bendecid pues, oh Dios de bondad, la 
resolucion que formo de ser únicamente 
vuestro, y no vivir más que para vues¬ 
tra gloria. Así sea. 

OR.VCION P.ARA DESPUES DE L.\ COMUmON. 

;Qué suave es la dulzura de vuestro 
pan celestial! iQué admirable es la 
tranquilidad, qué completa la paz de 
quien os recibe, después de haber de¬ 
testado y confesado sinceramente sus 
culpas! Seáis mil veces bendito, Jesús 
mío. Guando yo estaba en pecado era 
infeliz, ahora no solo siento mi alma 
tranquila, sino que me parece pregus- 



b20 


Conumiôn sacramental 


tar la paz dei paraíso. ; Ah! cuán cierto 
es que nuestro corazón ha sido hecho 
para vos, amado SeiTor mío, y que goza 
solamente cuando en vos descansa. Por 
lo tanto, os doy gracias. y propongo 
firmemente huir siempre dei pecado y 
de sus ocasiones, y establecer mi mo¬ 
rada en vuestro divino corazón de donde 
espero el auxilio para amaros hasta la 
muerte. .Amén. 

León XIII con re.scripto de la .S. C. de T. 
de 3 de Junio de 1K96, concedíú indulgência 
de 300 dias á lo.s fieles que después de la sa¬ 
grada comunión re/aren dicha oraciún. 

AKECTOS A CRISTO S.ACRAMENTADO I'AR A DESPUES 
IJE LA COMUNION. 

Yo .soy de Dios: oh dulce pensamiento, 
Que anega el alma en celestial amor, 

Un Dios potente, ha.sta albergar.se llega 
En mi pobre y e.strecho corazón. 

Yo .soy de Dios; el ciclo me contempla, 

Y el ángel que .se acerca á mi veloz, 

Halla mi pccho en templo convertido. 
Donde cl Eterno lija su man.sión. 

Yo .soy de Dios: la sangre inmaculada 
Que de una Virgen cândida tomú, 

;Oh gran prodigio! con mi sangre llega 
Hasta mczclarsc en misteriosa unión. 



Comunión espiritual ftíl 

Yo soy dc Dios; se abisma el pensamicnto 
Cuando cn mi pccho lija su mansion; 

Con reverencia cl alma le recibc. 

Mientras cl serafín tiembla á su voz. 

Yo soy de Dios: mis ojos se reerean 
Al contemplar absortos de esplendor 
Desparecer encantos terrenales: 

Huye ante la vcrdad toda ilusiún. 

Yo so\' de Dios: el salvador dcl hombre, 
El Rey de reyes hasta mi bajó; 

Al rccibirlc, en lágrimas dcshccho 
\li espíritu se inflama cn santo amor. 

Yo .soy de Dios: hasta el postrcr momento 
Sólo hc de hallar encantos en mi Dios; 

.Su dulce nombre ha de scllar mis lábios 
.\1 dirigirle mi última oración. 

Comunión espiritual. 

■Amorosísimo Jesus mio, creo que 
estais rciilmente presente en el sacra¬ 
mento de la Eucaristia. jOjalá pudiera 
hospedaros ahorti mismo en mi cora- 
xún ! venid. celestial Esposo de las al¬ 
mas puras, venid á purificarme y cn- 
cenderme todo en llamas de puro amor. 
Os amo, diilcísimo Jesiis mío:oh, quién 



632 


Comuníón espiritual 


OS hubiese amado siempre! ; Quien 
nunca os hubiera ofendido! Pero ya 
que no puedo recibiros sacramental¬ 
mente, aceptad mis deseos, y dadme 
vuestra divina gracia y amor. Amén. 

AC1‘0 PARA LA COMUNION ESPIRITUAL 
COMPUESTO POR S. ALFONSO MARIA DE LIGORIO. 

Jesus mío, creo que vos estáis en 
el Santísimo Sacramento. Os amo so¬ 
bre todas las cosas, y os desco en mi 
alma. Ya que ahora no puedo recibi¬ 
ros sacramentalmente, venid al menos 
espiritualmente á mi corazón. Como si 
ya hubieseis venido, os abrazo y me 
uno todo á vos; no permitais que yo me 
separe de vos. 

Jesús, bien mio, mi dulce amor, 

Herid, inflamad este mi corazón 

Uc mudo que siempre arda todo en vos. 

Leún XIII con rcscripto de la .S. C. de I. 
de 30 de junio de 1893, concedió á los ficles 
que hieiesen este ueto, indulgência de 60 dias 
una vez al dia. 




Himnos de la Iglesia 

á Ia sagrada Eucaristiay a como sacramento 
ya como sacriflclo. 

* I. 

CAíioro /e devote, lateiis Deitiis, dc 
S. Tomás de Aquino.) 

Te adoro con fervor. Dcidad oculta 
Que estás bajo estas formas escondida; 

Se nnde á ti mi corazón entero 
V dcsfallecc todo si te mira. 

Se engafla cn ti la vista, el gusto, cl tacto, 
Mas tu palabra engendra fc rendida; 

Cuanto cl Hijo de Dios ha dicho, creo. 

jQué verdad hay cual la verdad di^■inar 
En la cruz la Dcidad estaba oculta 
Aqui la humanídad yacc escondida. 

V uno y otro crcycndo y confesando. 

Te pido, oh Dios, lo que imploraba Dimas, 
Qomo Tomás, tus Ilagas yo no vco; 

Mas como á Dios te aclama cl alma mia; 
Haz que .siempre, .Senor, cn ti yo crea, 

Que tu amor sca mi esperanza y dicha. 





6'J4 Himnos y motetcs 

Oh mcmori.ll dc la l’asión de Cristo. 

Oh pan vivo que al hombre das fa vida, 
Dame que viva dc tu amor mi alma, 

Que guste de tus célicas delicias. 

Jesiis mío, pelicano piadoso, 

Gon tu .sangre purisima me limpia; 

Basta una sola gota dc tu .sangre. 
l*ara borrar dcl mundo la inmundicia. 

Oh Jesús, á quien ahorn miro oculto, 
Cumple, Seflor, lo que mi pccho ansia; 

Que á cara descubierta eontemplándote. 

Por .siempre goce de tu clara vista. 

Amén. 

León XIII con rescripto de la .S. C. dc I. 
dei 15 de junio dc 1895, concedió á todos los 
tieles que rezaren dieho ritmo después dc la 
sagrada comunión, 100 dias de indulgência. 

II. 

(Motete al S. Sacrame-nto; Are, ve- 
rum corpus tiatum). 

;Oh cuerpo verdadero. 

Xaeido de Maria siempre virgen 
; Uc este mundo á la lu/,: 

Inmolado, cual cândido cordero. 

Por cl hombre en la cruz. 

Keeibute mi pccho cl triste dia 
Uc mi última agonia. 

Oh clemente, oh piadoso 

Dulce Jesús, ;oh Hijo de Maria! 



Hiinnos y motctes 


625 


III. 

('Sequência I.anJa Sioii. Salvulo- 
rcni, de S. Tomás de .\quino.) 

.Sion, loa al .Salvador, 

A tu guia y tu Pastor, 

En dulce.s himnos y cânticos. 

Alábalc cuanto pucdus; 

(Jiuc por mucho que tc excedas 
Ouedarás .siempre inferior. 

Su pan vivo y substancial 
Es hoy el tema especial 
Que se ofrece á tu loor. 

EI pan que cn su última cena 
Kepartiú á aquella docena 
De los hi.jos de su amor. 

Cantemos, pue.s, dulcemente 

V muestre el pcclio y la mente 
•Su júbilo y devoción. 

Esta mesa dei gran Key 
Inicio Ia nueva Icy, 

Do la antigua termino. 

I.a nueva Pascua â la antigua 
Sucede; á la noche el dia; 

Y á la sombra la verdad. 

Lo que en c.sta cena El hi/o, 

Que hiciesen los .suvos di.jo, 

Kecuerdo á .su alta bondad. 



626 


Hímno.s y motetes 


Lo» que consagrados fuimos, 

ICl vino y pan convertimos 
En hóstia de salvación. 

El pan para ser su carne, 

Y cl vino su augusta sangre 
Como El mismo asegunV 

Lo que no se ve, ni entiende 
La fc viva lo deliende, 

Contra la flaca razón. 

Bajo dos diversas íormus, 
Signos sólo, mas no cosas, 

Sc vela tan rico don. 

El pan es alli su carne, 

Y cl ciliz lleva su sangre, 

Mas Cristo en ambos está. 

Todo entero se recibe, 

No se parte ó se divide, 

Aunque los signos lo estén. 

Cómale uno ó coman ciento, 
Igual recibe aqucl que éstos, 
l’ues ni aumenta, ni mengua él. 

Comen buenos, comen maios, 
Mas con afectos contrários. 

De vida ó muerte moral. 

Muerte á maios, vida á buenos, 
iOh qué diversos extremo.s, 

En un mismo comulgar! 

Fraccionado el sacramento, 

No lo dudes, ni un momento, 
Contiene tanto el fragmento 
Cuanto en su todo se encierra. 



Himnos y motetes 6'J7 

No se quiebra cosa alguna, 

Solo sí el signo ó figura 
Del signado: su estatura 

Y su cscncia igual se queda 
Pan de ángeles, loh portento! 

Del hombre es aqui alimento; 

El pan de hijos á los perros, 

No se debe, no, arrojai'. 

Ya fucra e.stc pan .sagrado 
En I.saac prefigurado, 

En el cordero inmolado, 

Y en el antiguo maná. 

Buen Pastor, pan verdadero, 

Ten, Jesiis, ini.sericordia, 

Tú nos nutres, nos custodia, 

Tú nos lleva á ver tu gloria 
De la dicha en el Edén. 

Tú que todo lo conoces 

Y todo también Io puedes, 

Que a tu mesa nos concedes 
■Sentamos hoy, coherederos 
Ha/.nos alli 3' compaScros 
De tus santos en sus goces. 

Amén. 


IV. 

(Himno Paníiü lingua.) 

Canta, oh lengua, el glorioso 
Mistério de fc 3' amor 
Que en su cuerpo generoso 



62S 


Himnos V motetes 


Y en su sangre el Redentfir 
Kindc al Todopoderoso 
Por el mundo pecador. 

De una Virgcn noble y pura 
Fué concebido y nació, 

Y su voz paz y ventura 
Sicmpre á la tierra anuncio; 

Su carreia pobre y dura. 

Con un prodígio ccrró. 

La cena y pascua postrera 
Con lo.s doce al celebrar. 

Cumplido con Icy .severa 
El rico cercmonial 

sí mi.smo .se Ics diera 
En bebida y cn manjar. 

A su voz el pan entero 
Transmutado cn carne fut. 

De la vid al néctar mero 
En .su sangre fué á la vez: 

Aqui es regia al liei sincero 
No cl sentido, mas la fc. 

Demo.s, pues, á tan alto sacramento 
Culto y adoraciún todos rendidos 
Y ceda ya el antiguo documento 
\ los ritos dcl nucvo in.stituidos 
Constante nuc.stra fe. dé suplemento 
.\1 defccto de luz de los sentidos. 

.\l Padre con cl Hijo sea dado 
Júbilo, aplauso y gloria cternamente, 
Salud, virtud v honor interminado, 



Hininos y motctcs 0^9 

Hcnüiciún y ulabanza reverente! 

Y al Kspíritu üe ambos aspirado, 

Sca gloria y loor no diferente. 

Amén. 

'p. Kl pan dcl ciclo Ics has dado. 

1 ^. (Juc tienc cn sí todas las delicias. 

V. 

Sa cr is solem u iis. 

A estas solcranídadcs tan sagradas 
Corresponde cl placer y la alegria: 

.'suenen las alabanzas publicadas, 

(,)ue á la voz genero.so cl pecho envia; 
Huyan la.s co.sas vicja.sya vclocc.s, 

Sea nuevo ya todo en e.ste día, 

El corazón, las obras, y la.s vocc.s. 

Hoy hacemos rccucrdo y fiel memória 
De aquella cena mística ó figura, 

En que Cristo, Kct' sumo de la gloria, 

El Cordero y el pan sin levadura 
Dió conforme á la Icy, á sus hermanos; 
Pues asi lo ordenaba la Escritura 
Revelada por Dios á los ancianos. 

Después de este cordero misterioso 
El banquete legal ya concluido. 

Su cuerpo á los discípulos, piado.so, 

Dió cn .sagrado manjar, bien entendido, 

Que dando todo á todos con sus manos, 
Todo de cada cual fué recibido: 

Así lo confesamos los cri.stianos. 



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Himnos y motetes 


Como á frágilcs, flacos, desvalidoí^, 

Su cuerpo, liberal, les diú cn comida, 

Y como á tristes, pobres }• afligidos, 

Su sangre sacrosanta diô en bebida, 
Diclendo; Rccibid la más preciosa 
Prenda dcl cáliz santo de la vida; 

Bebed todos mi sangre generosa. 

Asi fuc el sacrifício celebrado, 

Y por el mismo Cristo instituído, 

Cuyo ofício tan alto y elevado 
Es á los sacerdotes sometido, 

A quienes pertenece solamente 
Sumirle con respeto el más rendido 

Y repartirlo al pueblo dignamente. 

El que cs pan de los úngclcs hermoso 
•Se hace ya de los hombres alimento; 

Este pan celestial y prodigioso 

Da á la sombra y figura cumplimiento: 

i Oh admirable piedad! ; oh maravilla! 

Pues rccibe tan alto sacramento 
El pobrecillo, el siervo, el que se humillu. 

A Tí, Dios Trino y Lno, reverentes, 
Con afectos humildes te rogamos. 

Ilustres con tus luces refulgentes 
A los que tan rendidos te adoramos, 

Y por tus sendas rectas y caminos 
Guíanns á la luz adonde vamos, 

Pues habitas sus rayos tan divinos. 

Amén. 



Himnos V motetes 


631 


VI. 

i^erbum stipernum. 

Del Padre cl V^erbo síiliendo 
Sin abandonar su diestra 

Y dar cima á su grande obra, 

Llegó al fin de su carrera. 

Sabiendo como d .sus émulus 
Infiel apóstol le entrega, 

El antes d .sas di.scfpulos 
Darse en alimento intenta. 

Bajo las formas ó especies 
Su carne y sangre presenta, 

La doble sustância humana 
Alimentando a.sí entera. 

Se hizo al nacer nuestro hermano, 
Xuestro manjar en la mesa, 

Nuestro rescate muriendo, 

V en el ciclo recompensa. 

;Oh lú, sacro.santa Hóstia! 

Que el cielo al mortal franqueas; 

Mil combates nos acosan. 

■Sed nuestro auxilio y firmeza. 

■VI Dios Uno y Trino dada 
La gloria por siempre .sea, 

Que en la celestial .Sión 
Nos dé vida sempiterna. 

Amén. 



63J 


Himnos v motctcs 


VII. 

Sjiltiíis htimaihv Atitor. 

Jesüs, Rcdcnto;' dcl hombre, 
Delicia dül corazón, 

.\utor dc nucstro rcscate, 

Dc las almas casto amor. 

;Cuán grande fuc tu clemcncia, 
Cargar sobre ti el montón 
Dc nucstro.s pecados, damos 
Vida con tu muerte atrozI 
Uaja.stcs al bondo abismo 
l’or sacar de su prisión 
Al coro fiel, y á la dicetra 
Dcl 1 ’adrc, alzar tu mansión. 

l.ogren, ay, nuestras ofensas 
Dc tu indulgência cl perdón, 

Y dc tu rostro beatífico 
Gocemos cl rcsplandor. 

Tú, dcl ciclo, senda y guia, 
Seas norte al corazón 
y gozo que cl llanto enjugue, 

Y al fin nucstro galardón. 

-Vmen. 


Vlll 

I.nx ctlma, Jesii, meiitiiim 

Jesüs, luz de nuestras almas, 
Consuclo dcl corazón; 

Tú la negra culpa ahuycntas, 

Y nos llcnas de dulzor. 



Himno3 y motetes 


63Í 


Dicho.so, sí, el que recibe 
De tu visita el favor, 

Diestra querida dei Padre, 

Almo explendor de Sión. 

iAy! nuestros pobres sentidos 
No resisten tu fulgor: 

Mas tu presencia invisible 
Háganos sentir tu amor. 

Jesús, que á los pequeSuelos 
Te revcla.s, á ti honor, 

Y al Padre y al Santo Espíritu 
Demos sin intermisión. 

Amén. 


IX. 

Jesu, dtilcis memória. 

Oh Jesús, duice recuerdo 
Del corazón en la ausência, 

Mas al que está en tu pre.sencia 
Mucho más dulce que miei! 

Nada se oye tan suave, 

Ni se canta tan gustoso, 

Ni se piensa tan grandioso 
Como Jesús, nuestro Dios. 

Tú, esperanza al penitente 
Eres; bondad al que ruegu; 
Dulzura al que á ti se entrega; 
Al que te halla,^quéserá? 



634 


Himnos y motetcs 


Ay! que el amor de Jesús, 
Lcngua ni pluma explícarlc 
Fucdcn; quien logre probarle 
Solo ese lo entenderá. 

Seas, Jesüs, nuestro gow 
Aqui, y de.spues nuestra paga 
En ti solo sati.sfaga 
El alma siempre su amor. 

Amén. 


X. 

Jesu, Rex admirabilis. 

i Jesú.s, Rey admirable, 
Triunfador el más noble, 
Duleedumbre inefablc, 

Todo digno de amor! 

Cuando el alma visitas, 
Con tu verdad la ilustras, 
Desprecio al mundo excitas 
Y la inflama tu amor. 

Al corazón dulzura, 

Eros tú, y fuente viva, 

A erdad, fulgor, hartura, 

Que excede todo dón. 

Oh! conocedle todos, 
Iluscad su amor sublime, 

Y' dc los vilcs lodos 
■Saldréis dc corrupción. 



Himnos y motetês 


635 


A ti, Jesiis, resuene 
La voz, la vida invite, 

Y ah ora y síempre llene 
Tu aíecto el corazón. 

Amún. 


XI. 

Jesu, decus attgelorum. 

;Oh Jesús, bellcza angélica 
Melodia grata al oldo, 

Micl escogida ai sentido, 

Y néctar al corazóni 

Quien te gusta, aún más te ansía, 
Quien te bebe, aún más sed tiene, 

A quien tc ama, sólo tiene 
Deseo de amarte más. 

Ahl Jesús, dulce esperanza 
Del corazón que suspira; 

A ti sólo mi alma aspira 

Y vierte llanto de amor. 

Tu clara luz me ilumine: 

No, no me dejes, bien mío; 
Conozea el mundo el vacio 
Que existe fuera de ti. 

Bei la flor de madre virgeo, 
Nuestro consuelo y ventura; 

Jesús, toda criatura 
Tu dé alabanza y honor. 

Amún. 



636 


Himnos y motetcs 


XII. 

O Sol salutis. 

Oh Jeaús, sol de jusficia, 
Nuestras mentes esclarece, 

^lientras el dia amanece 
Tras larga noche, feliz 

En este tiempo aceptable 
Da al corazón entretanto 
■Se lave en copioso llanto 

Y sea vlctima á tu amor. 

De do la maldad brotara, 

Broten lágrimas amantes, 

Y penitencias constantes 
Ablandcn el corazón. 

Viene ya, viene tu dia, 

En que todo sc renueva; 

Tu diestra hacia el bien nos mueva 

Y habremos dicha y solaz. 

Adórente, Dios potente, 

Cielo y tierra prosternados; 

Y nosotros renovados, 

Démoste nuevo cantar. 

Amcn